Comisión de Economía Carta abierta Buenos Aires

25Abr/100

Acumulación y fuerzas productivas, hoy

Publicado por admin

Ricardo San Esteban

(Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

 Como hemos visto, el modelo de acumulación ha variado a través de los tiempos, aunque sin perder su esencia. También lo han hecho las fuerzas productivas, con la ciencia aplicada como uno de sus componentes más notorios, y con ello, también, el desplazamiento del centro de acumulación de capitales hacia el este y, especialmente, la profundización de la crisis cíclica y general en el mundo desarrollado. Naturalmente que la gran burguesía internacional nos dice -refiriéndose a dicha crisis- que ya se superó e infla con entusiasmo su nuevo gran globo y de paso, nos provee de globitos multicolores.

Para entender qué es lo que está pasando, veamos, en primer término, la categoría excedente de producción. La categoría excedente de producción fue muy estudiada por los clásicos, denominándola net produce o surplus of produce, diferenciando así entre el producto bruto y las necesidades de vida de todos aquellos que se encuentran relacionados con la producción, según escribía, por ejemplo, John Stuart Mill en sus Principles (1).

Cuando Carlos Marx logró desentrañar lo misterioso de esta categoría, derivando de la misma el concepto de índice de explotación de la clase obrera, los economistas burgueses –en primer lugar el propio Stuart Mill- la dejaron de lado y haciéndose los distraídos, hablaron entonces del producto social como costo de factores, y consideraron que el ahorro que implica no es consecuencia de la plusvalía sino de una loable acción de abstinencia de la burguesía.

Es más que notorio: la acumulación resulta de la explotación de los trabajadores –y del pobrerío en general- y no de la moral circunspecta de los patrones. Cualquier sistema productivo viable se halla en condiciones de proporcionar un excedente, es decir, un producto mayor del que resulta necesario para mantener a la totalidad de la población. Es también notorio que el excedente de producción implica excedente de población, pues el uno no podría darse sin el otro.

En casi todas las sociedades divididas en clases han existido grupos sociales minoritarios que, astutamente, se las ingeniaron para apropiarse del excedente de producción. Recordemos aquel grito desgarrado de Túpac Amaru: “campesino, el patrón no comerá más de tu sudor” Creo que nadie puede negar este hecho que si es moralmente detestable, es también necesario para que pueda darse la acumulación y el avance de las fuerzas productivas capitalistas.

Michel Aglietta (2), en su teoría de la regulación, puso el acento en el proceso de valorización que trascendía las formas mercantiles de apropiación del plusvalor (absoluto y relativo), formas que se ampliaban con las modalidades de organización de la fuerza de trabajo, las cuales posibilitaban intensificar su uso en el proceso productivo mediante mecanismos de reducción de tiempos muertos.

El tema planteado por éste -en cuanto a que el salario o valor mercantil del trabajo no depende sólo de la forma institucional en que ha sido pactado- estaba ya previsto por Marx. Aglietta señalaba que dicho salario se hallaba supeditado a lo que ocurría en la esfera de la circulación, con la baja del salario real debido a la inflación, pero ya el marxismo había formulado innumerables veces la tesis de que el salario depende de muchas variables y no equivale al valor de la fuerza de trabajo. La inflación logra una redistribución a favor de los capitalistas, pero –obviamente- no crea nuevo valor. El poder adquisitivo real de los asalariados dependía y depende, entre otras cosas, de los precios de mercado y de la capacidad de negociación de las asociaciones de trabajadores.

El regulacionismo, pues, entendía al Estado según su forma de intervención, bajo las particulares instituciones que surgían en cada régimen de acumulación y por su relación con cada momento específico de un determinado tipo de regulación social. Ejemplificaba, por ejemplo, que en el caso del fordismo, la forma de intervención estatal era la de proveer a su estado de bienestar o welfare state de mecanismos reguladores propios. Esta corriente consideraba las crisis como etapas superables, negando la crisis final, por lo que proclamaba rearticular la relación capital-trabajo para cada momento concreto en las distintas fases de la acumulación, tarea que correspondía al Estado capitalista, utilizando métodos sutiles como la “inflación controlada”, los mecanismos supranacionales e inclusive, el discurso legitimador. Este detalle fue el que no vio, lamentablemente, nuestro querido Antonio Gramsci cuando pregonaba las bondades del fordismo como modelo para armar.

En una entrevista realizada en el 2007 Aglietta –sin renunciar a su prédica a favor de las regulaciones- admitía que, ahora, se pasa de burbuja en burbuja porque el sistema carece de cualquier freno interno.

El sistema de acumulación ha cambiado y así declaraba que China es el pivote de la integración asiática y Asia el lugar adonde se trasladan los fenómenos más significativos. China es el taller industrial del mundo que recibe las materias primas de Australia, los bienes de equipo de Corea, de Taiwán y de Japón y los servicios financieros de Hongkong y de Singapur. Diez años después de sus crisis, Asia se ha convertido en un polo ineludible de la acumulación capitalista. El mundo se ha polarizado por la relación entre los EEUU y el grupo de países emergentes, entre ellos China. Esa relación es de colusión tácita y de rivalidad latente a causa de la inversión de los movimientos de capitales y de la deuda norteamericana.

Aglietta proponía la necesidad de un equilibrio ordenado en EEUU, restableciendo la tasa de ahorro. En Asia, un reajuste de las tasas de cambio y el crecimiento de las demandas internas. Europa, -decía- a falta de una política monetaria exterior, se verá muy perjudicada si el reequilibrio se traduce sólo en una presión sobre el euro, ya sobrevaluado. Son las monedas asiáticas las que tienen que revaluarse. Por consiguiente –continuaba Aglietta- el error en Europa es separar las políticas macro de las políticas micro. Urge su conexión para definir dinamismos industriales y sostener las innovaciones con políticas de crecimiento.

En estas fechas China acaba de declarar que no devaluará pese a los sueños de Aglietta y por otra parte, pensamos nosotros, la crisis no se superará con piruetas monetaristas porque ése no es el fondo de la cuestión. Por caso, la economía de la eurozona se mantuvo en los mismos niveles en el cuarto trimestre de 2009 en comparación con los tres meses anteriores, según informó la oficina estadística de la Unión Europea (UE), Eurostat, publicando que en toda la Unión Europea (27 países), el PBI experimentó un crecimiento trimestral de 0,1 por ciento. Pero, medido en términos interanuales, se contrajo 2,3 por ciento. Según Eurostat, el mayor crecimiento trimestral del PBI se produjo en Eslovaquia, con un 2 por ciento, seguido por Malta (0,9 por ciento) y Francia (0,6 por ciento). En cambio, las mayores contracciones del PBI se registraron en Irlanda (2,3%), Grecia (0,8%) e Italia (0,3%).

Estas mediciones resultan engañosas porque en el mejor de los casos se trata de rebotes momentáneos. Y a más, como hemos sostenido, las mediciones tomando en cuenta el PBI son falaces, porque la que debería estimarse es la renta nacional, para con ello obtener datos más precisos. El PBI engloba cifras comerciales, industriales y de servicios y de esa manera infla la cifra real, que es la que, en cambio, muestra la renta nacional basada solamente en la producción del capital genuino. La recuperación de la economía mundial se ralentizará durante el primer semestre de 2010, según adelantó la OCDE en un informe publicado en París.

En Estados Unidos la recuperación seguirá siendo, igual que en Japón y en los países de la zona del euro, un sueño, y su ritmo será menos vigoroso en los dos primeros que el registrado a finales de 2009. Dice que el aumento del PBI estadounidense será "más sostenido" que el de los países de la zona euro, donde se detectan aún "importantes desequilibrios externos", indicó la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). "Los países de la OCDE se beneficiarán en los primeros seis meses de 2010 del empuje de las economías emergentes", destacó el economista jefe de la Organización, Pier Carlo Padoan. "Los países de la OCDE se han beneficiado, por medio de los intercambios comerciales, de la viva expansión de la actividad en las grandes economías emergentes, especialmente China, India y Brasil", precisó en su informe la Organización.

En realidad, se trata de un espejismo porque los problemas centrales no sólo no se han resuelto, sino que se han profundizado, y nuevamente se infla la burbuja financiera con récords en las cotizaciones ocurridas en las Bolsas del mundo, pero que, como suele repetirse en esas mismas Bolsas, los árboles no crecen hasta el cielo. La emisión desenfrenada de dólares y bonos del tesoro, cuya paridad es sostenida por el mundo, tarde o temprano terminará por sincerarse.

El caso argentino

En Argentina, a partir del primer peronismo hubo salarios de nivel más alto pero también una inflación importante y fue inútil el llamado de Perón para controlarla. Con la caída del peronismo y la subsiguiente adhesión del gobierno militar al FMI y al Banco Mundial se aplicó un modelo que llevaba a equiparar aquel nivel salarial con el más bajo del continente, aún por debajo del mínimo psicológico.

Esta rebaja salarial fue parte de un paquete encaminado a redefinir la estructura productiva de la Argentina de acuerdo a la división internacional del trabajo, y el resultado quedó a la vista pues hubo una acelerada desinversión y con ello, pues, un retroceso hacia la etapa pastoril con un adicional en el sector servicios. La clase obrera junto con el aparataje industrial habría de ser prácticamente demolida, y el campo, despoblado de arrendatarios y obreros rurales, reprodujo la gran extensión latifundista y la agricultura extensiva.

No se puede borrar impunemente la estructura socioeconómica de un país, so pena de incurrir en el peligro de su desintegración y la Argentina estuvo muy cerca, sobre todo cuando culminó este proceso de desmantelamiento, en el año 2001, proceso que al bloque dominante le había tomado cincuenta años realizarlo.

Leyendo esto, uno recuerda aquella expresión de Juan Carlos Pugliese, Ministro de Economía de Raúl Alfonsín, cuando exclamó: yo les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo.

Cuando el desarrollo de los sectores productivos I y II no guardan una determinada sincronía y ocurre una deliberada desintegración productiva, los desequilibrios resultan nefastos, máxime si ha existido una destrucción casi total del sector I (medios de producción de la industria de punta).

Sabido es que en la economía capitalista clásica se verificaban dos tendencias. Por un lado, una creciente demanda de mano de obra especializada, y por el otro, un ejército de reserva de trabajadores, conformado este último –en general- por la gente de menor calificación.

La introducción de la técnica en la agricultura, el régimen de tenencia de la tierra y las crisis agrícolas desalojaron hacia las ciudades a una parte creciente de la población que se sumó al remanente ya instalado –sobre todo- en los barrios marginales, fruto del cierre masivo de empresas industriales. Como ya dijimos, durante la cruel y estúpida dictadura de Onganía se produjeron centenares de miles de desalojos rurales, la destrucción de las cooperativas y de las Juntas nacionales de granos y de carnes.

No se dio, como en la época de los clásicos, una disgregación de la economía precapitalista sino una destrucción masiva de fuerzas productivas (más allá de un nivel de destrucción que es normal en todo avance tecnológico capitalista). Con ello se fortaleció la estructura atrasada. Indudablemente, se trató de una desacumulación, de una colosal descapitalización nacional, del saqueo y desguace.

La ley de flexibilización laboral aprobada en la época del gobierno de De la Rúa, en realidad constituía una de las exigencias del bloque dominante, quizá para incrementar su masa de ganancias y comenzar a invertir en algunas ramas menores de la economía. La persistente fuga de capitales, por parte de la gran burguesía argentina e internacional, guardaba relación con la zozobra que se fue dando a nivel sistémico, y por la que los capitales de la pequeña, media y gran burguesía buscaron refugio en la moneda más fuerte y en los paraísos fiscales, capitales que, obviamente, no fueron reinvertidos en la producción.

A ello se sumó –en nuestro caso- la particular crisis de estructura, la supervivencia de rasgos precapitalistas en el campo, rasgos que la burguesía nacional con Perón a la cabeza no quiso o no pudo liquidar y menos aún lo hicieron regímenes posteriores.

La desocupación, el ejército industrial de reserva y la exclusión

La desocupación, en tiempos de los clásicos, resultaba principalmente –como ya hemos visto- de la disgregación de la economía precapitalista. El ejército industrial de reserva surgió en Europa como un elemento exógeno, con el aporte de millones de campesinos expropiados y de artesanos medievales.

Ya habíamos visto que algunos economistas -Celso Furtado, entre otros- creen refutar a Marx acusándolo de introducir en el modelo este elemento externo, señalando dichos economistas que el ejército industrial de reserva no era inherente al propio régimen capitalista ni fruto de sus contradicciones internas. Decían y dicen que el ejército de reserva surgió como un elemento externo, y que Marx lo introdujo en el modelo para que le fuese posible explicar que, con la acumulación y el adelanto de la técnica, aumentaría la presión para reducir los salarios.

Si bien el ejército de reserva provenía de la disgregación precapitalista, en dicha disgregación ya estaban actuando los atractores extraños que, como dijimos, llevaban al sistema hacia la futura formación económico-social. ¿A cuento de qué se disgregaba, sino, la sociedad feudal? En ese sentido, también habría que pensar en que la acumulación temprana, sobre todo en metálico, también constituyó un elemento externo al sistema, sobre todo por el aporte de los grandes tesoros habidos en América y que constituyeron el botín más fabuloso en la historia de la humanidad.

Como hemos señalado, los principios de legitimidad no coexisten sino que se suceden en el tiempo. Los principios de legitimidad del sistema social feudal –en realidad, la forma y el tiempo de trabajo- no poseían el mismo contenido que los del sistema capitalista, sistema éste en el que el hombre es jurídicamente libre y vende su fuerza de trabajo, y donde aquel principio de legitimidad no podría constituir el elemento fundamental del sistema capitalista si previamente no desintegraba al principio anterior, principio que se basaba en la relación de señorío y servidumbre.

En el sistema feudal, el tiempo se medía por cosechas o por pariciones. Por eso en el capitalismo la categoría de tiempo de trabajo posee otro contenido, pues el trabajador, contrariamente a lo que realizaba el siervo de la gleba, ya no entregaba su fuerza de trabajo y la de su familia para laborar las tierras de su señor -a cambio del usufructo de una parcela- sino que vendía esa fuerza de trabajo durante un período limitado de horas y de años. Y esa venta de una parte de sí mismo, era realizada en el mercado y cobrada por ello en moneda de curso legal. Es más, el tiempo de trabajo se abstraía del obrero para transformarse en elemento del sistema, en tanto que el resto del ser humano se transformaba en parte del entorno interno.

No hay bien más valioso ni más escaso para el ser humano que el tiempo, y por lo tanto, cuando ese tiempo debe ser enajenado para subsistir, se produce un desgarramiento de su ser. Para mayor claridad, digamos que el obrero posee la fuerza de trabajo como un valor de uso, valor de uso que debe poner en venta para poder sobrevivir. En tanto esa fuerza de trabajo no sea vendida y luego se transforme en tiempo de trabajo, no se constituye en elemento del sistema capitalista, porque el proceso legitimador pasa por la temporización del trabajo a partir de su venta, a partir de la venta de una parte de sus facultades creativas y laborales, que es lo que el obrero realiza en el mercado.

La relación entre aquel principio del pasado que constituyó la base del sistema feudal, la existente en la actualidad y la que vendrá no desaparece. Los principios de legitimidad del pasado y del futuro acechan constantemente para disputar el principio de legitimidad al actual elemento del sistema. Los resabios atrasados, en un país como la Argentina, siguen actuando subsumidos en el sistema capitalista, al cual en cierta medida traban o frenan. Tal es el caso del régimen de tenencia de la tierra, porque la renta absoluta precapitalista sustrae y licúa una parte del ingreso, una parte del capital social y de esa manera, en lugar de subsidiar a la gran industria se subsidia al terrateniente o al oligarca parasitario. Por ello, a la crisis del sistema capitalista se suma otra, que es la de estructura, y cuya expresión más notoria es la inflación en los precios de los productos básicos de la canasta familiar y la menos notoria, pero más dañina, es la fuga de capitales convertidos así, en dinero de humo.

El pato de la boda

Y los principios de legitimidad del futuro también traban o frenan a las fuerzas productivas y así aparecen las grandes masas desposeídas que cuestionan, aún inconscientemente, el principio de legitimidad del régimen y plantean que así no podemos seguir. En efecto, la desocupación y la exclusión, la desaparición de una parte sustancial de la clase obrera y de la burguesía industrial implica la desaparición, en esa misma medida, del principio legitimador del sistema capitalista, que no es otro que el de la comercialización de la fuerza de trabajo medida en tiempo.

Actualmente los aspectos psíquico y físico del ser humano, que son parte del entorno, en realidad ya están pugnando para legalizarse como nuevas partes del elemento, ya están participando de un caos altamente estructurado y que proviene de cómo el sistema social actual se prepara para sucederse a sí mismo. Los atractores extraños trabajan en ese sentido.

En otros tiempos, como hemos dicho, la acumulación tuvo su aceleración a partir de la desintegración feudal y de la ascensión del nuevo principio de legitimidad, que por cierto tiene poco y nada que ver con la legalidad jurídica burguesa, pues en la acumulación capitalista no intervinieron, ni menos intervienen actualmente, mecanismos puramente lícitos o que puedan registrarse en las teorías de los clásicos o en las del ampuloso Harvard.

Como ya señaláramos, además de la obtención de plusvalía que constituye la esencia del régimen, la piratería, el saqueo, la acción mafiosa y otras lindezas constituyeron y constituyen elementos funcionales a la acumulación capitalista. Don Carlo Gambino (don Corleone) hace mucho tiempo que tiene butaca en todos los grandes directorios. Baste observar, en las revistas del corazón, la vida novelesca de ciertos ejecutivos vicunlados con las celebrities como el jefe del banco Goldman Sachs, Lloyd Blankfein. Los medios han registrado la conducta de este filántropo que además de dar dinero –ajeno- a las instituciones de caridad, tenía un harén propio, mixto.

Gran ejecutivo que guió a Goldman Sachs a través de la crisis financiera, casi sin perjuicios y recibió un suculento bonus de cien millones de dólares por ello. Su nombre no está incluido en la demanda, sólo la del gerente responsable de la transacción, Fabrice Tourre, que resulta así un perejil.

En tanto, "Whitehall Street International", el fondo inmobiliario de Goldman Sachs, registró una fuerte caída de su patrimonio, de los antiguos 1.800 millones a apenas 30 millones de dólares, según el último informe anual del banco. Una portavoz del banco se negó hoy a comentar las cifras del informe enviado a los accionistas ya el pasado mes. Goldman Sachs presentará en pocos días su actual balance. El propio banco es uno de los más grandes inversores del fondo. Recientemente el "Whitehall Street International" registró fuertes pérdidas con sus propiedades inmobiliarias en Estados Unidos y en Japón. El hecho de que el fondo haya comprado muchas de sus propiedades con dinero ajeno dificulta aún más la situación. El "Whitehall Street International" debe afrontar así deudas gigantescas en medio de la crisis que afecta a todo el sector.

Otro que bien baila es el competidor directo del fondo de Goldman Sachs que también hace frente a fuertes pérdidas: el valor del Morgan Stanley Real Estate Fund VI podría retroceder de 8.800 millones a 3.400 millones de dólares. Varios expertos temen que la situación pueda desatar una segunda crisis financiera. Según estimaciones del Congreso estadounidense, casi la tercera parte de los más o menos 8.100 bancos del país podría verse afectada por impagos en el sector inmobiliario. En realidad, el pato de la boda es, como siempre, el deudor hipotecario más pobre, que es despojado de la vivienda familiar adquirida con enormes sacrificios.

Ley general absoluta de acumulación capitalista

Volviendo al tema de la acumulación, Marx señalaba que cuanto mayor es la riqueza social, tanto mayor es el ejército industrial de reserva. Constituía parte del razonamiento conducente a verificar el funcionamiento de la ley general absoluta de acumulación capitalista y también, de la anexa ley de población.

De esa manera se llegaba a la conclusión de que el hecho más importante de la dinámica del capitalismo se hallaba en el aumento de la riqueza, que implicaba necesariamente el aumento de los desocupados, de la cantidad de quienes no podían acceder a puestos de trabajo.

Por consiguiente, las causas de la lucha de clases se incrementaban con el aumento de la riqueza social. Podríase deducir, de esa circunstancia, que la situación de la clase capitalista sería cada vez mejor, como consecuencia de la presión sobre los salarios ejercida por la oferta de mano de obra, pero en realidad no ha sido ni es exactamente así.

En la economía clásica se afirmaba que la tasa de ganancia tendía a declinar, a largo plazo. Remitámonos a las conclusiones a que llegaba J.S.Mills, deduciéndolas del reaccionario principio de población de Malthus, así como también de la ley de la renta diferencial descubierta por Ricardo; de ahí partía para tratar de demostrar que toda tentativa de elevación arbitraria de los salarios reales carecería de alcances prácticos.

Marx percibió el meollo del asunto para demostrar la temporalidad del capitalismo. De esta manera, si el índice de ganancia tiende a descender -siendo su límite cero- está claro que no solamente la clase obrera sino también la burguesía, como clase, tiende a desaparecer, habida cuenta que las inversiones aumentativas de la productividad del capital son aquellas que reducen, en forma relativa y absoluta, el incremento del mismo. Veamos cómo es esto. En su lucha por impedir el descenso del mentado índice de ganancias, los capitalistas echan mano a todos los arbitrios, particularmente a los siguientes: a) explotación más intensa de la fuerza de trabajo, b) exportación de capitales, especialmente hacia las colonias y países dependientes (idea que V.I. Lenin desarrollaría en su teoría sobre el imperialismo, y que tenía como uno de sus elementos la mención de la realidad argentina) y c) intensificación de la acción de acumulación con el objetivo de aumentar la cantidad absoluta de la masa de ganancias. Este tercer argumento es destacado especialmente por Marx, aunque nosotros debemos prestar atención a una nueva modalidad en la exportación de capitales, llevándose capital genuino e importando “dinero de humo”, especulativo.

Constituye característica general de las economías subdesarrolladas la existencia de un grado elevado de asincronía en cuanto a la formación del capital, y en su correspondencia entre los sectores I y II. No solamente existe dependencia en lo que respecta al aporte neto de capitales productivos y a la formación del ahorro nacional, sino sobre todo en lo que hace a la transformación de dicho ahorro en inversión real. Un hecho llamativo –y que ya hemos apuntado- es la fenomenal fuga de capitales, más allá del envío de remesas de las filiales hacia sus casas centrales, y además, la licuación del capital productivo debido a las rentas parasitarias. Por otra parte, los fondos buitres y toda una caterva de truhanes importan dinero de humo, especulativo, sin base en la producción industrial y luego, sacan del país capital genuino.

De manera que aumentando la explotación de la masa de obreros empleados y de todo el país, concentrándose los capitales en manos cada vez más reducidas, en los países periféricos, un índice declinante de la tasa de ganancias podría coincidir con el crecimiento de la ganancia absoluta, sobre todo ligándolo a procedimientos non sanctos, especulativos, lavado de dinero y tráficos diversos.

Pero no es menos cierto que por la declinación permanente del índice de ganancias, llega el momento en que el sistema global tiende a traumatizarse, enfilando hacia el colapso total. Marx vio en las crisis cíclicas una anticipación de los hechos que ahora se manifiestan crudamente en los países centrales.

Al incrementarse la desocupación e imponer ésta el descenso salarial –eliminando, por otro lado, a la pequeña y media burguesía, facilitando una acelerada concentración- dichas crisis permiten el saneamiento y recuperación del sistema, pero acentúan las tendencias catastróficas de largo plazo. Una sucesión de crisis conduce ineludiblemente a la quiebra final del sistema con la eliminación de la clase capitalista, ya por entonces simple factor de entorpecimiento para el desarrollo de las fuerzas productivas.

Marx percibió que el adelanto de la técnica constituía un elemento de acción más profunda que la mera acumulación. Y de allí dedujo que, por intensa que resultase la acumulación, la oferta de mano de obra sería cada vez más elástica hasta transformarse en una creciente desocupación tecnológica.

Como ya dijimos, los profundos cambios socioeconómicos y la crisis doméstica dentro de lo que se llamó el campo socialista hicieron que muchos intelectuales decretaran la muerte del marxismo, y entre ellos Ludolfo Paramio (3), quien hizo un vibrante llamamiento a repensar la sociedad descartando el análisis de clase. Confundía los cambios habidos en la manifestaciones del sistema, su comouflage, sus estrategias de supervivencia, con el despliegue de las distintas fases de la acumulación del capital, que respondía a situaciones históricas concretas, pero en ningún momento suponían el cambio de esencia del capitalismo, el reemplazo de su principio de legitimidad.

Las corrientes regulacionistas decían que las crisis se encuadraban en la caída de la tasa de ganancia (1873 y 1973) o de realización (1930) y de esta manera entendían que sólo se trataba de redifiniciones del régimen de acumulación, sin atender o negando la acción de los atractores extraños, o la existencia de la contradicción fundamental del capitalismo.

Ricardo Romero (4) comunicaba, glosando a Ernest Mandel, que el aspecto central residía ahora en la modificación de los procesos de extracción de plusvalor, proceso provocado por los cambios en la tercera revolución industrial, donde la innovación tecnológica se convertía en parte esencial de los mecanismos de explotación. Esto estaría combinado con la reducción de la rotación del capital fijo y la concentración y centralización internacional del capital que trasmutaba el ciclo largo tradicional, debido a que así se evitaba la caída de la tasa de ganancia por el aumento de la composición orgánica del capital. A su vez el Estado, con su gasto público, que no disminuía siquiera en la era neoliberal, garantizaría el proceso de valorización y por último, la intensificación del comercio internacional contribuiría a evitar la crisis de realización.

Los hechos que se están viviendo en el mundo contradicen o desmienten estas afirmaciones, en particular porque el principal arbitrio para aumentar la masa de ganancia no es solamente una modificación tecnológica sino las nuevas –y viejas- relaciones de sujeción que implican el saqueo liso y llano, en una economía de guerra desatada sobre los países más débiles y sobre las poblaciones desposeídas de los propios países centrales.

Entendía que la forma adoptada por la mercancía en la era del capital tecnológico trasmutaba las leyes generales del capital. Las determinaciones específicamente históricas de la mercancía y, por tanto, del capital, fueron analizadas por Marx sólo en el ámbito del capital no-diferenciado, predominante en el siglo XIX. Pero la nueva fase del capitalismo nos muestra un capital diferenciado, potenciado por el cambio tecnológico, y que domina la sociedad capitalista actual.

Algunos regulacionistas establecían la diferenciación del capital en diversos planos, a partir de las formas empíricas: industrial, bancario y comercial, donde el capital real es la unidad de estas tres formas y el capital formal pertenece a los capitales comerciales y financieros; el desarrollo del capital no-diferenciado, está caracterizado por la preponderancia del capital real. Con la diferenciación del capital, se observará una preeminencia del capital formal sobre el Capital genuino.

Pero la diferenciación del capital es, en gran parte, sólo formal; se torna real en cuanto la innovación tecnológica pasa a ser parte inseparable de la relación capitalista, y no se ve trabada, como lo señala Mandel, mediante los procesos que pudieran contrarrestar las baja tendencial de la tasa de ganancia.

Esta innovación constituye un dinero diferenciado que genera ganancias extraordinarias y tiende a evitar la igualación de dichas tasas de ganancia, lo cual propicia crisis sustancialmente diferentes. Por otra parte, subordina al subsistema del capital no-diferenciado, con sus leyes clásicas. Recordemos lo que anteriormente decíamos, en el sentido de que puede aumentar la tasa de ganancia pero disminuir, como acontece, la cuota de plusvalía e inclusive aumentar la masa de ganancia pero disminuir la masa del capital genuino.

Ricardo había percibido ya que la técnica debe ser económica para lograr aprovecharla. En otras palabras, las máquinas nuevas son adquiridas cuando su precio, en comparación con el de la mano de obra ahorrada, resulta compensatorio. De este modo, existe una interdependencia entre la asimilación de nuevas técnicas y el precio de dicha mano de obra. El propio Marx nos da un ejemplo de esta interdependencia cuando pasa a analizar el caso de la agricultura inglesa entre 1849 y 1859. En sólo diez años se había producido una suba de los salarios reales correspondientes a los obreros rurales, y como consecuencia fueron introducidas máquinas mejores y más modernas y así, el precio de la mano de obra volvió a bajar.

Esta también –junto a otras causas- ha sido una constante en la agricultura argentina. Otra de las causas, y que agrava la crisis de estructura, consiste en que la tierra y las máquinas se separan. El terrateniente hace trabajar sus campos desde afuera, en base a contratistas rurales que son quienes aportan el capital genuino, en tanto la mano de obra empleada es mínima e inclusive, en la mayoría de los casos, no registrada o en negro.

Es preciso recordar que tanto la acumulación como la asimilación de nuevas técnicas eran, en tiempos de Marx, iniciativas del capitalista individual, y la variable independiente resultaba el índice de acumulación. Hoy en día, no es tan así porque el sistema hace que las empresas se vean masivamente compelidas a tecnificarse so pena de sucumbir, y la mayoría de ellas, tecnificándose también sucumben. Por eso en la actualidad numerosas empresas que no han podido amortizar sus inversiones en nuevas tecnologías debido al constante decrecimiento de la tasa y la masa de plusvalía, o a que la velocidad del cambio tecnológico las deja out, han pasado a manos del sector financiero, que a veces no saben qué hacer con ellas.

Solamente debe considerarse ganancia extraordinaria aquella que es lograda por el capitalista individual adelantándose a sus competidores en la innovación tecnológica; pero cuando ésta ya se ha generalizado deja de existir dicha ganancia extraordinaria y sólo rige la tasa media.

Hablar de un capital diferenciado en estas circunstancias induce a engaño, por cuanto lo que en realidad aparece, junto al capital genuino, es dinero de humo, sin respaldo en el trabajo.

De todas maneras, el sistema siempre ha tenido necesidad de mantener desocupada a una parte de la fuerza de trabajo, que se constituye así en el ejército de reserva. La contradicción consiste en que los capitalistas consiguen pagar salarios bajos, pero como contrapartida dejan de beneficiarse con una mayor masa de valor, que podría ser creado por los ahora desocupados. Como el gran problema es invertir su nuevo capital, tanto más si es aceptada la tesis de que el índice de ganancias del capital ya invertido tiende permanente a declinar, cabría preguntarse cómo es posible que la desocupación tecnológica aumente constantemente. No es difícil conciliar esa desocupación con la existencia de capitales ociosos que dejan de serlo y derivan luego en las burbujas financieras, crisis inmobiliarias y deudas tóxicas..

El capital tecnológico

El capital tecnológico al que se refería Mandel, que encuentra ganancias extraordinarias por el uso de fuerza de trabajo con capacidad productiva extraordinaria, se diferenciaría así del trabajo social Pero está claro que con la disminución del capital variable y la ampliación del capital constante, que es una ley del capitalismo, las ganancias extraordinarias pueden producirse sólo cuando una innovación es singular, patrimonio de algún capitalista, y no cuando se han generalizado. Recordemos que la innovación tecnológica puede incrementar la plusvalía solamente en el caso de que las nuevas máquinas trasmitan al capital lo que se llamó trabajo muerto, trabajo que anteriormente fuera realizado por obreros y no por robots.

En crisis anteriores, escribe Romero, donde primaba el capital no diferenciado, el conflicto entre el capital-trabajo se expresaba en la política, en cada crisis económica, y por ende se manifestaba en una crisis del Estado. En la era del capital tecnológico -continuaba Romero- tenemos una exclusión que condena a los individuos al calvario de la marginación o a la subsistencia individual o familiar, con lo cual la identificación inmediata en la política, como sujeto colectivo, se torna remota, debido a que el conflicto no se plantea en primera instancia contra la explotación, sino por su búsqueda. Se retorna así, a la premodernidad del Estado, donde el individuo encontrará su ración de subsistencia a través de un renovado clientelismo tradicional. Y luego de varias consideraciones, escribe que de esa manera el ser humano debe vender su ciudadanía formal que ahora se encuentra así mercantilizada. De esta forma se resignará a no votar, a despolitizarse. Desde lo económico se llega así a lo no-político en esta nueva relación que impone el capital diferenciado. Estos son algunos problemas a los que la Economía Política debe dar respuesta para no perder sus objetivos de contribuir al bienestar general.

Primeramente, en estos asertos se infringe una ley de la lógica, que es la de la recta consecuencia en el razonamiento, ley que exige mantener el mismo nivel de análisis en el curso de la exposición o silogismo. Romero aquí mezcla elementos que corresponderían al principio legitimador del sistema con otros que serían propios del discurso. Y una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

Por otra parte, ya Carlos Marx escribió acerca del capital diferenciado, al establecer los sectores I y II de la producción industrial (simplificando: sector I, industria pesada, tecnología de punta y sector II, industria liviana y media). Y es más, explicó cómo ambos sectores se interconectan y retroalimentan.

Lo cierto es que la desocupación tecnológica avanza más rápidamente que la acumulación, lo que produce un fuerte aumento de la productividad sin contrapartida en el aumento salarial o de puestos de trabajo, y consiguientemente en la capacidad de consumo de grandes sectores sociales.

Esto permite creer que los mayores interesados en destruir al sistema son los propios capitalistas que, aumentando el capital constante con mayor rapidez que la población –lo que constituye un hecho de observación diaria- dejan afuera del mercado a una masa creciente de consumidores. Pero, como la acumulación resulta inseparable del adelanto de la técnica, y la orientación de la tecnología es dada por los capitalistas, estos tratan de corregir dicha tendencia. Cuando ello no se consigue, las oportunidades para lograr nuevas inversiones productivas disminuyen, y la disminución en el índice de acumulación frena el alza de los salarios reales y produce más desocupación. Ahí, pues, con la enorme masa de dinero excedente –que ya dejó de ser capital y yira que te yira por el mundo- se inflan las burbujas financieras y entra a tallar con más fuerza la venta del ocio y producción espiritual mediática, es decir, el discurso legitimador del capitalismo, que encubre la realidad con sus cuentitos de hadas.

Notas:

1) Ver: The Influence of Mary Bentham on John Stuart Mills. By Catherine Pease-Watkin. Journal of Bentham Studies, London, 2006. Ver, asimismo, Principios de economía política; con algunas de sus aplicaciones a la filosofía social y “A brief discussion of the life and works of John Stuart Mill, ... Mill's greatest contribution to political theory occurs in On Liberty (1859)”, London, 2005

2) Aglietta Michel, A Theory of Capitalist Regulation: The US Experience, N.Y., 2005. Ver, asimismo, entrevista a Michel Aglietta, IADE, 19/10/2007

3) Paramio Ludolfo. Tras el diluvio: la izquierda ante el fin de siglo, Madrid: Siglo XXI, 1988

4) Romero Ricardo, Democracia Participativa, Una Economía en Marcha, EC Red Argentina de Ciencia Política, Buenos Aires, 2002 Fundamento de ingreso al Doctorado. Una historia, una vida en Argentina

25Abr/101

Un déjà vu los proyectos económicos de Yrigoyen y el Congreso

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Por Mario Rapoport

Si existen en nuestro pasado gobiernos que han padecido al mismo tiempo, como el actual, el rechazo de la oposición política en el Congreso y el de los grandes medios de difusión de su época no fueron, como podría creerse, los del peronismo, que tuvieron siempre, al menos, el soporte de amplias mayorías legislativas, sino las dos administraciones radicales de Hipólito Yrigoyen.

En el año 1916, en el que Yrigoyen asumió el gobierno, sus partidarios eran minoría en diputados y senadores, mientras que en el resto de su primer mandato, 1918-1922, el líder radical logró una mayoría en la Cámara baja pero nunca la tuvo en el Senado. A su vez, en el período de su vuelta al poder, entre 1928 y 1930, le ocurrió lo mismo, salvo que a sus opositores de siempre, en especial los conservadores, se les sumaron los radicales antipersonalistas, que venían del mismo tronco político pero se transformaron en sus enemigos más acérrimos. Además, tendría en forma casi permanente la gran prensa en contra, tanto la “seria” –La Nación o La Prensa– como la “popular” –el famoso diario Crítica de Botana– en este caso sobre todo en el último período. Se dice que el pasado no explica el presente, sólo lo ilumina, pero es mejor leerlo a la luz de alguna vela que en plena oscuridad.

Decía con elocuencia el hoy poco recordado líder radical Moisés Lebensohn, prematuramente fallecido, fundador y verdadero ideólogo en los años ’40 de la rebelde intransigencia, que tuvo en su seno a figuras luego más conocidas como Frondizi y Balbín: “... el jaqueo a las reformas de Yrigoyen fue implacable. Constituyó la expresión despiadada de una clase que se aferra al statu quo y permanece insensible ante los padecimientos del pueblo y de la nacionalidad. El daño inferido al desarrollo nacional surge de la sola enunciación de los proyectos orgánicos de Yrigoyen, frustrados por la oposición legislativa” (Prólogo a Hipólito Yrigoyen: pueblo y gobierno, Raigal, 1954). Y esa enumeración era larga, iba desde los contratos colectivos de trabajo hasta salario mínimo, Código de Trabajo, jubilaciones y pensiones de empleados del comercio, la industria y el periodismo; cooperativas agrícolas; régimen de explotación del petróleo; creación de una marina mercante nacional; plan de vinculación ferroviaria entre las provincias de norte y del oeste y muchas otras. “Desde el Senado y la Cámara de Diputados, desde la prensa y la judicatura, desde las posiciones llave del mundo económico y de la ‘inteligencia’, la oligarquía le combate (a Yrigoyen) acerbamente... Nueve décimas partes del periodismo lo ataca con saña, le zahiere, le tuerce sus palabras y retuerce sus propósitos.” Expresiones que cobran relevancia en el anfiteatro actual de la política argentina.

Pero desde el punto de vista económico resulta interesante el rechazo a cuatro de sus proyectos de ley principales: la creación de un Banco de la República; la de un Banco Agrícola; la reforma del régimen tributario, en especial la implementación del impuesto a los réditos; y la imposición de derechos a la exportación. Parece que estuviéramos hablando de temas coyunturales pero no es el caso. En 1917, el ministro de Hacienda de Yrigoyen, Domingo Salaberry, propuso la conformación de un Banco de la República sobre la base de capitales estatales y la garantía por parte de la Nación de todas sus operaciones. No era el Banco Central de 1935 con mayoría de capitales privados –resultaba más parecido a la reforma que hizo Perón en 1946– aunque tenía todas las funciones de un banco de ese tipo: desde emitir moneda y hacer redescuentos hasta regular los cambios y las tasas de interés. La intención era practicar políticas contracíclicas regulando la cantidad de dinero y de crédito para que no escaseara en épocas de iliquidez ni sobrara en coyunturas de auge. Pero el Senado rechazó el proyecto y, en cambio, en 1927, ya con Alvear en la presidencia, se aprobó la reapertura de la Caja de Conversión, por la cual presionaban los intereses agroexportadores a fin de detener la revaluación del peso que se había producido debido a una reactivación coyuntural de la economía. El retorno a una tasa de cambio fija impulsaba de hecho una devaluación de nuestra moneda. Pero la medida resultó un fracaso y el propio Yrigoyen, de nuevo en el gobierno en 1928, tuvo que cerrar la Caja frente a la fuga de capitales hacia Wall Street impulsada por el auge previo a la crisis mundial que estallaría en octubre de 1929.

El mismo destino adverso para Yrigoyen tuvo en 1919 un proyecto de impuesto a los réditos. Para el Poder Ejecutivo el sistema argentino basado en los gravámenes aduaneros era deficiente y dependía en forma exclusiva de los avatares del comercio exterior. Sostenía que el nuevo impuesto resultaba el más equitativo (“la fórmula fiscal de la democracia” argüían en el debate parlamentario los diputados radicales) y se aplicaba ya en muchos países. Frente a la difícil situación financiera y el creciente déficit fiscal, su objetivo era obtener nuevos recursos evitando cualquier reducción de gastos basada en la eliminación de empleados públicos o en la disminución de las prestaciones sociales públicas, o sea, las que hoy denominamos políticas de ajuste.

El proyecto aplicaba una cuota fija progresiva sobre las personas físicas y jurídicas. La escala progresiva variaba del 0,5 por ciento para las rentas más bajas al 7 por ciento para las mayores. Las sociedades anónimas y demás comerciales y civiles tenían una tarifa especial según sus utilidades, que podría llegar hasta el 20 por ciento en aquellas que superaran el 50 por ciento de beneficios. Recién en 1931 Prebisch redactó un proyecto con el mismo propósito que el Congreso, con mayoría conservadora, antes opuesta al que presentaron los radicales, aprobó sin cuestionamientos en 1932.

También Yrigoyen presentó al Parlamento, y fue rechazado, un proyecto de creación de un Banco Agrícola cuyo objetivo era llevar “a los trabajadores del campo la posibilidad de movilizar y aprovechar sus capitales sin disminuir sus propias energías”. Estaba dirigido especialmente a los agricultores de menores recursos que no disponían de líneas de crédito accesibles. Igual suerte tuvo otro proyecto que aplicaba derechos a la exportación mediante una suma fija del 5 por ciento sobre el valor de los frutos o productos del país y del 2 por ciento sobre mercaderías de origen extranjero, sustituyendo el tan engorroso y poco productivo sistema de aforos, que se calculaban mensualmente y daban lugar a la subvaluación de los productos, por un derecho fijo fácilmente realizable. La “mesa de enlace” de esa época, expresada en las organizaciones agropecuarias, puso el grito en el cielo y la sensible mayoría conservadora en el Senado se opuso en bloque.

Frente a tanta oposición, que le impedía gobernar, Yrigoyen presentó en el Congreso, en 1921, un proyecto de ley que sometía a la Corte Suprema la posibilidad de dirimir esta cuestión basado en los términos de la misma Constitución, que permitía al Poder Ejecutivo dictar las leyes necesarias para ejercitar los poderes concedidos al gobierno de la Nación. Ese proyecto fue igualmente rechazado por la mayoría del Senado. Como señala una autora refiriéndose al impuesto a la renta: “la oposición, durante aquellos años, estuvo sistemáticamente en contra de otorgar a su adversario político mayores recursos financieros que pudieran dar autonomía a sus propuestas” (A. Montequin, en revista Ciclos N° 9, 1995). Dime qué historia te cuentan y te diré quién eres.

Fuente: Página 12 25/4/010