Comisión de Economía Carta abierta Buenos Aires

7Feb/210

ENTRE DISTOPÍAS Y ESPERANZAS Los dos caminos dibujados en Davos

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El Foro Económico Mundial que se reúne anualmente en Davos tiene el objetivo de reunir a grandes empresarios, personas que poseen la concentración más alta de riqueza en el mundo desigual del presente, líderes de las grandes potencias mundiales y gobernantes de países periféricos. La composición de los encuentros de Davos refleja con nitidez el sentido intelectual de los mismos y el tipo de intereses e ideas que resultan hegemónicos.

Néstor Kirchner y Cristina Fernández  decidieron la no participación de sus gobiernos  en esos encuentros. Luego de discontinuarse en el 2003, la participación argentina se reanudó en el año 2016. El Foro Social Mundial tuvo nacimiento, en parte, como un contraforo del de Davos, con ideas, objetivos y orientaciones opuestas.

El Foro de 2021 se realizó con conexión remota y sin presencialidad debido a la pandemia. Así, el tema de la peste constituyó una cuestión dominante del debate. Lo discutido en Davos confirmó que los intelectuales, dirigentes sociales y políticos están visualizando la alta probabilidad de cambios en el funcionamiento de la economía mundial para la pospandemia. Su dirección y profundidad aparece expresada en distintas opiniones, encuentros y manifestaciones que se realizan. Hay quienes hacen postulaciones de cambios radicales, a partir de la exposición desnuda que el despliegue de Covid-19 hizo de un mundo injusto, desigual y con una concentración opulenta de la riqueza conviviendo en sociedades con multitudes humanas sumergidas en la miseria. Otros temen por la caída de los fundamentos de un régimen que los privilegia, y postulan versiones gatopardistas para que cambie algo en función de que nada modifique las relaciones de poder que permitieron las obscenas diferencias con las que las minorías acomodadas y las mayorías oprimidas y excluidas enfrentaron la pandemia. No resulta ocioso señalar que el Summit del G20 en Londres, durante la “crisis de las hipotecas” de 2008, produjo un documento final que se hacía eco del clima de crisis del paradigma neoliberal y asumía la necesidad de cambios que redujeran la desigualdad y la pobreza, promovía mayores regulaciones financieras y criticaba las condiciones previas de la economía mundial. Sin embargo, cuando las aguas se calmaron emergió una lógica de correctivo continuismo de lo preexistente, en la que predominaron planes de consolidación fiscal que hundieron a muchas de las economías periféricas o con mayor debilidad.

Una de las diferencias que aparecieron en los discursos de Davos fue que algunos adherían a la caracterización de que se transitaba la entrada a un período de pospandemia,  mientras otros, como Xi Jinping, subrayaron que proseguían los tiempos de pandemia y que las preocupaciones sobre las características y las políticas necesarias para enfrentarla constituían la cuestión sustantiva de la época. En referencia a las diferentes miradas sobre la post-peste, es imperioso ver que en tiempos de Covid las desigualdades se profundizaron en lugar de mitigarse y no se debe pasar por alto que esta tendencia podría no ser ajena a la sociedad pospandémica.

 

 

El capitalismo de los stakeholders  

Esta propuesta debatida en Davos revela una fuerte crisis de ideas e imposibilidad de cambios del capitalismo de la financiarización, en el cual predomina la lógica de maximización de ganancias  y el predominio de las remuneraciones a los fondos de inversión financiera por sobre la tasa de beneficios del capital productivo.

La ingenuidad y falta de solvencia académica y teórica del cambio en el capitalismo promovido por los líderes de la mayoría de los países centrales acompañado por las “ideas innovadoras” sobre la sociedad de los empresarios multimillonarios, quedaron expuestas en la propuesta del capitalismo de stakeholders. Su denominación españolizada es “capitalismo de las partes interesadas”, y su axioma clave postula que las empresas desempeñen el papel director de las economías, pero sujetas a una serie de condiciones éticas que incluyen consideraciones respecto de la justicia social, la mitigación de la desigualdad y una actitud activa en el cuidado del medioambiente. Estaría basado en un cambio de la conducta empresaria. Una transformación de carácter “moral” que modificaría el móvil de la empresa capitalista. Consiste en llevar al centro de la escena a lo que dio en llamarse “responsabilidad social empresaria”.

Todos los autores de la economía política clásica sostuvieron que el modo de producción capitalista tenía como lógica de su dinámica la conducta de la maximización de la ganancia empresaria. Smith la describía como la paradoja de un mérito. El crítico de esa escuela, Marx, desarrolló todo su trabajo adoptando ese postulado. En las bases de la economía neoclásica y marginalista, sustento del mainstream contemporáneo, también está presente el mismo axioma  en la lógica de la minimización de costos para maximizar ingresos. En la obra de Keynes la cuestión de la conducta empresaria está basada en la ambición del empresario y sus conductas respecto de la percepción de las condiciones coyunturales de la economía.

Más que una propuesta realista, los “buenos” promotores del Foro Económico Mundial parecen predicadores de una religión laica. Realizan un llamado a un comportamiento empresarial que mejore el bienestar social. Pretenden ese comportamiento de los poderosos protagonistas de la financiarización. En la lista de ponentes que incluyó el encuentro virtual de hace unos días estaba Larry Fink, el CEO del principal fondo de inversión de Wall Street, Kristalina Georgieva, directora gerente del FMI, y Marc Benioff, director ejecutivo de Salesforce.com.

En dos cosas el poder hegemónico de Davos resulta taxativo:

  1. El capitalismo resulta indiscutible, y
  2. El sector público no debe manejar la economía. O sea que los paradigmas previos a la contrarrevolución neoconservadora deben quedar bien enterrados.

Hubo una prédica insistente desde la conducción del Foro y sus hegemónicos líderes occidentales respecto a la promoción de la “economía verde”, la urgente reducción de las emanaciones de carbono y la utilización de energías limpias. Pero sin discriminar los deberes de los países desarrollados respecto de los dependientes en esa tarea. También se propugnó la colaboración público-privada para la intensificación de la innovación tecnológica, especialmente de la economía digital. Hubo referencias a mejorar condiciones sociales, como la disminución de la desigualdad y la limitación a la concentración de la economía. El pilar para sostener todo esto sería la empresa privada, pero imbuida de responsabilidad social. No hicieron referencias para terminar con la promoción de la flexibilización laboral, ni para construir sociedades sin desempleo. Sólo un apunte de Angela Merkel planteando que los sectores digitales fueron beneficiados por la pandemia, y los de servicios, perjudicados.

El gran ausente de esta edición del Foro fue el gobierno norteamericano, seguramente por la traumática transición política. Pero fue evidente en el conjunto de las exposiciones la bienvenida a Biden y al final del gobierno del ultraderechista Trump. El motivo, la coincidencia en la restauración del multilateralismo previo a la llegada de este último al poder.

 

 

La pospandemia en la mirada de los líderes occidentales

Merkel reconoció que el sistema de salud en Alemania es de carácter individual y no contempla la atención primaria comunitaria. En cambio reivindicó como una fortaleza de la sociedad alemana el sentimiento de solidaridad. Sentenció que la concentración de la economía debe detenerse. Pero, a la hora de formular una propuesta de organización de la economía posterior a la crisis, la líder conservadora recurre al viejo slogan liberal de la  “economía social de mercado” que popularizó Ludwig Erhard, miembro de la sociedad Mont Pellerin –cuna del neoliberalismo—  y que fuera pregonado en nuestro país por Alvaro Alsogaray. Merkel le agrega “la responsabilidad social empresaria”, para estar a tono con el eje propuesto por la convocatoria al Foro. Hace algunos diagnósticos progresistas, que revelan una lectura atenta de la realidad, y propuestas gatopardistas,  cuya debilidad refleja la incapacidad, desorientación e imposibilidad para construir un futuro diferente para el capitalismo financiarizado.

Emmanuel Macron hizo una intervención apologética de las décadas de neoliberalismo. Sostuvo que durante ese período accionistas y consumidores se beneficiaron como nunca y elogió los cambios tecnológicos y la modernización productiva durante ese período. Su intervención revela un alto nivel intelectual que no permite presumir como una omisión involuntaria, la no mención de las virtudes que pudo haber tenido la llamada época del “capitalismo de oro”, con su modelo del Estado de bienestar. El Presidente francés es, sin duda, un entusiasta de la economía de libremercado. Pero luego debe situarse en el clima de época de la peste, y señala que el modelo del apogeo del liberalismo neo no es replicable para el futuro, pasando a enunciar consecuencias no menores (asimilables a efectos no deseados o colaterales) del liberalismo neo: la financiarización —cuando asigna sobreremuneración a una facción social—, la pérdida de empleos, el deterioro de los salarios, la externalización del empeoramiento climático. Tampoco ahorró la mención de una amenazante crisis de la desigualdad, de la demanda y climática. Pero en relación a su propuesta de sistema pospandemia, Macron resulta taxativo y coincidente con Merkel en la salida gatopardista.

El Presidente francés hace suya la propuesta del “capitalismo de las partes interesadas”, una definición con pretensiones más académicas que la de “responsabilidad social empresaria”. El gobernante galo advierte que el activismo estatal no puede, ni deber, ser la única –ni la predominante— respuesta para detener las externalidades negativas. Los Presidentes de las naciones hegemónicas de la Unión Europea coinciden en predicar la necesidad de disminuir el gasto fiscal incrementado durante la pandemia y en la vocación de poner un límite a la intervención del Estado. El enunciado de Macron de que no se puede pensar la economía sin lo humano va de la mano con la convocatoria  a un cambio de la actitud empresarial que corrija las plagas neoliberales. Ningún cambio de rumbo. Una manifestación de deseos ingenua, o tal vez cínica.

La ministra de Relaciones Exteriores española se pronunció contra el “nacionalismo sanitario” y por una justa distribución de las vacunas a los países pobres. Advirtió sobre la inadmisibilidad del incumplimiento de contratos por parte de los laboratorios respecto a la entrega de esas vacunas para enfrentar la pandemia. También pregonó reglas del juego justas para el mundo digital. Sin embargo repitió como conceptos de valor estratégico la confianza y la transparencia, una música ligada a la crítica de lo público y la valoración de la iniciativa privada. Cuestión que reforzó con su posición promotora de la alianza-público privada para la investigación y promoción de las medicinas de prevención y atención del virus.

 

 

Continuismo explícito

Los posicionamientos más derechistas y sin revisionismos respecto al neoliberalismo fueron los del Presidente israelí Benjamín Netanyahu y el canciller brasileño Ernesto Araujo. El primero reivindicó la continuidad de la desregulación económica, la desburocratización de las reglas y la educación y el mercado libre como pilares del desarrollo económico. Hizo la analogía de las vacunas contra Covid con las municiones para la guerra. Pero exhibió el liderazgo que su país adquirió en la cantidad de vacunados, adjudicándolo a la flexibilidad que tuvo respecto del precio a pagar por las vacunas. El brasileño se refirió a la importancia que tiene el reconocimiento a los Estados Unidos como la superpotencia de la libertad, “porque esa es la garantía para impulsar ese valor en el mundo y en el continente”.  Araujo sentenció que su país recupera, con el gobierno de Bolsonaro, la democracia y la libertad. Propició la dinamización de la OMC como política para promover la apertura económica y la democracia, categorías que emergieron en su discurso como indisolublemente unidas.

 

 

Contrahegemónicos

Xi Jinping afirmó que la “historia avanza y no se vuelve atrás”. Hizo un aporte crítico del tono general del encuentro. Expresó que “no todos los países tienen el mismo sistema social” y que era necesaria la coexistencia pacífica entre los países de distintos regímenes de organización social. Afirmó que sin la comprensión de esa diversidad no habrá progreso social. Llamó a reducir la brecha de desarrollo entre países y advirtió que la pandemia agudiza la polarización entre países ricos y pobres. Se pronunció contra la lógica de la Guerra Fría, y enunció los valores de: paz, desarrollo, igualdad, justicia y libertad. Promovió un sistema internacional en donde no se use la potencia del más fuerte para imponerse frente a los países más chicos en la resolución de diferencias. Manifestó que hoy sigue siendo más importante atender la pandemia como problema clave, expresando que estamos en épocas de seguir pensando la peste, contrastando con las reflexiones centradas en suponer que estamos en tiempos de salida de la pandemia. Reivindicó un multilateralismo de iguales. Señaló que China erradicó recientemente la pobreza extrema y definió a su país como de un sistema socialista moderno.

Putin dijo que existe una crisis política mundial, con enfrentamientos violentos y conflictos regionales crecientes. Criticó la concentración de ingresos y la estratificación social en los países más desarrollados. Rechazó el Consenso de Washington, cuyo modelo de crecimiento económico, sostuvo, estuvo basado en el crédito, la deuda y la desregulación. Planteó la necesidad de intervención del Estado para proteger los puestos de trabajo, concibiendo la economía futura con un paradigma de personas viviendo en un entorno de seguridad, con empleo, jubilación, educación y salud. Reivindicó los estímulos fiscales para el desarrollo y reclamó la reducción de la brecha entre países. Hizo una crítica explícita a los Estados Unidos por su política de construcción de enemigos internos y externos. Realizó un llamado explícito a democratizar la disposición de vacunas, advirtiendo sobre la desventaja africana.

 

 

Dos enfoques opuestos

El Presidente argentino Alberto Fernández destacó los valores de fraternidad y solidaridad para la economía del futuro. Agregó al concepto de multilateralismo el de multisolidaridad y manifestó que los conceptos de economía y política son inseparables. Planteó que la contradicción de la época es entre un pacto solidario global vs. un capitalismo infeliz de la opulencia.

 

 

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Las reflexiones expuestas en el Foro permiten plantear que la pandemia introdujo un momento de inflexión en la economía y la política global. La crítica de la economía previa es compartida. Pero quedaron planteadas como nunca dos alternativas. La de quienes presumen que existe un único sistema posible a nivel global y otros que promueven un multilateralismo con diversidad de regímenes socioeconómicos. Unos que buscan formas remozadas del capitalismo con subsidiariedad estatal y otros que sostienen la imposibilidad del continuismo neoliberal. La pandemia y la caída del gobierno chauvinista en Estados Unidos dibujó un foro de Davos donde se expresa un multilateralismo, con mayor multipolaridad del poder, que tiene el rasgo novedoso de un mayor equilibrio de fuerzas entre las diversidades de enfoques respecto a la sociedad futura.

7Feb/210

ESTADOS UNIDOS, CAMBIOS Y MITOS

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La plutocracia se lava la cara: del irascible Trump al benévolo y protector Biden

 

El asalto al edificio del Congreso norteamericano el 6 de enero ha conmovido profundamente a Estados Unidos. Las manifestaciones que precedieron la toma fueron alentadas por las declaraciones de Donald Trump. Una fracción de esa manifestación, ante la pasividad de las fuerzas del orden, tomó sus instalaciones buscando evitar la proclamación de Joe Biden como ganador. La mayoría demócrata se paralizó de estupor y angustia frente al pisoteo de los símbolos de su sistema político, los destrozos y los muertos. La intensa minoría republicana sigue pensando que le han robado la elección. Mal comienzo para el gris y “políticamente correcto” Biden.

Mientras Trump es la personificación del mal para la prensa hegemónica norteamericana, Mark Zuckerberg (Facebook), erigido en árbitro político, lo borró de Twitter. Biden se propone dejar atrás los años de Trump retomando el civilizado balance de poderes que prevé la constitución norteamericana, diseñada para que ningún “populismo” pueda alterar las políticas fundantes que soportan el “destino manifiesto” de ese país para conducir el mundo.

Los medios, en mezcla difícil de discernir, suman las órdenes ejecutivas (decretos) firmadas con las que suponen se van a emitir. Es claro el intento de blindar al nuevo Presidente y marcar un antes y un después del vituperado Trump.

Las primeras directivas incluyen políticas tanto internas como internacionales. Entre las primeras destacan los cambios en el tratamiento del Covid, con el nombramiento de un coordinador nacional, la obligación de usar mascarilla “al menos por 100 días” en los edificios públicos y mantener las restricciones que Trump había descartado sobre el ingreso de extranjeros por la pandemia, entre otras. Mientras la vacunación avanza, los casos diarios retroceden, dentro de valores aún muy elevados.

En lo social apunta a eliminar el “racismo sistémico” (contra afroamericanos, hispanos, asiáticos, pueblos originarios) y la discriminación por orientación sexual, demandas de aquellos sectores que con su voto le permitieron ganar ajustadamente la elección.

En el campo económico se destaca la prórroga de la prohibición de desalojos de inquilinos y la ejecución de hipotecas de viviendas, y la ampliación de la pausa en el pago de intereses de los préstamos estudiantiles.

A nivel internacional se destacan los regresos a la Organización Mundial de la Salud (con el importante aporte de fondos que significa) y al Acuerdo del Clima de París, buscando mejorar las relaciones diplomáticas con países aliados. Suspende el veto de entrada a ciudadanos de once países musulmanes. Frena la construcción del muro con México. Revoca el permiso del oleoducto Keystone XL que enlazaría el estado de Nebraska con Canadá, haciéndose cargo de la fuerte oposición medioambiental. Declaró su repudio al golpe militar en Myanmar.

 

 

No es oro todo lo que reluce

Son medidas “políticamente correctas” pero no implican la parte central de la política exterior ni la orientación económica, que se pueden deducir de los nombramientos en áreas claves. El Departamento de Estado lo dirigirá Antony Blinken, un halcón con pesado prontuario en Medio Oriente. El general afroamericano Lloyd Austin ha sido propuesto para jefe del Pentágono. Biden espera que la heterogeneidad étnica de su gabinete permita superar las objeciones de conflicto de intereses por haber sido Austin hasta hace poco director de Raytheon, importante empresa en materia de defensa. En el área económica y financiera los nuevos funcionarios –en su mayoría de la era Obama– abrevan en las ideas neoliberales, nada de progresismo. La ex Fed Janet Yellen es la Secretaria del Tesoro, Brian Deese dirige el Consejo Económico y Social, la afroamericana Cecilia Rouse preside el Consejo de Asesores Económicos, la chinoamericana Katherine Tai es la principal negociadora comercial internacional.

Las definiciones de Biden durante la campaña no ofrecen muchos alicientes a deshielos con Rusia y China. Tampoco habrá cambios importantes en la relación con Latinoamérica, continuará la oposición a lo que no sea alineamiento en lo geopolítico y lo económico. El FMI y las embajadas están para presionar por esos intereses.

Las diferencias entre demócratas y republicanos son básicamente sobre políticas internas. Los dirigentes de ambos espacios son en general personas de gran fortuna personal. El gran capital ha colonizado ambos partidos, que terminan representando diferencias parciales de sus distintas fracciones. El apoyo popular se logra en base a una maquinaria de sofisticado marketing político con concesiones parciales a las clases subalternas y grupos especiales para lograr los apoyos que puedan volcar resultados. Las políticas centrales, en lo económico y en el plano internacional, siguen en manos de ese 1% de la población más rica. Se han ido produciendo diferenciaciones de las fracciones de capital que apoyan a uno u otro partido, con los globalistas del capital financiero apostando más fichas a los demócratas, y sectores de la fracción de la industria tradicional y de defensa apoyando al Partido Republicano en su versión Trump. Pero esta división es una simplificación y en realidad los sectores más concentrados imponen sus intereses a los representantes de ambos partidos, y ellos mismos son en lo fundamental la dirección efectiva de ambos. Nadie votó la concentración de riqueza que se ha producido en los últimos cuarenta años, producto de la desregulación financiera que comenzó con el republicano Reagan y se perfeccionó con el demócrata Clinton. Nadie votó la destrucción de los trabajos bien pagos en la industria, que como resultado de la globalización beneficia al capital concentrado en Estados Unidos y terminó potenciando el desarrollo de China en forma distinta a lo previsto por ellos.

El general Perón, con su estilo directo y campechano, definió así a estos partidos: “Los norteamericanos, dignos hijos de Gran Bretaña, han ido mucho más allá: han organizado dos partidos de derecha que les permiten mantener su sistema plutocrático y sostener una simulación democrática para engañar a los tontos que tanto abundan en la política o estimular a los sinvergüenzas, que también abundan” (La hora de los pueblos, capítulo 1, 1968).

Si la definición de plutocracia era válida en los años de Perón, mucho más lo es ahora, en especial desde la decisión de la Corte Suprema de 2010 que permitió el financiamiento de las campañas de los partidos políticos sin límites de aportes de personas y empresas. Con esa decisión la magnífica máquina de marketing que son las elecciones norteamericanas terminó de distorsionar la expresión real de los intereses de los ciudadanos. Sin dinero no se ganan elecciones. Con los aportes de entusiastas seguidores se puede avanzar en las primarias, se puede obtener algún representante, pero cuando se acaban los fondos terminan las ilusiones. Se votan slogans, cada vez más diseñados a medida del “cliente” por investigaciones con acceso al big data, y eso cuesta muchísimo dinero. Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortés hablaron de ideas socialistas y arrimaron los votos “progresistas” al candidato demócrata, pero no influyen en políticas que podrían revertir la concentración de riqueza y el estancamiento de los salarios reales del 50% de la población menos favorecida, y menos aún en la política exterior.

La verdadera política la decide el gran capital, sus lobbistas y representantes en ambos partidos, tanto en el Congreso Nacional como en el Ejecutivo, mientras el reaseguro del establishment está siempre en la conservadora Corte Suprema. ¿Cuál es la definición formal de corrupción? Obtener mediante sobornos medidas que benefician al corruptor. Pero si los fondos de aportes de campaña son legales, las resoluciones que benefician a los aportantes y a los funcionarios que la facilitan no son corrupción, todo está blanqueado. Para ellos los corruptos son los funcionarios de otros países, donde las coimas se pagan en mano porque los involucrados no forman parte de la puerta giratoria característica de los Estados Unidos. El control ideológico que los grandes medios y los economistas del capital tienen sobre la población es tal, que la mayoría cree que los crecientes beneficios que desde hace cuarenta años están teniendo los sectores concentrados –el sector tecnológico, el sistema privado de salud, los bancos y el sector financiero– son la correcta medida de su aporte social, su “valor agregado” a la creación de riqueza. No relacionan esos beneficios monopólicos y especulativos con el estancamiento de los salarios reales de los trabajadores y la creciente desigualdad de ingresos.

En cuanto a las políticas de derechos humanos, un capítulo tan cacareado en la política norteamericana, los cambios de Biden se concentrarán en lo interno, retribuyendo con medidas parciales los apoyos de las distintas minorías que lo llevaron al triunfo electoral. No eliminará el racismo ni las policías bravas con los negros pero buscará limitarlas. Muchas políticas sociales serán mejoradas o se intentará hacerlo, pero a nivel internacional no habrá cambios significativos en este capítulo, excepto una lavada de cara al accionar agresivo de Trump. Guante de seda cubriendo el puño de acero.

Biden participa del mito de todos los Presidentes americanos sobre el “excepcionalismo” y el “destino manifiesto” de Estados Unidos para conducir al mundo. Ahora quiere cambiar la imagen del padre irascible por la del padre benévolo y protector. Históricamente todas las potencias se han sentido obligadas a recubrir su dominio con justificaciones ante los pueblos que lo deben soportar. Los británicos argüían que estaban soportando “la carga del hombre blanco”, los colonialistas franceses justificaban su imperialismo en una supuesta mission civilisatrice.

El mito predica que Estados Unidos es la única nación virtuosa, que ama la libertad, respeta los derechos humanos y la paz bajo el imperio de la ley. Su historia lo desmiente. Es una potencia agresiva y expansionista. Comenzó como el asentamiento de 13 colonias en el este de su actual territorio y se expandió arrebatando Texas, Nuevo México, California y Arizona a México en 1846. Eliminó a la mayoría de la población originaria y los pocos sobrevivientes fueron arrumbados en míseras reservas. Compró barato Alaska a la Rusia zarista, “haciendo una oferta que no pudieron rehusar”. Arrebató a España el control de Florida, Puerto Rico y Cuba, para formalmente cambiar el poder colonial español por el propio en Filipinas, con la muerte de entre 200.000 y 400.000 habitantes, la mayoría civiles. En la Segunda Guerra sus bombardeos mataron civiles sin remordimientos en Alemania (300.000) y Japón (330.000). Tiró más de 6 millones de toneladas de bombas en Indochina, incluido napalm y el mortífero defoliante Agente Naranja, con más de un millón de civiles muertos.

En la pequeña Nicaragua, los Contra apoyados por Estados Unidos mataron a 30.000 personas. Sus acciones militares en Medio Oriente han dejado entre 300.000 y 500.000 muertos, incluyendo 100.000 en la invasión y ocupación de Irak en 2003. Son decenas de miles los muertos por los drones, en especial a partir de los gobiernos de Obama, quien inmerecidamente recibió el premio Nobel de la Paz. Los latinoamericanos conocemos de sobra las tropelías norteamericanas por estas latitudes. Tras la caída de las torres en 2001, la tortura volvió a ser desembozadamente la forma de interrogatorio. Miles de prisioneros han pasado por la base de Guantánamo, donde aún se mantienen sin derechos, en un limbo de extraterritorialidad por el cinismo de sus autoridades. Ello incluye la promesa incumplida de Obama de cerrar esa prisión, sin olvidar que Biden fue su Vicepresidente. Todos recordamos la revelación en 2004 de las torturas en la prisión de Abu Ghraib, Irak, en aquel momento con 7.000 detenidos.

El asalto al Congreso el 6 de enero ha conmovido al pueblo americano, contribuyendo al desprestigio de sus valores morales. Esos valores son la base de su soft power, el poder ideológico que ayuda a controlar la conciencia social en su país y el mundo, manteniendo la fuerza bruta como argumento de última instancia. Pero ese velo ideológico no puede ocultar el pésimo récord de violación de los derechos humanos que ha practicado Estados Unidos sobre el mundo desde fines del siglo XIX.

Biden inaugura su gobierno pretendiendo revertir las políticas de Trump. Pero es difícil que elimine la profunda división que propició el ex Presidente, quien lejos está de abandonar el escenario político. Los valores morales que esgrime Biden son un mito para consumo interno y de sus principales aliados. El peso de esos mitos disminuye en la conciencia de los pueblos del mundo que soportan sus pesados condicionamientos.