Archive for julio, 2010

El “efecto” China y la Argentina

Jueves, julio 22nd, 2010

22-07-2010 /
Aldo Ferrer
Suele denominarse “efecto” a las consecuencias de un acontecimiento sobre la realidad económica. El surgimiento de China, como un protagonista de primer orden en el sistema internacional, es un “acontecimiento” de vasto alcance. ¿Cuál es su “efecto”?

Mucho mayor que el que revela el peso creciente del país en el orden económico mundial. En la última década del siglo XV, desembarcaron Colón en el Nuevo Mundo y Vasco Da Gama en la India. En ese entonces, China era todavía el país más poblado y poderoso del planeta. Su civilización era tanto o más avanzada que la de los pueblos cristianos de Europa Occidental. A partir de entonces, mientras en Europa se producía una revolución política, económica y cultural que inaugura la modernidad, China entró en un largo proceso de letargo y, finalmente, de subordinación a las potencias dominantes de Europa y, por último, de los Estados Unidos y Japón.

En ese largo período de cinco siglos, las naciones avanzadas de Europa y su vástago mayor, los Estados Unidos, ejercieron el monopolio de la ciencia y la tecnología y, consecuentemente, el dominio de la industria y de las redes de la globalización. En ese escenario, China descendió incesantemente en el orden mundial. En 1500, su ingreso per cápita era semejante al de los países más avanzados de Europa.?A mediados del siglo XX representaba menos del 10 por ciento.

Desde las últimas décadas del siglo pasado, la incorporación masiva de la ciencia y la tecnología en el sistema económico y social de China está transformando el país y su posición en el orden mundial. Su creciente protagonismo en las producciones manufactureras de frontera pone fin al monopolio ejercido, sobre la tecnología y la industria, por las economías avanzadas de Occidente. El surgimiento de nuevas economías avanzadas en Oriente se inició con el despegue inicial de Japón y, luego, de los tigres asiáticos (Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur). Pero ese conjunto de países representa el 5% de la población mundial. Es tan sólo con la emergencia de China, y también de la India –ambos constituyen el 40% de aquella– que la cuenca Asia Pacífico surge como un polo de desarrollo competitivo del Atlántico Norte.

Un primer “efecto” China es, por lo tanto, un nuevo reparto del poder con todas sus consecuencias en la organización y dinámica del sistema internacional. A partir de allí se produce una catarata de otros efectos. Entre ellos, los siguientes:

Valorización de la producción primaria: la incorporación de centenares de millones de seres humanos a la producción vinculada con la economía mundial aumenta la demanda de alimentos y materias primas, eleva sus precios y, por lo tanto, valoriza los recursos naturales.

Redistribución del ingreso: el empleo masivo de mano de obra de bajos salarios en las cadenas de valor transnacionales debilita la capacidad negociadora de los sindicatos en los países avanzados y, consecuentemente, deprime la participación de los salarios en la distribución del ingreso y aumenta la correspondiente a las ganancias. Estos hechos deprimen el consumo,?impulsan el sostenimiento de la demanda agregada por otras vías (el crédito en los Estados Unidos y las exportaciones en Alemania y Japón) y?promueven desequilibrios en el sistema global.

Reservas financieras: el superávit en los pagos internacionales de China ha permitido la acumulación de reservas, en su Banco Central, por 2,5 billones de dólares, equivalentes a casi el 50% de las reservas internacionales del resto del mundo. Gran parte de las reservas chinas se han invertido en financiar el déficit de los pagos internacionales de los Estados Unidos y la expansión crediticia en ese país. El sistema financiero occidental funciona como un gran casino y con autonomía respecto de la economía real y de las políticas públicas en marcos desregulados. Por el contario, en China, el poder financiero es un instrumento fundamental de las políticas públicas y de la promoción de sus intereses nacionales en el orden global.

Estos tres “efectos” forman parte de los desequilibrios macroeconómicos del sistema global, caracterizados por el déficit de los pagos externos de los Estados Unidos y el superávit de Alemania, Japón y China, la expansión de la liquidez internacional y la especulación en los mercados financieros internacionales.

Este régimen es el que acaba de colapsar con la crisis inaugurada, a fines del 2007, en el mercado de préstamos hipotecarios en los Estados Unidos y el posterior derrumbe de los mayores intermediarios en los mercados globales. En las últimas décadas, las políticas económicas prevalecientes en las mayores economías avanzadas han revelado ser incapaces de organizar un sistema ordenado y estable de relaciones internacionales, impedir los desbordes especulativos de los mercados financieros y de acomodar el nuevo protagonismo de China y las economías emergentes de Asía. Las respuestas a la crisis global, dadas hasta ahora, en el seno del G-20 y en el grupo más reducido de las mayores economías del mundo no alcanzan para resolver los problemas planteados.

La evolución de la economía global en el futuro cercano dependerá de la capacidad de China de dinamizar suficientemente su absorción interna, vía el aumento del consumo y no predominantemente, como hasta ahora, por las inversiones. De la de los Estados Unidos, de cerrar la brecha abierta por su insuficiencia de ahorro y el déficit de sus pagos internacionales.

De las de Alemania y Japón, de expandir la demanda agregada vía el consumo interno y la inversión y no, como hasta ahora, las exportaciones. En las economías avanzadas, estos cambios de rumbo implican la sustitución del paradigma neoliberal dominante por la prioridad del pleno empleo y la redistribución del ingreso, no previsible, al menos por ahora. Más bien todo lo contrario, como revela la estrategia ortodoxa de ajuste asumida en la Unión Europea frente a la crisis de los países vulnerables de la Unión, del régimen comunitario y del euro.

Mientras que las mayores economías del mundo y sus estados buscan respuestas al “efecto” China y los desequilibrios globales, en la periferia tenemos que encontrar nuestras propias respuestas. De allí la importancia de la reciente visita de la Presidenta argentina a China y el debate de la cuestión en nuestro país. Porque el “efecto” China nos confronta con una oportunidad y un desafío. La oportunidad consiste en la valorización de los recursos naturales y la expansión del mercado mundial para nuestra oferta de alimentos y productos primarios.

El desafío, en evitar reducir la relación bilateral dentro del modelo centro periferia. Es decir, el intercambio de productos primarios argentinos por manufacturas y capitales chinos. En tal sentido, fue oportuna la observación de la Presidenta de que la relación bilateral debe ser entre socios y no entre clientes. Ya se sabe, desde siempre: la relación entre socios sólo puede darse entre economías nacionales plenamente desarrolladas. Por lo tanto, en la Argentina como en China, es indispensable la integración nacional de las cadenas de valor, la formación de estructuras productivas?diversificadas y complejas capaces de gestionar el conocimiento y establecer relaciones simétricas no subordinadas con el resto del mundo.

Para tales fines, con realismo y con firmeza, la Argentina debe administrar?su comercio con China y la eventual recepción de inversiones de ese origen, en el marco de la expansión equilibrada del valor agregado de las respectivas exportaciones y la orientación, de las corrientes financieras, con los mismos fines. Sería fatal que, en las condiciones de estos inicios del siglo XXI en el orden mundial y en nuestro país, repitiéramos la experiencia de los pactos Roca Runciman de la década de 1930.

Vale decir, ceder autonomía de la política económica a cambio de mercados para nuestra producción primaria. Ésta tiene espacio en China y en el resto de Asia y de los mercados internacionales. Simultáneamente, la industria argentina debe empinarse sobre el mercado interno de su inmenso espacio territorial y su proyección al resto del mundo. Si hacemos las cosas bien, el “efecto” China es un aliado potencial del desarrollo argentino y seremos efectivamente socios no clientes.

* Director editorial de Buenos Aires Económico

Costos y beneficios

Miércoles, julio 21st, 2010

Las naciones que se desarrollaron se vincularon al orden global manteniendo el comando de su destino y la capacidad de organizar sus propios recursos. Fijaron normas estrictas a la inversión extranjera

Por Diego Rubinzal

El Estado-Nación fue un actor central en la organización económica mundial durante buena parte del siglo XX. El ascenso del neoliberalismo como paradigma dominante desdibujó ese rol estatal, profundizando las instancias de coordinación y/o regulación económica supranacional. El vaciamiento estatal que supuso el proceso de liberalización económica fue afrontado con diferentes estrategias nacionales. Como enseña Aldo Ferrer, los mejores resultados fueron obtenidos por aquellas naciones que se vincularon estrechamente con el orden global manteniendo el comando de su destino y la capacidad de organizar sus propios recursos. Eso implica el diseño de una estrategia que involucra la planificación de áreas sensibles. Entre ellas, el tratamiento a las inversiones extranjeras.
Durante la década del ’90, el gobierno firmó cincuenta y cinco Tratados Bilaterales de Inversión (TBI) con otras tantas naciones. La sobreactuación argentina para seducir a las inversiones extranjeras contrastó fuertemente con la conducta de su vecino brasileño. Este apenas firmó un poco más de una docena de TBI y, además, ninguno de ellos entró en vigencia.
Los TBI brindan una serie de garantías al capital extranjero: trato no discriminatorio en relación con los inversores nacionales; libre disposición y remisión de utilidades; libre repatriación de capitales; renuncia gubernamental a la posibilidad de establecer limitaciones al desempeño productivo (por ejemplo: exigir un mínimo de proveedores locales), indemnización por pérdidas producidas por conflicto armado, emergencia nacional o desastre natural; limitaciones a las expropiaciones; habilitación para recurrir a tribunales arbitrales internacionales en el caso de diferendos. Además, los acuerdos suscriptos por la Argentina incorporaron la cláusula de la nación más favorecida. Es decir, la suscripción de nuevos TBI con beneficios adicionales (con respecto a los ya existentes) implicaba la extensión automática de esos privilegios a todos los TBI.
En teoría esos tratados aseguraban la promoción de las inversiones recíprocas, cuestión que no se ha cumplido en relación con capitales argentinos en otros países, por caso Estados Unidos. Los Tratados firmados por la Argentina tienen una vigencia de diez años. Vencido ese plazo, las partes contratantes pueden denunciar por vía diplomática su caducidad. Pero los beneficios amparados por el TBI no se extinguen con esa mera denuncia. La mayoría de los tratados establece que las inversiones conservarán sus privilegios hasta diez o quince años posteriores a esa denuncia. Actualmente, la totalidad de los TBI (con excepción de los suscriptos con Argelia y Tailandia, que vencen durante este año) tienen más de 10 años de vigencia. Por eso, el Gobierno está en condiciones de denunciar su caducidad. En ese sentido, los diputados del bloque Nuevo Encuentro presentaron un proyecto de resolución solicitando al Poder Ejecutivo que los denuncie.
Ese puede resultar el primer paso para el diseño de un esquema regulatorio del capital extranjero funcional a las necesidades nacionales.
Eso no significa “aislarse del mundo”, sino aprender de las prácticas implementadas por aquellos países que se insertaron eficazmente en este convulsionado orden económico mundial. Como sostiene Aldo Ferrer, “los estudios comparativos sobre la incorporación de la inversión extranjera en países de América latina y en algunos de Asia revelan muy claramente la diferencia de postura entre estas naciones. En el caso de los países asiáticos exitosos, la incorporación de la inversión fue utilizada no para comprar cosas que ya existían en esos países, sino para ampliar capacidad productiva, para acceder a terceros mercados, incorporar tecnología, integrarse al tejido productivo. Nosotros no hicimos esto. Tuvimos más bien una política de puertas abiertas indiscriminadas que nos ha llevado a una situación en la cual la inversión extranjera, en vez de prestar la colaboración y la contribución sustantiva que puede hacer énfasis en otras circunstancias, termina configurándose en sí misma en un problema hasta llegar a niveles de desnacionalización del sistema económico realmente notables”
Fuente: Página 12: 21/7/10

Desde Bruselas (Bélgica): Crisis del euro, crisis de la Unión Europea

Martes, julio 20th, 2010

por Jean-Claude Paye*
20 DE JULIO DE 2010
Lejos de ser resultado de la acción de la «invisible mano del mercado», la crisis del euro es fruto de una estrategia pacientemente preparada por Christina Rohmer y el Comité de Consejeros Económicos de la Casa Blanca. El objetivo es salvar la economía estadounidense obligando los capitales europeos a cruzar el Atlántico en busca de protección y poniendo en definitiva bajo control estadounidense la economía de los Estados de la eurozona, a través del FMI y de la propia Unión Europea. Jean-Claude Paye analiza las primeras etapas del proceso actualmente en marcha La crisis del euro es el resultado del de una decisión política, una decisión deliberadamente escogida por las autoridades de la Unión Europea, cuyo objetivo es la de empeñar y debilitar el euro comunitario en vez de restructurar la deuda pública griega. Una restructuración de dicha deuda habría resguardado y protegido al euro pero habría exigido una contribución de los bancos, los cuales perdían una parte de sus créditos en la operación. Las instituciones financieras [comerciales privadas] francesas habrían soportado o perdido alrededor de 50 mil millones de la deuda griega si hacemos el balance de sus cuentas, mientras que 28 mil millones habrían sido a cargo de los bancos alemanes [1].
Sin embargo, la protección para salvar algunos miles de millones de euros de las instituciones financieras no justifica que se tome un tal riesgo que perjudique y debilite al euro. La clave fundamental de todo esto, es decir poniendo la presión sobre la moneda común [el euro], es el de hacer pagar la crisis a los trabajados que perciben un salario y efectuar de esta manera una gigantesca transferencia de ingresos (de beneficios y/o ganancias) hacia las empresas comerciales, principalmente hacias las instituciones financieras.
Una ofensiva bajo dirección estadounidense
El tamaño de la transferencia es tal que puede ser piloteada únicamente por las instituciones financieras europeas, pero conducido por los mercados y su brazo armado, es decir la administración estadounidense.
La crisis del euro fue desencadenada por un ataque bien concentrado de agencias de notación estadounidenses como la Standard & Poor’s, Moody’s y Fitch [primeramente] contra la deuda de Grecia, de España y de Portugal.
La baja de las notas de estos tres países por las agencias norteamericanas, sobre todo aquella que tenía que ver con Grecia, relegada a un segundo plano, a la categoría de inversiones especulativas, es la consecuencia de una acción coordinada y concentrada. La baja de notación [calificación financiera de la deuda griega] es la continuación de una serie de decisiones repetidas y en poco tiempo. Estos ataques han sido apoyados por el aparato estatal US, sobre todo por las declaraciones alarmistas [generando pánico en los inversores] del consejero económico del presidente Obama, que fue a su vez un ex presidente de la Reserva Federal de los EEUU, me refiero a Paul Volker, quien habló de una futura desintegración de la zona euro.
El ataque contra el euro aparece como un pretexto sobre todo cuando se sabía que «desde 2004 las autoridades griegas hacían trampas en sus cuentas» [2] y todo esto sin ninguna reacción de las agencias de notación en su contra.
Esta ofensiva contra el Euro es en primer lugar una acción destinada a llevar hacia los Estados Unidos los capitales extranjeros necesarios para la cobertura del déficit creciente de la balanza financiera de Estados Unidos.
Es una señal de advertencia destinada a países como China que había empezado a reequilibrar sus reservas de divisas comprando euros en detrimento del dólar. Para Estados Unidos se trata, en efecto, de una cuestión urgente. Hasta 2009 la financiación de sus déficits y la defensa del dólar estaban asegurados por un saldo positivo de los flujos financieros. Pero durante ese mismo año, si bien el movimiento de los capitales sigue siendo positivo, ya no logra compensar los déficits. En un montante [monto] de 398.000 millones de dólares [3] el saldo se vuelve negativo. A nivel puramente económico, la ofensiva contra el euro está en la misma vena que la lucha contra el fraude fiscal iniciada por el presidente Obama en 2009 [4]. Se trata trata de aspirar, chupar los capitales con dirección al regazo de Estados Unidos.
Una operación para desmantelar la Unión Europea
Esta acción táctica va acompañada de una operación estratégica, la de un movimiento de desmantelamiento de la Unión Europea a beneficio de una unión económica que cubra ambos continentes, cuya manifestación más visible es el proyecto de creación de un gran mercado trasatlántico [5]. En función de este segundo objetivo se puede comprender la actitud de Alemania que tanto a nivel de la lucha contra el fraude fiscal como al del ataque contra el euro ha proporcionado apoyo a la ofensiva estadounidense. Esta actitud es coherente con el compromiso privilegiado de este Estado europeo en el establecimiento de una unión económica trasatlántica.
La Unión Europea se construyó en torno a Alemania y se estructuró según sus intereses. Alemania, país que económicamente era el más eficiente en el momento de la instalación del gran mercado, sin apremio político, sin gobierno económico y transferencias importantes a las zonas desfavorecidas, pudo hacer que actuaran sus ventajas económicas comparativas. Hasta este año la zona euro absorbe tres cuartas partes de las exportaciones alemanas [6]. Tanto por medio de las declaraciones de sus responsables políticos y de sus banqueros como por medio de la repetida exhibición de sus dudas, ha contribuido a la eficacia de la ofensiva contra el euro. Para Alemania los beneficios de esta acción son inmediatos. La bajada de la moneda común permite aumentar las exportaciones alemanas fuera de la zona euro. Además, este país puede financiar mejor sus propios déficits. La crisis y la huida hacia la calidad que engendra permiten a las obligaciones alemanas situarse con una tasa de interés reducido.
Si da la impresión de que a largo plazo Alemana está aserrando la rama sobre la que está sentada es que ha decidido cambiar de rama y quiere integrarse en un conjunto más amplio: el gran mercado transatlántico. La «construcción europea» está en la encrucijada. Si hasta ahora ha permitido un desarrollo permanente de Alemania, este proceso no puede continuar según las mismas modalidades. La UE no puede salir de la crisis sin establecer un gobierno económico que administre una política económica común, una armonización del desarrollo y, para ello, asegurar las transferencias financieras consecuentes hacia los países y regiones más desfavorecidos.
Esta gestión política está en completa oposición con el simple pacto de estabilidad promovido por Alemania. La política presupuestaria de disminución acelerada de los déficits que se ha vuelto a imponer en nombre de este pacto se va a hacer en detrimento del poder adquisitivo de las poblaciones y no se puede realizar sin una recesión económica. La zona euro no puede seguir siendo la salida privilegiada de las exportaciones alemanas. Alemania ha elegido: el gran mercado transatlántico y el mercado mundial.
Bajo la tutela del FMI
En vez de reestructurar la deuda de los países en quiebra, lo que habría hecho recurrir a los bancos, Europa ha establecido dos fondos de intervención. Tanto los 110.000 millones de euros de ayuda a Grecia como los 750.000 millones de préstamos y de garantías tienen por objeto someter a los países receptores a las condiciones del FMI, en el que Estados Unidos tienen la mayoría de los derechos de voto. En caso de depresión o incluso de estancamiento económico, la política de consolidación de los gastos públicos está abocada al fracaso. Los 750.000 millones [7]. que se han previsto de ayuda servirán para reembolsar a los bancos en detrimento del poder adquisitivo del contribuyente y este pago a las instituciones financieras aumentará en la misma proporción la recesión. Este dispositivo de socorro está previsto que dure durante tres años.
Aunque nada impedía asumir el volumen íntegro del fondo, el Eurogrupo prefirió dejarse amarrar al FMI, donde Estados Unidos dispone de la mayoría de los votos. Esa sumisión voluntaria reproduce, en una versión más amplia, el esquema ya construido anteriormente en el caso de Grecia. Este último programa alcanza un monto de 110 000 millones de euros, de los que 30 000 provienen del FMI.
¿Qué significa la decisión del Consejo Europeo de incluir al FMI en el sistema instaurado para socorrer a los países de la eurozona? Si echamos un vistazo a las recetas que aplica esa institución internacional a los países que reciben sus préstamos, comprobaremos que el modus operandi es siempre el mismo: impone una reducción del salario directo e indirecto, la privatización de los servicios públicos y la supresión de las políticas sociales. La política del FMI siempre ha dado lugar a un empobrecimiento de los pueblos [8].
En caso de depresión, o incluso de estancamiento económico, la «política de consolidación de los gastos públicos» está condenada al fracaso. Los 750 000 millones de ayuda ya previstos no servirán más que para rembolsar a los bancos en detrimento del poder adquisitivo de los contribuyentes y la entrega de esa suma a las instituciones financiera agravará la recesión en la misma medida. La imposición del tutelaje del FMI y la creación de fondos de ayuda a los bancos son por lo tanto dos aspectos complementarios de una misma política. Se trata, en realidad, de concretar una importante redistribución de los ingresos a favor de las empresas financieras.
¿Qué futuro tiene la Unión Europea?
Una operación de ese tipo contra los ingresos de los pueblos tiene que pasar por la neutralización de todo proceso de decisión a nivel de los Estados nacionales –estructura que aún proporciona a la ciudadanía algunos medios de defensa– en beneficio de los mecanismos del mercado, situados totalmente fuera del alcance de cualquier tipo de presión de carácter político. El problema es saber qué papel van a desempeñar las instituciones europeas en ese proceso tendiente a dejarnos a merced de los mercados financieros.
La primera respuesta a esa interrogante es el acuerdo que estipula que los presupuestos de los Estados de la eurozona se someterán a la tutela de un organismo conformado por la Comisión, el Banco Central Europeo y el Eurogrupo.
Bruselas penalizará a los países que no logren reducir su deuda a menos del 60% del PIB. El texto incluye la posibilidad de imponerles sanciones incluso en que caso de que no lleguen a sobrepasar el actual límite del 3% del PIB que se establece en el Pacto de Estabilidad. La idea es tener la posibilidad de poner en marcha una serie de procedimientos, por exceso déficit, contra los países que no logran reducir su deuda lo suficiente [9]. Tampoco se excluye una posterior modificación de los tratados para anular el derecho de voto de esos Estados en las reuniones ministeriales.
Está llamado a generalizarse el modelo alemán, que cuenta con el apoyo de Francia, y que consiste en convertir el equilibrio presupuestario en un principio incluido en la Constitución, lo cual eliminaría definitivamente la posibilidad, ya actualmente muy tenue, de adoptar iniciativas presupuestarias. La situación de los Estados miembros ante la Unión Europea sería entonces similar a la situación de los Estados que componen los Estados Unidos ante la autoridad del gobierno federal. No se trata, sin embargo, de fortalecer la construcción europea sino, por el contrario, de consolidar el poder de los mercados liquidando toda posibilidad de iniciativa política.
La construcción europea fue impuesta por Estados Unidos, el cual después de la [Segunda] guerra [Mundial] la convirtió en la condición para conceder las ayudas del Plan Marshall [10]. La construcción se realizó en torno a Alemania, cuyos intereses inmediatos eran complementarios de los de Estados Unidos.
El ataque contra el euro y la operación de desmantelamiento de la Unión Europea resultan también de una ofensiva lanzada por Estados Unidos y de la que han tomado el relevo la primera economía del antiguo continente, así como las instituciones de la UE. La Comisión y el Consejo confirman así su participación en la descomposición de la Unión y su integración en una nueva estructura política y económica transatlántica bajo la dirección de Estados Unidos, un papel que ya ha desempeñado a través de las negociaciones de los acuerdos sobre la transferencia de datos personales de los ciudadanos europeos a Estados Unidos [11] y de las que tienen por objeto la creación de un mercado que reagrupe a ambos continentes.
Poner el sistema de administración económica de Europa bajo la tutela del FMI constituye una etapa suplementaria en la eliminación de toda la capacidad de iniciativa de los países miembros de la Unión Europea así como una fase de transición con vistas a su integración a un bloque transatlántico. Se mantendrá el euro, pero no será más que un cascarón vacío. La supresión de la moneda común no es conveniente ni para Alemania –para la economía alemana, un regreso a un DM valorizado como moneda refugio equivaldría a un suicidio [12] –ni para Estados Unidos– que no tiene ningún interés en extender la soberanía de su propia moneda y el uso de los privilegios que ella implica.

*Sociólogo. Últimas obras publicadas: Global War on Liberty, Telos Press, 2007; El Final Del Estado De Derecho: La Lucha Antiterrorista: Del Estado De Excepción A La Dictadura, Argitaletxea Hiru, 2008

Después de la democracia. Sobre las consecuencias políticas de la crisis económica

Viernes, julio 16th, 2010

Desde España
Jónatham F. Moriche
| Para Kaos en la Red | Hoy a las 13:05

Bajo los fuegos de artificio de una “democracia de superficie” se reencarna, globalizado e hiperbólico, el arquetipo clásico de la Plutocracia: el irrestricto gobierno del gran dinero.

Con la pomposa retórica que le caracteriza, el presidente francés Nicolás Sarkozy propuso, en el arranque de la presente catástrofe económica mundial, una “refundación” moral y material del capitalismo. Tres años después de aquellas palabras tan melodiosas como vacías, la crisis se ha revelado como un eficaz ariete del gran capitalismo para impulsar una refundación, visiblemente a la baja en términos de legitimidad y derechos, de la práctica totalidad de las democracias occidentales.
Hace ya casi cuarenta años, a partir de la gran crisis petrolera de 1973, que el neoliberalismo viene promoviendo formas radicales de competición y enriquecimiento económico, prácticas empresariales y financieras cada vez más agresivas contra los derechos sociales de las clases trabajadoras y contra el sustento democrático de las instituciones políticas. La historia del neoliberalismo es la historia de una larga revolución del gran dinero contra la democracia. Y esta crisis amenaza con convertirse en su Toma de la Bastilla, siniestra alborada de un nuevo régimen político post-democrático, en el que, bajo los fuegos de artificio mediáticos y mercadotécnicos de una “democracia de superficie” (en expresión delpensador Alain Badiou), se reencarna, globalizado e hiperbólico, el arquetipo clásico de la Plutocracia: el irrestricto gobierno del gran dinero.
Reclamaba Jean-Jacques Rousseau en su Contrato Social que, para un correcto desenvolvimiento de la democracia, “ningún ciudadano sea tan opulento que pueda comprar a otro, y ninguno tan pobre que se vea forzado a venderse”. ¿Cómo podría juzgarse, a la luz de este prudentísimo precepto, una (post)democracia como la española? El sueldo medio de un alto directivo de una gran empresa en nuestro país es de 390.000 euros, y el de un consejero ejecutivo de 1’2 millones. En la cúspide de nuestra “clase corporativa”, los 502 altos directivos de las empresas del IBEX-35 ganaron una media de 700.000 euros, y los consejeros ejecutivos de 2’7 millones. En el sector financiero (bancos y aseguradoras) esta cifra promedio se eleva a los 4’3 millones, tras un aumento medio del 53% en 2008. También en 2008 Alfredo Sáenz, consejero delegado del BSCH, recibió 9’3 millones de sueldo y 12 millones para su fondo de pensiones. Francisco González, presidente del BBVA, ganó 5’7 millones de sueldo, 11’2 millones para su pensión y 3’3 millones en acciones (su fondo de pensiones acumulado ronda los 80 millones). Ignacio Sánchez Galán, de Iberdrola, ganó 16’7 millones. Antonio Brufau, presidente de Repsol YPF, 6’7 millones. En el capítulo de retiros y pensiones, Manuel Pizarro recibió 14 millones al dejar la presidencia de Endesa; los presidentes cesantes de Enagás y Acerinox recibieron 4’7 y 5’9 millones; José Ignacio Goirigolzarri, ex consejero delegado de BBVA, 3 millones anuales con carácter vitalicio; el fondo de pensiones acumulado por Alfredo Sáez, consejero delegado del BSCH, ronda los 85 millones…
Mientras tanto, el paro afecta a más de cuatro millones de personas (la mitad de ellos, desempleados de larga duración); casi un 60% de la masa laboral española (más de diez millones de trabajadores y trabajadoras) cobra menos de 1.000 euros al mes; la pensión media en España no llega a 900 euros (menos de 700 en comunidades como Extremadura o Galiza)… Y es sobre ellos que recae el peso de medidas como el abaratamiento del despido, la subida del IVA o la privatización y encarecimiento de los servicios públicos… Con su trabajo, cada vez más precario y peor pagado, nutren las cuentas millonarias de ejecutivos y consejeros, y con sus impuestos rellenan los agujeros de las sucesivas aventuras especulativas del gran capitalismo… ¿Tiene algún sentido, en estas condiciones, hablar de democracia política, de soberanía popular, de instituciones representativas, de igualdad de oportunidades, de igualdad ante la ley?

Perfectamente inadvertida bajo el oportuno estruendo de las vuvuzelas surafricanas, la revolución neoliberal del gran dinero prosigue su larga y victoriosa marcha contra la democracia. Arrasada por la implacable codicia plutocrática, del ágora democrática no quedarán, al cabo de esta crisis, ni unas tristes ruinas que contemplar con añoranza.

Jónatham F. Moriche, Vegas Altas del Guadiana, Extremadura Sur, junio de 2010

Algunas tesis equivocadas sobre América Latina (y el mundo)

Viernes, julio 16th, 2010

Emir Sader
La Jornada

1.La crisis actual significó el fin del neoliberalismo, de la hegemonía norteamericana y conducirá al fin del capitalismo.
–La mayor equivocación de esta visión es considerar que un modelo, una hegemonía o un sistema social termina sin que sea derrumbado y sustituido por otro cuando el sur del mundo –u otro bloque– proponga alternativas y sea capaz de construirlas. El neoliberalismo no ha terminado, se modera con grados de apoyo estatal.

2 Se puede y se debe cambiar el mundo sin tomar el poder
–El proyecto de transformaciones profundas de la sociedad por la base sin que desemboque en la alteración de la relaciones de poder, no conduce a ningún proceso real de transformaciones de las sociedades latinoamericanas. Por el contrario, los movimientos sociales –como los bolivianos– que transformaron su fuerza social en fuerza política, son los que protagonizan procesos reales de cambio en el mundo.

3 El Estado nacional se convirtió en un elemento conservador.–Los gobiernos progresistas de América Latina se están valiendo del Estado sea para regular la economía, para inducir el crecimiento económico, para desarrollar políticas sociales –entre otras funciones–. Son los gobiernos neoliberales los que desdeñan al Estado y transforman sus funciones en mínimas, dejando espacio abierto para el mercado. Los procesos de integración regional y de alianzas en el sur del mundo tienen también a los Estados como protagonistas indispensables.

4 La política se tornó intrascendente.
–Falsa afirmación. Los gobiernos progresistas de América Latina rescataron el papel de la política y del Estado. Si no hubieran hecho eso, no podrían reaccionar como lo hacen ante la crisis.

5 En nuestras sociedades hay millones de ineptos para el empleo.
–Esta afirmación, originalmente de Fernando Henrique Cardoso, buscaba justificaciones para los gobiernos oligárquicos: que gobernarán siempre sólo para una parte de la sociedad, excluyendo a los más pobres ahora bajo el pretexto de un supuesto desempleo tecnológico que prescindiría de gran parte de los trabajadores. Los gobiernos progresistas asocian el reimpulso al desarrollo económico con la elevación constante del empleo formal y el aumento del poder adquisitivo de los salarios.

6 Los movimientos sociales deberían mantener su autonomía en relación con la política.
–Los movimientos sociales que obedezcan a esa visión abandonarán la lucha por la construcción de hegemonías alternativas, aislándose, cuando no desapareciendo de la escena política, cuando se pasa de la fase de resistencia a la de construcción de alternativas. Hay que recordar que movimientos como los indígenas de Bolivia formaron un partido –el MAS–, lucharon y eligieron a su principal líder como presidente de la república. En otros países, los movimientos sociales participan en bloques de fuerzas de apoyo a los gobiernos progresistas manteniendo su autonomía, pero participando directamente en la lucha por la construcción de una nueva hegemonía política.

7 Solamente se sale del neoliberalismo a través del socialismo.
–Hay quienes afirman que como el capitalismo ha llegado a su límite con el modelo neoliberal –sea por la mercantilización general de las sociedades, sea por la hegemonía del capital financiero–, sólo se saldría de él con el socialismo. No se tienen en cuenta las regresiones en los factores de la construcción del socialismo, del Estado, de la política, de las soluciones colectivas, del mundo del trabajo, entre otros. Las transformaciones introducidas por el neoliberalismo –entre ellas, la fragmentación social y el modo de vida norteamericano como forma dominante de sociabilidad– representan obstáculos que sólo podrán ser vencidos en una larga y profunda lucha política e ideológica, para volver a colocar el socialismo a la orden del día.

8 La alternativa a los gobiernos de Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay sólo está a la izquierda y no a la derecha.–El fracaso de los intentos de construcción de alternativas radicales a la izquierda de esos gobiernos, confirma que la polarización política se da entre los gobiernos progresistas y las fuerzas de derecha. Esta situación ha llevado a que frecuentemente sectores situados a la izquierda de esos gobiernos, tengan objetiva e incluso conscientemente que aliarse con el bloque de derecha, terminando por definirse sin equidistancia de ambos bloques, viendo al bloque progresista como enemigo fundamental.

9 Los actuales procesos de integración son de naturaleza capitalista.
–Esa visión descalifica todos los procesos de integración regional, porque no se realizarían mediante una ruptura con el mercado capitalista internacional, porque representarían integraciones en el marco de sociedades capitalistas. Se incluirían no sólo Brasil, Uruguay, Paraguay y Argentina, sino también Venezuela, Perú, Bolivia, Ecuador. Se deja de comprender la importancia de la creación de espacios de intercambio alternativos a los tratados de libre comercio. No se entiende la importancia de la lucha por un mundo multipolar, debilitando la unipolaridad imperial norteamericana. No se entiende cómo la Alba promueve formas de intercambio alternativas al mercado, a las reglas de la OMC, en la dirección de lo que se llamacomercio justo, solidario, de complementariedad y no de competencia.

10 Existe una izquierda buena y una mala.
–Quien sostenga esta posición quiere dividir a la izquierda, intenta cooptar a sus sectores más moderados y aislar a los más radicales. La izquierda es antineoliberal y no está a favor de los TLC, privilegia las políticas sociales y rechaza los ajustes fiscales con los matices que tiene cada uno de los gobiernos progresistas.

11 El periodo actual es de retroceso en América Latina.
–Algunos sectores, con criterios desvinculados de la realidad concreta, difunden visiones pesimistas, desalentadoras, de América Latina. A veces, usan el criterio de la posición que ocupan los movimientos sociales en cada país en relación con la constitución de los gobiernos para definir si hay avances o no, en vez de definir la naturaleza de esos movimientos en función de la posición que tienen en relación con esos gobiernos. Subordinan lo social a lo político, sin darse cuenta de los extraordinarios avances del continente, mayores si se comparan con la década anterior y con el marco internacional profundamente marcado por el predominio conservador. Es un pesimismo producto del aislamiento social, de quien está al margen de las formas concretas por las cuales avanza la historia en el continente.

12 En elecciones como la uruguaya, la brasileña y la argentina, para la izquierda da lo mismo quien gane.
–Se dice eso como si la victoria de Lacalle o de Mujica representaran la misma cosa, o como si el retorno de los tucanes o la victoria de Dilma Yousseff tuviera el mismo sentido, como si la sustitución de los Kirchner por Duhalde, Reuteman, Cobos o algún otro prócer de la derecha argentina significaran lo mismo para el país. Consideran que se trataría de contradicciones interburguesas, sin mayor incidencia, desconociendo el alineamiento de las principales fuerzas políticas y sociales de cada uno de los dos campos, pero sobre todo las posiciones de profundización y extensión de las procesos de integración regional o de los TLC, de prioridad de las políticas sociales o de ajuste fiscal, del papel del Estado, de la actitud en relación con las luchas sociales, el monopolio de los medios privados, el capital financiero entre otros temas, que diferencian claramente a los dos campos.

13 El nacionalismo latinoamericano contemporáneo es de carácter burgués.
–Desde que comenzaron a resurgir ideologías nacionalistas en América Latina con Hugo Chávez, hubo gente que se apresuró a compararlo con Perón, a descalificarlo como nacionalismo burgués o simplemente como nacionalismo que nada tenía que ver con la lucha anticapitalista, etcétera. Usaron aquí también clichés sin hacer análisis concretos de las situaciones concretas. El nacionalismo de gobiernos como los de Venezuela, Bolivia y Ecuador –que recuperan para el país los recursos naturales fundamentales de que disponen–, son parte integrante de la plataforma antineoliberal y anticapitalista de esos países. Cada fenómeno adquiere naturaleza distinta, según el contexto en que está inserta cada reivindicación, conforme cada gobierno asume un carácter diferente. En el caso del actual nacionalismo, en América Latina está promoviendo, además de lo anterior, procesos de integración regional que le dan un carácter no sólo nacional sino latinoamericanista.
(Publicado en Punto Final, edición número 712, 25 de junio, 2010)

El dólar y el sistema monetario internacional: ¿una moneda de transición?

Jueves, julio 15th, 2010

Mario Rapoport
Desde la década de ’70 la inflación estadounidense, la integración europea y el fortalecimiento de otras economías comenzaron a cuestionar la hegemonía monetaria de los Estados Unidos. La participación del dólar como moneda de reserva en los bancos centrales cayó en los años ’80, desplazado por el marco alemán y, en menor medida, por el ECU –la unidad monetaria de la Unión Europea– y el yen. El porcentaje de bonos internacionales denominados en dólares también cayó, de dos tercios del total, a un tercio. La ampliación del curso forzoso del dólar estadounidense a los países en transición y periféricos de América latina, Europa del Este y Asia intentó contribuir a contrarrestar esta tendencia, a través de la sustitución de las monedas nacionales por el mismo dólar. Un sistema que se implementó en unos pocos países, impulsado con fuerza en los años ’90.

La introducción del euro –como resultado de la unión monetaria de doce miembros de la UE– y el avance en las negociaciones del ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas), proveyeron nuevos argumentos a favor de la dolarización plena, o al menos de la adopción de tipos de cambio totalmente fijos, antesala de la dolarización completa, a pesar de que la experiencia internacional en países medianos sólo incluía a Liberia y Panamá (luego Ecuador) ya que las pocas naciones que utilizaban la moneda de otros eran muy pequeñas.

Pero el default argentino del 2001 obligó a dar marcha atrás con la dolarización por varias razones. La primera es casi elemental: si un país distribuye sus reservas de moneda internacional entre su población, el sector público carece de activos externos para atender a sus acreedores. La segunda tiene que ver con el hecho de que más de la mitad de la actividad económica de casi todos los países se basa en servicios, la mayoría de ellos no transables, incapaces de generar divisas. La tercera consiste en que si bien la dolarización elimina el riesgo devaluatorio, no impide el default de las deudas públicas ni privadas. Y como lo vimos en la Argentina, y ahora también en Europa con el euro, el ajuste recae finalmente sobre el sector real: la producción y el empleo.

Por otro lado, las tensiones económicas de comienzos del milenio erosionaron la confianza en el valor del dólar y alteraron la composición de las reservas internacionales. A mediados del 2009 el euro representaba más de la cuarta parte de los activos externos del mundo, mientras que la proporción de dólares disminuyó en la primera década del siglo del 72 al 63 por ciento, al tiempo que las reservas mundiales en divisas se triplicaban. En este escenario los bancos centrales de las diferentes naciones diversificaron su cartera de monedas y metales.

Como reflejo del lento pero constante debilitamiento del dólar, diferentes países tomaron medidas para resguardar el valor de sus activos externos. Irak empezó a vender su combustible en euros a fines del 2000. Pero la invasión de los Estados Unidos anuló esta medida; así como los canjes de alimentos por petróleo, de la ONU. También Jordania había creado un sistema de comercio bilateral con Irak en euros y Corea del Norte adoptó la divisa europea para su comercio desde diciembre del 2002. Hacia fines del?2007, Irán –cuarto productor mundial de petróleo– comenzó a vender el crudo en euros. Ya desde el 2002 la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) alertaba sobre la debilidad del dólar, que corroía el poder adquisitivo de los países exportadores.

El principal problema del sistema monetario internacional es que tiene como base una divisa cuyo único respaldo es la débil salud de la economía norteamericana. Esto llevó a que el dólar se fuera depreciando en forma constante en relación con sus valores históricos y con respecto a otras monedas. En verdad, su primacía depende, más que de su propia economía, del financiamiento de los inversores extranjeros y, en especial, del exceso de ahorro de los países emergentes, como China, que confiaron hasta ahora en los bonos del tesoro norteamericano o en la utilización del dólar como moneda de reserva.

El caso de China es emblemático. Por un lado, tiene una importante reserva de dólares que representa más de dos tercios de un año de la producción china. A esta situación se suma su excesiva tenencia de bonos del Tesoro norteamericano. Desde septiembre del 2008 superó a Japón como el principal tenedor de esos bonos en el mundo y en mayo del 2010 las tenencias de China todavía encabezaban el ranking con 895.000?millones contra 785.000 de Japón. Los chinos colocan gran parte de sus exportaciones en Estados Unidos –en una gran variedad de rubros, desde textiles hasta electrónicos– por las que reciben dólares que destinan en una cierta proporción a comprar bonos del Tesoro. Este endeudamiento le permitió a los Estados Unidos mantener niveles de consumo por encima de sus posibilidades, aunque ahora se critique ese exceso de ahorro más aún que el exceso de endeudamiento norteamericano (o el desequilibrio entre ambos), como una de las causas principales de la crisis.

Con los déficits comercial y fiscal más altos de su historia, el monto total de la deuda externa norteamericana pasó de 800.000 millones de dólares en el 2003 a 13.767 miles de millones a fines de diciembre del 2009, acercándose al del PIB, y representando más del 22% de la deuda mundial, lo que resulta, a su vez, la más grande explosión de endeudamiento de la historia del capitalismo.

Paradójicamente, desde la profundización de la crisis en el 2008 el dólar continuó funcionando como una moneda de refugio, en la medida que las alternativas financieras se derrumbaron como castillos de naipes. Esto revela que la economía del país del Norte y el poderío de su moneda aún gozan de confianza, al menos frente al euro u otras monedas. En cambio, la Unión Europea ha despertado dudas respecto de su voluntad política común y su unidad monetaria. Por un lado, la heterogeneidad de las economías y la escasa coordinación entre los países líderes dentro de la UE hacen palmarias frente a la crisis ciertas tensiones preexistentes, mientras que la ambivalencia del Reino Unido en cuanto a su posición pro UE o filo-estadounidense, generan poca confianza.

Por otro, la crisis de los cuatro países más débiles de la región, Grecia, Portugal, España e Irlanda en el 2010 terminó por erosionar el valor del euro y por poner en duda la vigencia de la unidad monetaria. Se le reprocha al BCE y a Alemania en particular haber jugado un rol negativo sobrevalorando el euro e incrementando el superávit comercial del país teutón.

Al igual que lo que ocurría con el imperio británico, los Estados Unidos importa por mayor valor que sus exportaciones, y exporta capitales. El resto del mundo acepta la moneda con la que paga sus importaciones e invierte sus capitales porque ella se puede utilizar para los intercambios comerciales y financieros con cualquier otro país. Pero ese idilio no puede ser eterno. La cuestión del millón es qué ocurrirá cuando los mercados se calmen y todas las plazas bursátiles y los Bancos Centrales queden inundados de dólares. Ese será el momento de la verdad, el más desafiante para el valor de la divisa estadounidense y de sus rivales monetarios.