Archive for mayo, 2010

La rendición. Sobre crisis, especulación y democracia

Martes, mayo 18th, 2010

Desde España:

¿Con qué expediente de resistencia frente a los embates de los especuladores financieros internacionales puede presentarse Rodríguez Zapatero ante la ciudadanía española?

 Jónatham F. Moriche* Para Kaos en la Red

www.kaosenlared.net/noticia/rendicion-sobre-crisis-especulacion-democracia

El pasado 12 de mayo el presidente Rodríguez Zapatero presentó ante el Congreso una batería de durísimas medidas económicas de estricta obediencia neoliberal: recortes en el salario de los funcionarios, en las prestaciones sociales y la atención a la dependencia, en los fondos para la cooperación al desarrollo… Aunque fueron presentadas como medidas de respuesta ante la crisis, ninguna de ellas tendrá el menor efecto positivo sobre la economía española, retrasando la recuperación de la actividad, el consumo y el empleo, y exacerbará las tensiones sociales que están provocando el desempleo de masas y el endurecimiento de las condiciones de vida. ¿Para qué se han adoptado, entonces, estas medidas? El paquete de austeridad presupuestaria de Rodríguez Zapatero es la bandera blanca agitada por el Estado español para comunicar su rendición incondicional frente al devastador ataque de los mercados financieros internacionales contra la zona euro de las últimas semanas. Aunque este ataque ha estado tácticamente focalizado sobre los eslabones más débiles de la moneda única europea (Grecia, Irlanda, Portugal y España), responde a una estrategia de conjunto y persigue un objetivo que desborda con mucho el mero enriquecimiento especulativo inmediato: se trata de forzar un profundo giro neoliberal en la vida económica de la Unión Europea y de los Estados que la componen, exprimiendo hasta los posos la rentabilidad de una crisis que esos mismos mercados y sus paladines políticos han originado con su compulsión por la desregulación laboral, la especulación financiera, el descuajamiento de los servicios públicos…

En su discurso del 12 de mayo, tanto Rodríguez Zapatero como el portavoz socialista José Antonio Alonso hicieron mención a la patológica inestabilidad de los mercados financieros internacionales y a los ataques especulativos sobre la zona euro. Pero, ¿con qué expediente de resistencia frente a sus embates puede presentarse Rodríguez Zapatero ante la ciudadanía española? En sus intervenciones ante los grandes foros económicos internacionales el presidente ha insistido en sus críticas a la especulación, pero en la práctica no ha movido un dedo para clausurar los paraísos fiscales o imponer tasas a la circulación de los capitales especulativos. Tampoco ha empleado su condición de presidente de turno de la UE para impulsar cambios en el Tratado de Lisboa (que somete la vida económica europea de la UE al arbitrio de los mercados), ni para retomar el control político el Banco Central Europeo (que, sin ninguna legitimidad democrática y con total desprecio al bienestar público, gobierna de forma autónoma la política monetaria de la UE en favor de las grandes corporaciones). Ha tolerado el fabuloso enriquecimiento de la banca española y los gigantes corporativos del IBEX-35 (cuyos 600 grandes ejecutivos han cobrado de media un millón de euros este pasado año), y no ha dejado de ceder posiciones ante las exigencias insaciables de la gran patronal representada por la CEOE de Díaz Ferrán. No ha tocado más que marginalmente la fiscalidad privilegiada de las cuentas SICAV (un testimonial 1%) en las que se atrincheran las grandes fortunas, pero sí ha subido el IVA que afecta por igual a todos ciudadanos indiferentemente de su nivel de renta. ¿A beneficio de quién se están gobernando este país, y por extensión el conjunto de la Unión Europea?

En realidad, la bandera blanca no ha dejado de agitarse casi desde el mismo arranque de esta crisis. Pero los mercados quieren más. Lo quieren todo. Bajo las cifras confusas y torrenciales de la última hora económica subyace una profunda crisis política, en la que el poder de los mercados está corroyendo hasta los cimientos las instituciones de la soberanía popular. La lucha es entre capitalismo y democracia, y es el capitalismo el que ha optado por una batalla sin treguas ni prisioneros. En la penosa y humillante rendición de Rodríguez Zapatero podemos comprobar su violenta manera de cobrarse victorias. La definitiva extinción de la soberanía popular y su suplantación por una dictadura de los mercados ya no es una previsión del futuro, sino una evidencia del presente. La rendición se ha consumado. ¿Qué más da la política económica que presenten este o cualquier otro gobierno en su programa electoral, cuando al final la economía española se planifica en las oficinas de Standard & Poors y la redacción del Financial Times, y se impone mediante la extorsión financiera? ¿Qué significa votar cuando los políticos a los que votamos apenas pueden decidir nada por sí mismos y son al cabo utilizados como marionetas por los poderes económicos contra nosotros? ¿Cómo puede seriamente llamársele a esto democracia?

*Jónatham F. Moriche, Vegas Altas del Guadiana, Extremadura Sur, mayo de 2010

Crisis de sobreacumulación mundial, crisis de civilización

Martes, mayo 18th, 2010

Autor(es): Chesnais, François

Chesnais, François. Profesor emérito en la Universidad de París 13-Villetaneuse. Destacado marxista, es parte del Consejo científico de ATTAC-Francia, director de Carré rouge, y miembro del Consejo asesor de Herramienta, con la que colabora asiduamente. Es autor de La Mondialisation du capital y coordinador de La finance mondialisée, racines sociales et politiques, configuration, conséquences. La finance capitaliste, último libro bajo su dirección, acaba de ser publicado por Ediciones Herramienta. E-mail: chesnaisf@free.fr.

 La crisis económica y financiera que está en curso es parte de tres grandes crisis en las que convergen numerosos procesos.[1] Será larga, porque su sustrato es una sobreacumulación de capacidades de producción. Asume la forma de una importante superproducción localizada en sectores y países determinados, pero su marco es la economía mundializada. La sobreacumulación de las capacidades de producción está acompañada por una inmensa acumulación de capital ficticio, de derechos a percibir parte de valor, plusvalor y de “productos financieros derivados”. La crisis comenzó en la esfera financiera y en este sentido es la crisis del régimen de acumulación de preeminencia financiera o financiarizado montado a fines de la década del 80. Marca también el fin del período de hegemonía mundial no compartida de Estados Unidos iniciado en los años 80 y especialmente desde 1992. Todos los recursos han sido utilizados (y seguirán siendo utilizados) por el gobierno estadounidense tratando de asegurar la perennidad tanto de la hegemonía estadounidense como de la dominación de Wall Street, de los bancos y los fondos de colocación financiera. La recuperación actual [el artículo fue escrito en enero 2010] es sólo un momento, posiblemente breve, de un proceso de crisis económica que se prolongará durante muchos años. 

 El largo desarrollo de la crisis económica y financiera se hará en un contexto histórico en el cual será un aspecto de una crisis mucho mayor, una crisis de civilización. Los trabajadores, los explotados y los dominados pagan ya los costos y lo seguirán haciendo cada vez más. De manera inmediata, se enfrentan al conjunto de medidas dispuestas por gobiernos y empresas con el objetivo no sólo de hacer caer el peso de la crisis sobre ellos, sino de utilizar el cambio en la relación de fuerzas favorable al capital que se deriva del aumento del desempleo, para agravar aún más las condiciones de explotación. En un horizonte temporal más amplio, los explotados y dominados deberán enfrentarse con la interpenetración (de la que vemos las primeras expresiones en África y Asia) entre la crisis económica mundial, la crisis alimentaria que golpea a poblaciones muy vulnerables y los impactos sociales de la crisis de cambio climático, entendida como crisis de las condiciones de la reproducción social en relación a los ecosistemas planetarios y la degradación de la biosfera.

 Movimientos de capital sin fin ni límites, preservación de la dominación social de la burguesía a cualquier costo

 Toda discusión sobre la crisis, sobre todo si se parte de una definición basada en una interpenetración global de este tipo, exige retomar la comprensión del capitalismo como tal. El capitalismo no es simplemente un sistema desigual e injusto, un sistema marcado por contradicciones internas porque se basa en la propiedad privada y la apropiación masiva de trabajo no pagado, principalmente bajo la forma de la plusvalía que nace en la empresa capitalista. Debemos prevenirnos contra todo economicismo, aunque se apoye en categorías teóricas marxistas, porque lleva a ver las contradicciones del capitalismo de manera distanciada. El permanente trabajo de apreciación podríamos decir “filosófica” del capitalismo es necesario, pero también es obligatorio colocar la lucha de clases en el corazón del análisis.

 El capitalismo no es simplemente un “sistema económico”. Es también un sistema de dominación social en beneficio de burguesías oligárquicas y de oligarquías burocrático-capitalistas, jerarquizadas a nivel mundial, cuya actividad está enteramente orientada a la preservación y crecimiento de sus riquezas y por ende del poder, que es la condición para lograrlo. No hace falta explicarles que “la historia de la sociedad hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases”. Para ellos, esto es algo inscripto en los genes de la aplastante mayoría de sus miembros. Hay momentos en que el reflejo de preservar a cualquier costo una dominación social salta a la vista. Es precisamente lo que ocurre en las revoluciones (la revolución alemana de 1918, la de España en 1936, o Chile en 1973). Pero esta dimensión aflora también en tiempos de grave crisis económica y financiera. Así, salvar al sistema, cueste lo que cueste, fue el reflejo cuando en septiembre de 2008 la caída de Lehman Brothers amenazó con el colapso del sistema financiero mundial.

 Cada generación lee y relee a Marx, tanto desde lo acontecido con la evolución histórica como desde su propia experiencia. Me parece que hoy, el Marx que hay que releer como militante-investigador es el que escribe en los Manuscritos de 1857-58 que “el capital, empero, como representante de la forma universal de la riqueza –el dinero– constituye el impulso desenfrenado y desmesurado de pasar por encima de sus propias barreras”.[2] O también aquel que dice en El capital que “la circulación del dinero como capital lleva en si mismo su fin, pues la valorización del valor solo se da dentro de este proceso constantemente renovado. El movimiento del capital es, por tanto, incesante. Como agente conciente de este movimiento, el poseedor de dinero se hace capitalista. El punto de partida y de retorno del dinero se halla en su persona, o por mejor decir en su bolsillo. El contenido objetivo de este proceso de circulación – la valorización del valor- es su fin subjetivo y solo actúa como capitalista, como capital personificado, dotado de conciencia y de voluntad”.[3]

 De esto hay que partir para el análisis de la crisis actual. En razón de la prolongación excepcionalmente larga de la fase de acumulación, que se remonta en el caso de Estados Unidos a la preparación para su ingreso en la guerra en 1942 y en el caso de Europa y Japón a la reconstrucción de los años ’50, sin verdaderas interrupciones, la acumulación de “dinero circulando como capital” o con pretensión de serlo, es absolutamente gigantesca. Este efecto de dimensión, multiplicado por la libertad del movimiento planetario aportado por la liberación y la desregulación, hace que el dinero devenido capital se levante hoy ante la sociedad como una potencia dotada de objetivos y movimiento propios. Inclusive jaqueada por la sobreacumulación y la superproducción, a una situación en que la masa de plusvalía producida por las empresas no puede ser realizada, buscará saciar su sed ilimitada de plusvalor. Los obstáculos con que tropiece no harán más que exacerbarla.

 Lo que llamamos financiarización está marcado por el protagonismo asumido por los grandes bancos, las sociedades aseguradoras y los fondos de pensión en la configuración interna de la burguesía de los países capitalistas centrales y en su peso en la determinación cotidiana de las políticas económicas. Esto es lo que nos recuerdan cotidianamente hoy los dirigentes de Goldman Sachs y otros como Morgan Stanley, son los primeros “agentes concientes de este movimiento” de valorización ilimitada. El capital siempre estuvo marcado por su profunda indiferencia con respecto al uso social de las mercancías producidas o a la finalidad de sus inversiones. Hemos visto adónde llevó esto durante la Segunda Guerra Mundial y el montaje de las condiciones tecnológicas del Holocausto. Cuando el capital toma la forma de “riqueza abstracta” y las instituciones que pretenden valorizar sus haberes ingresando en el “ciclo abreviado D-D’” dominan el movimiento de acumulación los países más poderosos, esta indiferencia impregna la economía y la política, incluso en “tiempos de paz” como lo es el nuestro oficialmente. Asistimos así a la explotación sin límite, hasta el agotamiento, de “las dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el hombre.”[4]

 Antagonismo contra los trabajadores, saqueo de recursos naturales, degradación de la biosfera

 En el caso de un país como Francia, los suicidios en el trabajo (o más bien asesinatos, como Hélène Cixous los ha caracterizado)[5], han venido a recordarnos la profundidad del antagonismo del capital con aquellas y aquellos que deben vender su fuerza de trabajo, sea como simples asalariados o como “cuadros”. Este antagonismo es consustancial al capitalismo. Está enraizado en la búsqueda de la plusvalía máxima y aguijoneada por la competencia. Los legados de la crisis del ’30 y de la Segunda Guerra Mundial obligaron a las empresas a moderarlo tanto debido a sus propias prioridades de reconstitución de las capacidades de producción como por relaciones de fuerzas favorables al trabajo. Las políticas neoliberales y el cambio en la identidad de los propietarios del capital liberaron este antagonismo irreductible. Y ha sido agravado aún más por la crisis. Los trabajadores enfrentan la crisis en condiciones particularmente difíciles debido a la mundialización del capital. Uno de los efectos más importantes de la liberalización y la desregulación, ha sido la competencia directa de país a país entre trabajadores que tienen una productividad del trabajo que tiende a aproximarse, pero tienen relaciones políticas sociales y locales que permiten a las empresas pagar en determinados países cinco, diez o quince veces más barato que en algún otro y negándoles los gastos de salario indirecto y protección social reconocidos en otros lugares. En 1848, refiriéndose al marco nacional, Marx y Engels constataban en el Manifiesto del Partido Comunista que la “organización de los proletarios como clase (…) es quebrantada de nuevo a cada instante a través de la competencia entre los propios trabajadores”.[6] Hoy, las condiciones históricas en las que se completó la constitución del mercado mundial, es decir, el hundimiento de la URSS y la incorporación de China en el capitalismo mundial, hicieron dar un salto cualitativo a la intensidad de esta competencia, facilitando la aplicación de nuevas normas de “gestión de los recursos humanos”.

 Las crisis de superproducción han sido presentadas desde el siglo XIX como crisis de subconsumo, causadas por la insuficiencia de los salarios pagados y del poder de compra de los trabajadores. Marx se confrontó con esta interpretación. Evidentemente la superproducción es solamente relativa, de modo tal que siempre revela un subconsumo. El capitalismo necesita asalariados/as como fuerza de trabajo, dado que del valor de uso de esta fuerza de trabajo nace el plusvalor que está en la base de la ganancia. Los necesita también como consumidores. Pero el acto reflejo de cada empresa atravesada por la búsqueda de ganancia y la competencia, es ver en los asalariados únicamente como un costo que debe reducirse. Haciéndolo, contribuye a “serruchar la rama” sobre la que están paradas las empresas colectivamente. Situado en el corazón de la relación entre capital y trabajo esta contradicción tiene, de forma objetiva y permanente, el carácter de un antagonismo irreductible. La necesidad de abordar la cuestión desde este extremo es de orden filosófico y político. A riesgo de provocar una vez más el reproche de dogmatismo, cito: “la producción sólo es producción para el capi­tal y no, a la inversa, los medios de producción simples medios para ampliar cada vez más la estructura del proceso de vida de la sociedad de los productores. De aquí que los límites dentro de los cuales tiene que moverse la conservación y valorización del valor-capital, la cual descansa en la expropiación y depauperación de las grandes masas de los produc­tores, choquen constantemente con los métodos de producción que el capital se ve obligado a emplear para conseguir sus fines y que tienden al aumento ilimitado de la producción, a la producción por la producción misma”.[7]  

 Es ilusorio pensar en remediar semejante sistema con un mejor reparto. Solamente las circunstancias históricas excepcionales de la pos Segunda Guerra Mundial permitieron que prevaleciera transitoriamente un reparto del valor agregado que dio a los asalariados la posibilidad de “ayudar al capital” a realizar el valor y la plusvalía. En el marco de la mundialización, la producción vuelve a ser plenamente “producción para el capital”. La relación capital-trabajo ha vuelto a ser radicalmente antagónica.

 Además está el antagonismo del capital en relación con la naturaleza. Los “productores asociados”, después de su victoria sobre el capitalismo, sabrán “combinar racionalmente y controlar sus intercambios de materia con la naturaleza”. El capitalismo no puede hacerlo. El período que abierto estará dominado por el entrelazamiento de las dimensiones sociales y ecológicas de los estragos provocados por el movimiento de valorización del capital. Al capital le es indiferente que el cambio climático en curso cuestione ya las condiciones de la reproducción social en cada vez más lugares del mundo.[8] Es muy difícil decir hoy cuales serán los impactos cobre la tasa de ganancia y la tasa de acumulación. El agotamiento progresivo y el encarecimiento del precio de los recursos básicos críticos tocan por ahora a los países capitalistas de forma diferente, según sean centrales o emergentes. Son factores que afectan sus respectivas capacidades de competencia. Provocan guerras y maquinaciones imperialistas, donde lo que está en disputa son el petróleo y los minerales raros. Es probable que en un horizonte temporal que se acorta, los efectos del cambio climático se plantearán en formas brutales en cualquier lugar del mundo. Por ahora, sus efectos sociales se manifiestan de manera desigual y diferenciada en el espacio mundial, planteando así una gran dificultad política. El impacto del cambio climático afecta de forma directa sobre todo a las personas que viven en los países “del Sur”, los más pobres y vulnerables. El “capitalismo verde” percibe al cambio climático y las “energías alternativas” como una oportunidad de mercados y beneficios.[9] Los principales protagonistas son los mismos grupos del sector energético que están en el corazón del modo de producción y consumo responsable de la emisión de gases del efecto invernadero.

 Para el anticapitalismo, lo que importa es poder explicar frente al “decrecimiento” por qué son las formas de producción capitalistas la verdadera causa. El valor y el plusvalor creados durante la explotación del trabajo toman la forma de mercancías, una parte de los cuales, incluyendo los servicios y “lo inmaterial”, son bienes materiales. El movimiento sin fin del capital supone que producción y venta ilimitada. El “productivismo” y el “consumismo” son consustanciales al capital y a la mercancía. Para que la auto-reproducción del capital sea efectiva es necesario que el ciclo de valorización se cierre con “éxito”, que las mercancías sean vendidas. Para que los accionistas estén satisfechos, es preciso que una inmensa cantidad de mercancías, que cristalizan el trabajo abstracto contenido en el valor, sean volcadas al mercado. Es absolutamente indiferente que estas mercancías constituyan realmente “cosas útiles”. Para el capital, la única “utilidad” es la que permite extraer ganancias y continuar el proceso de valorización sin fin. Las empresas se han convertido en maestras en el arte de mostrar a quienes tienen el poder de compra que las mercancías que les proponen son “útiles”, puesto que, si fracasan, entonces desde el punto de vista del capital “el trabajo que ellas encierran fue gastado inútilmente”. Pero lo cierto es que, si las empresas logran, como generalmente ocurre, vender a la gente mercancías que luego se amontonan en las casas sin servirse de ellas, al mismo tiempo que centenares de miles de personas (limitándonos a Francia) viven en la miseria, entonces desde el punto de vista de los trabajadores tomados como clase, pero también de la sociedad concebida como entidad distinta del capitalismo, que no son la misma cosa, hay un gasto inútil, un despilfarro social del trabajo.

 La valorización del capital por medio de la producción y la venta de mercancías que responden a necesidades “fabricadas”, representa simultáneamente un gasto inútil de recursos de la tierra y el subsuelo. Los daños cada vez más graves a la biosfera y los ecosistemas más frágiles, están impulsados por la valorización del capital. Mientras no afecten las condiciones de acumulación con acciones de rebote, el capital y sus mandatarios políticos no harán nada. Es por esto que, al menos por el momento, en el caso de los gases de efecto invernadero, las advertencias de los científicos no han generado a nivel político más que medidas, en gran medida cosméticas, destinadas a calmar la opinión pública de una parte de los países ricos (esencialmente en Europa). Son medidas “respetuosas del mercado”, cuyo peso financiero caerá sobre los asalariados, generando en el caso del mercado de derechos a la polución (bonos verdes) nuevas oportunidades para colocaciones especulativas.[10]

 Recolocar la actual crisis económica y financiera en una historia más larga

 Es indispensable situar la crisis dentro de una historia más larga. La segmentación es política, con “cortes” que toman la forma de guerras y cambios importantes en las relaciones capital/ trabajo.[11] Se suele relacionar con esto la teoría de las ondas largas de Ernest Mandel, pero pienso que aún si se atribuye las mismas a factores externos relacionados con fenómenos extra económicos, no sistémicos y no periódicos, el término de ondas largas no deja de tener elementos de ambigüedad en relación a los ciclos largos de Kondratieff pautados por un movimiento endógeno. Según mi posición es mejor hablar de períodos de expansión de acumulación del capital (acumulación en el sentido fuerte) que terminan cuando el capitalismo vuelve a ser “re-atrapado” por sus contradicciones, chocando con las barreras que el mismo crea. Este enfoque se inspira en el párrafo del Libro III de El capital donde Marx escribe que “la producción capitalista aspira constantemente a superar estos límites inmanentes a ella, pero sólo puede superarlos recurriendo a medios que vuelven a levantar ante ella estos mismos límites todavía con mayor fuerza”.[12]

 Las fases de expansión de la acumulación son sucesivas a la emergencia de “nuevos campos de acumulación” (en el sentido de Rosa Luxemburg a propósito de la industria armamentista en vísperas de la Primera Guerra Mundial). Joseph Schumpeter las ha vinculado a momentos de renovación en profundidad del aparato productivo, consecutivamente al arribo de un grupo de grandes innovaciones y la apertura de nuevos mercados de gran dimensión. Dos son, sobre todo, los tipos de “formas de superar las barreras” y los cortes con que nos enfrentamos en el curso del siglo XX y el inicio del actual. Están, en primer lugar, las muy grandes guerras destructoras a gran escala de medios de producción, infraestructuras y viviendas de las que la Segunda Guerra Mundial es el ejemplo por excelencia. Luego está la apertura de nuevos mercados importantes, resultante de acciones políticas largo sensu, implementadas por uno o varios Estados dominantes para imponer los cambios institucionales y las “transformaciones organizacionales”[13] demandadas por el capital en el orden interno de las economías nacionales, así como en el campo internacional. Según mi enfoque, para entender el momento y lo que se juega en la crisis en curso necesitamos tener en cuenta tres cortes de este tipo: la Segunda Guerra Mundial, la contrarrevolución neoconservadora de Thatcher y Reagan iniciada en 1978, y sobre todo, más cercana a nosotros, el comienzo de la aplicación de políticas neoliberales en India en 1992 y la aceleración a partir del mismo año de la plena integración de China en el funcionamiento del capitalismo mundial, cuya culminación fue el ingreso en la Organización Mundial del Comercio en 2001.

 Es sobre todo la Segunda Guerra Mundial, tanto desde el ángulo de la salida definitiva de la crisis de 1929 para Estados Unidos por medio de inversiones militares muy altas y, sobre todo para Europa y Japón de la inmensidad de las destrucciones y de la amplitud de las inversiones de “reconstrucción y modernización”, para usar las palabras del Comisariado del Plan en Francia, lo que marca el punto de partida de la larga fase de expansión y acumulación que agota a inicios de los años 70, justo antes del supuesto “shock petrolero”, y que termina en la recesión del 74-75. Sin la Segunda Guerra Mundial, no hubiese habido en Europa los “Treinta años gloriosos”, y tampoco en Japón, aunque este también se benefició con los gastos militares estadounidenses en la Guerra Fría y la Guerra de Corea. Los “Treinta gloriosos” dieron un impulso a la acumulación que duró más allá de la recesión del 74-75. Pero esta es una divisoria de aguas. Marca el inicio de un largo proceso de ralentización de la inversión mundial calculada como porcentaje del PBI acumulado del conjunto de los países. El movimiento se muestra en el muy reciente grafico del FMI que acompañamos. La curva de conjunto esta orientada por la declinación acentuada de la inversión en los países industrializados (los antiguos países capitalistas). Está contrarrestada sobre el final del período por el surgimiento de nuevos países industriales a partir del 2000 (el empuje de mediados de los 90 fue quebrado por la crisis asiática).

 Se habla mucho de la “regulación fordista”. Dos factores explican su “éxito”. Primero, la dimensión de las necesidades de acumulación asociadas a la reconstrucción exigida por la Segunda Guerra Mundial, así como la modernización después de dos decenios de subinversiones. Las inversiones públicas y las orientadas por el crédito administrado fueron su espinal dorsal. Luego, las relaciones políticas relativamente favorables al trabajo consecutivas a la Segunda Guerra Mundial, de las que las revoluciones y guerras de liberación nacional fueron un aporte complementario en lo que durante mucho tiempo de llamó el Tercer Mundo. Desde que la expansión de la acumulación se agotó, la regulación fordista entró en crisis.

 El segundo corte, el de 1978-82, crea las condiciones políticas y económicas de la contrarrevolución anti-obrera y neoimperialista. No se traduce en una recuperación de la inversión. Las políticas neoliberales reestablecieron el poder de los mercados financieros y comenzaron a operar redistribuyendo del ingreso en beneficio de los acreedores de obligaciones y en seguida de acciones. Es lo que a nivel macroeconómico se aprecia como una modificación de la repartición global entre capital y trabajo, basada a la vez en políticas públicas de “transfer inverse”, servicios de interés sobre la deuda y baja de impuestos, y mecanismos de apropiación por los poseedores de acciones de montos cada vez más elevados de plusvalor (corporate governance y valor accionarial). Por otra parte, al interior del ingreso nacional que vuelve al trabajo, no hay que perder nunca de vista el hecho de que se produce un distanciamiento creciente entre los niveles de salarios, ya que los stock options y los bonus son contabilizados como “salarios”.

 Cuando, después de 2001, el movimiento de inversión mundial muestra una inflexión a la alza, ello se debe a los nuevos países industriales. La inflexión es pues consecuencia de la apertura de India y China como campos de acumulación y como mercado, así como los efectos de arrastre de la acumulación de esos países, en particular China, sobre las economías vecinas en Asia y sobre las grandes economías exportadoras de productos primarios en América Latina, con Brasil y Argentina a la cabeza. Así el más importante avance del capitalismo, el único eventualmente susceptible de sostener una nueva fase de expansión de la acumulación de cierta duración, vino por el lado de la plena reintegración de China en el mercado mundial, por el momento sin sobresaltos sociales.

 Disminución de la inversión, evolución de la tasa de ganancia, sobreacumulación

 La baja de la inversión, durante cerca de veinte años a nivel mundial y más de treinta años en el caso de los países capitalistas centrales, no es la imagen de un sistema en expansión, sino más bien de un sistema sobre el cual en otra época nosotros (o algunos de nosotros) habríamos dicho que “ha terminado su misión histórica de desarrollar las fuerzas productivas”, por no ser un sistema marcado, según palabras de Lenin, por “el parasitismo y la putrefacción”. Más prosaicamente, el gráfico plantea una doble cuestión; por una parte, la relación de la caída de la inversión con la evolución de la tasa de ganancia; por otra parte, la sobreacumulación de capital como capacidades de producción excedentes.

 La cuestión de la tasa de ganancia, su medición y por lo tanto de su caída o su alza, se trata detalladamente en otros artículos. Esta cuestión teórica siempre provocó grandes polémicas en el seno del marxismo. El largo movimiento de caída de la inversión parecería traducir una disminución de las oportunidades de inversión con un nivel de rentabilidad suficiente a los ojos de los propietarios del capital. Puede entonces ser relacionado con la larga caída de la tasa de ganancia calculada por Robert Brenner[14] y otros economistas, cuyos trabajos ha resumido Chris Harman. Esto tampoco entra en contradicción con lo constatado por Michel Husson, pues a pesar de que con su método de cálculo considera que existe una recuperación de la tasa de ganancia, encuentra que la inversión sigue bajando. Hay que medir el alcance de tan larga caída y sus implicaciones sociales, humanas. Estamos ante un sistema caracterizado por la sed ilimitada de plusvalía que choca con una insuficiencia de la inversión, causada por él mismo:[15] cuando una fuerza es tan poderosa como lo es hoy el capital y esta fuerza se ha corporizado en organizaciones capitalistas muy concentradas –las sociedades transnacionales, los grandes fondos de pensión y de inversión colectiva, y los aparatos políticos y militares de Estado que defienden sus intereses– la resultante de semejante situación sólo puede ser la barbarie bajo múltiples formas.

 Tratándose de de la caída de la tasa de ganancia, las “causas que contrarrestan la ley” y su identificación tan precisa como sea posible son tan importantes como la tendencia misma (pienso que conviene abandonar la palabra “ley” con todo lo que sugiere de analogía con las leyes físicas). Tomemos las seis causas examinadas en el capítulo XIV del Libro III de El capital, a las cuales indudablemente se podrían agregar otras. Sin seguir el orden de Marx comencemos por “El comercio exterior”: Marx evidentemente se coloca en el contexto del momento en que escribe; explora hipótesis sin llegar a identificar una causa de la que pueda decir con certeza que contrarresta la baja tendencial, aunque sería necesario retomar el análisis en el contexto actual. En lo concerniente al “Abaratamiento de los elementos que forman el capital constante”, es seguro que, de ahora en más, la suba de los precios del petróleo y de muchas materias primas a causa de su escasez, pondrá fin a la espera de efectos benéficos provenientes de este factor, porque esta suba no será compensada por una disminución del precio de equipos y máquinas. En lo que hace al “Aumento del capital-acciones”, pudo ser un factor que influyó en la recuperación de la tasa de ganancia por su influencia en la centralización y concentración de capital (tesis de la “funcionalidad de la finanza” examinada anteriormente), antes de convertirse en fuente específica de contradicción. Llegamos entonces a las tres causas concernientes al trabajo: “Aumento del grado de explotación del trabajo”, “Reducción del salario por debajo de su valor” debido a la competencia entre asalariados y la “Súper-población relativa”. Todas operan a pleno desde hace 20 años, en el sentido de una recuperación parcial de la tasa de ganancia, debido a la utilización de tecnologías de la informática y las comunicaciones (TIC) y sobre todo a la mundialización del ejército industrial de reserva. En el contexto de competencia encarnizada que la crisis actual agudiza aún más, las empresas lo utilizarán más que nunca.

 ¿Contradice la larga caída de la inversión la noción de sobreacumulación de capital? A nivel más general, la sobreacumulación es siempre relativa, en relación con las posibilidades de absorción de una demanda modelada por las relaciones de distribución capitalista. La sobreacumulación tiene automáticamente como “contracara”, por así decirlo, el subconsumo. Insisto, sin embargo, en que la elección del término importa. El término sobreacumulación plantea más directamente la necesidad de transformar las relaciones de producción y crear el marco de una primacía del valor de uso sobre el valor. El subconsumo puede conducir a la idea de “relanzamiento del crecimiento” sin cambiar el marco. El análisis supone algo más. En toda la gran crisis, la sobreacumulación de capacidades de producción y la superproducción son inicialmente de sectores e industrias específicas. El nivel de análisis pertinente es sectorial y frecuentemente nacional. En determinados países, algunos sectores (el inmobiliario y la construcción en Estados Unidos, en el Reino Unido, Irlanda, España), así como algunas industrias (el automóvil en los antiguos países constructores de Europa y en los Estados Unidos), están en situación de evidente sobrecapacidad, tanto por saturación casi mecánica como debido a políticas nacionales. En otros, las sobre capacidades y la sobreproducción pueden existir de rebote (el sector de máquinas-herramientas alemán, por ejemplo). La mundialización de las inversiones y los intercambios conduce a procesos de propagación cuya rapidez no sólo traduce la interconexión de las economías sino también la amplitud de la “sobreacumulación relativa global”, cuyo corazón está hoy en China.

 Gigantesca acumulación de capital ficticio

 Llegamos a lo que se llama la “financiarización”. Según lo entiendo, el término indica el proceso de centralización y de “acumulación” específico de esa forma específica de capital que Marx llama “capital a interés”[16] y analiza en el Libro III de El capital. Esta forma “de acumulación” debe diferenciarse de la acumulación propiamente dicha (de capital constante y capital variable), sobre la cual tiene sin embargo un fuerte impacto. Aquí la acumulación es de títulos financieros, de acciones, de bonos del tesoro y de títulos de la deuda pública, de obligaciones empresarias, acreencias bancarias, que tienen el carácter de derechos a percibir flujos de ingreso, pretensiones referidas a la apropiación de valor y plusvalor presentes y futuros (lo que en inglés se conoce como “claims on future production”). Iniciada hacia mediados de los años 60, con una marcada aceleración a partir de 1980, esta acumulación financiera sólo tuvo algunos momentos de disminución. El choque del crack bursátil de octubre 1987 se borró en algunas semanas. Durante la crisis asiática de 97-98, y sobre todo del crack del Nasdaq en 2001, las políticas monetarias y las políticas “sociales” (es preciso que cada norteamericano pueda ser propietario de su casa), permitieron el inmediato relanzamiento de la acumulación financiera mediante el crédito hipotecario.

 Varias son las fuentes que vinieron a alimentar –primero lentamente, luego de manera cada vez más rápida– la centralización de dinero que busca valorizarse como capital en manos de los bancos y de los fondos de pensión y colocación financiera. Son las ganancias no reinvertidas de las empresas, las obtenidas en las economías de origen en el mercado interno, pero también las que resultan de la repatriación de dividendos y regalías derivadas de las inversiones directas en el exterior (las IDE). Están los flujos de intereses provenientes de la deuda del Tercer Mundo, a los cuales se sumaron los de los préstamos bancarios internacionales a los países en vías de industrialización rápida del Sudeste Asiático. Luego están las sumas acumuladas por individuos o familias muy ricas y colocadas en los mercados. En algunos casos son montos que resultan de anteriores colocaciones exitosas, de especulaciones concluidas triunfalmente. En otros, son sumas percibidas por la renta del suelo, del subsuelo y las fuentes de energía. Finalmente, están las sumas centralizadas en el seno del sistema financiero en los Fondos de pensión y los Fondos de colocación financiera (los OPCVM, llamados en EEUU Mutual Funds). Después de un largo proceso de descentralización inicial que pasó casi desapercibido, desde 1980-84 estos fondos pasaron a ser la espina dorsal de la acumulación financiera. En el curso de los años 90 a los asalariados estadounidenses se les impuso un cambio en el sistema de jubilaciones.[17] El sistema de “prestaciones definidas” dio su lugar al llamado de “cotizaciones definidas”. Son los fondos relacionados con este sistema los que sufrieron los más importantes “daños colaterales”. Uno de los puntos en que difiero con Michel Husson es que él no registra más que una sola fuente de acumulación de lo que llama “capitales libres”, las ganancias no revertidas de las empresas. La única mención que hace al ahorro salarial es su utilización según la modalidad francesa de los últimos 10 años en sustitución de salarios. Otro punto de desacuerdo es hacer de la financiarización una consecuencia de la modificación en la distribución del valor agregado, mientras que la reconstitución del poder del capital a interés es uno de los factores que, por el contrario, estuvo en el origen mismo del tatcherismo y del cambio de relaciones de fuerza entre el capital de trabajo.

 El correcto término marxiano para indicar lo que hoy se llama de manera genérica “la finanza” es “capital a interés”.[18] Hay que destacar tres rasgos característicos de este capital. El primero es que los “derechos a percibir valor” son un “capital” para quienes los poseen y administran, pero no desde el punto de vista del movimiento de acumulación de capital en el pleno sentido de la palabra. Los títulos financieros son “la sombra” de un capital ya instalado o ya gastado. En el caso de las acciones, escribe Marx, su naturaleza económica es la de “duplicados de papel del capital efectivo, lo mismo que si al talón se le adjudicase un valor propio además del de la carga y conjuntamente con ella”.[19] El segundo rasgo del capital a interés es lo que Marx llama “capital al margen del proceso de producción”[20], es decir su exterioridad a la producción, una de cuyas expresiones es el “cortoplacismo”, el horizonte muy corto de los financistas y ellos imponen a las empresas. Esto deja cada vez menos tiempo a la creación de condiciones de producción de plusvalor a largo plazo, impulsando entonces todo hacia lo que David Harvey ha llamado “la acumulación por desposesión”, cuya forma principal, en los países capitalistas avanzados, es la privatización de los servicios públicos y del sector no mercantil. El tercero, es la forma específica de fetichismo que engendra con respecto a las fuentes de la valorización del dinero a través de préstamos, colocaciones y especulación con los precios: “el capital se revela aquí como una fuente misteriosa y autóctona de interés, de su propio incremento (…) En el capital a interés aparece, por tanto, en toda su desnudez este fetiche automático del valor que se valoriza a sí mismo, del dinero que alumbra dinero, sin que bajo esta forma descubra en lo más mínimo las huellas de su nacimiento”.[21]

 El capital a interés tiene sin embargo como único sustrato el flujo de dividendos e intereses de los préstamos a los Estados, a las empresas, a los hogares, cuyo origen está en las punciones sobre la sustancia económica real, el valor y el producto excedente, por medio de quitas en los ingresos llamados “primarios”. Los mecanismos a través de los cuales se efectúan estas punciones (impuestos destinados al servicio de la deuda pública, ganancias no reinvertidas, dividendos “excepcionales”, recompra de acciones bursátiles, impuestos destinados al servicio de la deuda, salarios centralizados en los Fondos de pensión del mercado financiero y por lo tanto sustraídos al consumo salarial, salarios disminuidos por los reembolsos de créditos hipotecarios e intereses de las tarjetas de crédito, etcétera, etcétera) vinieron a hacer más lenta la acumulación (“pesaron sobre el crecimiento”, para retomar una presión usual), mientras que simultáneamente la masa de los “derechos a percibir valor” se inflaba. La mayor parte del “fruto” de las punciones quedó en el interior del sistema financiero. Así engrosado, el capital ficticio fue reinvertido en operaciones en las cuales parecía dotado de una capacidad de crecimiento propio. La suba del valor nominal de los títulos bursátiles (capitalización bursátil) es una clásica expresión de esto. El gráfico que acompañamos sobre el valor bursátil de las acciones cotizadas mundialmente y la producción mundial da una idea de la dimensión de este crecimiento endógeno bursátil y la amplitud de su distanciamiento del PNB mundial tomado como indicador de la producción de valor y plusvalor.

 Montajes financieros que levitan y “funcionalidad de la finanza”

 Los mercados financieros parecen dotados de la capacidad no solamente de succionar el valor y el plusvalor de la economía “real”, sino de aparentar “crear valor” por sí mismos. Mientras mayor fue la duración de la acumulación capitalista sin verdadera ruptura, más fuerte se hizo el entrecruzamiento de estos dos procesos, más engrosó la masa de “capitales” buscando valorizarse mediante operaciones financieras y más se acentuó su carácter ficticio. Dado que el flujo de valor y de plusvalor llegaba a estar restringido por los límites propios del ciclo completo de capital (D-M-P-M’-D’), es decir del movimiento efectivo de la producción y la comercialización, la carrera hacia los nuevos mecanismos de valorización ficticia (las “innovaciones financieras”) se intensificó. Al lado de aquellos títulos que tenían un lazo identificable con la producción y la comercialización de mercancías, se desarrolló en el transcurso de los años 90 y más aún a partir de los años 2000, una acumulación aún más profundamente ficticia de sumas que eran consideradas como “capital”, de la que los productos “titularizados” fueron la expresión más acabada. Ellos nos han puesto ante mecanismos de valorización especulativa situados en pura levitación con respecto a la economía real. El complejo montaje financiero de los préstamos hipotecarios subprima tenía como único sustento los salarios bajos y precarios de los trabajadores más pobres y las casas muy baratas que los bancos tomaron, pero que luego ya no pudieron revender. Este es el contexto en que se produjo la fuga hacia adelante en el crédito y la titularización y en el cual las operaciones puramente fraudulentas al estilo de Bernard Madoff pudieron proliferar. Una de las expresiones fue que el endeudamiento de las mismas sociedades financieras se disparó, con el entrecruzamiento de deudas mutuas. Este endeudamiento “endógeno” al sistema financiero se incrementó entre 2000 y 2008 a un ritmo mayor incluso que el de los hogares. Las sucesivas etapas de la crisis financiera entre julio y agosto 2007 y septiembre 2008 estuvieron caracterizadas por la paralización del crédito interbancario (que comienza a fin de agosto 2007), luego por el hundimiento de los montajes más peligrosos, hasta la caída de la banca Lehmann.

 Participación de las ganancias financieras en el total de las ganancias

 Los dos gráficos adjuntos –uno elaborado por Charles Michaloux y el otro por Monthly Review– dan ejemplos de las llamadas “ganancias financieras” en Estados Unidos, país que suministra todas las estadísticas que permiten calcularlas. Uno muestra la relación de los beneficios con el stock de capital neto para las sociedades financieras y no financieras; el otro, la parte de ganancias financieras sobre el total de las ganancias. Estas incluyen una gama amplia y heterogénea de distintas ganancias: intereses y dividendos, ganancias provenientes de todo tipo de especulaciones propias, comisiones por las que se hicieron para los clientes, honorarios por el montaje de operaciones de fusión-adquisición y todo tipo de consejos financieros. Un grupo de economistas brasileños de la Universidad Federal de Espirito Santo, Reinaldo Carcanholo, Paulo Nakatani y Mauricio Sabadini, que están entre las pocas personas que trabajan con la noción de capital ficticio, han propuesto la noción “ganancias ficticias” para caracterizar las ganancias financieras. Su trabajo es estimulante, si bien yo no estoy de acuerdo con la idea de que las “ganancias ficticias” habrían sido un “nuevo y poderoso factor que vino a contrarrestar la baja tendencia de la tasa de ganancia”.[22] Creo que esto sólo pueden lograrlo factores que afecten la tasa de explotación o el precio de los elementos constitutivos del capital constante. Pero estos economistas brasileños pusieron correctamente el dedo sobre la necesidad de examinar estrechamente y descomponer las ganancias de las sociedades financieras. The Economist estimaba en 2008 que las “ganancias” obtenidas por las comisiones y otros gastos de gestión de las especulaciones financieras representaba el 27% de las ganancias de 500 sociedades del índice Standard & Poor. Contrariamente a lo que sostiene Michael Husson, se trata claramente de ganancias virtuales resultantes de la valorización de activos financieros y no de transferencias efectivas de plusvalor hacia el sector financiero.

 Un último punto a considerar muy brevemente: la funcionalidad de la finanza. Marx, Hilferding y quienes han estudiado la teoría del capital a interés después de ellos, le han reconocido la de facilitar las transacciones comerciales (M y M’ en la fórmula del ciclo completo de la acumulación); la de poner a disposición de las empresas sumas para la inversión abriendo líneas de crédito; la de contribuir mediante innovaciones organizativas, un ejemplo típico de las cuales fueron las sociedades por acción, a la reunión de capitales dispersos para grandes inversiones. En el primer caso, la velocidad con la cual el crédito comercial es creado, pagado y renovado hace que no se dé lugar a la creación de capital ficticio. No ocurre lo mismo con el crédito a mediano plazo, donde hay creación de capital ficticio, ni como se vio anteriormente con los títulos de sociedades por acciones. La noción de funcionalidad de las finanzas fue extendida a las formas mediante las cuales el régimen o modelo de crecimiento neoliberal financiarizado trata de cerrar el ciclo del capital y asegurarse un cierto grado de estabilidad macroeconómica. Efectivamente fue “la finanza” quien lo concibió: desenfrenado consumo de lujo de los ricos; desarrollo por el sistema financiero de modalidades nuevas de crédito a los hogares empujando a un grado de endeudamiento cada vez es mayor; invención de montajes financieros como la “titularización” para hacer “líquidas” las acreencias así creadas sobre el ingreso de los hogares, etcétera. Puede verse esto como la manifestación de un grado muy alto de “funcionalidad” de la finanza… Pero, ¿no sería preferible definirlas cómo respuestas que esta forma de capital que se valoriza mediante el “ciclo corto” trata de dar al fetichismo y el parasitismo capitalistas que empuja a su paroxismo?

  Prolongar el “modelo” todo el tiempo que se pueda

 Los resortes del “modelo neoliberal” están rotos. Se constata endeudamiento masivo de los hogares en Estados Unidos, el Reino Unido y en muchos países del “modelo anglosajón”; una especulación inmobiliaria desenfrenada, que deja tras de sí en Estados Unidos, pero también en países como España o Irlanda, un elevado stock de alojamientos vacíos. En los países industrializados, las medidas de “relanzamiento”, cuyo efecto se hace sentir, reposan en un endeudamiento muy elevado de todos los gobiernos. Estos se preguntan en qué momento estarán en condiciones de hacer caer su peso sobre los asalariados –puesto que sobre ellos pesa a la fiscalidad– sin debilitar el consumo. Después de 2001 la acumulación industrial fue motorizada por las inversiones en China y Asia en general, dirigidas en última instancia hacia la exportación, lo que tuvo un efecto de arrastre en algunos países productores de materia prima. Esta configuración es insostenible. Semana tras semana, las principales publicaciones financieras de Nueva York y de Londres se inquietan sobre la capacidad y la voluntad de los dirigentes chinos para lograr que la demanda del consumo interior aumente. Esto supondría un fuerte aumento de los salarios y por lo tanto la instauración del derecho de organización sindical y la legalización de huelgas para arrancarlos mediante la lucha a la nueva oligarquía capitalista, lo que implicaría a su vez el cuestionamiento del monopolio político del Partido Comunista chino.

 El salvataje de los bancos, la ayuda dada a los mayores grupos industriales y sobre todo las inversiones efectivas masivas de China en infraestructura ferroviaria y autovías, han creado una meseta que permite a gobiernos y medios anunciar “el fin de la recesión”. En este contexto se realizó la reunión del G20 en Pittsburg con una agenda tendiente a mantener todo lo posible el status quo anterior. La institucionalización del G20 permite integrar este cónclave en un marco más amplio, que lava la cara a los capitalismos europeos permitiendo sobre todo al Brasil y la India cantar victoria. La modificación de los derechos de voto en el FMI será hecha a costa de los países europeos. En todo caso, la crisis en curso acelerará la declinación de Europa en el seno del capitalismo mundial. La cuestión planteada a los asalariados de la juventud de Europa es dejarse o no arrastrar por la decadencia social que acompañará cada vez más fuertemente la caída del capitalismo europeo.

 Por lo demás, la reunión de Pittsburgh muestra que las posiciones del capital financiero siguen siendo muy fuertes. La ayuda masiva concedida a los bancos de los fondos de colocación en septiembre-octubre 2008 se tradujo a la fuerza social y política de los accionarios-propietarios de bancos y empresas, de los gestionarios de fondos y los dirigentes industriales pagados con stock options. El éxito de salvataje les permitió preservar su dominación. La adopción por el G20 de nuevas “reglas” estadounidenses y no de las proposiciones un poco más “severas” de Alemania y Francia en materia de remuneración de los traders fue la expresión más simbólica. Los paraísos fiscales salen indemnes: solamente el 5% de ellos han firmado acuerdos de cooperación, y éstos no los comprometen a gran cosa puesto que los bancos y los fondos especulativos no tendrán impedimentos para hacer operaciones marcadas por el fraude y la evasión fiscal. La publicidad en torno a las cuentas de la Unión de Bancos Suizos (UBS) no debe ocultar el hecho que, incluso en Suiza, el secreto bancario sigue siendo prácticamente intocable.

 Todos advierten, incluso los medios de las finanzas, que se han formado nuevas burbujas especulativas. La perspectiva de tener que enfrentar el entrecruzamiento de una crisis económica muy larga y manifestaciones graves de la crisis climática debe ser integrada en el pensamiento revolucionario. Este es el objeto del informe escrito por Daniel Tanuro al que ya antes hice referencia, y también del libro de Isabelle Stengers[23] analizando el ingreso de la humanidad en un nuevo período de la historia de la barbarie capitalista, el de las catástrofes ecológicas y sus consecuencias en términos de clase. Propone la autora que quienes ya comprendían que la sociedad capitalista “era productora de explotación, de guerras, de crecientes desigualdades sociales, en definitiva, de barbarie” deben a partir de ahora integrar las amenazas específicas de barbarie que nacen del hecho de que asistiremos a diversas manifestaciones (igualmente graves socialmente) del cambio climático, en un contexto marcado de punta a punta por las relaciones de clase capitalistas e imperialistas. Frente a determinadas preguntas cruciales, dice, lo que importa es la capacidad de fabricar colectivamente la respuesta: “Una respuesta no es reductible a la simple expresión de una convicción. Ella se fabrica”. Esta es precisamente la tarea. Se trata primero de decir las cosas como son (“sólo la verdad es revolucionaria”), y luego de liberar el potencial de experimentación colectiva de los asalariados y los ciudadanos, sea cual sea la estructura (asociaciones, agrupamientos aún más informales o partidos políticos) en la que decidan comprometerse. Es una de las vías hacia esta indispensable “fabricación de una convicción colectiva” respecto de la necesidad y la “factibilidad” de la emancipación en las condiciones del siglo XXI y cuya concreción chocará, como en el pasado, con la cuestión de la propiedad y por lo tanto del Estado. 

 [1] La crisis de 1929, que fue de salto en salto hasta 1933 y recién tuvo tuvo una “salida” con los gastos militares y la Segunda Guerra Mundial es un arquetipo. Ver Isaac Johua, La crise de 1929 et l’émergence américaine, Paris, Actual Marx Confrontation, Presses Universitaires de France, 1999.

 [2] Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (borrador) 1857-1858, Vol. I, Buenos Aires, Siglo XXI Argentina Editores, 1971, pág. 276.

 [3] El capital, México, FCE, 1973, Vol. I, págs. 108/109.

 [4] Ídem, pág. 424.

 [5] Intervención en un programa televisivo de FR3 y entrevista concedida a L’Humanité el 30 septiembre 2009.  

 [6] El Manifiesto Comunista, Buenos Aires, Herramienta Ediciones, 208, págs. 36/37.

 [7] El capital,México, FCE, 1973, Vol. III, pág. 248.

 [8] Ver François Chesnais y Claude Serfati, “Les conditions physiques de la reproduction social”, en J_M Harribey y Michael Löwy (sous la direction de), Capital contre Nature, Paris, Actuel Marx Confrontation, Presses Universitaires de France, 2003. En este trabajo se reconoce y se busca una explicación al gran retraso en la crítica marxista hasta no hace mucho tiempo.

 [9] Michael Husson lo demuestra en “Un capitalisme vert est-il possible?”, en Contretemps, nouvelle série, nº1, septiembre-diciembre 2009.

 [10] Ver Daniel Tanuro, “Rapport sur le changement climatique et les taches des anticapitalistes”, Imprecor, julio-agosto 2009, punto 17. Hay versión en castellano en el sitio Punto de Vista Internacional. 

[11] Posición sostenida por Bernard Rosier, invocando la necesidad de un “retorno del materialismo histórico” diferenciado de cierta vulgata que poco tenia que ver con Marx. Ver Bernar Rosier y Emmanuel Dockès, Rythmes économiques: Crises et changement social, une perspective historique, Paris, La Découverte/Maspéro, 1983, pág. 178. 

 [12] El capital México, FCE, 1973, Vol. III, pág. 248.

 [13] Término “neutro” concebido por los economistas neo-schumpeterianos evitando definirse con respecto a los efectos políticos y sociales de estas “transformaciones”.

 [14] Robert Brenner, The Economics of Global Turbulence, Londres-Nueva York, Verso, 2006.

 [15] Marx dixit: “El verdadero límite de la producción capitalista es el mismo capitalEl capital ob. cit., Vol. III, pág. 248.

 [16] Para un tratamiento más completo y detallado de estas cuestiones, François Chesnais “La preeminencia de las finanzas en el seno del ‘capital en general’, el capital ficticio y el movimiento contemporáneo de mundialización del capital” en Suzanne de Brunhoff, François Chesnais, Gérard Duménil, Michel Husson, Dominique Lévy Las finanzas capitalistas. Para comprender la crisis mundial, Buenos Aires, Ediciones Herramienta, 2009.

[17] Ver Catherine Sauviat, “Les fonds de pensions et les fonds mutuels: acteurs majeurs de la finance mondialisée et du nouveau pouvoir actionarial”, en François Chesnais (coordinador) La finance mondialisée, racines politiques et sociales, configurations, conséquences, Paris, Editions La Découverte, 2004.

 [18] Ver François Chesnais, “La preeminencia …”, nota 17.

 [19] El capital ob. cit., Vol. III, pág. 449. 

[20] Ídem, pág. 359 

[21] Ibídem, págs. 373/374

[22] Reinaldo Carcanholo y Paulo Nakatani, “Capitalismo especulativo y alternativas para América Latina”, Buenos aires, Herramienta Nº 35, junio 2007, págs. 34/35.

[23] Isabelle Stengers, Au temps des catastrophes. Resister à la barbarie qui vient, Paris, Editions Les Empecheurs de penser en ronde/La Découverte, Paris, 2009. Para un comentario más extenso, ver François Chesnais “Socialismo o barbarie: las nuevas dimensiones de una alternativa”, Herramienta Nº 42, octubre 2009. 

Fuente: Artículo publicado en francés en Inprecor N° 556-557, enero de 2010. Enviado por el autor y traducido para Herramienta por Leandro Bono y Aldo Casas. La actual publicación no posee los gráficos del artículo original.

Europa en el espejo argentino

Martes, mayo 18th, 2010

Por Atilio Boron 

Luego de hacer estragos en su patria de origen, Estados Unidos, el “virus neoliberal”, para usar la acertada expresión de Samir Amin, ha contagiado Europa. Ante los síntomas inocultables de la crisis, los mercados reaccionan con su explosiva mezcla de rapacidad e irracionalidad y evidencian su escepticismo ante las recetas de salida de la crisis elaboradas por el G-20, el FMI o el BM. Para colmo, este fin de semana, Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo, declaró que “el salvataje de un billón de dólares aprobado por la UE y el FMI es sólo para ganar un poco de tiempo”. Esta opinión fue secundada por el economista-jefe del BCE, Jürgen Stark, quien además dijo que “cuando los mercados se vuelven locos, nadie puede prever las consecuencias”.

El carácter estructural y de larga duración de la crisis es evidente, y sus dimensiones son impresionantes: en Grecia el déficit fiscal en relación con el PBI orilla el 14 por ciento; en Irlanda, casi el 15; en España, está a centésimos del 12; en Portugal supera ya el 9 y en Gran Bretaña, de la cual pocos hablan, el déficit fiscal es apenas una centésima inferior a la incendiada Grecia: 13 por ciento. Estas cifras se apartan brutalmente de las estipuladas en el ya difunto Tratado de Maastricht, por el cual los países europeos se comprometieron a mantener su déficit fiscal por debajo del 3 por ciento del PBI. Todo esto ocurre porque, ante el estallido de la crisis en el verano boreal del 2008, los gobiernos ordenaron al Banco Central Europeo y a sus propios bancos rescatar a las grandes empresas afectadas por la crisis; tal como lo habían hecho en Estados Unidos Bush y Obama, demostrando, por la vía del ejemplo, que la doctrina de la “autonomía del Banco Central” es una engañifa sólo destinada al consumo de los sumisos gobiernos de la periferia.

El problema con estos rescates es que más pronto que tarde los fenomenales desembolsos realizados por los gobiernos se convierten en una deuda de proporciones gigantescas, originando un incontenible crecimiento del déficit fiscal. Dado que hasta hace pocas semanas el FMI se abstuvo de siquiera lanzar una advertencia a los países del mundo desarrollado (cuando por déficit muchísimo menores envía sus letales misiones a cualquier país del Tercer Mundo), el problema no suscitó mayor atención salvo entre los pocos que estaban realmente al tanto de la situación y no creían en las ingeniosas metáforas utilizadas por los gurúes del capitalismo que hacía un año venían hablando de los “brotes verdes” que anunciaban el fin de la crisis. Charlatanes irresponsables (al igual que los que en la Argentina pronosticaban en marzo del 2002 que para fines de ese año el dólar se cotizaría entre 12 y 14 pesos por unidad), sienten ahora que el mundo se les viene abajo: el euro se desploma, la Eurozona está a punto de desintegrarse, y como los gobiernos capitalistas sólo conciben la salida de la crisis haciéndosela pagar a los trabajadores, el clima social se carga de una conflictividad no vista desde los sucesos de 1968, aunque algunos se remontan hasta las postrimerías de la Primera Guerra Mundial.

La propuesta para griegos y españoles es un calco de las que el FMI impulsara en América latina y que sólo sirvieron para acelerar el derrumbe, siendo el caso argentino el espejo más fiel de lo que probablemente les espere a muchos países de la Unión Europea que todavía se aferran al catecismo neoliberal. El Wall Street Journal del 12 de mayo señalaba que “en la Eurozona y en menos de un mes el FMI dejó de ser un paria para convertirse en una institución esencial cuya bendición es necesaria para los países que necesitan paquetes de rescate”. Este verdadero Dr. Mengele de las economías –que sigue siendo el mismo de antes, pese a declaraciones públicas en contrario– fue el que las autoridades de la Unión Europea eligieron para que administre los remedios que resolverán la crisis. Por eso no sorprende ver a una Europa en pie de guerra social, como respuesta a un programa de ajuste tan brutal como los que padecimos en América latina.

Al igual que en Grecia, el ajuste recesivo de Rodríguez Zapatero en España tiene como uno de sus puntales la reducción salarial del 5 por ciento para la mayoría de los trabajadores y la congelación para los de menor ingreso, los llamados “mileuristas” (por ser aproximadamente ésa la suma que ganan mensualmente). Para demostrar que habrá austeridad para todos, y que ésta será progresiva, el gobierno español decidió que desde el cargo de secretario de Estado para arriba, la reducción sería del 15 por ciento. El único detalle es que mientras el presidente del gobierno español gana 91.982,40 euros por año (cerca de 8000 euros mensuales, amén de diversos gastos que corren por cuenta del erario), el recorte del 15 por ciento difícilmente le producirá alguna merma en su capacidad de ahorro y consumo. Pero para los sectores inferiores de la administración pública –cuyos ingresos oscilan, con premios, complementos y pagas extraordinarias, en torno de los 2000 euros mensuales–, los 100 euros que les serán reducidos incidirán negativamente en su nivel de vida.

David Cameron, el nuevo premier británico, fue más flemático y ordenó una reducción del 5 por ciento de sus emolumentos, pese a que su sueldo anual de 207.500 libras esterlinas (sumando el que le corresponde como premier y como miembro del Parlamento) más que duplica el de su colega español. Estos dos ejemplos bastan para caracterizar la filosofía que inspira estos programas de ajuste. Agréguese a ello que en ningún país de la UE esta reducción del gasto afecta al voluminoso presupuesto militar, parte del cual se destina a financiar guerras inmorales e infames como las que se están librando en Irak y Afganistán. Lo que sí se reducirá será la suma destinada a la cooperación internacional. Sólo en el caso español esto significa una baja de 600 millones de euros, un 8 por ciento en relación con lo previamente presupuestado.

En este contexto, no deja de ser llamativa la conversación telefónica que sostuvieron el 11 de mayo Obama y Rodríguez Zapatero, sobre todo cuando el primero le aconsejó que tomara medidas resolutivas “para calmar a los mercados”. Esta frase es más que semejante a la que en su momento pronunciara el ex presidente Fernando de la Rúa en vísperas del derrumbe de la convertibilidad, cuando también él –como Obama ahora– creía que era imprescindible y factible “llevar tranquilidad a los mercados”. En realidad, los mercados son una institución en la cual la crispación, el desenfreno y la irracionalidad son la norma; además, sin importar cuánto se haga a su favor, son insaciables y siempre querrán más, como se lo hicieron saber a De la Rúa y Cavallo en diciembre del 2001. En las páginas finales del primer tomo de El Capital, Marx describió con vívidos caracteres la naturaleza de los capitalistas y los mercados al decir que “el capital experimenta horror por la ausencia de ganancia… Si la ganancia es adecuada, el capital se vuelve audaz (…) Al 20 por ciento, se pondrá impulsivo; al 50 por ciento se vuelve temerario; por 100 por ciento, pisoteará todas las leyes humanas; y por 300 por ciento no hay crimen que lo arredre, aunque corra el riesgo de que lo ahorquen”. La experiencia de los dos últimos años le dan la razón, y la crisis recién está comenzando a manifestarse.

Seis falacias sobre las reservas del Central

Lunes, mayo 17th, 2010

 Por Jorge Mancinelli

07-03-2010 /  Lo que dice la oposición para bloquear el uso de los fondos para pagar la deuda externa,

Uno por uno, los argumentos que rebaten las pontificias afirmaciones que la oposición viene haciendo sobre las reservas del Banco Central.

Falacia 1. “Pretenden pagar la deuda con las reservas a través del endeudamiento constante.”

El karma de los argentinos sigue siendo la convertibilidad: con ese sistema nos convencieron que las reservas sólo se pueden conseguir con deuda. La convertibilidad tuvo como propósito central sobrevaluar el peso para permitir la mayor fuga de capitales que tenga memoria el país: pesos caros contra dólares baratos. Esa distorsión impidió que la sociedad pudiera utilizar el saldo de la balanza comercial para financiarse. A diferencia de la convertibilidad, las reservas que se han ganado desde el 2003 a la fecha son el resultado de una política económica que combina tipo de cambio administrado con sostenimiento y promoción de la oferta de exportables.

Falacia 2. “Defender las reservas es defender los salarios de los trabajadores.”

El falso paraíso de la convertibilidad hizo que con pesos caros y dólares baratos se pudieran comprar en el exterior bienes de todo tipo que resultaban más baratos que producirlos en el país para lo cual, dado que no había saldo comercial favorable para mantener semejante consumo, había que endeudarse. El efecto fue desocupación y deuda creciente que se hizo impagable. A diferencia de la convertibilidad, durante la cual el endeudamiento era el motor de la economía, el modelo nacional en curso se sostiene sobre la masa salarial que es, además, el pilar del actual sistema previsional: para el segundo trimestre del 2003, los asalariados registrados eran 4.600.000 y los no registrados, 4.400.000, es decir que el 44 por ciento de los 10.000.000 de trabajadores ocupados, estaba fuera del sistema. Para el segundo trimestre del 2009, los trabajadores registrados fueron 7.200.000 y los no registrados, 4.000.000; la informalidad laboral cayó al 36 por ciento mientras que el número de ocupados totales subió a 11.200.000 trabajadores. La recuperación del trabajo vino de la mano con la recuperación del sindicato a través de las convenciones colectivas: durante la vigencia de la convertibilidad se realizaron anualmente alrededor de 170 convenciones colectivas de trabajo, en los seis años que van de 2004 al 2009 se formalizaron 800 convenios en promedio por año. Durante los últimos tres años, 2007 a 2009, las convenciones colectivas celebradas promediaron 1.200 por año, 700 por ciento más que durante la década que tanto extrañan los vestales de la reservas. La defensa de los salarios se hace promoviendo el empleo y garantizando el ejercicio de los derechos laborales.

Falacia 3. “Cristina se endeuda para financiar el déficit.”

Nuevamente la convertibilidad: el déficit o superávit fiscal no está dolarizado y los ingresos del Estado vía el comercio exterior dependen del tipo de cambio que administra, que no es fijo, y de la política de aranceles que aplica.

Falacia 4. “La independencia del Banco Central está afectada por el Gobierno que no vacila en tomar medidas que ponen en riesgo la estabilidad cambiaria.”

El Banco Central no es independiente ni autónomo, sino autárquico: tiene capacidad para administrarse pero dentro de las normas que le fija un poder superior. La política cambiaria es una parte de la política económica que es competencia del Gobierno y no del Banco Central.

Falacia 5. “Decir que las reservas se usarán para pagar la deuda, es, en realidad, decir que se usarán para pagar los gastos del Estado.”

Las reservas tienen dos fuentes: el superávit de la balanza comercial que ocurre cuando las exportaciones son mayores que las importaciones, y el ingreso de fondos del exterior. En el primer caso, las reservas son ganadas por el país y corresponden a la Nación a través del Estado que es quien suministra pesos contra monedas extranjeras. En el segundo, son de los prestamistas o inversores. Las reservas son existencias en caja que se definen en función de la administración del tipo de cambio y de los compromisos externos que la economía nacional deba afrontar cada año. La política económica es la encargada de dar coherencia y legitimidad al manejo de esos saldos permitiendo que estén disponibles para respaldar compromisos públicos y privados.

Falacia 6. “La utilización de las reservas para financiar el déficit ha tenido en la Argentina una tristísima historia, que siempre desembocó en crisis muy fuertes con costos altísimos para los tenedores de moneda local, de deuda o de depósitos bancarios.”

Las crisis de endeudamiento y cesaciones de pagos internas y externas fueron originadas por gobiernos al servicio de de los sectores más concentrados de la economía. Recordemos: tablita cambiaria (1979-1981); estatización de la deuda privada (1981-1983); convertibilidad (1991-2001); plan Brady (1993);dolarización de la economía que no llegó a formalizarse a pesar de la solicitud que Pedro Pou, presidente entonces de un Banco Central que era elogiado por su independencia, hiciera la Reserva Federal de los Estados Unidos en el mes de marzo de 1999;  blindaje (enero 2001); megacanje (mayo 2001); canje de deuda pública nacional por préstamos garantizados (noviembre 2001); declaración del default por Rodríguez Saá (diciembre 2001) presidente semanal que renunció rodeado de su familia y envió la renuncia por el Edecán presidencial para que la presentara a “quien corresponda”; un año después Menem lo acusaba de “haber tirado todo por la borda”. El origen de las desgracias argentinas no está en la utilización de las reservas sino en proyectos políticos que privilegiaron a intereses particulares por sobre el interés general.

Mercedes Marcó del Pont, una hereje de la ortodoxia

Viernes, mayo 14th, 2010

Siempre tuvo un pensamiento original y coherente, que le reconocen hasta sus adversarios teóricos. La actual presidente del Banco Central, puesto al que llegó en medio de una intensa polémica por el uso de las reservas, sostenía en julio de 2002 (hace 8 años) que para salir de la crisis de entonces era preciso un retorno al keynesianismo y estimaba que la Argentina podía recuperarse por ciertas vías, que no serían necesariamente las más “virtuosas”.

Esto decía el texto de aquel entonces.

La economista de la Fundación de Investigaciones para el Desarrollo (Fide) propone recetas inadmisibles para el establishment económico internacional.

“Hay una cuestión curiosa”, dice Mercedes Marcó del Pont. “Se salió de la convertibilidad porque no había más remedio. Pero se sigue manejando la economía con la misma lógica y perspectiva de ese régimen. Esa lógica indicaba que no había emisión sin ingreso de divisas del exterior que permita monetizar, algo contractivo frente a shocks externos. Se supone que se plantea la salida de la convertibilidad para dar liquidez a las reservas argentinas. Pero se advierte que el Gobierno sigue teniendo la misma mirada que antes. Roberto Lavagna dijo: ‘Cuando acordemos con el FMI y la Argentina comience a tener alguna línea de créditos de los organismos internacionales se podrá plantear la prefinanciación de exportaciones’, demostrando que ve a la economía con la misma lógica que rigió en la convertibilidad.”

Éste es uno de los puntos de partida desde los que la economista de la Fide abre un debate y marca límites con el llamado pensamiento único. Habla de la ortodoxia económica, de la demanda de dólares en un contexto de desconfianza, que en las últimas semanas alcanzó al ámbito regional, y de la emisión monetaria, un tema que muchos consideraran una “herejía”.

“Es imposible salir de la actual depresión económica hacia un esquema superador si no se avanza en determinadas políticas, que a los ojos del pensamiento ortodoxo neoliberal son herejías. Puede haber mayor déficit fiscal y emitir para financiar ese déficit, por lo menos en el corto plazo. Hablo de políticas activas en materia de financiamiento, generando fideicomisos para el capital de trabajo para las empresas.”

También se formula el interrogante que se teje en derredor del destino que puedan tener esos fondos generados por esas políticas activas por parte del Estado. “No se puede descontar que en algún punto haya alguna filtración para que ese dinero vaya a la compra de dólares. Pero no creo que, si el sector público genera mayor déficit por duplicar o triplicar los subsidios de $ 150 que se le entregan a mucha gente, que hoy no alcanzan para comer dignamente, ese dinero se use para comprar divisas”.

Por el contrario, la economista afirma que se utilizarán para recrear un mercado interno. “Hoy las expectativas que la gente tiene son las de un país totalmente paralizado, que caerá más, con más ajuste y sin señales de que se dé prioridad a la recuperación del salario, del mercado interno o de la producción. Debe haber simultaneidad en las medidas de un plan, en su orientación general. Este proceso incluye a la resolución del corralito financiero, a la creación de nuevas opciones de ahorro, y al financiamiento de fondos para capital de trabajo para que las empresas capitalicen las mejores condiciones competitivas que se le presentan, además del planteo de una política distributiva de ingresos más ambiciosa que la que propone el Gobierno, que lo único que tiene claramente es una intención política”.

Marcó del Pont vuelve sobre las “herejías” y afirma que al programa que menciona “habrá que financiarlo con emisión. Esto mejora muchas cosas, como la situación de las Pymes nacionales y la recaudación, lo que significa entrar en un círculo distinto al tenemos”, asegura.

Lord Keynes y la emisión

Entonces, habla de que ese financiamiento de fondos de capital podría realizarse por medio de “un fideicomiso, a través del Banco Nación o de la banca nacional pública o privada, para que las empresas descuenten un flujo futuro de fondos. Esto se convierte en compra de insumos y salarios. Son políticas activas. A diferencia de lo que plantea el Gobierno, no creo que esto traiga aparejado un escape al dólar, si se pone realmente para dinamizar la actividad productiva. Lo que genera el escape al dólar es la política de emisión irrestricta por parte del Banco Central para cubrir la situación de los bancos que no pueden devolver los depósitos. Por eso, es fundamental que todo el programa esté articulado”.

La postura de un Estado que emite a través de su autoridad monetaria, con políticas proactivas para apoyar la reactivación, traen a colación el plan de intervención en la economía que salvó a Estados Unidos luego del crac del ’29: cavar pozos para volver a taparlos. El keynesianismo. La pregunta surge, casi obvia: ¿hay lugar para el keynesianismo en la Argentina de hoy?.

“Siempre hay lugar si existe una estrategia no alocada ni populista, que se asiente en condiciones objetivas”. Marcó del Pont afirma que estas condiciones son “el superávit en cuenta corriente y capacidad productiva, que hoy funciona a 50%. Se dice que el problema fundamental de la Argentina es la insuficiencia de demanda. Con el tipo de cambio, lo que se hizo en teoría fue recomponer la competitividad para la producción nacional.”

La economista también remarca que la producción nacional en lo que hace al mercado interno para sustituir importaciones está condicionada por la falta de capital de trabajo y un mercado que declina. Pero aclara que, si se genera un shock redistributivo para crear, por ejemplo, una mejora en los ingresos de población, se aumenta la demanda frente a una oferta del aparato productivo que no trabaja a 100%, como sucedía en la década del ’80. “Hay capacidad ociosa”, puntualiza, subrayando que ese aparato productivo tiene espacio para absorber esa demanda sin generar un aumento de precios.

“Hay que emitir dinero”, dice sin dudar, para luego referirse a los condicionamientos que puede formular el FMI con respecto a esta decisión. “El acuerdo con el FMI tiene que venir después del proceso que mencioné. Hay que armar un programa económico para salir de la depresión. No se ha inventado nada en la Argentina ni en ningún país, aun en Estados Unidos después de los atentados del 11 de septiembre, para salir de una depresión que no sea emitiendo dinero, con mayor gasto fiscal, baja de tasa de interés y aumento de los créditos. Así salieron los países en crisis”. Por eso, la analista de Fide cree que “la Argentina está en una situación que no es coyuntural sino estructural. Necesita inevitablemente salir a través de políticas activas keynesianas. Una vez que se plantee un proyecto que sea consistente en el manejo del mercado de cambios, el manejo monetario o la política fiscal, cuando se vuelva a poner a la Argentina en un sendero de crecimiento, donde los equilibrios macroeconómicos se den en función de la expansión en la base productiva, se podrá negociar con el FMI.”

Ejemplo malayo y final abierto

Vuelve a la emisión y señala sus discrepancias con respecto al enfoque del Fondo y sus advertencias con respecto a la inflación que provocaría. Es en ese momento cuando marca una paradoja: “La entidad, que no quiere emisión monetaria para no generar inflación, está convalidando un tipo de cambio que ya nos está llevando a una inflación, que llegó a 30% en los primeros cinco meses del año, con una base de 60% anual. Es una inflación absolutamente perversa porque es fruto del aumento de costos como consecuencia de la disparada del dólar, y en un contexto de retracción permanente de la actividad productiva”.

“Todos los países desarrollados del mundo emiten sin contrapartida. Tienen una política inteligente de emisión focalizada, que no tiende al reparto, sino a financiar la recuperación productiva. Estoy convencida de que, en el corto plazo, el sector público será deficitario, pero eso se podrá modificar a partir del aumento genuino en la recaudación tributaria”, completa.

Desde un arco del pensamiento económico se afirma que estas políticas proactivas no cuentan con la venia del FMI, y que su aplicación pone a un país en situación de ruptura. Marcó del Pont recuerda un caso exitoso de reactivación, que no contó precisamente con un apoyo entusiasta del organismo. “Siempre hago referencia al caso de Malasia. En 1998, en una situación de fuerte caída económica, y advirtiendo que las políticas que le pedía el FMI a cambio de ayuda profundizarían la tendencia, decide no recurrir a la entidad, planteando una estrategia alternativa expansiva. Un control de cambios, anclando el nivel de su moneda, ya que al controlarla tiene una política monetaria expansiva y sigue un camino distinto”.

El resultado fue elocuente. “Resultó notable ver cómo, después de haber sido duramente criticada por el FMI, el pensamiento ultraliberal y establishment económico, Malasia obtuvo resultados mucho más rápidos y mejores en términos de menor caída de salario y empleo”.

Marcó del Pont observa con perspectiva un escenario que antes definió como de “crisis estructural y no coyuntural”. Así y todo, en este estado de crisis estructural, la analista se aproxima a la viabilidad de la Argentina, una viabilidad que el FMI puso en duda en el último año a través de todo tipo de señales. “La Argentina está en crisis y de las crisis se sale. Eso no significa que la salida sea virtuosa. El país salió de la crisis del Tequila en 1994. Ahora, se encuentra en una crisis a partir de la cual se puede llegar a una situación de concentración económica, de cristalización de determinadas situaciones estructurales, como la caída de los salarios, que haga que a partir de esta situación reducida haya determinados nichos donde sea rentable producir, como la exportación de alimentos e hidrocarburos”. Y agrega: “Pero eso significa cristalizar un nivel de desocupación en torno a 25%, un nivel de pobreza de 50% de la población, un achicamiento del mercado interno y la inviabilidad de economías regionales. No descarto que en el mejor de los escenarios, aun sin dolarización, se llegue a un acuerdo con el FMI y se estabilice el dólar en torno a $ 3,20 y, como dice Roberto Lavagna, el motorcito empiece a funcionar; pero ese motorcito, en las actuales circunstancias, significa, en el mejor de los casos, mantener estos problemas estructurales”.

¿Cuánto tiempo puede soportar una economía ese tipo de problemas estructurales? Mercedes Marcó del Pont hace una pausa y responde. “Socialmente es insostenible. Salvo que haya un golpe represivo muy fuerte, lo único que nos puede sacar de esto es la movilización popular. Pero no veo cuál es el canal que permita materializar esa movilización en algo superador”, termina.

Proyecto de Ley de Reparación Histórica

Viernes, mayo 14th, 2010

“En el Bicentenario tenemos que tener un nuevo pacto con los pueblos preexistentes”

Representantes de comunidades indígenas, que dialogaron con P&M, exigieron en Diputados el tratamiento urgente del proyecto de Ley de Reparación Histórica que fue presentado en marzo. Del acto también participó la autora de la iniciativa, la legisladora por la concertación-FORJA, Silvia Vázquez.

La rueda de prensa se celebró en el salón de los Pasos Perdidos de la Cámara de Diputados de la Nación y tomaron la palabra miembros del Consejo de Participación Indígena (CPI), elegidos democráticamente en asamblea en cada una de las comunidades originarias del país.

Denunciaron la situación de urgencia que atraviesan las comunidades y remarcaron la importancia histórica de lograr una legislación de reparación histórica en vísperas de los 200 años de la conformación del Estado argentino.

En el proyecto de ley de Silvia Vázquez se establece la propiedad comunitaria indígena y se las reconoce como personas jurídicas de carácter público, mediante la modificación del actual código civil.
La diputada de FORJA explicó que “lo vamos  a modificar para reconocer la propiedad colectiva indígena que es una categoría que no existe en la legislación actual, pero sí lo dice nuestra Constitución nacional”.

“Con esta iniciativa se lograría que 17 millones de hectáreas que están en posesión del extranjero sean devueltos a los pueblos originarios”, explicó por su parte el presidente de la Unión de Pueblos Indígenas de Argentina, Daniel Segovia.

La legisladora aclaró, en tanto, que lo que la ley  plantea es que haya un registro de pueblo porque “la propiedad reconoce a los pueblos” y que también se va a trabajar en el marco de un presupuesto plurianual en seis años para ver dónde existen conflictos y cuál sería la vía de resolución.

En el proyecto se establece que es la justicia federal es la que tiene que intervenir en esos caso y tendrá que analizar los títulos porque- según Vázquez- “muchos se dicen propietarios pero habrá que ver qué títulos tienen para poder plantearlo”.

Con respecto a los pasos legislativos, la diputada detalló que “ya comienza el debate en la comisión de legislación general, los pueblos han conversado con diputados de distintas bancadas”.

“Estos nuevos derechos fueron impulsados por Raúl Alfonsín en su momento, el peronismo en ese sentido tiene también una posición de una larga lucha de reivindicación respecto de los pueblos originarios y el socialismo también”, subrayó sobre la viabilidad del proyecto en la Cámara.

“Puede ser una bandera de unidad para todos en este debate y también puede ser que algunos no compartan esta iniciativa, pero me parece que va a estar más allá de los partidos políticos y los votos no se van a definir por bancada”, agregó.

Para Vázquez el Estado no puede seguir postergando “una definición clara, tajante y definitiva de acuerdo con los pueblos originarios” y aseguró que “en el Bicentenario tenemos que tener un nuevo pacto con los pueblos preexistentes como lo tuvieron que hacer en el momento de la independencia”. 
A la hora de definir el proyecto Segovia, dijo a P&M que “esto es liberador” porque “a partir de su aprobación los pueblos originarios recuperaremos el mando nuestros asuntos”.

“Con este proyecto de ley pretendemos reafirmar cuatro puntos principales que son: la tierra y nuestro derecho a la propiedad sobre ella, la emancipación educativa, cultural y de producción agropecuaria y un derecho económico que nos permita reparar el genocidio de los pueblos originarios en estos 500 años”, explicó el dirigente indígena.

“Estamos muy agradecidos a todas las organizaciones sociales que apoyan los gestos de los pueblos originarios”, dijo sobre las marchas que se realizan en este momento “por los mismos derechos que nosotros estamos proclamando” (ver nota relacionada).

Por su parte, Luis Báez, miembro del Consejo de Participación Indígena sostuvo que “estamos acá iniciando una discusión legislativa en este parlamento sobre el reclamo de la reparación histórica, para que se haga una ley verdadera”.

“Todos los políticos y la sociedad acompañen este proyecto de ley que es una iniciativa y una discusión legislativa que a nosotros nos pone orgullosos por ser protagonistas y referentes de nuestros pueblos”, dijo en diálogo con P&M.

El retrato de Roca. En el salón donde las comunidades indígenas reclamaron el tratamiento de la ley de reparación histórica se puede ver un gran cuadro de Julio Argentino Roca, artífice de la campaña militar de exterminio que, a hacia fines del siglo XIX, se llevó a cabo contra diversos pueblos originarios.

“Más allá que como fondo tengamos a un genocida nosotros no nos quedamos con eso. Hay muchos genocidas y todavía el genocidio sigue en nuestros pueblos”, dijo Baez y aclaró que “nosotros lanzamos una discusión en un parlamento que nos representa y, como pueblo, no somos naciones diferentes, por eso respetamos la pluriculturalidad”.