Comisión de Economía Carta abierta Buenos Aires

6Sep/093

Una burguesía industrial que decidió dejar de serlo: Del Grupo Perriaux a la Mesa de Enlace.

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Un artículo de Alberto J. Lapolla*        06-09-09

Publicado hoy (6-6-09) en Miradas al Sur

 

Una burguesía industrial que decidió dejar de serlo

Corría el año 1971, el por entonces presidente de la UIA, Elvio Coelho – es decir el jefe de la parte monopólica de los industriales, el de la otra parte era José Gelbard- , le hacía una increíble confesión a  James Petras. Ya en 1971 me había impresionado un diálogo que mantuve, si mal no recuerdo, con Elvio Coelho, entonces Presidente de la Unión Industrial Argentina. Yo le preguntaba porque no se lanzaban a la industrialización como en Brasil. ‘-Porque los sindicatos son demasiado fuertes y eso nos llevaría a una guerra civil- contestó. -Pero, ¿por qué no lo intentan? -Porque podemos perder – dijo’.(1) Recordemos las coordenadas del temor de los grandes industriales: el país industrial expandido desde el Peronismo estaba en su apogeo y la rebelión obrera y popular contra el pacto social oligárquico impuesto en 1955 y reformulado en 1966, estallaba en plenitud. Ya habían ocurrido, el primer Cordobazo, dos Rosariazos y un nuevo Cordobazo, bautizado por el humor popular como Viborazo. Los trabajadores organizados eran el centro de la rebelión que hostigaba y acorralaba a la dictadura militar. La rebelión cordobesa prohijada por la heroica CGT de los Argentinos encabezada por Raymundo Ongaro, había engendrado un nuevo movimiento sindical peligrosamente asambleario, combativo, peronista pero de nuevo cuño, con un líder incorruptible que no lo era, Agustín El Gringo Tosco. Las banderas del Socialismo, la Revolución Cubana y de las organizaciones armadas acompañaban las marchas obreras junto a las históricas consignas peronistas. No era sin embargo, la primera vez que la burguesía industrial recelaba de seguir adelante con el proyecto de Mariano Moreno prohijado por Perón y el GOU a partir de 1943. Ya en 1955, el Almirante Rojas, contraponiéndose a la opinión del Ejército de Lonardi,  había expresado: ‘Para que desaparezca el Peronismo, deberán desaparecer las chimeneas.’ Para no dejar dudas de qué se trataba el asunto, el contralmirante Rial, que los libertadores habían colocado al frente de la odiada CGT, fue más claro aun: ‘Sepan ustedes que la Revolución Libertadora se hizo para  que el hijo del barrendero muera barrendero.’ La vieja matriz terrateniente-parasitaria-colonial de la burguesía hispano-argentina se negaba  de todas las maneras posibles, a seguir el ‘Camino Prusiano’ que el Estado Justicialista hábilmente le había impuesto. Como señalaran los jefes de la Sociedad Rural en 1956 y 1957, la Argentina debía producir vacas y granos, reduciendo su población a ‘un habitante por cada cuatro vacas’.(2) Además de reducir la población, esto implicaba, destruir el mercado interno y las sensibles mejoras vitales obtenidas por los trabajadores entre 1945 y 1955. Pero especialmente implicaba, destruir la industrialización producida, la cual era vista como un fruto exótico para nuestras –sus- pampas agroexportadoras. Claro que para ello era necesario destruir dos clases sociales y varias subclases o sectores asociados a la industrialización: la burguesía industrial, la clase obrera industrial y los sectores medios urbanos y rurales asociados a ellas. Este proceso sería doloroso y cruel. Para ello se necesitaba una mano muy dura que hasta entonces no había podido ser aplicada. Así la dictadura genocida asumiría el mando de la tarea sucia bajo la batuta teórica del Grupo Perriaux, capitaneado por Jaime Jacques Perriaux. En su núcleo duro revistaban entre otros J. A. Martínez de Hoz, Enrique Loncan, Mario Cadenas Madariaga, Luis Carlos García Martínez, Guillermo Zubarán, Horacio García Belsunce, Alberto Rodríguez Varela, Celedonio Pereda, Armando Braun, Jorge Aguado, Horacio García Belsunce, Jaime Smart, Osvaldo Cornide, los Generales Miatello, Turolo y Saint Jean y las cúpulas completas de la Sociedad Rural, CRA, Carbap y Apege.(4) Martínez de Hoz sería su representante en el gobierno militar. Miembro conspicuo de la oligarquía terrateniente, que había capitalizado parte de su fabulosa renta como capital industrial por los avatares de la acumulación capitalista, la sustitución de importaciones producida por ambas guerras y las hábiles leyes peronistas. Él y los muchachos del Grupo Perriaux, fueron la usina teórico política que comenzara la demolición de la Argentina industrial y permitiera la restauración terrateniente. José Gelbard  desterrado y derrotado lo expresó con claridad a fines de 1976: ‘-Ya ve (…) los terratenientes y las multinacionales hoy están en el poder y los militares me quitaron la ciudadanía argentina.’(3)

 

Kissinger, Martínez de Hoz y Harguindeguy

En mayo de 1974, aun en la Presidencia de Perón, José Ber Gelbard –su ministro de Economía-, firmó en Moscú los mayores acuerdos energéticos, industriales y estructurales de nuestra historia económica. De llevarse adelante, la Argentina habría completado su desarrollo industrial, proveyendo de manufacturas de industria liviana al campo Socialista a cambio de alta tecnología e industria pesada. Tal vez poseeríamos hoy, el doble de población, la burguesía terrateniente habría seguido el ‘camino prusiano’ impuesto en 1943, la tierra sería accesible, la nación estaría poblada en su totalidad, la red ferroviaria se habría extendido en toda su extensión y, tal vez, sólo tal vez, seríamos un país similar a Canadá o a Australia. Sin embargo, Perón murió a menos de dos meses de los acuerdos, y la burguesía terrateniente, ya aglutinada alrededor del Grupo Perriaux,  decidió acabar para siempre con el peligro obrero y los devaneos industrialistas de los ‘judíos (tenderos) del Once’. En ese viaje medular, L. Brezhnev, jefe de la URSS, había expresado: ‘adonde vaya la Argentina irá Latinoamérica,’(3), remarcando la importancia estratégica de la alianza económica de nuestro país con la URSS. Para los EE. UU., en repliegue luego de su derrota en Vietnam, Indochina y África, la situación era harto peligrosa. Una Argentina industrial bajo el modelo estatal y distributivo Peronista, en alianza económica con la URSS, podía implicar el fin de su dominio continental. Pero en esos tiempos los EE. UU., tenían un gendarme regional que disputaba con la Argentina la primacía industrial, sobre bases totalmente opuestas: sumisión al capitalismo multinacional, ausencia de derechos sociales y sindicales para los trabajadores y nula distribución del ingreso. Así, contrapesando a Perón-Brezhnev, Kissinger rápidamente viajó a Brasilia, anunciando grandes inversiones de las multinacionales norteamericanas y cuantiosos créditos para la dictadura militar. Contrarrestando a Brezhnev proclamó, ‘allí donde vaya Brasil, irá Latinoamérica.’(3). No se equivocó. Mediante las dictaduras mas atroces del siglo XX, que produjeron casi un millón y medio de muertos entre 1970 y 1996, nuestro continente y la Argentina en particular, fue obligada a marchar para atrás en el tiempo histórico, retrocediendo mediante un retorno sangriento y salvaje, al modelo agroexportador vigente entre la batalla de Pavón en 1861 y la Revolución del GOU en 1943. Así el siglo XXI encontraría a Brasil como subpotencia industrial global, y a la Argentina devuelta al modelo agroexportador, productora de materias primas sin valor agregado. El triunfo norteamericano-terrateniente sería de tal magnitud, que en 2005, el Ingeniero Álvaro Alsogaray, próximo a cumplir la mayor tarea patriótica de su vida, afirmó exultante: ‘Yo me voy a morir feliz; hemos logrado devolver la Argentina al 3 de junio de 1943.’ Treinta años antes, en abril de 1976, el genocida Albano Harguindeguy había expresado la misma idea: ‘El Proceso de Reorganización Nacional vino para devolver la nación al 3 de junio de 1943.’ Alsogaray festejaba lo que la dictadura y el menemato habían logrado realizar: destruir la nación industrial, devolviendo a la burguesía terrateniente pampeana la renta que le había sido extraída mediante las Juntas Nacionales de Granos y de Carnes, el IAPI, la justa distribución del ingreso, los arrendamientos y créditos baratos para acceder a la tierra por los chacareros, realizado por el Peronismo y los modelos desarrollistas que lo siguieron hasta 1976. Los terratenientes recuperaron así la hegemonía perdida en el bloque de clases dominantes  a través de la financierización del Capital, que destruiría a sectores y ramas completas de la economía nacional, tanto urbanas como rurales. Así entre 1976 y 2001, perderíamos casi 250.000 empresas industriales -el 75 % del parque industrial- y 330.000 productores agropecuarios, la mitad de los existentes. La destrucción agraria estuvo vinculada también a la desindustrialización: al destruir la industria textil se liquidó la producción algodonera que había llevado décadas implantar; al destruir a los obreros industriales y expulsarlos del consumo, se exterminó a cientos de miles de horticultores y productores familiares, abriendo el camino para producir ‘pasto-soja’, innecesario para nuestro desarrollo nacional.  De tal forma el pedido de Henry Kissinger a los militares argentinos en abril de 1976, se había cumplido inexorablemente y la Argentina volvía a estar atada a los  intereses ‘agrarios predominantes, por naturaleza dependientes y coloniales’, como enseñara San Jauretche.(2) Pues había sido el malo de Kissinger, quien en abril de 1976 señalara a su embajada en Buenos Aires, en un radiograma secreto, sobre ‘la conveniencia de influir sobre las nuevas autoridades militares para que la Argentina abandonara el modelo industrial de posguerra, tan conflictivo socialmente, y retornara al modelo agroexportador de preguerra’. Claro para ello había que volver al país ‘de un habitante por cada cuatro vacas’, con la consiguiente –y trágica- reducción poblacional. Había que matar –y expulsar- a algunos argentinos sobrantes: 30.000 serían exterminados por los militares genocidas, casi 500.000 emprenderían el exilio y cerca de 450.000 serían eliminados por hambre gracias a las políticas neoliberales aplicadas entre 1989 y diciembre de 2001, refundando una nueva Argentina agroexportadora, sólo que ya no seríamos el ‘granero del mundo’ sino su ‘forrajería’, con un pueblo pobre y una oligarquía terrateniente-sojera inmensamente rica.

 

De Perriaux a la Mesa de Enlace

Cuando el gran estratega entrerriano de la FAA, exclamara exultante: ‘tenemos que entender que la Argentina debe producir soja, maíz y carne, que es lo que sabemos hacer, y los autos se los tenemos que dejar hacer a los chinos, coreanos y japoneses que lo saben hacer bien y baratos. Y los amigos de Kirchner del conurbano –esos negros de mierda que no quieren laburar. AJL- tienen que entender que el kilo de carne lo van a tener que pagar 60 o 70 pesos,’ desconocía –tal vez no- que no estaba inventando nada. Ya Martínez de Hoz había explicado ‘que si el país iba a producir acero o galletitas lo iba a decidir el mercado.’ La burguesía terrateniente había decidido que la Argentina dejaría de producir acero, pero…también galletitas. Las políticas implementadas en los noventa hicieron que el núcleo duro de la burguesía terrateniente pampeana que había industrializado parte de la colosal renta diferencial entre 1945 y 1975, vendiera sus activos industriales –Bemberg, Fortabat, Bunge y Born, Pérez Companc, Wertheim-, fugando el grueso de ese capital a paraísos fiscales -entre 180.000 y 300.000 millones de dólares- recomprando gran parte de las tierras que había debido vender en el ciclo industrial. De tal forma del derrumbe de la Argentina industrial, emergió la Argentina sojera. Al mismo tiempo la FAA –que perdió 300.000 miembros, sobre 400.000 en este ciclo- dejó de representar a pequeños productores en conflicto con grandes terratenientes, para pasar a representar a un grupo agresivo de nuevos pequeños terratenientes que al igual que los grandes, pueden ser rentistas agrarios, ya no chacareros o chacrers, tal como gustan fabular algunos monsantianos, y participan de la expulsión y exacción de los verdaderos pequeños y medianos chacareros y pobladores originarios del NOA y del NEA. De tal forma cuando el pueblo argentino, recuperando su dignidad mancillada, sepultara al modelo neoliberal en la heroica rebelión de diciembre de 2001, recuperaba también la posibilidad de retomar la marcha industrializadora –democratizadora-, haciendo posible la recuperación de un modelo productivo. Reemergía sin embargo un viejo problema, ¿cómo reconstruir la Argentina industrial sin una burguesía dispuesta a serlo? Peor aun, la renta diferencial pampeana –las increíbles condiciones agroecológicas de la Pampa Húmeda- producen el efecto que al contrario del resto del mundo, los industriales y banqueros –anque algún sindicalista o político corrupto-  se hacen terratenientes y no al revés como enseña la economía clásica. De allí que no hay industria en la Argentina sin Estado industrial. De tal manera la sojización o la tan meneada ‘Argentina verde y competitiva’ –sucedáneo de Argentina no industrial- aparece como un  producto parasitario y neocolonial de un sistema económico retrotraído al pasado,  emergiendo como el resultado directo de la desindustrializacion del país. Así la Mesa de Enlace, que reclama retenciones cero impidiendo al Estado la regulación de la economía y la apropiación de una mínima parte de la renta agraria, lejos de simbolizar un ‘nuevo consenso burgués’, no es mas que el viejo proyecto burgués terrateniente colonial revestido de viejo, claro que ahora agringado. Y es más viejo aun, pues ya este proyecto agroexportador, no encierra siquiera la posibilidad de avanzar hacia alguna forma de industria colateral como el anterior. Mil hectáreas de soja transgénica forrajera sólo producen dos puestos de trabajo, pero destruyen nueve de cada diez de los existentes. Por el contrario, la agricultura familiar, además de producir alimentos sanos y no contaminar el ambiente, produce de 20 a 30 puestos de trabajo por cada 100 hectáreas. De tal forma la nación se debate en un dilema de hierro, como supo expresarlo no hace mucho Daniel Muchnik: ‘O producimos soja, o producimos camiones, las dos cosas no se puede.’ Y claro está, eso no lo puede decidir la Mesa de Enlace en representación de apenas 75.000 sojeros, sino el Estado nacional en nombre de 40 millones de argentinos.

6Sep/090

De retenciones, arrendamientos… y otras yerbas

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03-09-2009 /

Alejandro Rofman

 La semana avanza y con ella especiales novedades en torno de la política agropecuaria a nivel nacional.

El frente ruralista fue denunciado por Buzzi (uno de sus integrantes) por estar constituido por solamente un poco más de 2.200 dueños de tierras que cultivan gran parte de la soja del país. Ello ocurrió en un encuentro sobre propiedad y tenencia de la tierra rural celebrado hace dos semanas. Allí se conoció que el otrora líder del chacarero agrícola de la Pampa Húmeda y de los pequeños productores agrarios del norte y el oeste del país remarcó, en ese encuentro organizado por la Federación Agraria Argentina en el Hotel Bauen el pasado martes 18, que el gran problema agrario argentino es la concentración de la tierra. E hizo alusión a los últimos datos acerca del modo como en la producción del principal producto que se cultiva en nuestro espacio rural –la soja– el grueso de la actividad está cada vez más en pocas manos.

Claro que a los pocos días, una revolucionaria propuesta legislativa basada en un proyecto de ley del diputado Macaluse, de SI, mereció una dura crítica del chacarero convertido en defensor de los grandes propietarios. El referido proyecto de ley da cuenta de la regulación de los arrendamientos y aparcerías rurales, necesitada de un cambio fundamental con respecto a la norma anterior, de 1948, cuando la realidad chacarera era otra.

El ruralismo, convertido en un movimiento destinado exclusivamente a discutir con el Estado el tema de los derechos de exportación, cambió fundamentalmente el perfil de nuestra actividad agraria destinada, en lo fundamental, a la exportación. Los nuevos protagonistas de la explotación de la tierra ya no son más aquellos aguerridos productores, descendientes de inmigrantes europeos que alquilaban las tierras que cultivaban con sus familias por toda la región pampeana a propietarios encolumnados, en su mayoría, en la Sociedad Rural Argentina. En 1948 las normas reguladoras de los alquileres o arrendamientos se impusieron para salvaguardar los ingresos de los sufridos chacareros, que eran esquilmados por los dueños-rentistas de la tierra.

Ahora el panorama es distinto. Los que alquilan son grandes grupos económicos o financistas (como De Angeli) que se alejaron de la vida chacarera o se agruparon para ser favorecidos por un fabuloso negocio financiero poniendo dinero para que empresas contratistas trabajen la tierra. La obtención de una cosecha de soja por año se convirtió en un gran negocio de corto plazo. Luego de cada campaña la tierra quedaba desnutrida y había que rotar el cultivo especialmente con trigo para que volviesen los nutrientes a alimentarla. Los arrendamientos por una campaña provocaban, y lo siguen haciendo, fuertes daños a la superficie cultivada con soja. Y a ello apunta la nueva ley que se proyecta discutir en estos días.

El contrato de arrendamiento –y esto es lo revolucionario – deberá suscribirse por no menos de cinco años, si se aprueba la ley. Se acabó el negocio fácil y el total desentendimiento de la salud de nuestras tierras y de su conservación a futuro

Pero los viejos y nuevos rentistas-financistas no quieren saber nada. A ello se les unen los que se han dado vuelta y ya no piensan más en la tierra, aunque protesten en un encuentro cada dos o tres años, porque también participan del negocio.

Es hora, entonces, de avanzar decididamente con la Ley de Arrendamientos sin retroceder un solo paso. En ello va el futuro de nuestro espacio rural. Y, luego, seguir apurando el paso para definir la constitución de un nuevo ente, como lo fuera la Junta Nacional de Granos, para regular los mercados internos y externos y consagrar el principio de la soberanía alimentaria. Y, finalmente, dar un paso decisivo en el apoyo integral al auténtico campesinado argentino que con más de 200.000 familias produce y vive en sus fincas a lo largo y ancho del país siendo una pieza fundamental en la consagración de la soberanía alimentaria para todos.

6Sep/090

UN INFORME DE FLACSO: El avance de la soja

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En el escenario de crisis internacional, la rentabilidad de la soja implica un efecto desplazamiento sobre otras siembras. En un reciente trabajo titulado “Especialización agraria y conflicto agrario”, el investigador de Flacso Nicolás Arceo da cuenta de este fenómeno y marca que la primacía de la oleaginosa se exacerbaría en el caso de una baja en las retenciones. Ese riesgo pareciera no ser tomado en cuenta por los sectores que presionan insistentemente para cumplir los deseos de la Mesa de Enlace.

Arceo se centró en el análisis de los cuatro principales cultivos de exportación en la región pampeana durante el período 1993-2009. Desde los noventa, indica el investigador, a la suba en la productividad que se venía dando desde los ’70 se le adicionó el aumento en la superficie sembrada, para generar el mayor incremento de la producción agrícola en 80 años. Se pasó de 19,6 millones de has sembradas en 1993/94 a 32,6 millones en 2007/08. Este aumento, en un 95 por ciento, está explicado por la soja.

A la vez, se produjo un crecimiento del margen de rentabilidad durante la posconvertibilidad en relación con la década pasada. Sin embargo, indica que “los precios desde el 2002 hasta 2007 –en dólares de valor constante– no se recuperaron de los niveles de los ’90. El alza en los márgenes –concluye– se debió a la política cambiaria”.

Luego del aumento espectacular de los precios producto de la burbuja financiera y el posterior derrumbe, la situación particular de cada cultivo es dispar. Por un lado, los precios evolucionaron en forma distinta, mejor para la soja y el girasol y más débilmente para el maíz y el trigo. Además, los precios de los insumos utilizados en la soja cayeron, arrastrados por la baja en el petróleo pero, por ejemplo, para el caso de los insumos del trigo, la baja no fue tal.

La evolución diferencial de los precios de estos cultivos y de los insumos que se utilizan para su producción generó una fuerte heterogeneidad en la rentabilidad. Según Arceo, la rentabilidad absoluta de la soja aumentó y está en los mejores valores de la posconvertibilidad, al igual que el girasol. En cambio, el maíz está en el promedio de los años anteriores, pero su rentabilidad relativa frente a la soja, indicador que resulta muy significativo para el investigador, cayó más de la mitad. El trigo, directamente, tiene un margen negativo.

Según Arceo, la consecuencia del proceso de baja en la rentabilidad en los cultivos indicados, por la evolución dispar de los precios, insumos, y en buena medida por la tremenda sequía, es la caída en la superficie sembrada y el avance de la soja sobre otros cultivos. Por primera vez desde 1997/98, la superficie sembrada en 2008/09 cayó en un 6,9 por ciento, aunque la soja aumentó en 2,8. El resto de los cultivos promedian una baja del 20 por ciento. La sequía hizo disminuir la rentabilidad promedio en todos los casos, pero el impacto mayor se verá en la próxima campaña.

El grave problema de la sequía requiere de soluciones puntuales inmediatas para el investigador. Pero en paralelo, indica que la evolución del sector desde principios de la convertibilidad, pasando por el auge en la posconvertibilidad producto de la política cambiaria, muestra la consolidación del esquema basado en la soja, que avanza sobre otros cultivos a causa de su mayor rentabilidad relativa.

Para dilucidar las consecuencias sobre el proceso político, Ernesto Mattos, en un trabajo titulado “Crecimiento económico y sector agropecuario 1991-2007”, afirma que la aglutinación de los representantes del agro en torno de la soja no es contradictorio con la base económica sectorial, sino que, en cambio, esclarece el predominio marcado del “oro verde” en la estructura económica del sector.

Para Mattos, quien también participó en el congreso de AEDA, se trata de la aparición de un nuevo sujeto hegemónico, “que se fue desarrollando en torno a la soja, a la par de la tecnificación, concentración y extranjerización de la producción, cuestión que se puso de manifiesto en el conflicto de la 125”. Ahí fue cuando la representación política clarificó su contenido económico. Es la consolidación del modelo sojero, algo, como mínimo, “no positivo”.