Comisión de Economía Carta abierta Buenos Aires

24May/091

Entrevista a Claudio Scaletta, Lic. en Economía (UBA), periodista especializado en economía, columnista agropecuario de Página/12, [1999-2009). Premio Giovanni Agnelli a la Excelencia Periodística (2003). Director de FruticulturaSur.com

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-No todos nuestros lectores tienen una clara idea del cambio tecnológico que se vivió en la actividad agropecuaria de la pampa húmeda en los últimos 15 años. ¿Podrías contarnos resumidamente como eran el antes y el después de la actividad?

 

-El cambio tecnológico en el agro local tiene una parte de mito y otra de realidad muy palpable. Por un lado existe efectivamente un cambio de fondo en el paquete tecnológico, que es el de la utilización de transgénicos y la siembra directa a partir de 1996, paquete que trajo aparejado cambios estructurales muy importantes. Entre ellos, la mayor escala de las explotaciones y la expansión de la frontera agrícola, muchas veces desplazando cultivos regionales, como es el caso de la caña de azúcar en Tucumán o el algodón en el Chaco. Esto trajo necesariamente talas y desmontes. Obviamente el aumento de la superficie sembrada significó un importante aumento de la producción de cereales y oleaginosas, que en 2008 estuvieron a punto de pasar las 100 millones de toneladas, barrera que no se superará en la presente campaña por las desfavorables condiciones climáticas. Esto no quiere decir que de no existir la nueva tecnología esta expansión no se hubiese producido. El paquete transgénico-directa no entraña en sí mayores rindes y expansión, sino que facilita el proceso. Desde el punto de vista microeconómico las nuevas tecnologías también significaron un aumento de las necesidades de escala. Se utilizan maquinarias más caras y sofisticadas, como puede serlo una sembradora de directa o tractores con comando satelital, lo que significa que son necesarias mayores superficies para amortizarlas. En buena medida esto explica el fenómeno de la tercerización de servicios de tareas culturales, como siembra y cosecha, lo que se entrelaza también con la aparición de nuevos sujetos agrarios y el fenómeno de los arrendamientos. Más del 60 por ciento de la producción se realiza en campos alquilados. También la consolidación de un sujeto más: los proveedores de insumos; las firmas biotecnológicas. No se trata de actores que antes no existían, sino que ahora se vuelven más importantes en el entramado. Como ven, el tema es difícil de resumir porque es una transformación estructural. La parte de mito es poner a la tecnología transgénica en el centro de la explicación de la expansión. El paquete transgénico comenzó a aplicarse cuando el proceso de sojización ya se había iniciado y estaba en marcha. A principios de los ’90 la soja ya era el principal cultivo de la Argentina y los transgénicos se introducen masivamente a partir de 1996. La sojización está más vinculada a la demanda mundial y a los precios internacionales que al cambio técnico, lo que no quiere decir que este no acompañe.

 

-Según tu punto de vista, cómo fue el proceso histórico, social que abonó el terreno para que una organización que históricamente contuvo al sector “proletario” de la actividad agropecuaria, haya virado hacia esta Federación Agraria que no encuentra contradicción en aliarse con sus antagonistas históricos, CRA y la SRA?

 

-“Proletario” me parece un poco mucho. Creo que a muchos de los que desaprobamos la movida esmerilante de las corporaciones agropecuarias iniciada en 2008 nos resultan más desagradables personajes como Buzzi que como Llambías o Biolcatti. Esto tiene raíz antropológica; la traición es una de esas actitudes que provocan rechazo en todas las culturas y estamentos. Es muy feo, además verlo a Buzzi hablando por ahí de la defensa de los pequeños productores cuando uno sabe que defiende otra cosa. Uno suponía que Buzzi, mejor dicho la Federación Agraria, representaba a los sectores más “progresistas” del campo. Incluso la FAA aportó a la campaña de Pino Solanas. Llambías o Biolcatti, en cambio, son lo que son, “agrogarcas” consumados, dirían los compañeros, de los que nadie esperaba otra cosa. Pero si se mira desapasionadamente la lógica de los actores y el proceso económico que hay detrás puede comprenderse que la alianza de las 4 entidades no fue contra natura. Aunque la FAA tiene una historia de defensa de los intereses de los pequeños y medianos productores, los cambios estructurales ocurridos en el campo alteraron su base social. Por un lado el sujeto al que representaba FAA en otros tiempos está en vías de extinción por el proceso de aumento de escala del capital en el agro. Por otro, los sobrevivientes del proceso de concentración ya no son esos míticos productores independientes o arrendatarios de antaño, sino nuevos actores que han crecido y se han enriquecido. Fueron además tributarios del modelo de crecimiento de la post convertibilidad, por eso votaron mayoritariamente por Cristina. Cuando en 2008 se intenta llevar adelante el esquema de retenciones móviles, en un momento en el que sólo unos pocos economistas vislumbraban afuera las señales de la crisis internacional, pero en el que la mayoría creía que la soja podría llegar a los 1000 dólares la tonelada, FAA consideró que tenían más para perder que para ganar, por eso cerraron filas. La actual administración tiene una manera bastante cerrada de ejercer el poder, este es a mi juicio su principal defecto. Entre otras cosas este estilo cerrado la priva de cuadros que puedan salir a los medios a pelear por el modelo y explicarlo. Muchos análisis sostienen que el gobierno cometió un error político en dejar que las corporaciones agropecuarias se unifiquen. Si bien padezco el sesgo de mirar la política desde la economíaa, no estoy muy seguro si era posible tener a la Federación Agraria del propio lado, al menos no con un esquema como el de la 125 cuando apenas se lanzó.

 

- ¿El glifosato puede ocasionar daños a la salud? En caso afirmativo ¿por qué no lo sabíamos y qué nos llevó a saberlo?

 

- Me gustaría plantear la cuestión de otra forma. Creo que el problema que hoy lleva al glifosato al centro de la discusión no empieza precisamente por lo sanitario. Hablábamos del nuevo paquete tecnológico transgénico. Lo que conocemos habitualmente como  soja transgénica es una semilla modificada genéticamente para ser resistente a un herbicida, el glifosato. La empresa que desarrolló la semilla, también desarrolló el herbicida y comenzó a vender el paquete. De esta manera se aseguró el repago de la Investigación & Desarrollo más una ganancia. Hasta hace poco seguía luchando en los tribunales internacionales para cobrar en la Argentina regalías por las semillas. Hoy no es solamente esta empresa, Monsanto con su herbicida Roundup y la soja Roundup Ready, la que comercializa localmente el paquete. Monsanto y otras biotecnológicas siguen trabajando además en otros paquetes para otros cultivos, y hacen ingeniería genética aplicada para obtener nuevas semillas resistentes, por ejemplo, al estrés hídrico e incluso a determinadas plagas. Desde el punto de vista científico esto no es malo, es muy bueno. Esto será crucial para un mundo que se calienta y dónde la sequía se expande. Si a uno no le gusta lo que debe cuestionar es, en todo caso, al sistema social que permite la apropiación privada del germoplasma y de su transformación genética, es decir al capitalismo. O bien debe proponer que sea el sector público el que se dedique a estos desarrollos tecnológicos que por cierto demandan ingentes capitales. Las empresas biotecnológicas son un nuevo actor que participa de la renta agraria. Al interior mismo del sector existe una puja por la distribución de la renta. Antes de que el conflicto de las corporaciones con el gobierno ocupe toda la escena se discutía el “uso propio” de las semillas, las “regalías extendidas”, el derecho “ancestral de los campesinos” a usar las propias semillas, cuando en realidad se trataba de productores de todos los tamaños que compraban las famosas “bolsas blancas” (transgénicas sin marca). Alguna vez fui muy criticado por los ecologistas extremistas –agrego el calificativo porque yo mismo me considero ecologista- por decir estas cosas. Yo creo que hay una corriente “antitransgénica”, muy funcional a los intereses de los subsidiados empresarios del agro europeo, encarnada por multinacionales como Greenpeace. Deténganse, como simples observadores, a ver de qué problemas ecológicos se ocupa esta multinacional y de cuales no. Este pensamiento provocó, a mi juicio, una seria deformación teórica, que es explicar los muy serios problemas sociales y ecológicos provocados por el monocultivo sojero empezando por la tecnología. No serían las rentabilidades relativas las que guiarían a los actores económicos privados a optar por sembrar uno u otro cultivo, sino la existencia de una tecnología que los induce: las horribles semillas transgénicas y su glifosato envenenador. Sin embargo, es la propia historia de la sojización en la Argentina la que desmiente esta lógica: La sojización precede a la soja transgénica. Y lo peor de todo es que al usar glifosato se usan menos agroquímicos que si no se usase este paquete. Usar glifosato es más barato porque se usan menos herbicidas, no más.  El glifosato, como cualquier agroquímico, no es neutro para la salud humana ni para el medio ambiente. Su uso demanda por ello una regulación adecuada. Si hoy el Estado descubre la existencia de un envenenamiento masivo, entonces existe una seria falla de regulación de la que es responsable no solo la administración de 1996, sino también la actual, que gobierna desde hace 6 años. Por todo esto creo que el peor argumento en una disputa con el campo, es el del glifosato. Se trata de una argumentación muy vulnerable y débil cuando existen muchos frentes más potentes. Los graves problemas de exclusión social y degradación ambiental del actual modelo agrario pasan por otro lado.

 

- ¿Cómo funcionaría y que consecuencias tendría hoy la actividad agrícola en caso de prohibirse el uso del glifosato? ¿Es sustentable un campo sin glifosato?

- En principio se usarían más agroquímicos, lo que sería más caro para los empresarios y disminuiría el excedente económico. También se produciría la paradoja de una situación peor para el medio ambiente. La única alternativa real sería la producción orgánica, pero esto significaría una pérdida de rentabilidad relativa, en términos internacionales, para la producción local. Parece un escenario impensable en función de la composición de nuestras exportaciones y de las fuentes de financiamiento del sector público. Acá distingo entre lo que me parece mejor o ideal y lo que es. Sería fantástico un campo sin agroquímicos, pero implicaría una transformación revolucionaria. Me parece más viable en el corto plazo buscar mejoras en la regulación de la aplicación. Consulté a algunos técnicos y me comentan que el control es una tarea bastante complicada. También hay mucho por hacer en materia de concientización de los actores, pero como en el campo producen empresas antes que campesinos, el horizonte no es simple.

 

- La situación actual, post crisis financiera y sequía que afectaron los  precios de los commodities ¿requiere rever el nivel de retenciones en los cuatro cultivos masivos (girasol, maíz, trigo y soja)?

- Las retenciones, como se dijo muchas veces, tienen en principio una doble dimensión, la tributaria y la macroeconómica, de aquí su potencia como instrumento de política. En su dimensión estrictamente tributaria poseen, desde la perspectiva del Estado, una virtud especial, son fáciles de cobrar, y a pesar de alguna subfacturación; difíciles de evadir. Esto las hace preferibles a otros instrumentos, como por ejemplo el impuesto a las Ganancias. En su dimensión macroeconómica son aun más multidimensionales. Primero funcionan para separar los precios internos de los externos. Luego sirven para que el sector público comparta con el privado las ganancias extraordinarias de origen cambiario. En tercer lugar sirven como instrumento de regulación sobre los incentivos o desincentivos económicos para determinados productos o sectores y, lo que en la Argentina es particularmente importante para contrarrestar diferencias sectoriales de productividad, la famosa “estructura económica desequilibrada”. Las funciones no se agotan aquí, también pueden usarse para que la sociedad participe de la renta de la tierra entendida como bien social, pero aquí se entra en un plano más ideológico. Esta breve reseña sirve para hacer evidente que las retenciones son un instrumento con múltiples efectos y, por lo tanto, su manejo no puede nunca ser estático. Se trata de una herramienta de política que demanda un seguimiento muy fino. Nunca debería afectar el beneficio razonable del productor primario, aunque en este aspecto creo que falta un profundo debate de los procesos de formación de los precios internos y de los oligopsonios al interior de las cadenas de valor o circuitos productivos. Por otra parte, las señales de los mercados internacionales muestran hoy una tendencia alcista para la soja y una de estancamiento relativo para trigo y maíz. Los precios parecen haber regresado a los valores de mediados de 2007, antes del auge especulativo. Al margen de la sequía, la producción de soja crece más que la de los restantes cultivos y la sojización es un problema estructural. En este contexto no habría razones para bajar las retenciones a la soja, pero quizá podrían incentivarse los restantes cultivos.

 

- Puesto a tomar decisiones ¿cuáles serían las medidas que entendés mejor aliviarían la situación de las economías regionales, de los pequeños cultivos y que “des-sojizarían” la discusión?

- Los periodistas siempre nos escudamos en que nuestra tarea es contar y a lo sumo explicar lo que pasa y que no nos corresponde hacer propuestas de política, pero ya que me toca estar del otro lado no me voy a privar del gusto. Yo creo que “él” problema del agro argentino, no para los empresarios del campo, sino para la sociedad, es el desequilibrio de rentabilidades que favorece la producción sojera. Si uno deja esta situación librada al mercado, la asignación de recursos es completamente predecible: cada vez se producirá más soja. A mi juicio producir “ese yuyo” no tiene nada de malo. El problema es que si se produce soja no se producen otras cosas y se desequilibra la estructura productiva. Adicionalmente, por lo que charlábamos de los mayores requerimientos de escala, esta producción se realiza cada vez con menos gente. Leía en una publicación estadounidense que la soja demanda un puesto de trabajo cada 500 hectáreas y que se estima que “el aumento de la productividad” nos llevará pronto a un empleo cada 1000 hectáreas. Creo que es insólito que se sostenga que el efecto multiplicador sobre la economía de la riqueza generada sea la demanda de departamentos de lujo por parte de los rentistas del agro, o que estos manden sus hijos a estudiar a las grandes ciudades. Es siempre preferible el modelo de “agricultura con agricultores”, como decía la FAA, con más cultivos más intensivos en mano de obra por hectárea. Las medidas de política, entonces, serían desincentivar la soja, con lo que se reduciría el riesgo del monocultivo y la degradación de los suelos, e incentivar los cereales. También trabajaría sobre las cadenas comerciales de todos los circuitos regionales para evitar la extracción intersectorial de renta y favorecer la formación del precio primario. Luego destacaría que el agro no son sólo cereales y oleaginosas, sino también las restantes economías regionales; como la vitivinicultura, la fruticultura, el azúcar, el algodón, el tabaco, la yerba mate y los cinturones hortícolas, entre otras. Los problemas de estos circuitos no están en las retenciones, sino en los mayores costos empresarios y los menores precios internacionales y, para los productores primarios, en los precios recibidos. Intentaría poner gente a trabajar en el abordaje estructural de los problemas de estas economías, en las que hoy se observa una rápida concentración y transnacionalización. En algunos sectores también habrá que ser realistas. Los productores más pequeños deben asumir que los cambios de escala de la producción y las demandas de los mercados de destino por mayor calidad y sanidad, encuentran en el cooperativismo la única salida viable para ellos. No es simple, el campo argentino está lejos de ser una sola cosa. Y siempre es más fácil pensar en términos de crítica de lo que está mal que en medidas ejecutivas superadoras.

 

24May/090

LA ASAMBLEA DE AYER , DOMINGO 24 DE MAYO, ABRIO CON UN DEBATE INTELECTUAL DE ALTO NIVEL

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Una Carta Abierta que fue un lujo

Por Facundo García

 

Hablaron el filósofo Laclau, los economistas Arceo y Wierzba, y el psicoanalista Slimobich, y el título fue “Miradas sobre Argentina y la crisis global”. Más de cien artistas e intelectuales expresaron sus opiniones en la Biblioteca Nacional.

Simobich, Wierzba, Arceo, Laclau y Casparriot en el encuentro celebrado ayer.

La asamblea de Carta Abierta que se realizó ayer en la Biblioteca Nacional (ver página 10) tuvo un preludio de lujo: Ernesto Laclau (filósofo y docente en la Universidad de Essex, Inglaterra); Enrique Arceo (doctor en Economía de la Universidad de París); Guillermo Wierzba (economista y director del Centro de Economía y Finanzas para el desarrollo de Argentina) y José Slimobich (psicoanalista) expresaron sus diagnósticos en una charla titulada “Miradas sobre Argentina y la crisis global”. Los aportes hicieron que los más de cien artistas e intelectuales que escuchaban se largaran a debatir antes de lo que preveía el cronograma, en una tarde que terminó con más aplausos que otras reuniones, y con lo que a todas luces parece ser un apoyo casi unánime a la candidatura de Carlos Heller como diputado para la Capital.

Slimobich inauguró la seguidilla exponiendo algunas nociones sobre “Subjetividad y poscapitalismo”. Desde el comienzo, hizo hincapié en una idea que surgió una y otra vez en el transcurso de las disertaciones: ya no se trataría de pensar solamente la crisis –como propone la prensa liberal – sino de aprovechar el presente para darle al pensamiento un carácter propositivo, y hasta ir pensando instituciones que reemplacen a las actuales. “Yo no he venido a hablar como psicoanalista sino como militante social – aclaró el orador –. Dicho esto, quiero remarcar que el concepto de subjetividad se usa hoy como un comodín, y eso no es casual. Porque hablar de sujeto implica hablar de verdad. Se arma un texto y se piensa en un sujeto que funciona en ese texto que se armó para ubicarlo.” El especialista explicó que, dado que no existen individuos aislados, el modo en que se favorece – o no – el vínculo con los demás en una sociedad tiene profundas raíces políticas. “¿Y dónde está el sujeto hoy? Si la realidad es para mí lo que muestran los medios de comunicación, entonces estoy siendo preso de un monólogo, ya que el opresor es el que está en mejores condiciones para imponer su lenguaje”, aventuró. La posibilidad de transformación no saldrá entonces de los grandes medios, sino de los movimientos sociales y de las conciencias que éstos sean capaces de construir. En ese contexto, Slimobich confesó estar entusiasmado con los logros de Carta Abierta como equipo de pensamiento comprometido, “porque es un espacio que sostiene a la palabra que no se resigna ni se decepciona”.

El responsable de tomar la posta fue Guillermo Wierzba. “Estamos frente a una trampa – acusó – porque nos muestran la crisis como una fuerza externa, ajena al sistema, y no es así.” El catedrático opinó que aunque el liberalismo aparenta ceder terreno en lo que se refiere al papel activo que deben tener los Estados al regular los desequilibrios, “lo que tiende a hacerse es intentar que esa regulación se use garantizando la libre movilidad del capital. O sea que las intervenciones que se están haciendo en Estados Unidos y Europa no están dirigidas en absoluto al cambio de paradigma”. Dado que este proceso se da de forma paralela con un reforzamiento de entidades como el Fondo Monetario Internacional, la decisión que adopten los países periféricos a la hora de enfrentar los sacudones condicionará sus posibilidades a futuro. “Eso significa que lo que estará en discusión en las próximas elecciones es si se adhiere o no a las políticas del FMI, con la Coalición Cívica y el PRO defendiendo claramente esas políticas recesivas, que tarde o temprano terminan en ajuste”, resumió.

Otro de los ejes fue la necesidad de no negar la conflictividad como componente constitutivo de una democracia verdadera. “Sin conflictividad no se pueden resolver las cosas. Necesitamos un sujeto capaz de sostener y desarrollar esas tensiones”, insistió Wierzba. En idéntica dirección fue Enrique Arceo, para quien “en países como el nuestro, donde no existe una burguesía más o menos distanciada de las multinacionales, la responsabilidad de encarnar y mantener esos cambios corresponderá a los sectores populares”. Arceo brindó, además, una clara explicación sobre la naturaleza de la recesión estadounidense, enumerando las características del modelo que se está terminando. Para el doctor en Economía, se habría agotado el equilibrio entre un elevado consumo del norte acompañado por burbujas financieras y complementado por una periferia sin barreras aduaneras. “De aquí en adelante, es clave meter en la agenda las barreras arancelarias, las herramientas de financiación propias –como el Banco del Su – el control de los movimientos especulativos de dinero, la autonomía de los bancos centrales y la presencia de los Estados. Yo diría que en ello nos va la supervivencia” , enfatizó.

El tramo de Ernesto Laclau no tuvo desperdicio. Largó sentenciando que “hay que hacer con el populismo lo mismo que hicieron los cristianos con la cruz, es decir transformar lo que otros asociaban a la ignominia en un signo de unión y cambio”. ¿Y cómo se hace para que cuaje esa identificación popular? A casi una década de las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, la pregunta flota con sabor a tarea pendiente. Sobre todo cuando se comprueba que la fenomenal expansión de la protesta social que hubo entonces no terminó de estabilizarse en una dinámica de politización activa. En ese sentido, la respuesta de Laclau es práctica. Su anhelo es que se asocien diferentes reivindicaciones en lo que él llama una “cadena equivalencial”, mediante la cual pujas de diferentes sectores de la sociedad coincidan en una dimensión de resistencia compartida. “La lucha estudiantil y la obrera, por ejemplo, pueden hacer contacto en su oposición a las grandes desigualdades, y a partir de ahí empezar a elaborar una identidad colectiva que exceda lo circunstancial.”