Comisión de Economía Carta abierta Buenos Aires

10Mar/130

Liderazgo

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Por Alfredo Zaiat
El recorrido de la economía venezolana en los últimos 14 años de liderazgo de Hugo Chávez exhibe resultados sólidos en varios frentes y débiles en otros. La reducción de la pobreza y de la desocupación, con una mejor distribución del ingreso y extensión de la cobertura de salud y alfabetización total de la población, se coloca en el lado del haber. La frágil estrategia de industrialización y de soberanía alimentaria de una economía con predominio de la renta petrolera e incapacidad administrativa de un Estado que no se termina de reconstruir son parte del debe, en un balance esquemático. Quienes rescatan los logros de la Revolución Bolivariana destacan avances sustanciales en indicadores socioeconómicos. Quienes se ubican en la oposición critican los elevados índices de inflación y la fuga de capitales como síntoma de la falta de confianza y el control de cambio, prediciendo en todo momento la inminencia del colapso, deseo frustrado una y otra vez. Los procesos económicos entendidos como parte de un proyecto político reúnen diferentes facetas, puesto que, se sabe, el paraíso no existe en el mundo terrenal de la economía. El elemento orientador para abordar una evaluación primaria en ciclos tan vitales y controversiales es en qué medida mejoraron las condiciones materiales y simbólicas de las grandes mayorías como sujetos de derechos. En ese sentido, la casi década y media de Chávez en el poder ofrece un saldo muy favorable en términos históricos para Venezuela y en comparación con otros países de la región.
La crítica conservadora más habitual señala que los avances en materia social y el crecimiento de la economía venezolana se explican por la fabulosa renta petrolera. Es así. La cuestión es observar qué se hacía antes de Chávez y qué hizo él con esa renta. La petrolera Pdvsa informa que de 1999 a 2012 el Estado tuvo un ingreso de 383.233 millones de dólares provenientes del petróleo por la mejora de los precios internacionales, el aumento de las regalías que pagan transnacionales, otros cambios impositivos y por el incremento de la participación de Pdvsa en áreas petroleras antes en manos de grandes compañías extranjeras. Semejante masa de recursos fue utilizada para saldar la inmensa deuda social. Esta es una de las claves para entender el significado profundo de la economía política.
El argumento que busca minimizar los progresos en áreas de la salud, cobertura social, educación y viviendas populares por haber sido financiados por la renta petrolera brinda precisamente elementos interpretativos sobre cómo circulan y se reparten los excedentes de una economía. La renta petrolera en Venezuela no irrumpió con Chávez. Los gobiernos anteriores también la tuvieron con mayor o menor intensidad según la evolución de la cotización internacional del crudo. En los momentos de bonanzas, ninguno de ellos aplicó esos recursos para distribuirlos hacia los grupos más vulnerables, sino que fueron apropiados por la elite empresaria y política local y por petroleras multinacionales.
Entre 1980 y 1998, la economía de Venezuela tuvo una caída del PIB por persona de 14 por ciento. “Esto representó uno de los peores rendimientos económicos en una región que, en conjunto, experimentó el peor fracaso en un siglo de su crecimiento económico a largo plazo”, explican Mark Weisbrot y Jake Johnston en “¿Es sostenible la recuperación económica de Venezuela?”. Desde 1998 la economía ha tenido un crecimiento moderado del PIB por persona, y uno mucho más alto desde la restauración de la estabilidad política y desde que el gobierno de Chávez tomó el control sobre la industria del petróleo, en 2003. Esos dos investigadores del Center for Economic and Policy Research, de Washington, destacan que si se mide desde 2004, cuando la economía alcanzó los niveles registrados antes de la recesión precipitada por el paro petrolero de 2002, el PIB por persona ha crecido a un ritmo anual promedio de 2,5 por ciento. “Este crecimiento impulsó una importante reducción de los niveles de pobreza y pobreza extrema, así como varios otros logros en los sectores de asistencia médica y educación como resultado de aumentos en el gasto social”, afirman Weisbrot y Johnston.
De ese modo se va definiendo la base conceptual de la política económica y la legitimidad social del liderazgo político. Precisar cuál es el destino de excedentes extraordinarios sirve para caracterizar la orientación de ciclos políticos. Esos recursos pueden ser la renta petrolera, la renta sojera o los originados de la emisión de deuda externa. Son fondos adicionales en la economía determinados por diferentes circunstancias locales o externas. El aspecto central es observar cómo circulan en el espacio económico y quiénes se los apropia.
En los noventa, los gobiernos de Carlos Menem tuvieron un importante ingreso de fondos vía endeudamiento público, elevando el stock de deuda de 65.300 millones de dólares del gobierno de Raúl Alfonsín hasta los 121.877 millones de dólares del final de su mandato. Los 56.577 millones de dólares de esa deuda incremental fueron recursos que financiaron la fuga de capitales y el consumo suntuario de sectores sociales acomodados alentado por la apertura comercial y el atraso cambiario. En cambio, sin contar con el acceso al financiamiento externo, desde la megadevaluación de 2002 y el alza de las cotizaciones internacionales de las materias primas, la renta agraria, en especial la sojera, entrega fondos extraordinarias a la economía. Parte de esos recursos son capturados con la aplicación de derechos de exportación al complejo oleaginoso y a otros granos, ingresos fiscales direccionados a desarrollar el gasto público en áreas de la obra pública y prestaciones sociales.
El discurso ortodoxo cuestiona ese tipo de utilización de la renta agropecuaria o de la petrolera. Dicen que es un despilfarro de gobiernos que hacen un mal uso de esos fondos y que en lugar de consolidar las cuentas fiscales los utilizan para financiar gastos “populistas”, como denominan satisfacer necesidades básicas de la población (salud, educación, vivienda e ingreso mínimo garantizado). Por ejemplo, en el caso argentino, la Asignación Universal por Hijo; en el gobierno de Chávez, la construcción de 347 mil viviendas populares en el bienio 2011-2012. Confunden problemas en el frente inflacionario o en el mercado cambiario por la fuga de capitales con la política de distribución de ingresos provenientes de rentas extraordinarias (petrolera o agraria). Les molestan los avances sociales fruto de una reasignación diferente de esos ingresos, que deja en evidencia, además, que las grandes mayorías pueden vivir un poco mejor desestimando las falsas promesas de bienestar futuro de las recetas conservadoras.
Las impresionantes muestras de dolor popular por la muerte de Chávez tienen explicación en que mayorías marginadas históricamente fueron reconocidas como sujetos de derechos sociales, económicos y políticos, reparación cuyo origen nace en el cambio de paradigma sobre cómo se reparte la renta petrolera. Aquí es donde aparece el punto clave del debate sobre la orientación de la economía política, pues en las críticas se refleja la incomodidad de las elites tradicionales por no poder apropiarse de la totalidad de esos fondos, y el rechazo a que hayan sido orientados en cambio a cubrir demandas sociales insatisfechas. La contrariedad aumenta en forma sustancial porque los progresos sociales financiados con rentas extraordinarias han provocado la lógica reafirmación de fuertes liderazgos políticos, aquí como en la Venezuela de Chávez.

10Mar/130

Reflexiones sobre la economía venezolana

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Reflexiones sobre la economía venezolana

En Página12 del sábado 9 de Marzo, aparece un interesante artículo de Alfredo Zaiat ("Liderazgo"), que analiza la economía venezolana. La primer frase lo resume, sin que exima a nadie a leer el artículo completo: "El recorrido de la economía venezolana en los últimos 14 años de liderazgo de Hugo Chávez exhibe resultados sólidos en varios frentes y débiles en otros. La reducción de la pobreza y de la desocupación, con una mejor distribución del ingreso y extensión de la cobertura de salud y alfabetización total de la población, se coloca en el lado del haber. La frágil estrategia de industrialización y de soberanía alimentaria de una economía con predominio de la renta petrolera e incapacidad administrativa de un Estado que no se termina de reconstruir son parte del debe, en un balance esquemático." En el artículo se podrán encontrar las cifras y desarrollo de los procesos que pueden dar una idea bastante aproximada de esa realidad.
La renta petrolera domina toda la historia venezolana desde los años treinta del siglo pasado en que se comenzó a explotar fuertemente el petróleo, en una de las reservas de crudo más importantes del planeta. Ello es lo que mantuvo a Venezuela al tope del ingreso per cápita de la región por muchos años, por sobre el valor que tenía Argentina, el país más desarrollado y de mejor distribución de la renta de Latinoamérica. La diferencia estaba en la distribución de esa renta petrolera. Mientras que en Argentina, fruto de la política del primer peronismo, la distribución de la renta nacional tenía similitudes con las logradas en la Europa Occidental, en Venezuela ese alto ingreso per cápita escondía una muy desigual distribución del ingreso, con una capa superior que la aprovechaba, y desarrollaba una conducta consumista y fugadora de capitales, y una amplia masa de la población con bajos ingresos, tan excluidos como antes del descubrimiento de su oro negro.
Fue esa exclusión en el medio de la abundancia petrolera la que provocó no pocas revueltas en Venezuela, y ante la evidente entente entre los dos partidos tradicionales (Acción Democrática y Copei) que se alternaban en el poder para repartirse en pequeños círculos esa renta, es que aparece Hugo Chávez, primero con su golpe militar fallido de 1992, y luego ganando todas las elecciones, excepto una, en que se presentó desde 1999 hasta su muerte. Su liderazgo se construyó en base a una justa redistribución de esa renta petrolera, y los beneficios tangibles que recibió su pueblo en estos catorce años harán de su figura el líder inolvidable que acompañará a generaciones por venir.
Algo similar ocurrió con Juan Perón, que en un país con una de las rentas agrarias más altas del planeta, por la feracidad sin par de nuestra pampa húmeda, y con la necesidad europea de alimentos tras la Segunda Guerra Mundial, se ganó el apoyo y reconocimiento de los trabajadores y el pueblo argentinos con sus políticas de distribución e industrialización liviana. Otros liderazgos se han forjado en los últimos años en base a la redistribución de la renta, como en el caso de Brasil con Lula y su política de reducción de la pobreza extrema, o la apropiación de la renta petrolera y gasífera en la Bolivia de Evo Morales, o la renta petrolera en Ecuador. También el cobre fue la base económica que permitió el mantenimiento en el poder al frente político progresista de Chile hasta la llegada de Piñera, como el oro en el Perú actual, etc.
¿Cuál es el factor común actual en Sudamérica? No es la política redistributiva, presente con mayor o menor intensidad en seis países (Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, Venezuela y Uruguay) y ausente o muy menguada en los otros cuatro (Chile, Colombia, Paraguay y Perú). El factor común es la disponibilidad de elevadas rentas por el aumento de los precios de las materias primas o productos que son abundantes en la región. Si bien las extraordinarias reservas petroleras venezolanas han mantenido elevadas rentas en ese país desde el salto de los precios en 1973/1978 en adelante, la elevación persistente del resto de las materias primas y producciones agrarias en lo que va del presente siglo es lo que ha aumentado sensiblemente las rentas de todos los países de la región. Y la razón de ese auge está en el desarrollo industrial de los países asiáticos, que en su demanda, agregada a la demanda preexistente del resto del mundo, han elevado los precios primarios, terminando, al menos por ahora, los años de deterioro de los términos de intercambio que atenazó a la región por décadas. No sólo suben los precios primarios, sino que al mismo tiempo, por el traslado del "taller del mundo" hacia Oriente, se abaratan los bienes industriales, sacando a Estados Unidos, Europa y Japón el cuasi monopolio de la producción industrial de fracciones cada vez más amplias de todo el espectro industrial, aún en sus ramas complejas. Eso lo saben y sienten en carne propia los obreros de esos países desarrollados, con sus salarios estancados en los últimos treinta años a pesar de los aumentos persistentes en la productividad del trabajo.
Si el factor común en Sudamérica es la alta demanda y precios de sus commodities, la redistribución positiva es una ventana que se abrió y que aprovecharon los movimientos políticos progresistas decididos y capaces de lograr el apoyo de sus pueblos. Por esa ventana pasaron los que lucharon con pasión, arrojo e inteligencia, y quedaron los que por distintas razones nacionales, históricas, etc. no pudieron aglutinar a las masas detrás de sus banderas.
Lo que quiero enfatizar son las bases de la persistencia en el tiempo de estos procesos progresistas en Sudamérica. La primer cosa que hay que volver a insistir es que esta alternativa de redistribución progresiva de la renta está limitada a aquellos países que gocen de esa renta acrecida (dilema de hierro: sin renta extraordinaria no hay posibilidad exitosa de redistribución de riqueza). Los diez países sudamericanos comparten, en su diversidad de dotaciones naturales, esa disponibilidad de rentas por el despliegue asiático. Otros países no, sólo los petroleros y algunos países de Africa, claramente no Europa, Japón o América del Norte, con México y varios de los países de Centroamérica incluidos. De los diez que potencialmente podrían redistribuir progresivamente sus rentas sólo seis hemos visto que lo están haciendo, en mayor o menor medida. Las fuerzas que se oponen a esa redistribución están presentes en todos y cada uno de ellos, con mayor virulencia en donde los procesos se han profundizado más, y el caso extremo es Venezuela, donde la desigualdad previa, y las características del liderazgo de Chávez y sus definiciones políticas (el Socialismo del Siglo XXI) han llevado a un golpe de estado fallido en 2002. Otros golpes de derecha han volteado a líderes reformistas más débiles como el caso de Paraguay y Honduras, las elecciones en Chile desplazaron a la tímidamente reformista alianza política de socialistas y democristianos.
La persistencia en el tiempo de estos movimientos depende de la capacidad de cambiar la estructura productiva de sus países. Nadie puede vivir eternamente pensando que los altos precios de sus materias primas o producciones agrarias será invariable. La riqueza no es lo que esconde la tierra, es lo que produce el trabajo humano. Disponer para los pueblos de las rentas que la naturaleza nos ha brindado está bien pero sin transformación de esas dotaciones iniciales, más tarde o más temprano se puede volver a repetir un proceso de deterioro de los términos de intercambio en contra de las producciones primarias. En resumidas cuentas, si este proceso de altos precios va a durar, digamos, treinta años más (con sus subas y bajas y atención que estamos en los picos de los precios altos en nuestro caso), mientras dure el despliegue asiático, hay que aprovechar este lapso para industrializarnos. Si cuando acaben los años de "vacas gordas" no hemos cambiado la estructura industrial, volveremos a la concentración de la riqueza ya que no habrá casi nada para distribuir. Mientras que si nos desarrollamos industrialmente la base de nuestra riqueza estará en el valor de la más compleja producción industrial.
Brasil y Argentina, desde hace muchos años, y con diferentes recorridos, han apostado al desarrollo industrial. Brasil lo hizo mejor que Argentina hasta hace pocos años, nuestro país se ha recuperado en este terreno en los últimos diez y superado ampliamente el ritmo brasileño, tanto en industria como en general, aunque la distancia cuantitativa y cualitativa que nos separa es amplia a favor de Brasil.
Venezuela no se lo ha planteado seriamente, y también hubo intentos parcialmente fallidos, inexperiencia, voluntarismo, corrupción. No sólo es deseable la industrialización por el mejoramiento más sólido y permanente del nivel de vida, sino que la concentración social que produce la industria es la que le da a los trabajadores organizados la posiblidad de obtener partes progresivas del valor que crean en la industria avanzada, cosa que no es posible de sostener en el tiempo en economías de enclave primario y un resto de servicios dispersos y producciones de subsistencia. El doble juego de redistribución progresiva del ingreso y la densificación del tejido productivo mediante la industrialización es el camino virtuoso que habría que transitar para que los logros en lo primero sean sustentables en el tiempo.
La consecusión de ambos objetivos tiene muchos puntos de contradicción, como bien lo sabemos los argentinos de hoy. Saber en qué consiste el desafío no es igual a poseer la receta de cómo lograrlo y menos de articular las alianzas sociales que lo sustenten. Ese sería tema de otro trabajo.

Jorge Molinero
9-3-2013