Comisión de Economía Carta abierta Buenos Aires

26May/100

Hacia el tercer centenario

Publicado por admin

Aldo Ferrer
Desde los pasos iniciales, la construcción de la nueva Nación enfrentó problemas fundamentales. A saber, la ocupación efectiva del territorio, el régimen político institucional, la cohesión social, la estructura productiva y la inserción en el orden mundial. La formación del país en torno de estos ejes se realizó dentro de un escenario global, en permanente transformación, que penetró, por múltiples vías (migraciones, comercio, finanzas, inversiones, información, etcétera) el espacio nacional. En definitiva, la trayectoria de la Argentina resultó de una compleja red de relaciones entre el contexto internacional y las respuestas que nuestra propia realidad interna proporcionó a los desafíos y oportunidades del orden mundial.

En ese escenario, se forjaron las ideas hegemónicas que orientaron el comportamiento de los grupos dirigentes y la formación de la opinión pública. Así, el país fue desplegando su capacidad de gestionar el conocimiento, es decir, de incorporar los avances de la ciencia y la tecnología en su tejido económico, político y social. Esta es la esencia del de­sarrollo económico y se realiza en un proceso incesante de acumulación de capital, tecnología, saberes, capacidad de gestión, articulación de las esferas pública y privada, calidad de las instituciones y de las políticas públicas y comportamientos privados. El hecho de que no hayamos alcanzado aún un nivel de desarrollo a la altura del potencial de los recursos y conocimientos disponibles revela que las respuestas que hemos dado, en estos dos primeros siglos, a los desafíos fundacionales, han sido insuficientes. Esto se reflejó en la repetida interrupción de los procesos de acumulación, como sucedió, para citar un solo ejemplo, con los golpes de Estado y la consecuente frustración de la experiencia institucional y política.

Mirando hacia adelante y la trayectoria posible del tercer centenario, inaugurado el 26 de mayo de 2010, se advierte que los problemas fundamentales siguen siendo los mismos planteados en los tiempos inaugurales de la Patria. En su resolución, buena o mala, seguirán teniendo importancia decisiva los acontecimientos del sistema mundial y nuestra capacidad de decisión nacional para resolver aquellos desafíos fundacionales y desplegar el potencial disponible.

¿Cuáles son las tendencias, previsibles ahora, del sistema mundial, de la globalización, que encuadrará la trayectoria del país en su tercer centenario? Un hecho clave es que terminó el monopolio de los países avanzados del Atlántico Norte sobre el conocimiento científico y tecnológico y las actividades de frontera. China, la India y las naciones emergentes de Asia están constituyendo un nuevo centro dinámico en la economía mundial, que se consolidará en el transcurso del siglo XXI. Quedarán al margen y constituirán la “periferia” subordinada a los centros dinámicos las naciones que no logren consolidar su cohesión social y desplegar políticas nacionales para la gestión del conocimiento y su transformación productiva.

Éste es el desafío que enfrentan África, Oriente Medio,?las naciones de Asia distintas de las emergentes?y América latina. No es previsible que las disputas entre los protagonistas del poder mundial desencadenen guerras globales porque los centros dinámicos han construido una red de interdependencia. Esto los lleva a preservar el sistema global y disputar la hegemonía por otros medios, esencialmente, el predominio científico tecnológico y su influencia en la explotación de los recursos naturales y el acceso a los mercados. Las amenazas a la paz y la seguridad internacionales seguirán radicadas principalmente en el tráfico de drogas y armamentos y en conflictos localizados caracterizados por sus raíces religiosas y/o étnicas.

El gran interrogante del escenario global se refiere a la preservación del medio ambiente y a la profundidad y eficacia de la concertación de políticas para tales fines. No es todavía previsible un gobierno mundial capaz de enfrentar, solidaria y equitativamente, los problemas globales. El orden del siglo XXI probablemente seguirá siendo “internacional”, de articulación entre Estados nacionales, los cuales, en algunas regiones, darán lugar a la formación de bloques, cuyos limites para la aplicación de políticas comunitarias propias de un Estado federal (como son los Estados Unidos de América), aparecen demostrados por los problemas actuales de la Unión Europea.

Es en ese escenario mundial en el que los argentinos volveremos a demostrar ser, o no, capaces de culminar la tarea inconclusa de la construcción de la Nación. Todos los medios necesarios, humanos y materiales, están disponibles. Por una parte, una población sin fracturas religiosas y étnicas, todavía castigada por la desigualdad, pero que revela una cultura original y creativa y capacidad de gestionar el conocimiento. Por la otra, un territorio gigantesco, el octavo en el mundo por su dimensión, dotado de ricos y variados recursos naturales. En tales condiciones, los problemas a resolver son:

Ocupación del territorio. Es preciso construir el federalismo económico con el despliegue del desarrollo de?todas regiones en un sistema nacional integrado. La solidaridad y asociación de las tres jurisdicciones del Estado argentino (nación, provincias, municipios), en una estrategia de desarrollo inclusiva de todas sus regiones,?permitirá la ocupación efectiva del territorio. La última reivindicación territorial pendiente, la recuperación de Malvinas, se logrará a su tiempo, dentro del derecho internacional, a medida que el país consolide su desarrollo y fortalezca su presencia internacional.

Régimen político institucional. La sociedad argentina se transformará profundamente y los cambios en el reparto del poder, la riqueza y el ingreso, introducirán tensiones, las cuales, paras ser resueltas en paz reclaman el fortalecimiento permanente de las reglas del juego de la Constitución y la división de poderes del Estado republicano. Los avances logrados desde el retorno definitivo a la democracia en 1983 se irán consolidando con su ejercicio, pero es preciso mejorar las relaciones entre los actores políticos y sociales para sustituir?la crispación y la intolerancia por la?comprensión que, dadas las complejidades y conflictos de una sociedad pluralista, todos compartimos un destino común.

Cohesión social. El tejido social hereda las asimetrías de la formación histórica del país, desde los tiempos de la colonia. La situación fue profundamente agravada durante el período de la hegemonía neoliberal (1976-2001/2002), cuando aumentó dramáticamente la pobreza, la fractura del mercado de trabajo, el desempleo y la desigualdad en la distribución del ingreso y de las oportunidades creadas por el sistema educativo. El de­sarrollo y el empleo de calidad son las bases fundacionales del bienestar y la equidad y su articulación con las políticas sociales (educación, salud, hábitat, atención de los sectores vulnerables, etcétera), el?fundamento de la inclusión social, que es esencial para la capacidad regestionar el conocimiento y, consecuentemente, para el desarrollo económico.

Estructura productiva. En el transcurso del tercer centenario deberá abandonarse definitivamente la idea de que la prosperidad de la economía argentina puede fundarse?exclusivamente en la explotación de sus recursos naturales. El desafío es construir una economía integrada, diversificada y compleja, apoyada en tres ejes: las cadenas de valor de alto contenido tecnológico de su producción primaria, una gran base industrial que incorpore las actividades de frontera científico-tecnológica y el despliegue en todo el territorio. Este es el único sistema compatible con el pleno empleo de los recursos disponibles, el empleo de calidad, el bienestar y la inclusión social.

Inserción internacional. Deberá abandonarse también el supuesto neoliberal de que el país es un segmento del mercado global, cuya economía debe organizarse conforme a las señales de los centros de poder mundial. Esta visión es incompatible con el desarrollo económico que, siempre y en todos los casos, es, en primer lugar, la construcción en un espacio nacional. El proyecto de desarrollo dependiente de un centro dominante fracasó en tiempos de la hegemonía de Gran Bretaña y?luego en los de los Estados Unidos, como fracasaría ahora si buscáramos la referencia en China o Brasil. La capacidad de gestionar el conocimiento demanda la existencia de una estructura productiva, compleja, integrada y abierta, vinculada a la división del trabajo y el orden global a través del intercambio simétrico de los bienes y servicios portadores del avance tecnológico. La especialización limitada a?la producción primaria es la vía más segura al subdesarrollo y la subordinación.

Para resolver estos desafíos, que seguiremos enfrentando en el tercer centenario, es indispensable liberarnos de las ideas hegemónicas de los centros de poder mundial, es decir, de lo que Arturo Jauretche denominaba la “colonización cultural” y Raúl Prebisch el?“pensamiento céntrico”. Es preciso consolidar una visión propia, nacional, de nuestra realidad y nuestros problemas, para vincularnos con el orden mundial conservando el comando de nuestro propio destino. Esto es condición necesaria para formular y ejecutar una política económica que permita mantener el orden de la macroeconomía, la solvencia fiscal, la competitividad, la estabilidad razonable de los precios, indispensables para poner en marcha un proceso incesante de acumulación.

Es necesaria también para resolver los problemas más ríspidos que vinculan la distribución del ingreso con la estructura productiva, como los tipos de cambio diferenciales, el régimen impositivo y la política de crédito. Es indispensable, asimismo, para comprender que los recursos financieros, el ahorro y el crédito, están, en lo fundamental, dentro de las fronteras nacionales y abandonar la hipótesis neoliberal que,?sin crédito ni inversión extranjera, el desarrollo es imposible. Tanto el crédito como la inversión extranjera sólo son útiles cuando complementan y no sustituyen el ahorro interno, la iniciativa empresaria nacional y la acción promotora de las políticas públicas.

La empresa de consumar la construcción de la Nación argentina, iniciada con los acontecimientos de mayo de 1810, es posible si consolidamos la densidad nacional, vale decir, la cohesión social, los liderazgos nacionales, la democracia y el pensamiento propio que constituyen, precisamente, la agenda del tercer centenario.

* Director editorial de Buenos Aires Económico

26May/101

Declaración del Bicentenario

Publicado por admin

Conmemoramos el Bicentenario de la Argentina sin evocar un pasado mítico pero sabiendo que en los pliegues de su historia persisten memorias de un país para todos, muchas veces extraviado en su propio laberinto y otras arrojado a los poderes de la injusticia. De un país que supo de apasionadas escrituras libertarias y que guarda en sus fibras los nombres propios de los hombres y las mujeres que buscaron construir, individual y colectivamente, los trazos de otra patria. La que buscamos en los signos de esta época que ofrece la posibilidad cierta y urgente de encontrarnos con lo mejor de las tradiciones ancladas en los ideales de igualdad, libertad, justicia y soberanía. Ése es el mayo que nos urge desde hace 200 años.
De la Argentina de las luchas emancipatorias quedan los rastros de los esfuerzos políticos, de los trastrocamientos sociales, de la ruptura del orden colonial, pero también la memoria de lo irresuelto, de las promesas no realizadas, de lo popular sin redención. Es en los hilos de lo pendiente, en la memoria de las voluntades, que pronunciamos el nombre de Argentina, en este Bicentenario.
No lo hacemos en la Argentina del Centenario, ese espejo virtual que los poderes actuales instalan en el lugar de Paraíso Perdido. En aquella Argentina un futuro que se imaginaba dorado, sobre la base de los ganados y las mieses, se proyectaba bajo la égida de un Estado excluyente, con las mayorías silenciadas políticamente y con un mundo popular asolado por la desdicha. El Centenario fue oropeles y visitantes extranjeros, tanto como estado de sitio y lucha callejera. República para pocos y Ley de Residencia. Un modelo de país agroexportador incapaz de proyectarse con autonomía del Imperio Británico y de mirarse en otro espejo que no fuera el de un orden internacional injusto. Jóvenes de clase alta incendiaron un circo plebeyo para que no alterase un paseo tradicional. Esas fogatas prepararon la Semana Trágica y los fusilamientos de la Patagonia, expresiones del odio oligárquico que se descargaría cada vez que el pueblo defendía sus derechos.
No aceptamos volver a la Argentina de 1910. No podemos identificarnos con un país de la desigualdad, el prejuicio y la exclusión. Ni con un país diseñado desde la lógica de los intereses corporativos, que ha venido rapiñando lo público y tratando de disolver lo mejor de las creaciones colectivas, que dieron forma a sistemas de educación y salud equitativos. No es nuestra tradición la que confunde “nación” con “raza” u origen geográfico ni la que reivindicó como causa nacional la aniquilación de pueblos originarios y de sus hombres y mujeres, la servidumbre y el despojo material y cultural, ni estamos dispuestos a tolerar sus abiertas o embozadas formas de persistencia. No queremos que se silencien las voces que desde el fondo de nuestra travesía como nación se expresaron para avanzar hacia una sociedad más igualitaria, ni convertirnos en espectadores que contemplan cómo unos pocos se complacen en sus riquezas mientras los que producen los bienes sociales son reprimidos, acallados o expulsados.
No queremos regresar a los fastos de ese Centenario que sigue persiguiendo como una sombra espectral los sueños de emancipación, como lo hizo en el 30, en el 55, en el 66 y en el 76. Nuestro Bicentenario busca reencontrarse con los trazos que fueron dibujando los sueños de libertad e igualdad del primer Mayo y que debieron sortear incontables dificultades y las peores pesadillas. Somos ese país de sueños y de pesadillas. Se trata de recrear, con nuestra fuerza imaginativa y con inventivas populares, la fuerza emancipatoria del inicio, y las de las múltiples formas de resistencia que en nuestro suelo fueron ejercidas desde la Conquista y la Colonización, sabiéndonos parte de un destino común, entrelazado con el de los pueblos de toda América Latina, sin los cuales no puede pensarse un presente ni un futuro.
El Bicentenario es, fundamentalmente, una conmemoración de esas luchas emancipatorias que en sus mejores momentos tenían menos un destino local que una idea de lo americano. Que tiene su punto de inicio en la revolución de los esclavos haitianos y se consolida recién en 1824. Cuando hoy América Latina traza acuerdos y composiciones, cuando construye Unasur y afianza los compromisos políticos y económicos, cuando procura un destino común, vuelve a proyectarse sobre el fondo de la unidad anunciada en los primeros gritos libertarios, y la Argentina a reencontrarse con el destino que soñó al nacer.
Esta Argentina tiene en su corazón profundo una vida popular que ha sido gravemente dañada y que es, así y todo, potente y creativa. El antiguo pueblo del himno ha sido rehecho por dictaduras atroces, persecuciones violentas, modificaciones profundas de la economía y el Estado, tecnologías y lenguajes comunicacionales capaces de generar las condiciones para que un sentido común amasado entre la dictadura y los años noventa, corroa las fuerzas de nuestra vida social y cultural e inhiba el diálogo activo con el pasado.
Ha sido reconfigurado y avasallado el pueblo. Y sin embargo, ha sido y es el sustrato de las resistencias, la potencia creadora de nuevas formas de vida, de lenguajes, de símbolos, de modos de encuentro, el horizonte de una real autonomía simbólica y política de la nación. Ese pueblo tiene múltiples y heterogéneos rostros políticos, se despliega en organizaciones diversas y en experiencias no siempre concordantes. Los que aquí manifestamos lo hacemos como parte de ese pueblo, como parte de las organizaciones en las que se nuclea y se recrea.
Son los rostros de los trabajadores asalariados y sindicalizados, herederos de los que un 17 de octubre del 45 le dieron forma a sus exigencias de justicia y dignidad en una novedosa articulación política y que en mayo de 1969 hicieron temblar la ciudad de Córdoba. Son también los rostros sufridos de los desocupados que intentan recuperar una trama social devastada por el neoliberalismo y que en los noventa fueron el alma y el cuerpo de las resistencias, esa parte de los incontables que hoy marchan en pos de la equidad y el reconocimiento. Son los rostros de los activistas sociales y de los creadores culturales. Son los rostros de las militancias por los derechos humanos y de los pacientes articuladores de los barrios. Son los rostros de los estudiantes que supieron arrojarse a las luchas populares. Son los rostros de los empresarios comprometidos con ideales de autonomía nacional y los de los profesores y maestros que trajinan diariamente por la educación pública. Son los rostros de los migrantes latinoamericanos que han elegido estas tierras para construir sus propios sueños y de quienes dan testimonio de la expoliación a los pueblos originarios y de la defensa de sus derechos. Y recuerdan que sólo una América Latina de nuevas solidaridades podría alojar esas diferencias sin diluirlas en el relativismo cultural ni trasvasarlas a persistentes racismos. Son los rostros de la desdicha, del temor ante el peligro, de la alegría por la reunión y la voluntad colectiva.
La conmemoración del Bicentenario no puede desligarse de la consideración de ese pueblo que encuentra en estos días una remozada capacidad de movilización callejera y reconocimiento público. El futuro de la Argentina depende de la atenta vigilia popular, una vigilia hecha de alerta y compromiso, de reacción frente al peligro y de entusiasmos compartidos. Mucho se ha hecho en estos años del siglo XXI para restañar la vida popular dañada. Todos deben saber -todas las dirigencias políticas y sociales- que ningún retroceso es aceptable. Que este pueblo tiene compromisos profundos con las transformaciones realizadas y las faltantes y que encontrará en la memoria de sus luchas pasadas y en las necesidades del presente, la fuerza para resistir cualquier intento de restauración conservadora. No hay vuelta atrás que pueda resultarnos tolerable. No hay interrupción que consideremos viable. La Argentina actual, capaz de enjuiciar los crímenes del pasado y generar políticas de reparación para las desigualdades contemporáneas, no puede ser suprimida por los agentes de la reacción.
Deben ser conjuradas las maniobras de quienes conspiran en las sombras y agitan desde los espacios mediáticos. Pero también resguardar al país de la corrosión de sus lenguajes y de una sensibilidad social, cultural y política menguada en sus capacidades críticas y creativas, como de los condicionamientos en los modos de vida y de pensamiento impuestos por las culturas imperiales. Sabemos que no se sale indemne de las heridas infringidas por los poderes de la dominación y que las diversas formas de la injusticia, la humillación y la fragmentación marcaron a fuego el tejido social. Pero también percibimos que algo poderoso vuelve a manifestarse en la patria de todos. En la particular situación de América Latina en estos inicios del siglo XXI, este pueblo, hecho de memoria y de presente, escrito su cuerpo por las mil escrituras de la resistencia, las derrotas y los sueños, tiene la potencia de realizar ese llamado ante los peligros y la afirmación de su resistencia ante toda forma de la devastación.
El estado de este pueblo es, hoy, la vigilia: apuesta a la defensa de las reparaciones alcanzadas y a la perseverante insistencia en lo pendiente. Si es capaz de mirar al pasado de la nación e inspirarse en la épica americanista de los revolucionarios de mayo, lo hará porque su realización está en las señales del presente y en la apuesta al futuro. Tiene ante sí el desafío de dar lugar a lo nuevo que surge y de contribuir a que se extiendan y fortalezcan los modos en que los argentinos deciden vivir su libertad para afianzar la de todos. Estamos convocando a un acto de emancipación, capaz no sólo de enfrentar las trabas que interponen, ayer como hoy, los intereses poderosos, sino de proponer nuevas soluciones imaginativas y nuevos objetivos que estén a la altura de una sociedad enfrentada al desafío acuciante de ser más equitativa. Y a través del ejercicio de la libertad, de la participación y de la movilización, a llevar a cabo las grandes tareas pendientes, particularmente las que conducen a enfrentar las desigualdades sociales que persisten como una llaga que no se cierra –tareas cuyas señales han sido dadas en estos últimos tiempos-. Un mayo de la equidad y de la igualdad, un mayo en el que la riqueza sea mejor distribuida entre todos los habitantes de esta tierra.
Por todo esto convocamos, con el entusiasmo y la pasión que emanan de nuestra historia compartida, a emprender las transformaciones estructurales y culturales que se necesitan para contrarrestar el saldo de décadas de deterioro y desguace, y avanzar hacia nuevos modos de relación entre los ciudadanos, la política y el Estado. Somos esos sueños y esas múltiples y diversas experiencias sin las cuales no podríamos imaginar un futuro. Conmemorar el Bicentenario implica tomar nota de lo nuevo y convocar lo existente hacia una profundización de la democracia. Los hombres de Mayo tuvieron ante sí la tarea de construir una nación despojada de la herencia colonial. Lo hicieron en parte y la situación de América Latina exige la continuidad de ese esfuerzo. Como para ellos antes, para nosotros hoy no hay retroceso tolerable y sí un enorme desafío histórico: la construcción de una sociedad emancipada y justa.

Carta Abierta