Comisión de Economía Carta abierta Buenos Aires

22Sep/160

A CIEN AÑOS DE “EL IMPERIALISMO” DE LENIN

Publicado por admin

JORGE MOLINERO 18/07/2016

---------------------------------------------------------------------------------------------------------

RESUMEN

¿Cuáles de las tesis de Lenin sobre el imperialismo se mantienen vigentes a cien años de su formulación y veinticinco de la disolución del campo socialista? ¿Qué cambios en la realidad económica, social y política las alteraron? ¿Era correcta la  definición de superimperialismo de Kautsky? ¿Está desarrollando China las características de país imperialista? ¿Qué cambios se produjeron en las clases trabajadoras en Europa? ¿Cuál es la importancia de “El Imperialismo” de Lenin para los países dependientes? Esos son algunos de los principales interrogantes que el trabajo analiza, así como las consecuencias políticas de estos cambios. Cien años con su historia justifican su revisión.

PALABRAS CLAVE

Reconfiguración de las potencias imperialistas – Estados Unidos y China  - Crisis económicas - Ascenso y caída del socialismo – Cambios en las fuerzas productivas – Clase obrera – Capital financiero y capital industrial

-----------------------------------------------------------------------------------------------------------

 

1.- Introducción

En la primavera europea de 1916 Vladimir I. Lenin escribía “El Imperialismo, fase superior del capitalismo” (1) en Zurich, Suiza,  donde estaba refugiado de la persecución zarista por su actividad política revolucionaria.

Europa estaba inmersa en la Gran Guerra (1914-1918), así se conocía en su época a la Primera Guerra Mundial que congregaba al Imperio Alemán, el Imperio Austro-Húngaro y el Imperio Otomano (“Potencias Centrales”) de un lado, y el resto de las potencias europeas del otro (la “Triple Entente”) formada por el Imperio Británico, el Imperio Ruso, la Francia colonialista, más Italia y otros). Estados Unidos aún se mantenía neutral y entraría en el conflicto recién el 2 de Abril de 1917, a posteriori del inicio de la revolución rusa (febrero de 1917). Se mantuvieron al margen del conflicto los países escandinavos, España y el paraíso fiscal Suiza.

La era del imperialismo había comenzado alrededor de 1875, en la definición del historiador marxista Eric Hobsbawm (2) con la colonización masiva de territorios africanos, de  Asia y de Medio Oriente. Las guerras mundiales fueron la forma de reacomodar las esferas de influencia de las principales potencias imperialistas. El ensayo popular de Lenin es un libro de divulgación y formación para la militancia de obreros y cuadros políticos del partido Bolchevique en Rusia, cuando Lenin aun no suponía inminente el estallido de la revolución en su país.

Repasaremos brevemente  las condiciones del capitalismo para la época en que fue escrito el ensayo, las tesis de Lenin en ese contexto, y finalmente nos volveremos a preguntar sobre la etapa actual del capitalismo. Cien años con su historia lo justifican.

 

 

2.- La Europa de 1916  y el “Imperialismo” de Lenin

Al momento del estallido de la Primera Guerra, el centro del capitalismo estaba en Europa, con preeminencia británica. En Europa continental el país más desarrollado era Alemania, seguido por Francia. El desarrollo alemán comenzó a tomar impulso a partir de la unificación de sus distintos estados para la década del setenta del siglo XIX, bajo la hegemonía prusiana.  Fuera de Europa ya descollaban los Estados Unidos, cuyo producto bruto estaba superando al de Gran Bretaña, y en menor medida  Japón.

Karl Marx  ya había previsto la tendencia del capitalismo a la concentración monopólica (3), mucho antes de que esta tendencia fuese una realidad en los países capitalistas. Marx escribió la mayor parte de su obra en Inglaterra que era en aquellos momentos el único país con un desarrollo capitalista importante.

El cambio que se produce entre el desarrollo del capitalismo competitivo tal como brotó en Inglaterra y la concentración monopólica con la emergencia de un capital financiero independiente del capital industrial es analizado por Lenin en su ensayo.

Al inicio  del capítulo 7 Lenin hace una apretada y  didáctica síntesis del concepto de imperialismo, que aquí reproducimos:

“Si fuera necesario dar una definición lo más breve posible del imperialismo, debería decirse que el imperialismo es la fase monopolista del capitalismo. Una definición tal comprendería lo principal, pues, por una parte, el capital financiero es el capital bancario de algunos grandes bancos monopolistas fundido con el capital de los grupos monopolistas de industriales y, por otra, el reparto del mundo es el tránsito de la política colonial, que se expande sin obstáculos en las regiones todavía no apropiadas por ninguna potencia capitalista, a la política colonial de dominación monopolista de los territorios del globo, enteramente repartido.”.

 Y poco más adelante, en el mismo capítulo:

“….conviene dar una definición del imperialismo que contenga sus cinco rasgos fundamentales siguientes, a saber: 1) la concentración de la producción y del capital llegada hasta un grado tan elevado de desarrollo que ha creado los monopolios, que desempeñan un papel decisivo en la vida económica; 2) la fusión del capital bancario con el industrial y la creación, sobre la base de este "capital financiero", de la oligarquía financiera; 3) la exportación de capital, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia particular; 4) la formación de asociaciones internacionales monopolistas de capitalistas, las cuales se reparten el mundo, y 5) la terminación del reparto territorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes. El imperialismo es el capitalismo en la fase de desarrollo en la cual ha tomado cuerpo la dominación de los monopolios y del capital financiero, ha adquirido una importancia de primer orden la exportación de capital, ha empezado el reparto del mundo por los trusts internacionales y ha terminado el reparto de todo el territorio del mismo entre los países capitalistas más importantes.”

Lenin, utilizando las estadísticas disponibles en esos momentos, describe el proceso de concentración industrial y financiera, especialmente en Alemania y Estados Unidos, que por ser representantes de la segunda ola de crecimiento capitalista tuvieron que utilizar en sus inicios una estructura proteccionista que reforzó esa misma concentración. A diferencia de Inglaterra - donde el resultado natural de un capitalismo competitivo fue una gradual y progresiva concentración ante cada avance tecnológico y la acción “depuradora” de las crisis periódicas de sobreproducción - en los nuevos países industriales muchas ramas se concentraron desde casi el inicio de su capitalismo nacional. Fue la estrategia del proteccionismo industrial – y un extraordinario esfuerzo en ciencia y técnica  - que los conducía a cerrar la brecha con el pionero británico. Más adelante en el tiempo, una vez que hubieron logrado la madurez de sus propios desarrollos industriales, serían los nuevos campeones del “libre comercio”, pateando la escalera que les permitió llegar a la cima para que no suban otros, como nos lo recuerda Ha-Joon Chang (4) en su libro homónimo al citar la frase del economista alemán Friedrich List (1789-1846).

Sobre la tendencia hacia la concentración  en el primer capítulo Lenin indica que “Es extraordinariamente importante hacer notar que, en el país del librecambio, en Inglaterra, la concentración conduce también al monopolio, aunque un poco más tarde y acaso en otra forma” y luego “Medio siglo atrás, cuando Marx escribió "El Capital", la libre concurrencia era considerada por la mayor parte de los economistas como una "ley natural". La ciencia oficial intentó aniquilar por la conspiración del silencio la obra de Marx, el cual había demostrado, por medio del análisis teórico e histórico del capitalismo, que la libre concurrencia engendra la concentración de la producción, y que dicha concentración, en un cierto grado de su desarrollo, conduce al monopolio. Ahora el monopolio es un hecho. Los economistas escriben montañas de libros en los cuales describen manifestaciones aisladas del monopolio y siguen declarando a coro que "el marxismo ha sido refutado". Pero los hechos son testarudos -- como dice un refrán inglés -- y, de grado o por fuerza, hay que tenerlos en cuenta.”

Cien años después de estas palabras, cualquier parecido con la realidad actual no es mera coincidencia. Los defensores actuales del “neoliberalismo” siguen sin incluir en sus análisis la existencia dominante de los monopolios y la concentración, insistiendo en los beneficios universales de la libre competencia.

En el capítulo 6 Lenin analiza el reparto del mundo por las grandes potencias, indicando que en un cuarto de siglo tomaron el 90 % de África, casi llegaron al 100 % de la Polinesia y subieron  los elevados porcentajes que ya tenían en los otros continentes.

Es Inglaterra el poder colonial más extenso en ese período, ya que sumando Canadá, Oceanía, la India y sus posesiones en Asia y África llegaba, al inicio de la Primer Guerra Mundial, a los 33,8 millones de Km2.

Las posesiones del imperio zarista  en aquellos momentos eran las que están más allá de los Urales con sus yacimientos de petróleo y gas,  un conjunto de países de tradición islámica más los territorios de Bielorusia, Ucrania, Georgia y Polonia. Francia concentraba sus posesiones en África e Indochina. Portugal y Bélgica también tomaron importantes posesiones coloniales.

Frente a esos valores, las posesiones coloniales alemanas al inicio de la guerra no alcanzaban los 4 millones de Km2, lo que la ascendente burguesía alemana consideraba un desbalance del reparto previo, dada la potencia industrial del nuevo país.

La otra categoría que desarrolla Lenin, en paralelo con la de colonias formales, es la de semicolonia. Uno de los ejemplos  destacados de país semicolonial citado por Lenin es la Argentina.

Es importante la crítica de Lenin a autores que se consideraban marxistas, en especial Karl Kautsky y Rudolf Hilferding, dirigentes del Partido Social Demócrata Alemán, el partido de inspiración marxista más importante de Europa al inicio de la Gran Guerra, y que poco después se opusieron a la revolución rusa conducida por los bolcheviques. De este último cita varios párrafos de su libro “El capital financiero”(5), aunque en varios de ellos le reprocha su interpretación no marxista.

Sin embargo las críticas principales fueron dirigidas a Kautsky,  reconocido hasta antes de la guerra como el máximo teórico viviente del marxismo:

 “La definición de Kautsky está concebida así: "El imperialismo es un producto del capitalismo industrial altamente desarrollado. Consiste en la tendencia de cada nación industrial capitalista a someter y anexionarse regiones agrarias, cada vez mayores, sean cuales sean las naciones que las pueblan”…. “El imperialismo es una tendencia a las anexiones; he aquí a lo que se reduce la parte política de la definición de Kautsky. Es justa, pero extremadamente incompleta, pues en el aspecto político es, en general, una tendencia a la violencia y a la reacción. Pero lo que en este caso nos interesa es el aspecto económico que Kautsky mismo ha introducido en su definición. Las inexactitudes de la definición de Kautsky saltan a la vista. Lo característico del imperialismo no es justamente el capital industrial, sino el capital financiero” …………….."Desde el punto de vista puramente económico -- escribe Kautsky --, no es imposible que el capitalismo pase todavía por una nueva fase: la aplicación de la política de los cartels a la política exterior, la fase del ultraimperialismo", esto es, el superimperialismo, la unión de los imperialismos de todo el mundo, y no la lucha de los mismos, la fase de la cesación de las guerras bajo el capitalismo, la fase de la "explotación general del mundo por el capital financiero unido internacionalmente"…………..…….Las divagaciones inconsistentes de Kautsky sobre el ultraimperialismo estimulan, entre otras cosas, la idea profundamente errónea y que echa agua al molino de los apologistas del imperialismo, según la cual la dominación del capital financiero atenúa la desigualdad y las contradicciones de la economía mundial, cuando, en realidad, lo que hace es acentuarlas”

Dos guerras mundiales por contradicciones interimperialistas hablan a las claras que la visión de Kautsky sobre el imperialismo, y la creencia en una dominación mundial  en donde cesarían las guerras, era cuanto menos indulgente y en aquellas circunstancias cómplice.

Volveremos sobre la noción de ultraimperialismo o superimperialismo cuando analicemos las características de la Pax Americana que hegemoniza la etapa actual del capitalismo.

El último punto que revisaremos es la visión de Lenin sobre el reformismo de las clases obreras de los países imperialistas.

“El imperialismo tiene la tendencia a formar categorías privilegiadas también entre los obreros y a divorciarlas de la gran masa del proletariado.  Es preciso hacer notar que, en Inglaterra, la tendencia del imperialismo a escindir a los obreros y a acentuar el oportunismo entre ellos, a engendrar una descomposición temporal del movimiento obrero, se manifestó mucho antes de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Esto se explica porque, desde mediados del siglo pasado, existían en Inglaterra dos importantes rasgos distintivos del imperialismo: inmensas posesiones coloniales y situación de monopolio en el mercado mundial. Durante decenas de años, Marx y Engels estudiaron sistemáticamente ese lazo existente entre el oportunismo en el movimiento obrero y las particularidades imperialistas del capitalismo inglés”.

Hemos citado in extenso aquellos párrafos y conceptos que son medulares para la comprensión de la caracterización que hacía Lenin sobre la etapa del capitalismo en su época.  En lo que sigue trataremos de contrastar esa caracterización con la etapa actual.

 

3.- Los cambios en los cien años
En estos cien años hubo cambios impresionantes en el mundo: dos guerras mundiales que costaron cerca de cien millones de muertos, el surgimiento de la Unión Soviética como proyecto socialista en solitario hasta el fin de la segunda guerra, en los años treinta la depresión económica más importante de la historia del capitalismo, la ampliación del campo socialista al fin de la segunda guerra, inicio de la guerra fría, el proceso de descolonización y la ola de revoluciones socialistas en China, Corea, Cuba, Vietnam, Laos, Camboya y Nicaragua. Luego comienza el reflujo con el advenimiento al poder del neoliberalismo en las potencias centrales, el cambio político hacia el capitalismo en China, la rebelión de Solidaridad en Polonia, la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética en 1991, la consolidación de Estados Unidos como potencia hegemónica, el surgimiento de China como la segunda potencia mundial y la crisis mundial de 2008, segunda en importancia luego de la gran depresión de los treinta.

Recapitulemos brevemente  los cambios que se produjeron en las potencias imperialistas, cambios de hegemonía, ascensos y descensos, con posterioridad a la Primera Guerra.

 

El Imperio Británico después de 1914

Lenin indica en su libro la posición dominante británica en el conjunto de países imperialistas, con un imperio formal de 33,8 millones de Km2 y una superficie metropolitana de apenas 0,3 millones de Km2. La importancia económica de Estados Unidos no se traducía aún en un dominio político y militar equivalente a su tamaño, Francia como segunda potencia colonial tenía 11 millones de Km2, y la ascendiente Alemania “apenas” 3,4 millones. Rusia era un imperio atrasado, con incipiente desarrollo industrial a pesar de su extensión de 22,8 millones de Km2. Las otras potencias imperiales eran sensiblemente menores. Pero a pesar de esa superioridad Lenin no le reconoce condición hegemónica. La guerra que se estaba desarrollando aun tenía resultado incierto en 1916.

Además de su temprano  desarrollo industrial la principal ventaja que contaba Gran Bretaña para haber logrado su expansión imperial era la superioridad militar. Hasta la Segunda Guerra Mundial su armada era muy superior a todas la demás, incluida la de Estados Unidos (Brittania rules the waves, como decía la canción de Thomas Arne de 1740).

A la finalización del conflicto la victoria de la Triple Entente conducida por Gran Bretaña rearmó los límites de los territorios en disputa, tanto dentro de Europa como con cambios de influencia y dominio sobre posesiones imperiales en territorios coloniales de ultramar.

Gran Bretaña obtuvo el control de Palestina y la Mesopotamia (Irák y Arabia Saudita actuales), antes bajo la órbita otomana. También tomaron las colonias alemanas de Camerún, Togolandia, Tanganica, Ruanda y Burundi, la actual Namibia y la Nueva Guinea Alemana.

Pero el costo de la guerra había reducido el poder financiero británico para mantener su extendido imperio, ya que las oposiciones nacionalistas tenían un costo militar muchas veces superior a las riquezas saqueadas, con la importante excepción del petróleo en la Mesopotamia.

En la entre guerra habían adquirido independencia política Canadá, Australia y Nueva Zelandia, aunque permaneciesen dentro del Commonwealth. Tras la Segunda Guerra el Imperio Británico enfrentó, sin éxito, el proceso de descolonización formal que se inició con la independencia de la India en 1947 y la pérdida gradual de las colonias africanas en la siguiente década. Las demás potencias imperiales también tuvieron que ir desmantelando sus imperios, en algunos casos con acuerdos políticos manteniendo influencia económica, en otros luego de cruentos enfrentamiento como el caso de Argelia (1962) al separarse de Francia. Portugal fue uno de los últimos en disolver su imperio africano al reconocer la independencia de Angola y Mozambique en la década del setenta.

 

La hegemonía norteamericana

Al finalizar la primera guerra en 1918  había existido un ensayo  de ordenamiento internacional, con la creación de la Sociedad de las Naciones en 1919, en la Conferencia de Versalles, por inspiración del presidente norteamericano Wilson. Pero todavía Estados Unidos no había logrado una hegemonía sobre Gran Bretaña. Son éstos y los franceses, al imponer una extraordinaria dureza a las condiciones de rendición de Alemania, los que terminan por esterilizar el nuevo ordenamiento, desembocando veinte años después en la nueva guerra. Una vez más, Estados Unidos entrará en la segunda guerra una vez que los beligerantes europeos ha habían agotado parte importante de sus capacidades, decidiendo, junto al avance soviético sobre Alemania, el destino del conflicto.

La abrumadora superioridad tecnológica,  económica y militar  hizo emerger  en 1945 a Estados Unidos como la potencia occidental hegemónica (6). Ello se plasmó desde el fin de la guerra en un conjunto de nuevas instituciones que bajo su control se probaron más duraderas que la Sociedad de las Naciones: la creación de las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el GATT (ahora Organización Mundial de Comercio), y tantas otras instituciones internacionales. No es casual que la sede de las Naciones Unidas haya sido Nueva York, el centro del capital financiero mundial una vez que la guerra había menguado la preeminencia de Londres. Desde esos años el centro de la diplomacia internacional se reúne a la vista (y bajo la supervisión se podría agregar) de la City neoyorkina. El FMI y el BM tienen su sede en Washington, no en ningún país europeo.  Los símbolos cuentan.

Más adelante la alianza militar occidental se concretaría en la NATO (Organización del Tratado del Atlántico Norte). Por la destrucción de las economías europeas y del Japón, a la salida de la guerra el Producto Bruto de Estados Unidos rondaba el 50 % del mundial y su intervención fue fundamental para la recuperación de las economías europeas,  comenzando con el Plan Marshall en 1948.

Estados Unidos tenía pocas colonias formales antes del conflicto (Puerto Rico, Filipinas) y no avanzó en ello a su finalización, pero incrementó muy fuertemente su presencia e influencia directa en todos los continentes, ante el vacío que se producía por la debilidad temporal de las potencias europeas y Japón.

 

Del colonialismo a la dependencia

La debilidad relativa de las potencias imperiales europeas a la salida de la segunda guerra generó las condiciones objetivas para que las fuerzas independentistas de las colonias lograsen sus objetivos políticos. Si por un lado el proceso de independencia dejó atrás el oprobioso período de las colonias formales, con sus innumerables estigmas, el cambio no significó muchas veces en los hechos más que una formalidad y concesión al orgullo nacional de los pueblos, sin cambiar demasiado la dependencia económica, en especial en los países de África, el continente de menor desarrollo entre las áreas coloniales.

De una u otra forma, se ampliaban los países semi coloniales, tal como había ejemplificado Lenin con la Argentina. Algunos de ellos  iniciaron un avance independiente hasta lograr un desarrollo considerable, como los casos de China y otros países del Extremo Oriente. La experiencia fue más mezclada en Latinoamérica, con procesos nacionales importantes en Brasil, México, Argentina, Cuba  y otros países, con avances y retrocesos. La mayoría de los países africanos se mantuvieron estancados y expoliados en sus materias primas. Las especiales condiciones de tierras pobres y desiertos, grandes reservas de petróleo y la religión islámica creó un capítulo especial en todo Medio Oriente, donde la lucha por la independencia se enfrentó con las apetencias de las potencias imperialistas.

 

Ascenso y caída del campo socialista

La ampliación del campo socialista con los países de Europa Oriental llevaron al período de la Guerra Fría, que se exacerbó  con el triunfo de la revolución en China (1949) y el período revolucionario de los años cincuenta a setenta (Cuba, Vietnam, Laos, Camboya, Nicaragua). El resto de los países imperialistas aceptó la conducción de los Estados Unidos.  Este país enfrentó, al borde de la destrucción nuclear, al campo socialista conducido por la Unión Soviética. Ello no impidió que durante cerca de treinta años el crecimiento de este país fuese  muy significativo, pero luego comenzó a estancarse progresivamente.

La presión militar de Estados Unidos obligó a la URSS a un enorme esfuerzo militar, llegando a representar entre el 15 al 17 por ciento de su PBI mientras Estados Unidos gastaba el 6 o 7 por ciento (7). A esa presión externa se sumaron contradicciones internas (8)  para continuar el avance de la producción y las mejoras de las condiciones de su población, habiendo entrado en un estancamiento a partir de mediados de los años setenta. Cuando la dirigencia política quiso hacer las reformas a partir de 1985, con la perestroika o reestructuración de Mikhail Gorbachev (9) terminó en una debacle económica y la disolución desordenada del sistema socialista (caída del Muro de Berlín en 1989 y  disolución de la URSS en 1991), y la independencia de Rusia de varias de las naciones que la componían previamente.

Previamente, tras la muerte de Mao en China, en 1978 asumió el liderazgo Deng Tsiao ping, quien condujo los cambios graduales que llevaron a su país de un sistema de propiedad estatal de los medios de producción a un sistema mixto con el crecimiento acelerado concentrado en la economía privada, reteniendo (hasta ahora) el control de sectores estratégicos de la industria, la infraestructura y casi  todas las actividades financieras y bancarias.

 

4.- La situación actual

Muy a vuelo de pájaro hemos pasado por los cien años que separan el momento de la escritura de “El Imperialismo” y la situación actual, en donde se ha afianzado la hegemonía norteamericana. Es pertinente preguntarse si todos estos cambios significan que estamos en una etapa diferente respecto de la caracterización hecha por Lenin. Para ello conviene repasar los cambios  por un lado en el sistema político del imperialismo y por el otro en el sistema económico del capital financiero.

En el plano político, el imperialismo actual no está basado en la dependencia formal de colonias, sino en la dependencia económica y financiera, cultural y militar (la garantía de última instancia) de las áreas bajo su influencia. A diferencia de la época anterior, en que varios imperialismos europeos se disputaban áreas de influencia y recursos naturales, el sistema imperialista actual tiene un centro en Estados Unidos con el conjunto de los países imperialistas europeos y Japón que aceptan su conducción estratégica en general, sin renunciar a sus propias  áreas de influencia y sus propios desarrollos.

Son pocos los países importantes que quedan fuera de la órbita del país hegemónico. Notoriamente China y Rusia. La primera está desarrollando las características propias de un país imperialista aunque aún sean incompletas: a la exportación de mercancías ha seguido la exportación de capitales, tanto de capital industrial, minero o agrario, como de capital financiero en la forma de bancos, compañías de seguros y préstamos financieros para obras de infraestructura. Esas inversiones son necesarias para vehiculizar los recursos naturales hacia la metrópoli china. El hecho que las empresas financieras chinas sean de capital estatal en nada cambia la modalidad, similar a la privada de los otros países capitalistas, aunque con objetivos estratégicos de más largo plazo que la ganancia inmediata de estas. Su poderío militar es creciente y tiene  importancia regional en sus fuerzas convencionales, además de su importante y creciente capacidad nuclear y misilística de largo alcance. No tiene aun  - a diferencia de Estados Unidos y algunos de los países imperialistas más antiguos -  bases militares en el exterior. Las características faltantes se irán desarrollando en el tiempo, en especial luego que el Yuan adquiera el status de moneda de reserva internacional, a fines de la presente década.

Es una ironía de la historia que China, país dirigido por el Partido Comunista, haya sido una de las armas con que los países de Occidente disciplinaron a sus propias clases obreras, mediante la competencia de sus baratas producciones industriales. Aprovechando esa vía de expansión China se transformó – siguiendo su propia lógica de desarrollo industrial con alta intervención estatal - en una potencia económica crecientemente capitalista que pronto llegará a ser la economía más grande del mundo. Ello no quiere decir la más importante ni la hegemónica, al menos en las próximas décadas.

Estados Unidos diseñó al fin de la guerra el sistema mundial en donde opera el capital, tanto el capital industrial, mediante los acuerdos de libre comercio, inversiones  externas, reconocimiento de patentes, etc., como acuerdos sobre la libre circulación del capital financiero. La creación bajo su patrocinio de las Naciones Unidas y los distintos organismos como el FMI, BM, OMC y otros tantos fijaron las nuevas reglas del juego, que fueron en el sentido de la restauración de las condiciones de circulación sin restricciones de mercancías (eliminación progresiva de aranceles) y capitales, y una creciente liberalización financiera que llevó mucho tiempo en función de la debilidad de esas instituciones  al finalizar el conflicto armado.

En el plano económico la hegemonía del capital financiero de los países imperialistas no es función de alguna característica más avanzada de la actividad financiera en sí misma, sino del grado de desarrollo del capitalismo industrial al cual domina. El capital financiero norteamericano no es el dominante a nivel internacional porque sus ejecutivos hayan desarrollado los instrumentos financieros más sofisticados (y letales) sino porque su base de operación es el capitalismo industrial más desarrollado del mundo, aquel de mayor productividad y creatividad en el desarrollo de nuevos procesos, nuevos productos y nuevos servicios. El centro del capitalismo financiero fue pasando de la potencia económica principal de inicios del siglo XX, Inglaterra, a la potencia emergente, Estados Unidos, exclusivamente por la fortaleza del capitalismo industrial que le da la base de sus operaciones financieras, preeminencia plasmada en la superioridad militar.

Es totalmente válida la afirmación de Lenin sobre la hegemonía del capital financiero imbricado íntimamente con el capital industrial monopolista sobre todas las otras formas de capital. No hay otra fracción de clase capitalista al comando del sistema en su conjunto ni ese orden ha sido suplantado por la propiedad social de los medios de producción. En realidad hemos vuelto a esta forma “pura” de hegemonía tras haberse puesto en entredicho la preeminencia del capital financiero. Fueron tres cuartos del siglo XX en que se puso en duda si el capitalismo en general, no solo la fracción del capitalismo financiero, iba a ser la forma dominante.

Primero fue la Revolución Rusa, que inició un período de construcción del socialismo que amplió su campo tras la Segunda Guerra Mundial. Esta división del mundo entre sistemas enfrentados se mantuvo hasta la disolución del campo socialista. Hasta la mitad de los setenta, la alternativa socialista disputó seriamente el orden del capitalismo. Luego las contradicciones internas en los países socialistas que se manifestaron en su estancamiento, sumado a la presión sobre el presupuesto soviético del esfuerzo militar para mantener paridad bélica con Estados Unidos, y el estancamiento de los procesos revolucionarios en el Tercer Mundo, congelaron esta perspectiva.

Pero también hubo una reacción contra el accionar especulativo del capital financiero en los países capitalistas. Fue el New Deal de Franklin Delano Roosvelt en 1934 el que, ante la debacle de la crisis que estalló en 1929, impuso crecientes e importantes regulaciones a las actividades financieras, y dio lugar a una elevada intervención estatal en la economía. En forma teórica la crítica al liberalismo fue expresada por Keynes en su obra de 1936, con gran influencia luego de su muerte al final del conflicto. La Segunda Guerra significó un aumento extraordinario de esa intervención, en Estados Unidos y también en Europa, en especial tras el conflicto. La extraordinaria destrucción de la guerra no solo arrasó con millones de vidas, bienes personales y el capital físico en industrias e infraestructuras.  También hizo reducir a una fracción de su valor de preguerra los valores bursátiles y las reservas del sistema financiero privado. La reconstrucción de posguerra se hizo con un sistema financiero muy endeble, apenas una sombra de su poder previo a la crisis de Wall Street de 1929. En Europa los bancos e instituciones estatales nacionales y supranacionales habían suplantado a la banca privada en la tarea de poner la economía capitalista nuevamente en movimiento. Las regulaciones a las actividades privadas y la mayor presencia del Estado, tanto en la esfera de la producción como en la financiera marcaron esa etapa de reconstrucción que dio lugar al Estado de Bienestar.

Es recién a partir de los setenta en adelante, con la eliminación de la convertibilidad del dólar en 1971 y el incremento de los precios del petróleo (1973 y 1978) y la necesidad de recircular esos excedentes como petrodólares financieros, que la actividad financiera recupera su papel.  Ese poder financiero se rehízo  por la reconstrucción económica europea  y el manejo de esos crecientes excedentes.

Es en esos años que el conjunto de las clases propietarias percibieron que las clases trabajadoras europeas no sentían atracción por el socialismo de tipo soviético, dando comienzo a la contrarrevolución conservadora de fines de los setenta con Thatcher y Reagan. La eliminación progresiva de las regulaciones y propiedades estatales en el campo financiero, del comercio exterior, en los servicios públicos, la industria, etc,  marcó el cambio de época. Fue el inicio del retorno – no exento de contradicciones y retrocesos – al liberalismo previo al estallido de la Gran Guerra.

Si bien no hay cambio de sujeto social hegemónico (el capital financiero unido al capital industrial monopólico), sí hay cambios importantes en las características de la nueva etapa. La hegemonía de Estados Unidos a partir de 1945 sobre el resto de las viejas potencias imperialistas llevó a importantes cambios. El retorno a la reducción progresiva de los derechos arancelarios y la liberalización financiera internacional – unido a la revolución científico técnica de la computación y las comunicaciones – permitió la globalización de las actividades productivas. Ahora se desmiembran en distintos países los procesos que antes se realizaban en un solo establecimiento, expandiendo cadenas de valor internacional con centro en los países imperialistas y apéndices productivos en los países de salarios más baratos. En el centro la producción más avanzada y compleja, la ingeniería de producto y la de proceso, así como el equipamiento original  y las redes comerciales. En la periferia la producción fabril de esos bienes desarrollados en el centro, repartida en los distintos países donde la relación entre productividad y costo laboral fuese más conveniente.  Una repetición a otro nivel de la vieja dicotomía entre países industriales y de base primaria. En esta nueva configuración el control social sobre los trabajadores de los países participantes es evidente: si los salarios suben en un país por encima de la variación de su productividad, esa parte del proceso se mudará a otro con mano de obra más barata. Este es el planteo que vienen escuchando los trabajadores de los países centrales desde hace treinta y cinco años. Los bajos costos de entrada y salida (ausencia de aranceles, irrestricta movilidad del capital, progresiva pérdida de derechos laborales) son los instrumentos acordados con los organismos internacionales teóricamente neutrales (FMI, BM, OMC, etc.) que fueron acorralando a esos trabajadores. China y el resto de los productores industriales baratos de Asia fueron los arietes utilizados para abrir las brechas.

Estos cambios en la esfera de la producción globalizada están combinados con el crecimiento y el retorno a la hegemonía del capital financiero luego de superados los traumas causados por la última guerra mundial. Por un lado con la hipertrofia de los derivados (contratos a futuro sobre precios de productos, o de otros derivados, esto es derivados de derivados), en una especulación permanente y creciente. Capital ficticio cuyo valor nominal excede varias veces el valor del PBI mundial y cuyas oscilaciones pueden hacer caer la economía mundial como un castillo de naipes al estilo de lo que ocurrió en la última gran crisis de hipotecas subprime que se desató en 2008.

Así como en el campo privado la especulación financiera basada en los derivados conduce periódicamente a crisis como la mencionada, la acción del capital financiero con los estados marca claramente la dependencia de la política del capital privado. Los ciudadanos votan cada dos años mientras el capital financiero “vota” todos los días, condicionando a los gobiernos que – de buen grado o a la fuerza de golpes de mercado – terminan cediendo.

Ejemplo de ello son las condiciones impuestas a los estados para recibir ayuda financiera ante dificultades en sus balances de pago, como condición previa para el acceso al mercado de capitales privado. Los países latinoamericanos tienen una larga experiencia en este tipo de extorsión. Esto no es una “nueva etapa” (Argentina tomó su primer empréstito de Baring Brothers al inicio del siglo XIX) pero su extensión y lazos condicionantes son mucho más importantes hoy que en la época de Rivadavia o posteriormente, la de Lenin.

El superimperialismo

Dentro de las tesis de Lenin un punto importante es la crítica a las posiciones de Kautsky, en especial el superimperialismo como hegemonía pacífica de una potencia sobre las restantes. En la visión de Lenin era una forma de embellecer un futuro de paz bajo la mirada benevolente del  primus inter pares. Kautsky no lo llega a expresar claramente, pero se puede deducir que el superimperialismo benevolente iba a ser Alemania, si como pensaban la mayoría de los alemanes su país triunfaba en la guerra.

Las dos guerras son la demostración palmaria que las disputas entre las principales potencias imperialistas de la época no se resolvieron pacíficamente, pero la emergencia del campo socialista de un lado, y el ascenso hacia posiciones hegemónicas de los Estados Unidos en el campo capitalista, cambiaron, al fin de la última contienda, las condiciones de equilibrios inestables previos.

Podría decirse entonces que la previsión de Lenin sobre las abiertas guerras  inter imperialistas fue una correcta interpretación de la forma de dirimir esferas de influencia, al menos hasta el fin de la última guerra mundial. A su vez Estados Unidos, el superimperialismo que surgió tras el debilitamiento de los europeos, no encaja en la visión edulcorada que le asignaba Karl Kautsky a ese estadio superior.

El mundo se reorganizó de acuerdo a los intereses generales de los Estados Unidos, que dominó a las ex potencias imperiales y al conjunto de países ex coloniales y dependientes, rebautizados “en desarrollo”, con la oposición del campo socialista hasta su disolución. Esa reorganización se plasmó en organismos internacionales como las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio, entre otras. Estas instituciones son manejadas por las principales potencias con una clara predominancia de los Estados Unidos.

Pero si bien no se repitieron las guerras abiertas entre las potencias imperialistas, y desde hace 25 años la Pax Americana no ha tenido desafíos a su hegemonía,  los setenta años que siguieron al último conflicto están lejos de haber sido un período de paz. Son incontables las intervenciones armadas de los Estados Unidos, sólo o acompañado por alguna o varias de las potencias de segundo grado. La diferencia en esta nueva etapa es que los objetivos atacados eran en general terceros países que de una u otra forma estaban desafiando alguna de las ventajas estratégicas de Estados Unidos o de alguno de sus aliados incondicionales. Petróleo y Medio Oriente, con las infinitas variables y complicaciones pensables, sintetizan la parte más importante de este escenario.

Una de las características importantes de esa etapa de posguerra fue el incremento sideral de las inversiones directas de capital industrial norteamericano en los países ex beligerantes, que fue seguido, luego de la recuperación europea, por inversiones directas cruzadas entre los países centrales por sobre las inversiones en colonias o países dependientes que había caracterizado al inicio del imperialismo. También las exportaciones se multiplicaron dentro de los países desarrollados, con especializaciones interindustriales más que el intercambio industria vs. materias primas que caracterizó el período anterior. Estos cambios en la economía real comenzaron antes del retorno de la hegemonía plena del capital financiero.

Las condiciones de vida popular bajo el capitalismo en los países centrales, en especial Europa Occidental y Japón de posguerra, mejoró ostensiblemente  en el período de los treinta años del Estado de Bienestar. Ello podría llevar a pensar que las previsiones de Kautsky sobre el ultraimperialismo benévolo eran acertadas, al menos para los trabajadores de los países metropolitanos. Sin embargo no es totalmente así, y lo que parecía un nuevo e irreversible estadio del capitalismo, con amplias concesiones a los trabajadores, era  una etapa de equilibrio inestable mientras se disputaba la primacía  económica, política y militar del campo capitalista frente al socialista.

Una vez que el campo socialista implotó las tendencias previas a la liquidación progresiva del Estado de Bienestar y aumento de las diferencias sociales se fueron profundizando también en los países centrales, proceso lento e inacabado  pero continuo. Continúan los cambios científicos y tecnológicos modificando la estructura productiva, tanto en procesos como en bienes y en especial servicios, pero la distribución de esos incrementos productivos es cada vez más desigual, en los países centrales y más aun en la periferia menos desarrollada.

Existe en la posguerra un elemento que no existía en la época de Lenin: el arsenal atómico, que a diferencia de la capacidad militar de principios del siglo XX, es capaz de hacer desaparecer todo tipo de vida en el mundo. Estados Unidos y Rusia tienen arsenal nuclear suficiente para ello, y se deben agregar un puñado de países con capacidad bélica nuclear: Gran Bretaña, Francia y China (los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas). Al margen de estos cinco otros cuatro han detonado bombas o tienen capacidad de hacerlo: India, Paquistán, Corea del Norte e Israel.

La hegemonía actual de los Estados Unidos está basada no sólo en los avances científicos y tecnológicos que le permiten contar con una mayor productividad laboral en los campos decisivos y ser la base de su capital financiero. El elemento que consolidó ese dominio fue la ampliación de la presencia militar, con un poder de destrucción muy superior a cualquier rival  actual, y con más de 600 bases militares en todo el mundo. El dominio en la esfera ideológica y cultural, a través  de la hegemonía sobre los medios de comunicación y entretenimiento, es la consecuencia de la preeminencia en las áreas mencionadas, y no existiría sin ellas.

 

Las clases obreras en el centro

Lenin indicaba que ya Marx y Engels hablaban de las desviaciones oportunistas de fracciones importantes de la clase obrera inglesa, conscientes de recibir parte de los beneficios de la explotación colonial. Al momento del estallido de la primera guerra, también la clase obrera alemana estaba muy imbuida del pensamiento reformista, encarnado en Eduard Bernstein (11), el jefe del ala derecha del Partido Socialdemócrata Alemán. Es que la lucha sindical había arrancado concesiones al capitalismo alemán, que las podía dar en función de su elevada productividad y el acceso a materias primas baratas en sus zonas de influencia, las que buscaba ampliar para consolidar su preeminencia en el continente europeo. Muchos de los líderes sindicales alemanes, formalmente marxistas, eran conscientes que su bienestar dependía de la fortaleza de “sus” capitalistas, y de las posibilidades de ampliar la influencia imperial de ese país que había llegado tarde a la rapiña del mundo. Recordemos que para cuando se acelera la colonización formal de los continentes a partir de 1875, Alemania estaba recién en un proceso de unificación.

Muy distinta era la posición de la pequeña clase obrera de Rusia, el atrasado Imperio de los Zares, con grandes fábricas concentradas en Petrogrado (San Petersburgo) y Moscú. La combinación de los desastres de la guerra para Rusia, y un proletariado joven y muy concentrado conducido políticamente por una organización revolucionaria lograría, a poco más de un año de la escritura de “Imperialismo”, el control político por el  partido bolchevique del país más grande del mundo.

Las clases obreras de los países centrales recorrieron distintos y cambiantes caminos tras el estallido de la primera guerra. La derrota de Alemania no llevó al socialismo a su clase obrera. Los socialistas eran el partido más importante, pero no se movieron de su estrategia reformista. La revolución espartaquista conducida por el nuevo, pequeño y mal preparado  Partido Comunista de Rosa Luxemburgo y Karl  Liebknecht fue derrotada en 1919 y sus líderes asesinados. La república soviética de Hungría (1919) duró poco en el poder y el resto de los conatos revolucionarios terminó en derrotas. Las clases obreras de Francia e Inglaterra estuvieron lejos de la revolución y la huelga británica de 1926 marcó su punto de lucha más alto, para declinar desde allí.  La revolución rusa quedó aislada de la clase obrera europea  y sometida a años de bloqueo e intervención de los ejércitos extranjeros y los de las clases propietarias rusas.

El pensamiento  marxista se expandió en los países de Europa Meridional y Oriental, y ello dio una base de crecimiento a los partidos comunistas tras la derrota del fascismo. Nunca hizo pie firme en Estados Unidos ni fue importante en el Reino Unido o sus colonias, ni en los países de Europa Septendrional.  Sí fue un factor político importante, junto al antiimperialismo, en muchos países del Tercer Mundo.

Los beneficios conseguidos por las clases obreras europeas tras la segunda contienda los fueron llevando hacia posiciones cada vez más reformistas, al margen de su adhesión formal a centrales sindicales socialistas o comunistas o a los PC nacionales.

En ese sentido, las tendencias esbozadas por Lenin, lejos de ser una desviación momentánea del proletariado de los países centrales, fue cada vez más una tendencia consolidada a la obtención de reformas progresivas dentro del capitalismo.

Esos beneficios de los sectores trabajadores en el centro son el resultado de dos factores simultáneos que se refuerzan.

Por un lado las clases obreras participaban – en  medida menor pero no desdeñable – de los beneficios de “sus” burguesías imperialistas conseguidas mediante la exportación de productos industriales, la importación barata de materias primas, la exportación de capital con su repatriación de dividendos, y las distintas formas de rapiña y explotación de los países dependientes. Esa faceta fue claramente identificada por Lenin.

La otra parte del incremento del nivel de vida de las clases obreras estuvo dado por el extraordinario crecimiento de la productividad laboral – resultado de la aplicación a la industria de los avances de la ciencia y de la técnica - que posibilitó el aumento de los salarios reales. Ello fue evidente no solo en Inglaterra sino en Estados Unidos desde antes del inicio del siglo XX y aceleradamente en Europa Occidental tras la segunda guerra.

Este factor no fue debidamente analizado por el pensamiento marxista clásico, y cuando fue estudiado fue negado explícitamente, como en el caso de Rosa Luxemburgo (12). Si desde el ángulo del dominio de clase a nivel mundial no hay una etapa superior, dado que continúa la preeminencia de la forma capital financiero, los cambios en la esfera de la economía real con el aumento permanente de la productividad produjeron cambios en la estructura social y en la esfera política, tanto en los países centrales como los periféricos.

La noción de Marx sobre el salario de subsistencia tuvo que pasar a interpretarse en sentido relativo, subsistencia en las condiciones sociales de una sociedad determinada, lo que es un reconocimiento oblicuo de un hecho incontrastable: el “salario de subsistencia” iba incorporando cada vez más bienes y servicios y la condición objetiva de esos trabajadores – con sus avances y retrocesos - iba mejorando, al margen del calificativo que se le ponga. Las consecuencias de estos cambios en el nivel de vida y en la conciencia política de los trabajadores en los países centrales alejaron las posibilidades revolucionarias imaginadas por el pensamiento marxista del siglo XIX y por el pensamiento leninista en el siglo XX. Esas mejoras casi se han detenido en el centro, en especial en Estados Unidos, desde hace treinta y cinco años, a pesar del continuo incremento de la productividad, dando origen a contradicciones crecientes.

En el capítulo 8º Lenin analiza el parasitismo del capital financiero, como capital ficticio que termina conduciendo en su propio beneficio a todas las otras formas previas de capital, en especial subordinando al capital industrial. En este sentido sus tesis se mantienen plenamente vigentes. Pero al mismo tiempo indicaba que ello era el indicador de una descomposición que por lógica llevaría a su pronta disolución. Por tratarse de un libro “legal” (escrito para poder ser publicado en la Rusia de los zares como lo indica en su prólogo posterior a la revolución) no lo expresa claramente, pero los socialistas revolucionarios como Lenin, Trotsky o Rosa Luxemburgo, no dudaban sobre el  rol de la clase obrera como enterradora del capitalismo, tarea que llevaría adelante en un futuro cercano. Han pasado cien años y la clase obrera no fue el sujeto revolucionario que eliminó un sistema social parasitario. Ello al menos en los países imperialistas y los más desarrollados, donde se profundizaron las tendencias reformistas indicadas por Marx para Inglaterra y por Lenin para la situación europea de preguerra.  Las revoluciones socialistas se concentraron en países periféricos, allí donde las contradicciones sociales son más agudas. El inicio fue en Rusia, el eslabón más débil de las potencias imperialistas según Lenin, un imperialismo con fuerte dependencia financiera e industrial de los imperialismos más adelantados de Francia, Alemania e Inglaterra.

La tendencia a la concentración económica le hizo pensar a Marx en una división social en donde un número creciente de proletarios se opondría a una ciudadela cada vez más pequeña de capitalistas, con la disolución de todas las clases precapitalistas desembocando en la clase obrera. En un  cierto momento esa concentración de obreros industriales llegó a ser el sector más importante de las sociedades avanzadas, pero luego el crecimiento incesante de la productividad hizo que la producción industrial creciese con cada vez menos obreros, y la ocupación de las poblaciones se fue inclinando cada vez más hacia trabajadores de servicios. La asalarización creció, pero la fracción de los obreros manuales dentro de esos asalariados se ha ido reduciendo cada vez más, y actualmente los obreros industriales  son poco más del 10 % de la población económicamente activa de los países centrales. Es un proceso similar al ocurrido previamente con la población campesina, que del 80 % de la población europea hoy es menos del 5%, con una producción primaria superior varias veces a la que obtenía en otros siglos. Las consecuencias políticas de estas mutaciones sociales han sido  decisivas.

 

Imperialismo y Nación

Si el concepto de imperialismo desarrollado por Lenin tuvo una importancia histórica trascendente en estos cien años no ha sido en los países centrales sino en aquellos que lo padecen, en los países coloniales y semi coloniales, o dependientes , o en desarrollo, o Tercer Mundo. Es en la doble condición de trabajador y ciudadano de un país dependiente donde se concentran las contradicciones sociales del régimen capitalista a nivel mundial. Sufren la explotación de las clases propietarias en su país y además el país sufre las exacciones a que es sometido por los países imperialistas, desde el intercambio comercial, la remisión de utilidades y regalías, y el oneroso financiamiento de las deudas públicas, verdaderas cadenas de la dependencia.

Para las clases populares de estos países la dependencia de las metrópolis imperialistas es el principal obstáculo para su propio desarrollo. Solo muy pocos  países periféricos han pasado al estadio de desarrollados o están en vías de lograrlo, casi todos en Asia. Por su magnitud se destacan China e India, aun con las diferencias de desarrollo entre ellas y con respecto al centro. En otros casos como nuestra Latinoamérica varios han logrado un desarrollo parcial, dependiente, desigual y combinado, con actividades de alta productividad, ligadas al mercado internacional, y otras de atraso profundo. La dependencia del centro es una de las principales causas de esos desbalances profundos.

 

5.- Síntesis y Consideraciones Finales

Este trabajo no pretende hacer un balance de todo el  pensamiento de Lenin, o de la experiencia del socialismo en el siglo XX, que hemos analizado en otro trabajo. Nuestro objetivo era el análisis de sus tesis sobre la naturaleza del imperialismo como sistema político del capital financiero en la era de los monopolios.

A pesar de los innumerables cambios que ha habido entre el momento de la escritura de “Imperialismo” y hoy, la tesis principal (el imperialismo como última fase del capitalismo) ha resistido el paso del tiempo: la monopolización ha avanzado fuertemente y el capitalismo ha permeado todos los poros de la actividad económica mundial. La lógica interna del capitalismo que lo lleva al monopolio y el dominio del capital financiero a nivel internacional es una descripción certera de su tendencia. Durante tres cuartos de siglo esa tendencia fue detenida o revertida parcialmente por un proceso de revoluciones y cambios sociales que crecieron, se amesetaron y retrocedieron.

Por un lado no hay una fase superior desde el punto de vista de la fracción de clase hegemónica: sigue siendo (más intensamente ahora) el capital financiero internacional. Por otro lado domina un superimperialismo, contra la opinión de Lenin en su disputa con Kautsky, pero el mismo no tiene las características “benévolas” que suponía éste. La Pax Americana se impone por poder financiero, económico y militar, por acción o por amenaza, todo encubierto a la opinión pública gracias al dominio de los medios de comunicación que embellecen sus actos.

A su vez las consecuencias políticas de este estadio superior no se correspondieron con las expectativas puestas por Lenin y los revolucionarios del siglo XX. En especial el papel de la clase obrera en los países centrales.

En el siglo XX hubo un desafío a la hegemonía capitalista en su conjunto, con la aparición de la Unión Soviética en 1917 y la ampliación del campo socialista tras la finalización del segundo enfrentamiento inter imperialista en 1945. Pero la ofensiva neoconservadora de los años 80 del siglo pasado – aprovechando contradicciones internas y con una gran presión militar – logró que se quebraran esas experiencias.

Hemos vuelto a las tendencias imperantes al momento del estallido de la Primera Guerra Mundial: el dominio político del mundo por un conjunto de potencias imperialistas lideradas ahora por Estados Unidos, como representantes del capital, que a su vez es hegemonizado por el capital financiero en la época de la monopolización.

Son distintos los actores. La preeminencia británica ha sido sustituida por la hegemonía norteamericana. Los desafiantes también son distintos. En la primera y segunda guerra fue Alemania. Actualmente el país más importante luego de Estados Unidos es China, que no es un país subordinado a Estados Unidos como lo son las potencias europeas o el Japón. China junto a la muy disminuida Rusia son los países  más importantes fuera de la órbita de influencia de la potencia hegemónica.

China puede disputar la hegemonía de EEUU en el futuro. Ello es a condición de que logre – como se ha propuesto - descontar la distancia en la generación autónoma en ciencia y técnica con aquellos (13). Uno de los problemas principales que  enfrenta Estados Unidos es cómo acomodar las exigencias que irá haciendo China a medida que la importancia de ésta  entre en contradicciones con sus propias zonas de influencia, como por ejemplo  Medio Oriente con el acceso al petróleo, entre otras (14). Pero será una disputa sobre quién es el país  hegemónico en el proceso de acumulación capitalista, no sobre el capitalismo versus el socialismo.

A los efectos prácticos, el mundo es hoy tan capitalista como lo era en 1916. Solo Cuba y Corea del Norte no tienen relaciones capitalistas. A diferencia de hace cien años ya no quedan “áreas vacías”, y continentes enteros precapitalistas han entrado en relaciones capitalistas. El capitalismo “globalizado” inunda los poros de todas las sociedades con una intensidad y profundidad muy superior a la que existía hace cien años. El imperialismo domina al mundo  aunque algunos países opongan sus intereses nacionales – con mayor o menor éxito  - a las tendencias  hegemónicas al libre movimiento de mercancías y capital.  El intermedio del “corto siglo XX” como lo denomina Hobsbawm (15), en donde se morigeraron algunas de las tendencias del capital financiero y el capital en general, ha quedado atrás. Luego del retorno de los (neo)liberales al poder político las tendencias a la concentración de ingresos y riquezas han vuelto a dominar la escena, como bien lo documenta Piketty (16).

El dominio del  capital financiero es el principal motivo de las crecientes desigualdades sociales, tanto al interior de los países centrales y más aun en la  periferia dependiente y semi-desarrollada.

El imperialismo, en sus distintas expresiones y  modalidades, siguió siendo un elemento condicionante del tipo de desarrollo de los países dependientes, y muy pocos países (asiáticos) han podido superar ese estadio, en condiciones muy especiales que quedan fuera de este análisis. El resto de los países periféricos, incluida nuestra América latina, soportan la presión de las potencias imperialistas que condicionan su desarrollo y agravan las condiciones de sus clases populares.

Si el imperialismo tradicional necesitaba las colonias formales para legalizar su extracción de recursos, el imperialismo del siglo XXI utiliza los controles de los organismos internacionales creados por la potencia hegemónica (Naciones Unidas, FMI, BM, OMC, etc), que se suma a la presión tradicional de las embajadas imperialistas.

El capitalismo revoluciona permanentemente los medios de producción y en su afán de riquezas utiliza e incentiva los avances de la ciencia y de la técnica cuyos frutos podrían liberar a la humanidad del hambre, las enfermedades y la miseria. La riqueza socialmente creada alcanzaría hoy para que esos objetivos sean realidad para todos los habitantes del planeta. Sin embargo la apropiación desigual de los esfuerzos colectivos ha llevado a una diferenciación creciente de  consumos y patrimonios dentro de los países centrales y a la profundización de la transferencia de recursos desde los países dependientes hacia el centro.

No sabemos cuándo las  fuerzas sociales sometidas al vértigo del capitalismo lograrán poner un freno a las injusticias e irracionalidades de un mundo dominado por el afán de lucro de unos pocos. Tampoco sabemos cómo se resolverá el acelerado agotamiento de los recursos naturales y el deterioro del medio ambiente en el afán de incrementar la tasa de ganancias, o si las contradicciones inter imperialistas derivarán en conflagraciones más amplias en el futuro. Cuando las contradicciones sociales de nuestra época sean resueltas por una reconfiguración del sujeto social que la lleve adelante, esa resolución dará nacimiento a otras contradicciones, y así de seguido. No hay fin de la historia, ni imperios permanentes ni sistema social eterno.

***************************

Notas y Bibliografía:

1.- V.I. Lenin. “El Imperialismo, fase superior del capitalismo” (1916).  Lenin Internet Archive, cuya versión en castellano se  encuentra en http://www.marx2mao.com/M2M(SP)/Lenin(SP)/IMP16s.html

2.- Eric Hobsbawm. La era del Imperio (1875-1914). Labor Universitaria. Monografías.

3.- Karl Marx. “El Capital”. Tomo I. Editorial Cartago (1956), Sección Séptima, Cap. XXIII “La ley general de la acumulación capitalista”. El concepto de concentración tras la etapa de competencia está presente en muchos de los trabajos de Marx.

4.- Ha-Joon Chang. “Kicking away the laden” (Pateando la escalera) (2002). Anthem Press.

5.- Rudolf Hilferding. “El capital financiero” (1910). Editorial Tecnos S.A. Madrid (1963).

6.- Josep Fontana. “Por el Bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1945”. Pasado y Presente. Barcelona (2011). Detallado análisis del ascenso de EEUU.

7.- Josef Fontana, op.cit. cap. 13.

8.- Jorge Molinero. “La caída del socialismo” (2013) https://www.dropbox.com/s/0uuz3fmx0o7x39h/2013-07-27-%20La%20ca%C3%ADda%20del%20socialismo.pdf?dl=0.

9.- Mikhail Gorbachev. “Perestroika - Mi mensaje a Rusia y al mundo entero”. Ediciones B, Grupo Zeta. Barcelona (1987).

10.- Jorge Molinero: Las Crisis Económicas (2011): https://www.dropbox.com/s/b9a19y7epxdgvr5/2011-06-21%20Las%20Crisis%20Econ%C3%B3micas.pdf?dl=0

11.-  Eduard Bernstein,” Die Voraussetzungen des Sozialismus und die Aufgaben der Sozialdemokratie”, Stuttgart (1899). (Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia). Hay versión en inglés en Lenin Internet Archive.

12.- Rosa Luxemburgo. “La acumulación del capital” (1912). Editorial Tilcara (1963. Un análisis crítico de sus tesis se puede encontrar en El centenario de “La acumulación del capital” de Rosa Luxemburgo – Jorge Molinero (2012) https://www.dropbox.com/s/8hq5m23o79sso83/2012-09-24-%20Luxemburgo.pdf?dl=0

13.- Los esfuerzos de China para reducir la ventaja en el campo científico se pueden medir de varias maneras. En cantidad de publicaciones científicas en revistas de primer nivel, Estados Unidos está primera seguida por China, Alemania, Gran Bretaña, Japón y Francia, mientras que en cantidad de graduados en ciencias e ingeniería, China ya ha superado a Estados Unidos. (Nature Index 2014). A su vez su participación en el registro de patentes industriales ha pasado del 3.4 % en 1995/1999 al 12.9 % en 2010/2014 (World Intellectual Property Organization)

14.- Pormenorizados análisis de estos desafíos a EEUU  se pueden encontrar en los recientes libros “Strategic Vision”de Zbigniew Brzezinsky, ex consejero de Seguridad Nacional de Jimmy Carter, Basic Books (2012), y “Orden Mundial” de Henry Kissinger, ex Secretario de Estado de Nixon, Penguin Random House Grupo Editorial SA, Argentina (2016).

15.- Eric Hobsbawm. “Ages of extremes. The short twentieth century: 1914-1991”. Pantheon books (1994). Existe traducción en castellano (La era de los extremos. El corto siglo XX: 1914-1991)

16.- Thomas Piketty. “Capital in the Twenty-First Century” (2014). The Belknap Press of Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts. Anexo estadístico disponible en: http://piketty.pse.ens.fr/files/capital21c/en/Piketty2014FiguresTablesSuppLinks.pdf

 

 

 

 

 

25Jun/160

Carta Abierta / 21

Publicado por admin

Dar testimonio
1. El vergonzoso caso de José López podría hacernos vacilar: era un
funcionario de alto nivel, encargado de las obras públicas, conocido por
todos, y sobre todo por los que en toda la extensión del país trataron con él
por la gran cantidad de construcciones que se realizaron. Repentinamente
emerge desde una madeja de hechos sombríos que involucran dólares
secretos en cantidad portentosa, en valijas prefiguradas por estruendosas
denuncias anteriores, y sin poder justificar nada, emerge de madrugada de
un convento suburbano encasquetado y con pechera policial, como un
soldado atontado por las bombas que explotaron en su trinchera, capturado
por las Huestes de la Verdad, luego condecoradas. La fuerte evidencia
visual obligó al kirchnerismo a escribir cartas de repudio y a preguntarse
sobre los alcances de la pegajosa palabra en juego: corrupción. A cuántos
involucraba, si afectaba a todo el ciclo transcurrido, si un hecho
brutalmente escandaloso relativizaba o anulaba convicciones efectos
políticos, genuinas militancias. En suma, si un hecho inmoral, específico o
ramificado, invalidaba un compromiso colectivo que protagonizó políticas
de significativa ampliación de derechos y distribución de la renta de los
gobiernos Kirchner durante más de una década, en los que se incluye el
replanteo del papel de las ciencias y las tecnologías, y ampliando las redes
creativas de las nuevas universidades públicas.
2. N uestra respuesta no es vacilante en cuanto a qué hechos y qué
legados efectivos no pueden ni podrán ser alcanzados por las graves
denuncias en curso. No se puede destruir un colectivo social con
convicciones afirmadas en realizaciones palpables. Ni siquiera por la
desmesura oprobiosa que adquiere este caso y sus consecuencias, aun no
desplegadas totalmente. Lo ocurrido con López nos obliga a preguntarnos,
es evidente, por los sobornos ocurridos en las prácticas corrientes en torno
a la obra pública y a no ser tolerantes con ellas, que tienen además, un
fuerte impacto negativo en movimientos populares forjados en la idea de la
igualdad y la honestidad militante. Por otro lado, dan renovados
argumentos a quienes demonizan los estilos de intervención estatal y las
memorias de un gran conglomerado históricosocial.
No percibimos
entonces el tan proclamado fin del kirchnerismo. Lo que vemos es el deseo
acrecentado en las derechas latinoamericanas que eso ocurra envuelto en
la facilidad que esta nueva situación otorga, de la que emergen injurias
prepotentes a raudales y cálculos jocosos sobre el desprestigio irrevocable
de una fuerza política. Pero se demostrará que no ha concluido su ciclo,
por más tropiezos gigantescos que haya sufrido, precisamente porque esta
necesidad de su par antagónico, el macrismo, no puede ser acatada
dócilmente por una sociedad compleja que sabe repudiar la indignidad de
un funcionario –y de todos los que actuaron con ese mismo desprecio
hacia el patrimonio públicoy
al mismo tiempo sabrá reconocer que aun en
las más difíciles encrucijadas, late una memoria indemne. Las razones de
ese memorial político no son de hoy sino que se han forjado al abrigo de
dramáticas crónicas colectivas. Aunque López no sea solo un individuo
sino una triangulación, una amalgama, una asociación o una teoría de los
conjuntos, ninguna reflexión que tenga en cuenta la historia efectiva puede
juzgar todos los hechos bajo una única dimensión moralizante, por
importante que sea. Y por más evidente que se hagan las deficiencias con
que se actuó bajo ese decisivo aspecto de la acción política. Porque ni todo
es así, ni todos actuaron así. Y porque lo que predominaron fueron hechos
de reparación social, esa era la viga central de la época transcurrida, y no
casualmente este aspecto reparatorio del tejido social es lo que el gobierno
actual se dedica a arrasar con toda ferocidad. Además porque la propia
Presidenta no revalidaba su liderazgo con maniobras oscuras ocultando
monedas en lejanas fosas, sino exponiendo posiciones críticas, abriendo
debates y proclamando caminos autonomistas para el país en muy visibles
actos de masas.
3. L a entera movilización social de más de una década de militancia
genuina, no puede ser deslegitimada por aparatosos procedimientos, cuyos
resultados se van instalando como ciertos, procedimientos que deben ser
denunciados por su corrosivo efecto manipulador sobre la mirada de la
sociedad. Pero demasiadas veces parece resurgir una escalada
persecutoria que se manifiesta en los últimos hechos de represión y
espionaje, una verdadera “Campaña del desierto” mediática destinada a
neutralizar y apartar a las viejas estirpes del territorio e incluso a los que
por su osadía se animaron a decir algo nuevo sobre los aparatos de verdad
preexistentes, tanto económicos como jurídicos y comunicacionales, en su
rutina burocrática y su lógica aquietadora de las masas. Todo aquello que
nos importa demasiado y quieren destruir con una sola palabra –ladronessabrá
resistir no por capricho ni empecinamiento, sino simplemente porque
es portador de una memoria crítica, de una ética esencial, y sabe cómo
diferenciarse, en el pulular difuso de los hechos, de aquellos que emergen,
verdaderamente como intolerables, y rescatar desde su interior una fuerza
socialmente activa y democrática. Y sabe también, colocarlos en el flujo
complejo de una sociedad nacional donde triunfan toda clase de
operaciones preparadas en las tinieblas que por no estar al alcance del
ciudadano común, atentan contra la trama social introduciendo la pócima
de la sospecha, la injuria ciega y un burlón y deliberado irracionalismo en el
juicio ecuánime que exigen las cosas.
4. C iertamente, formas específicas de resistencia democrática a un
panorama social que hace más penosa la existencia colectiva, resurgen
continuamente. Aún sin que se evidencien los signos de una conducción
general efectiva, lo que de una manera u otra resurgirá de la maraña de
dificultades y la escabrosidad del presente, numerosos sectores sociales,
sindicalizados o no, de trabajadores, empleados, estudiantes, pequeños y
medianos empresarios, comerciantes y vecinos, han dado a conocer su
descontento frente a gobernantes portadores tanto de una rara
insensibilidad hacia el árido presente como de una profusa imaginación
para estrepitosas y generalmente vagas promesas. Con arbitrarias
triquiñuelas políticas mantienen presa a Milagro Sala, lo que expone
crudamente la existencia opresiva de un poder antisocial discriminatorio y
adverso a los proyectos de democracia popular e igualitaria. En la otra
punta de la cuerda de humillaciones, los tímidos reclamos por Malvinas
convierten en una inútil rutina lo que es un tema de democracia geopolítica
mundial de indisimulable importancia latinoamericana.
5. E stos son los conocidos momentos grises de una época entera, donde
actúan aparatos disciplinadores que desafortunadamente no fueron
reencaminados en sus procedimientos antes y que ahora gravan su
proceder con técnicas de desmantelamiento social previamente diseñadas,
que mezclan el miedo con la represalia y la penitencia con la servidumbre
voluntaria. El argumento básico que se expresa en estos días es que, en el
anterior gobierno, bajo una “portada” socialmente distributiva se verificaba
un “fraude organizado.”
Pobre argumento, ya que estos “flujos ilegales” no pueden de ninguna
manera diluir el peso de fecundas y decisivas acciones de gobierno que no
es difícil rememorar, como el apartamiento del ALCA o el resguardo por
parte del estado de los fondos de garantía jubilatoria. De estos y tantos
otros temas, la memoria social hará su balance y la militancia se rehará
con las efectivas evidencias de un aprendizaje de urgencia. En cuanto a
gobiernos de fachada, si tal calificación pudiese aceptarse en el
razonamiento político, el actual gobierno parece serlo. La puntual
coincidencia de poderes económicos, de los más elevados que puedan
concebirse, con la piel traslúcida que ofrece la política para recubrirlos
pasivamente, nos muestra la contracara del forzado republicanismo que
proclamaban. Fondos secretos en el exterior, marchas y contramarchas
poniendo a toda una sociedad como campo de pruebas, aumentos de
tarifas decididos por un insaciable Leviathan abismando dramáticamente a
una parte importantísima de la sociedad que se ve despojada súbitamente
de tantos derechos adquiridos en estos años. Asistimos asimismo con
consternación, al desprecio por los avances en el delicadísimo tema de los
derechos humanos y de género, cursos de entrenamiento de ejecutivos
para despedir personal como si fueran cursos de historia política o un taller
literario, rutinas de “arrepentimiento” sobreactuadas y juras a la bandera
alterando venerables rituales (reemplazados ahora por el “sí, se puede”),
son apenas unas de las pocas menciones de las tantas que se pueden
hacer a la masacre simbólica a la que someten al lenguaje político y al
conjunto de la nación.
6. U n panorama de pasajes y veloces constricciones, ampara nuevas
mayorías en Diputados y Senadores, con el vértigo forzado que le otorgan
las almas recientemente catequizadas y quizás hasta arrepentidas, porque
no “perdonadas”. Y que acaso no sería insolente decir “blanqueadas”.
Sobran los nombres que por pudor omitimos.
Nos interesa señalar especialmente la anómala creación de una Agencia
de Bienes Públicos en la ciudad de Buenos Aires, destinada a una
insaciable especulación inmobiliaria en la Ciudad, que contó con el obvio
apoyo del oficialismo y el voto copartícipe de algunos legisladores que
representaban lo que debería ser la oposición – consagrando así un
maridaje que tiñe de color oscuro toda nuestra actualidadlo
que debe
condenarse en bien de una democracia urbana y de un conjunto de
derechos adquiridos al uso del espacio público. Este inminente remate de
zonas, edificios y terrenos destinados a la convivencia ciudadana en favor
de una metrópolis expropiada de existencias colectivas, es un pisoteo de lo
público tan condenable como el uso de sustancias contaminantes en la
minería y el glifosato en la agricultura.
7. D amos testimonio de lo que surge ahora desde la convicción de haber
apoyado un momento histórico de ampliación de ciudadanía y de derechos,
de reconstrucción de lo público, de la intransigente y sostenida defensa de
la soberanía política y económica frente al capital internacional y de disputa
por una mejor y más igualitaria distribución de la renta material y simbólica.
Ante esto, se ha generado un arrasamiento de la memoria instituida, que
viene de la mano con una estrategia que busca asfixiar de contenido la
fuerza emancipadora que durante 12 años recorrió la vida argentina en
consonancia con el despertar, en Sudamérica, de proyectos y gobiernos
que, a contracorriente de los vientos regresivos de la historia, buscaron, y
lo siguen haciendo, caminos alternativos a los de la barbarie neoliberal.
Barbarie ésta que, con diversas iniciativas reaccionarias y antipopulares,
vuelve a desplegar entre nosotros la derecha macrista. En apenas seis
meses hemos sido testigos, no de una supuesta alternancia democrática,
sino de una política de tierra arrasada que ha buscado revertir políticas
sociales, económicas, culturales, de derechos humanos e institucionales
hasta el punto de sentir, una gran parte de la ciudadanía, que nos han
“cambiado” el país convirtiéndolo en una tierra de promisión para los “ricos”
de acá y de afuera, mientras avanza el daño sobre los más débiles,
habilitando una nueva y feroz regresión social. Por eso, presentan los actos
de gobierno no como una democracia igualitaria, sino que los actos
supuestamente igualitarios son tomados de un guion que emerge de una
sofística “escuela de sabiduría empresarial”, donde conceptos como
“meritocracia” y otros semejantes, recubren todo y parecen reemplazar los
derechos a la igualdad con un sistema de puntajes puesto por los
mayorales y capataces de las unidades de producción ya docilizadas y
encuadradas en disciplinas siempre ajenas a la autonomía de los sujetos.
8. L anzamos esta Carta luego de un período de silencio, en el que nos
manifestamos por todas las vías que nos fueron posibles, en el que no
cesamos de reunirnos y de discutir con fervor todos y cada uno de estos
temas, acompañando, como tantos otros, las movilizaciones populares
(desde aquella inolvidable del 9 de diciembre cuando cientos de miles
despedimos a Cristina, pasando por el 24 de marzo más grande de los
últimos años, el multitudinario acto de las centrales de trabajadores, la
conmovedora y masiva concurrencia a Comodoro Py, la multitudinaria
marcha de los trabajadores convocada por las dos CTA, la movilización
histórica del pueblo de Comodoro Rivadavia, la masiva protesta de la
comunidad universitaria y científica y las decenas y decenas de
convocatorias espontáneas y horizontales que a lo largo y ancho del país
–en clubes de barrio, en plazas, en centros culturales y políticos– siguen
manifestando su vocación de defensa de los intereses populares, de
resguardo de la memoria y de generación de lo más difícil de todo: la
organización y las estrategias para avanzar en la consolidación de un
proyecto emancipador con vocación de poder.
9. L ópez está muy lejos de ser el arquetipo del kirchnerismo, ni tampoco
su campanazo lúgubre y definitivo. Por eso nos reconocemos como
defensores de las políticas transformadoras de los gobiernos de Néstor
Kirchner y de Cristina Fernández de Kirchner, políticas que deben
predominar en el juicio justiciero sobre los demás aspectos que deben
merecer agudas consideración autocríticas. Se evidencia en el macrismo,
en cambio, ese insolente déficit de historicidad, que creen sustituible por un
falso pluralismo (que es solo la réplica infinita de ese Uno que son ellos
mismos), balbucean que existen personas, no conjuntos humanos; que hay
individuos, no asociaciones públicas. Que la democracia no es más que la
sumatoria de individuos egoístas convertidos en ciudadanosconsumidores
en el interior de un país que ha olvidado lo común, lo compartido, lo
solidario para dejar que los intereses mercantiles y la pura lógica del
sálvese quien pueda vuelva a determinar el carácter de nuestra sociedad.
Así, con esta misma varita que invierte la vida social, en el mismo cuento
de hadas en el que el Presidente le sirve la sopa a una abuelita o a una
buena vecina, se produce una amenaza gigantesca al trabajo con el raro
pretexto –que debería motivar que las grandes organizaciones sindicales
sean más contundentes en denunciar y tomar medidas de lucha,
de que
destruyendo puestos de trabajo el futuro dadivoso nos derramará “trabajos
de más calidad”. Estos subterfugios ornamentales encubren las viejas
recetas neoliberales –aplicadas por Martínez de Hoz y Cavalloahora
recitadas por el pobre pensamiento de un hombre de libretos
desculturizados, y doblemente crueles por el hecho de que los dice con un
aire de monaguillo inocente. Pongamos este razonamiento simplista,
aunque espectacular, bajo las interpretaciones que deberían provenir de un
sentido de la historia regido por los intereses de la clase trabajadora.
10. Al macrismo parece no importarle contar con suavizadoras
apariencias para “disciplinar el trabajo nacional”, o para terminar asimilando
totalmente Partido a Estado y Estado a lógica Capitalista. Sus actos son
traslúcidos, hay un poder único, que en este caso representa muy bien la
expresión a veces rápidamente empleada sobre un “poder concentrado”.
En esa condensación, intentan sumergir a la clase trabajadora, que en los
tiempos a venir se debatirá entre algunas de sus conducciones gremiales
lamentablemente subsumidas en esa concentración económica, y las
tradiciones de lucha antiguas, modernas y recientes, que hacen a la clase
trabajadora, independientemente del modo en que hoy ha sido
estamentalizada, una protagonista central de futuros reagrupamientos y
llamados multisectoriales. Pues es la hora en que aleatorias diferencias
políticas queden de lado en nombre de un nuevo efecto aglutinador que
–por más que hayan cambiado las formas y métodos laborales en el
capitalismoproducirá
un mayoritario sector obrero, operario, asalariado y
trabajador para reencaminar la tarea transformadora de lo social,
recogiendo herencias notorias de épocas anteriores, que seguramente se
resolverán en formaciones originales y de contornos frentistas.
11. T odo en el macrismo huele a impostura, salvo cuando algunos de sus
principales exponentes, por extraños mecanismos que denuncian una falta
de autocontrol, afirman que “era inconcebible que un empleado medio
pudiese comprar un plasma o aspirar a viajar al exterior” o, con mayor
contundencia y cinismo todavía, “que los pobres deberían saber que
seguirán siendo pobres con todas las limitaciones que eso supone”. Una
mezcla de viejo y apolillado clasismo con brutal sinceramiento (para
emplear el concepto que los define, una suerte de cinismo patronal) que
pone en evidencia el núcleo de su visión del mundo. Como lo que ocurre
tiene el severo reborde de una tragedia, los personajes en juego adquieren
rasgos imprudentes y actúan no en nombre de lo que saben sino de lo que
ignoran. Pero en toda situación de esta índole, aparece la lógica dolorosa
de la verdad, cuando los que soportan el escarnio retoman la palabra.
Veremos aquí lo que será capaz de afirmarse y sostenerse desde nuestra
voz no capturada por el aparato ventrílocuo de la condena oficial. Hace
tiempo ha confeccionado un patíbulo surgido de la mente de acelerados
editorialistas y veloces constructores de puniciones moralizantes. Leemos
los textos de los editorialistas connotados. No reímos ni lamentamos.
Sabemos que ellos cumplen su tarea derramando el escarnio obligatorio.
Son necesarios para proteger crudos intereses: se aprueban leyes
cuestionables y retrógradas o irregulares nombramientos como los de
Rosenkranz y Rosatti, que ratifican la desconfianza hacia un poder judicial
que se subordina mayoritariamente a los poderes fácticos. Esto se vio
facilitado por los desdichados episodios como el del nocturnal Ingeniero
López y ahora el del fronterizo Pérez Corradi. Son hechos reales que
parece que ocasionan, mucho más que el deseo de esclarecerlos, la
ansiedad de aplicarlos como “inversiones directas” en un régimen de
abominaciones universales que protege la momentánea efectividad de sus
pensamientos antisociales.
12. S i bien es una atractiva generalización decir que todo lo sólido se
desvanece en el aire, es necesario admitir que las actitudes de este nuevo
gobierno le agregan a una historia nunca calma, un complejo deleite de
menoscabo, un ansia catastrófica que llega al límite de un fanatismo
iconoclasta. Es cierto que todo momento histórico es un momento crítico y
reclama no atemorizarse por las incertezas reinantes. Pero el caso del
gobierno de Macri asombra por su implacable deseo de hacer totalmente
reversible el inmediato pasado, no solo en el plano de los hechos, que
siempre pueden revertirse, sino en el plano de la memoria, donde con un
pensamiento propio de la razón cínica, tratan lo antes acontecido y sus
símbolos, como una multitud de ruinas despreciables.
13. N o es lo que pensamos nosotros. En este inmenso juicio a cielo
abierto y sin anestesia, al que es sometido lo sucedido antes, actúan con
el desprecio sistemático que proviene de un ritual preparado en una oficina
nocturna de guiones policíacos. Con él no pueden substituir la opinión
argumentada y cabal, sostenida en elementos de justicia, de defensa
meditada de lo actuado y de madurada autocrítica, al punto que puede
describirse como la violación alegórica de la Nación.
14. P orque creemos que la democracia no es sólo un acto electoral, a
favor o en contra, sino también, una continua reinvención de prácticas y
acciones que insistan con buscar la realización del bien común escapando
al abrazo de oso del individualismo meritocrático (que destruyen no sólo
nociones colaborativas de trabajo sino al mismo individuo social). No habrá
democracia si no se van abriendo las posibilidades de entrelazar la libertad
con la igualdad, las expectativas personales con el abrazo solidario, las
decisiones gubernamentales con la participación popular. Y si el edificio
democrático no condiciona las pulsiones inmediatistas e irreflexivas de las
lógicas capitalistas, la derecha neoliberal, una vez más, intentará borrar del
diccionario y de nuestra habla cotidiana palabras y gestos esenciales, de
aquellos que marcaron, desde el fondo de nuestra historia, las mejores y
más virtuosas iniciativas para insuflar a la democracia de vitalidad, desafío
y participación activa del soberano en la construcción de un país que,
como durante los años del kirchnerismo, aspiró a ampliar la equidad, la
libertad, la justicia y los derechos. En primer lugar, advertimos que por
iniciativa del gobierno de Macri y la coalición empresarial y financiera que
lo ha adoptado como filigrana agresiva que debe incrustarse en la
conciencia colectiva, por primera vez en grandes contingentes de la
población se experimentan sentimientos de saqueo material y vaciamiento
cultural. El cómputo de estas desventuras arrasadoras viene acompañado
de la revelación de inciertas promesas. Ese diluido futuro en que se “va a
estar mejor” pero ajustando salarios, reventando cuadros tarifarios en los
servicios y, en otro plano fundamental, desmontando las implementaciones
vinculadas a la soberanía tecnológica del país. Por eso, la asombrosa
vaguedad e impudor de esos juramentos de pronto bienestar, parte de un
nuevo marketing extravagante. Está fundado en idilios de felicidad sacadas
del pobre maletín de los farsantes de todo cuño, sacristanes de la
autoayuda y nuevos “Fukuyamas” que recitan las odas del fin de la historia.
Nos obligan a pensar en acciones de contestación política que renueven el
acceso a la democracia y reconstituyan la noción de resistencia
democrática contra los nuevos protocolos de una opresión diseñada bajo
equívocos slogans, que relatan incluso la fabricación de una empanada
como la obra de una sociedad abstracta donde no hay fuerzas productivas
o conflictos, ni fuerzas sociales con contradicciones, sino solo nombres de
personas sometidas al realismo venturoso del trabajo aislado y los campos
de soja triunfantes. Tristes, solitarios, finalmente purificados.
15. E sta atomización corrosiva del ser social, es el probable o improbable
nombre con el que la derecha provocará la desarticulación de la vida en
común. Y aunque no hace otra cosa que hablar de ella, suponiéndola
inalterable pero amenazada por anatemas exógenos, sus protocolos de
seguridad (latentes, sometidos a ensayo y error), sus medidas económicas
o el lenguaje de sus funcionarios, son testimonio del grave factor de
desequilibrio, incertidumbre y miedo que introducen en la historia, la que
fue habitada hasta el momento por complejas y prudentes expectativas.
Por eso ellos se visten con la utilería de los vengadores o expropiadores de
lo que menos puede decomisarse, precisamente, la historia, una historia,
cualquier historia. El vituperable caso de López y todos los que se les
parezcan, son graves ante los ojos del presente, pero si la historia común
mueve sus motores hacia la justicia y la renovación de las instituciones,
será un asterisco doloroso que servirá de advertencia para todos los
movimientos sociales y democráticos.
16. H ay que arrojar nueva luz sobre la comprensión de los desafíos y los
límites que conlleva refundar un Estado saqueado y desguazado hasta casi
convertirlo en un pellejo vacío por los portadores, antaño, de la misma
ideología de quienes hoy vuelven a recurrir a fórmulas de ajuste, de
distribución regresiva del ingreso y de endeudamiento. Con sus más y sus
menos, con sus cualidades y sus improvisaciones, el kirchnerismo se hizo
cargo, sin beneficio de inventario, de un país devastado y lo hizo sin
recurrir a recetas fondomonetaristas, sin restringir sino ampliando derechos
y salarios, avanzando en un virtuoso e inédito camino de
desendeudamiento que vino a frenar la siempre activa trama de corrupción
que les permitió, a los grandes grupos económicos, vaciar las arcas
públicas y fugar miles de millones de dólares a lo largo de los años. Todo
debate sobre la corrupción no puede dejar de tocar este punto decisivo,
que los Panamá papers representan como momento crucial y abstracto del
flujo del neocapitalismo, con sus nuevas bisagras de ilegalidad e
invisibilidad opresiva, fusionados con servicios de inteligencias mundiales y
grandes operaciones decisionistas, en lo militar y financiero entrelazados.
Lo demás es el persistente ocultamiento que desde los medios de
comunicación concentrados y hegemónicos (socios activos del gran
capital) se ha hecho para beneficiar y proteger a los grandes evasores y
fugadores seriales de divisas que mantienen activos externos por más de
cuatrocientos mil millones de dólares, los mismos a quienes hoy se busca
“reparar y proteger” a través del ya mencionado blanqueo de capitales.
Esta blancura es aparente. Aunque amparada en la publicidad organizada
sobre hechos aborrecibles que condenamos y otros de menor envergadura
que también deben merecer nuestra reflexión autocrítica, los estandartes
del macrismo son los de la capitulación de los trabajadores argentinos, los
de la pérdida de las nociones igualitaristas, los de la desmotivación para
las luchas y los de la quiebra de la autonomía nacional. Pero ante esto,
muchos somos los resistentes democráticos, los trabajadores de ayer y de
hoy, que portan signos de la memoria y se incorporan ahora a los motivos
esenciales de la vida justa, que darán testimonio para no permitir la
expropiación general de la existencia colectiva.

30May/160

Documento n°4 de la Comisión de Economía de Carta Abierta

Publicado por admin

 

LAS MÁSCARAS DEL PODER CONCENTRADO

 

Ciento cincuenta días de gobierno de derecha han sido suficientes para demoler la matriz de la política económica que a través de permanentes confrontaciones se había abierto camino en más de una década de despliegue de un proyecto nacional, democrático y popular. La constatación provoca de inmediato la pregunta ¿Por qué lo que costó tanto en construirse pudo desarticularse con esa velocidad? Un lugar común resulta la respuesta “Es más fácil destruir que edificar”. Sin que deje de responder a la verdad, esta explicación no desentraña las cuestiones más hondas que yacen en el interrogante. Cada vez que ocupó el gobierno, el poder económico realizó reestructuraciones fundamentales dirigidas a recomponer a su favor el patrón de acumulación en plazos cortos. Lo han podido hacer no por su idoneidad o capacidad de gestión, sino debido a que la fusión entre poder económico y poder político abre el paso a un abrupto cambio en la correlación de fuerzas. Modificación regresiva que supone intensificación en la capacidad de dominación de los grandes grupos del capital concentrado sobre las mayorías populares. Cambio de régimen que en el recorrido histórico argentino había irrumpido siempre con las rupturas institucionales y que, si bien luego se reiteró en las particulares condiciones del giro de Menem en el poder –ungido por el sufragio de quienes no imaginaban semejante viraje–, ahora, por primera vez, ha consumado su legitimidad inicial al obtener la mayoría de votos, en un proceso electoral donde más de la mitad de la ciudadanía optó por un candidato de derecha, propietario perteneciente a un grupo económico que creció notablemente durante la dictadura terrorista.

Resulta sistemático que, cuando esa fusión se produce, el discurso oficial abandona los conceptos y razonamientos de la economía política y se asienta en la mutilación de esta unidad, separando economía de política. Las palabras que reemplazan las que remiten a relaciones sociales de producción y distribución son dichas desde un lugar de saber único que se autorrefiere como objetivo y como verdad irrefutable. Las otras miradas sobre la realidad son señaladas como erróneas y causantes de los padecimientos de la “gente”. La economía (a secas, sin política) transformada en una técnica de vía única conduce a la anestésica afirmación que caracteriza las medidas de ajuste de las oscuras épocas de retroceso social y ampliación de beneficios y rentas de los más ricos: “Son medidas dolorosas pero necesarias”. El discurso del gobierno promete un futuro mejor a las mayorías populares siempre que se sometan a un presente de sacrificios. Una versión laica (pero en la que los intereses superan lejos cualquier atisbo de fe teórica) de la teología conservadora que reserva a los pobres el reino de los cielos. Los “inversores” (el capital financiero), en cambio, son atendidos con mejoras urgentes que paga el resto de la sociedad. Es la fórmula del “saber” que el poder económico ofrece cuando tiene las riendas del gobierno: presente para los dominadores, futuro para el pueblo. Promete un porvenir de derrame de arriba hacia abajo producto del funcionamiento “natural” de la economía de mercado, mientras instrumenta medidas de sentido contrario para el hoy.

Estas restauraciones suceden a gobiernos populares que arribaron, en el transcurso de años de fricciones y confrontaciones con el poder económico, a la construcción de sociedades más justas, menos desiguales, con mayor nivel de empleo y aparatos productivos más diversificados. Gobiernos de separación y confrontación entre poder económico y poder político. Épocas de autonomía de los líderes populares en las que el Estado es utilizado para impulsar transformaciones que promueven igualdad e independencia económica nacional. Momentos de mejoras para las mayorías. Es en estos tramos de la vida nacional cuando la economía política se reconoce como un terreno de debate, de disputa de ideas que responden a distintos proyectos y bloques sociales. Tiempos en los que se devela la grieta que separa a los grupos concentrados locales y extranjeros con el pueblo, grieta que permanece oculta en el discurso de la economía del ajuste, rebautizada por sus actuales ejecutores como proceso de sinceramiento. Cuando se examina el real significado de esta palabra se desnuda su impronta fetichista, ¿qué operación encubre? La de deshacer todo lo que las decisiones que las representaciones políticas de las ciudadanías y sus liderazgos populares han edificado en pos de redefinir los precios relativos de los bienes de la economía, mientras cobraban a los sectores privilegiados más impuestos  que ayudaban a financiar los subsidios a necesidades básicas populares como la niñez en hogares de ingresos informales, el transporte urbano, el gas y la electricidad, entre otros.

Decisiones que habían sido respaldadas por las lógicas democráticas del voto, la movilización popular y los mecanismos de puja distributiva garantizados por la mejora del nivel de empleo, pero que ahora son reemplazadas por las determinaciones mercantiles de aquellos mismos que supuestamente restaurarían la esencia de la normalidad del “hombre económico”, imponiendo su sumisión al orden “natural” que el mercado dispone para relacionar las cosas entre sí, establecer su volumen de producción y sus precios relativos, determinar los costos, dar señales de lo que se debe importar y lo que quedaría reservado a la producción nacional, orientar el nivel y el destino de las inversiones, en el marco de la liberalización de las decisiones sobre la tenencia de moneda nacional o divisa extranjera. “Sincerar”, palabra que gusta repetir el nuevo gobierno, significa renunciar a una política económica donde el mercado es solo un instrumento más que la  ciudadanía utiliza para organizar su vida económica. Esta operación de dimisión se presenta como purificadora de “distorsiones”, expresión que designa la intervención de la política en la economía de mercado para modificar precios. Por eso el discurso del actual presidente asigna las mejoras futuras de la vida de las mayorías a los efectos del entusiasmo de los capitalistas y financistas frente a la destrucción de un conjunto de mejoras distributivas, al debilitamiento de la autonomía nacional y al retroceso de las mayorías populares en la relación de fuerza de poder.

El gobierno de la derecha se caracteriza por la mentira. Dice una cosa y sus objetivos reales son todo lo contrario. Son los globos de colores de la campaña para tratar de calmar a las mayorías, incluidos sus votantes.

Dice proponerse el objetivo de pobreza cero, mientras promueve en los hechos una redistribución regresiva del ingreso, una disminución del consumo por estrechamiento de los salarios reales y un aumento acelerado de la desocupación. Dice que con los “sinceramientos” provocarían una dinamización de la demanda por el incremento de las inversiones privadas que resultarían del crecimiento de la tasa de ganancia y de las modificaciones jurídicas regresivas, sobre cuya permanencia se ofrece como garante (por eso el veto a la ley que pretende evitar una ola de despidos y el pago sumiso, sin negociación real más que una simulación de espectáculo, a los buitres). Muchos dichos, pero lo único que se puede comprobar es una aguda transferencia de ingresos populares a los sectores privilegiados.

El sinceramiento conllevó dos acciones de gobierno (una de ellas convalidada por un Congreso en el que logró –hecho grave– el acompañamiento de una mayoría): a) el mencionado pago a los buitres y b) el desmonte de los controles cambiarios y de los movimientos de capitales. El significado del paquete implica la vuelta a la financiarización sin escala ni mediaciones, aceptando nuevamente la inserción pasiva en la globalización de las finanzas como condición indispensable de una economía “sana”. Resultados ya hay a la vista: abrupto crecimiento del endeudamiento y aceleración de la fuga de capitales. La participación de los bancos que tradicionalmente medraron con las operaciones financieras en tiempos del neoliberalismo no es un detalle menor respecto de los intereses involucrados en el retorno del pensamiento único al discurso oficial económico.

Son ex funcionarios de estas instituciones quienes conducen la economía y las finanzas nacionales actualmente. Otros, desvinculados hace muy poco de compañías privadas sectoriales o supuestamente suspendiendo su rol de grandes empresarios de esos sectores, han tomado a cargo las áreas en donde actúan esas empresas privadas de cuya administración participaban, muchas de las cuales son multinacionales. La fusión entre poder político y económico asume hoy un nivel tal vez inédito en nuestra historia. El discurso que encubre la crucial pérdida de peso de la voluntad ciudadana a manos de unos centenares de empresas, recurre machaconamente al recurso de la mutilación de la economía política, insistiendo en un “saber” que resulta de la academia (sobre todo la foránea y la privada), y la experiencia empresaria.

El gobierno de derecha afirma que se propuso acometer el camino de reducir la inflación a un dígito. Los argumentos no difieren de los vulgares recursos justificatorios de las anteriores restauraciones que desandaron las mejoras para las mayorías. El saber único de la ideología liberal-conservadora indica que “la inflación es el peor impuesto para los pobres”. Una mirada retrospectiva muestra cómo durante los gobiernos populares que antecedieron al presidente Macri, hubo inflación, a pesar de lo cual se desarrolló el período más intenso y permanente en términos de mejora de los salarios reales, que alcanzaron un nuevo piso estructural, en el marco de un intenso crecimiento de la economía, el sector industrial y el empleo. En cambio el “sinceramiento” produjo la duplicación de la tasa de inflación, con recortes sustantivos en los sectores de ingresos fijos. Mientras se liberaron precios y dejaron fuera de control la comercialización de los productos de consumo masivo, se eliminaron subsidios y aumentaron tarifas de servicios esenciales, se devaluó y se dejaron sin efecto las retenciones (salvo la de la soja que tiene el mismo destino pero con un esquema gradual). O sea que se financió la quita de retenciones a los  sectores perceptores de renta agraria con la eliminación de subsidios y el aumento de tarifas que recaen indiscriminadamente y reducen la capacidad adquisitiva del pueblo. La escalada inflacionaria producida por el cambio de la política previa fue un golpe durísimo a los  sectores populares y medios. La explicación de la pesada herencia se acopló a la justificación de la inevitabilidad del “sinceramiento” para dirigirse a una época mejor, sin inflación.

Esta suba de precios transcurrió mientras el BCRA elevó la tasa que paga a los bancos para extraer dinero de circulación, a niveles tan altos como fuere necesario para evitar la merma del nivel de reservas y favoreciendo en la revivida bicicleta financiera la generación de rentabilidades que superan la  expectativa de beneficios de cualquier proyecto de inversión productiva, mientras se atrae al capital especulativo de corto plazo. El gobierno busca provocar la recesión, para que el empleo se reduzca y los salarios caigan como consecuencia del menor poder de negociación de los trabajadores (igual que en los noventa).

Se inició una ola de despidos en el sector público con inequívocas características de persecución ideológica y atemorizante de la actividad gremial, estigmatizadora del empleo público y con claros objetivos de que sea tomada como ejemplo para que el sector privado haga lo mismo frente a la recesión buscada. El gobierno encubre estas acciones con la excusa de que los despidos en el sector público son para quitar ñoquis y militancia sin funciones (la grasa militante según expresiones de un ministro). Esta es, tal vez, la construcción discursiva más grave de una permanente actitud donde la realidad de los hechos intenta falsearse con las palabras usadas para explicarlos. Completa la justicación de esta concepciones, acciones y palabras aduciendo el advenimiento futuro de empleos de calidad, concluyendo en una lógica en el que se desprecia el empleo público y se adjudica esa calidad al empleo privado, sin reparar en el grado de precarización o formalización de este último.

La lógica del “sinceramiento” resulta necesaria para endilgar la inflación actual a la “pesada herencia”. Esta sobrevendría de la estructura de precios que habrían sido distorsionados por la intromisión estatal en la formación de los mismos. O sea que esa pesada herencia debería develarse en el origen que propone, pero encubre, el discurso oficial: la intervención en que había incurrido el Estado para propender a una distribución del ingreso que sea exógena a las determinaciones mercantiles en una sociedad donde el poder económico es altamente concentrado. Intervención del Estado que se produjo con la concurrencia de un mejoramiento sustantivo del nivel de ocupación y también de un notable mejoramiento del grado de sindicalización.

En estos doce años se debatió largamente el enfoque que muestra la inflación como  manifestación de la puja distributiva entre ganancias, rentas y salarios, o sea entre trabajadores y otros sectores de ingresos fijos por un lado y capitalistas y otros propietarios que participan en el proceso económico (agudizada por el grado de concentración de los últimos y la mayor sindicalización de los más débiles). El gobierno de derecha quiere arrojar  fuera de la discusión este enfoque. Su prédica de una sociedad sin “grietas” y su negación que la política sea un ámbito de conflicto de intereses desaconseja estas miradas sobre la lógica de los precios.

La simpleza de la teoría monetarista, de la ecuación cuantitativista que establece  la inflación como resultado que proviene de la mayor cantidad de dinero circulante frente a una masa igual de bienes, resulta cómoda, no discute sobre conflictos entre bloques sociales y es funcional a una mirada tan poco compleja que no representa los aspectos clave de la dinámica económica, mientras permite justificar altas tasas de interés para retraer la cantidad de dinero y reparte altos beneficios a los rentistas financieros, al mismo tiempo que los trabajadores son arrojados a la calle. Ese dogma que sensibiliza al peor sentido común resulta un buen recurso, a su vez, para atacar el gasto público, apuntando a reducir el gasto social y la inversión púbica, bajo el pretexto de bajar el déficit fiscal, aumentado por el actual gobierno con medidas que redujeron la recaudación que cargaba sobre los más pudientes.

Las consecuencias de visiones y explicaciones que hoy esgrimen el presidente del Banco Central, el Ministro de Hacienda y el Presidente de la Nación son de vasto alcance. En ellas el conflicto social es sustituido por uno entre el Estado y la sociedad civil (el mencionado tema de la emisión y su relación con el gasto).    Para ellos el conflicto no resultaría, entonces, de relaciones sociales sino de enfoques errados y políticas irresponsables. La economía sería una tecnología con un modelo de resolución única, que en el equilibrio optimizaría la mejor posición para cada ciudadano. La convocatoria de “se puede” y la de “vamos todos juntos” sintetizan esta lógica, que es la del borramiento de la existencia de intereses contrapuestos y el alineamiento de toda la sociedad detrás de quienes han sido exitosos en la gestión. La prueba del éxito resultaría de las ganancias y capitalización de las empresas que han conducido. Las mayorías populares son convocadas a apoyar la conducción de esa Ceocracia, como los asalariados deben hacerlo en las empresas en que trabajan. ¿Qué le queda de sustancia a esta democracia neoliberal periférica del capitalismo financiero que propone el actual gobierno? ¿La pesada herencia que se proponen dejar atrás es una correlación de fuerzas que permitía una mayor disputa distributiva? ¿Por eso la intromisión en las paritarias con absurdas propuestas de aumentos máximos por debajo de la inflación? ¿Por eso el desfinanciamiento de la universidad pública -sobre todo de las nuevas, donde la ortodoxia no tiene la hegemonía discursiva- tal vez con un proyecto de reemplazo por instituciones privadas?

Los doce años de kirchnerismo fueron el último período vivido en el que predominó la autonomía de la política sobre la economía, con una vocación permanente de bregar por el comando de la voluntad ciudadana sobre la de los mercados hegemonizados por un puñado de grupos y empresas de gran volumen, voluntad ciudadana que había optado por gobiernos dispuestos a limitar los beneficios de oligarquías y clases altas y por medidas que ensancharan la autonomía frente a las imposiciones del capital financiero internacional y los organismos multilaterales de crédito vinculados a él.

Esas son exactamente las líneas que hoy son revertidas como una media por el gobierno de Macri y las derechas y centroderechas que lo acompañan en el parlamento otorgándoles mayorías. A pesar de que en las campañas electorales no formularon programas concretos, se  esmeraron en prometer correcciones que no iban a remover todo lo bueno. Pero una vez que accedieron al poder abordaron la destrucción de los ejes de la política que había logrado el desendeudamiento, el sustantivo crecimiento de la economía, la mejora del salario, una redistribución del ingreso más justa, la inclusión jubilatoria, la recuperación del manejo de algunas empresas estratégicas y el restablecimiento de un papel mucho más dinámico e importante de la industria en el PBI.

Por su parte, ese proyecto del nacionalismo popular democrático nuevamente terminó enfrentado a condiciones de restricción externa. Esta vez con mayor debilidad que en experiencias anteriores y, paradojalmente, en el periodo más extenso que sostuvo un gobierno de ese carácter. La debilidad devino de una mayor globalización productiva, con cadenas de valor que elevaron la elasticidad de importaciones del crecimiento del producto industrial en los países periféricos mientras reservaban las áreas que requerían la utilización de tecnologías de frontera a los países centrales, particularidades que denotan una mayor dependencia resultado del tipo de inserción industrial. Argentina impulsó emprendimientos que avanzaron en la autonomía tecnológica.  Marcaron un nuevo sendero, hitos destacables. Pero los plazos fueron tiranos y no se abordó la construcción de un proyecto integral de independencia tecnológica que requería una proyección en el tiempo y una dedicación presupuestaria sustantiva, ya que su desarrollo necesita siempre del Estado como  agente principal. La industria automotriz y Tierra del Fuego son dos ejemplos de crecimiento industrial abordado sin los cambios estructurales que reclama el fortalecimiento del Proyecto. Sin embargo, esta no fue la causa única de la restricción externa. También lo fue la tardía reacción en definir una intervención más decidida y sistemática en el manejo de la cuenta de capitales y regular y controlar el mercado de cambios. Su posterior establecimiento permitió mantener tasas de crecimiento positivas y niveles de empleo y salarios elevados.

En definitiva, fue la persistencia de la fuga de capitales la que precipitó el advenimiento de la restricción externa. Sin ella, esta hubiera demorado mucho más, aun en el escenario que se presentó de caída de los precios internacionales de nuestros productos y las insuficiencias presentes en el desarrollo industrial.

Corresponde entonces marcar que las políticas económicas más profundas adoptadas en el ciclo kirchnerista fueron las que el actual gobierno de derecha se encargó de demoler de inicio. Lo hicieron mediante la salida de lo que etiquetaron con la palabra “cepo” y la actitud de sumisión frente a la corporación judicial-financiera norteamericana con el pago a los buitres, en sintonía con la lógica Griesa. Esas decisiones significaron la reinserción argentina en la globalización financiera. Haberlo habilitado autoriza a hacer una grave denuncia: el gobierno de Macri avanza en una política de carácter antinacional. Argentina había alcanzado un nivel de autonomía financiera que la ponía en condiciones de encaminarse a resolver los problemas de mejoras productivas y avances en la igualdad. Este gobierno destruyó esa conquista. Lo hizo favoreciendo lo más dinámico y, a la vez, lo más regresivo en esta etapa del capitalismo mundial: el mundo de las finanzas, de los especuladores de corto plazo. Lo hizo bajo el canto de sirenas que anuncia una plétora inversora que favorecería el crecimiento. Sólo cabe esperar el retorno del patrón de valorización financiera. Este patrón generará sobreendeudamiento y fuga, que ya se advierten. Mientras tanto,retrocederán las condiciones de vida popular y la Nación será entregada a viejos y nuevos poderes oligárquicos. Las pymes serán seriamente perjudicadas por la refinanciarización de la economía y el achicamiento del mercado interno producto de la transferencia regresiva de ingresos. El signo más emblemático del carácter del gobierno de derecha es la quita de las retenciones a la minería, el huevo de la serpiente de la reprimarización a la que conduce su política. Y hay que decirlo, no es por error, es por la defensa de los intereses de minorías locales y extranjeras. Resulta también dramático que el fundamentalismo proretiro del Estado de la economía, que tiene como dogma la derecha gobernante, comience ya a pronunciarse sobre la posibilidad de la venta de las acciones que permanencen en poder público, fruto de la profunda y justa reforma del régimen jubilatorio sancionada en los años de gobierno kirchnerista.

En consecuencia, cuando comenzamos a reflexionar sobre una nueva instancia de políticas transformadoras, que se construirá con resistencia, convicción, inteligencia y confrontación, en el ámbito de la economía habrá que empezar contemplando la adopción de políticas que reconstruyan la autonomía financiera y desaten los lazos con el capital prestamista, sin las cuales el futuro  amenaza con ser una condena a la dependencia.

 

Mayo de 2016

30Dic/150

La vuelta de campana: artificios del diccionario macrista

Publicado por admin

 

 

Por Espacio Carta Abierta

 

En lo que podríamos considerar una vuelta de campana de la historia nacional, el nuevo gobierno del país nos conmina a retraducir permanentemente las palabras.

Cuando dicen que se acabó el cepo cambiario, hay que leer una brutal devaluación que no tardará en afectar la vida cotidiana de los argentinos, enriqueciendo a un puñado de agroexportadores, acentuando la inflación, promoviendo la deso- cupación, la desarticulación industrial, la apertura importadora y la inserción subordinada al capital financiero en la economía.

Cuando dicen que van a preservar las instituciones de la República, las vulneran escandalosamente sustituyendo al Parlamento a través de un decreto de necesidad y urgencia (DNU) a partir de una interpretación abusiva de un artículo de la Constitución, con un artilugio que avergüenza aun a los constitucionalistas que los apoyaron. Estas designaciones a dedo violan la Constitución Nacional y sólo pueden explicarse por la intención de completar una Corte Suprema adicta, superando incluso a la “mayoría automática” de infausta memoria que Néstor Kirchner se propuso corregir de raíz.

Cuando dicen que van a preservar la libertad de prensa, debe leerse que van a acrecentar el poder monopólico de los grandes directores de conciencia del siglo XXI, los monopolios mediáticos de la interpretación sobre el sentido de la vida.

Cuando dicen que quieren respetar la ley, se apresuran a vulnerar con arbitrarios esquemas ministeriales y complicidades deshonrosas de miembros de la Corte a los órganos encargados de aplicar una ley democrática de medios de comunicación aprobada por el Parlamento y miembros de esa misma Corte, como es el caso de las intervenciones de Afsca y Aftic.

Cuando dicen que van a conservar las políticas de derechos humanos aplican “la emergencia en seguridad” reprimiendo violentamente a los trabajadores de Cresta Roja.

Cuando muchos de sus apologistas dicen que va a ser una derecha moderna de centro social, muestran demasiado las garras de un reaccionarismo que mal disimula vínculos con no muy lejanas dictaduras.

Cuando dicen que el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner subsidiaba a los ricos y castigaba a los pobres, hay que leer el modo sombrío con el que los ejecutivos de empresas privadas que hoy gobiernan el país se burlan de los gobiernos populares, no por sus deficiencias sino por enfrentar y transformar históricas desigualdades sociales.

Cuando dicen que desean incorporar a las tareas públicas a argentinos de buena voluntad, se convierten en lóbregos reclutadores de conversos políticos, alcanzados por la fiebre del neutralismo de la Ciencia y la Tecnología o por la obsesión de figurar siempre en algún lugar del poder formal, como es el caso de los señores Lino Barañao y Jorge Telerman.

Cuando dicen que su ideal se basa en la justicia y en las leyes, no procuran otra cosa que vulnerarlas por dentro contando con el expuesto servilismo de los jueces designados, Rosenkrantz y Rosatti, quienes se invalidan como posibles miembros de la Corte al no cuestionar el procedimiento viciado de su designación.

Cuando dicen querer ser serios culturalmente, se dedican fervorosamente a entregarles organismos públicos que han sido exitosos en su misión de popularizar el acceso al conocimiento a empresas privadas de espectáculos, como es el caso de Tecnópolis, con la obvia consecuencia de que la búsqueda del lucro reemplazará los objetivos culturales-científicos.

Cuando en todo el mundo se ponen bajo riguroso examen las relaciones de las instituciones públicas con el mercado, impidiendo todo lo tímidamente que se quiera que la cultura sea una mercancía, acusan al más grande centro cultural del país de ser demasiado grande y de haber declarado la gratuidad de sus espectáculos.

Cuando dicen que sus políticas van a ser firmes porque emanan de una voluntad popular que en las elecciones resultó mayoritaria, retroceden como huidizos culpables ante la sutil misiva de un gran artista de rock, ante la protesta de sus propios aliados y ante el asombro de los profesores que veían entregar la gestión universitaria a un productor televisivo.

Cuando dicen que su insignia es la ley y la Constitución, y cuando redundaron en toda la prensa oficial con su fe en el armazón jurídico que todos respetamos, nombran jueces supremos de forma subrepticia y atacan con arsenal viciado de ilegalidad a un nombramiento legítimo de la Procuradora General de la Nación.

Cuando prometieron cerrar la grieta inventando un concepto que interpreta falsamente la dinámica de todas las sociedades, preparan planes de emergencia en materia de seguridad que ponen a los sectores subalternos otra vez ante la trágica y falsa disyuntiva entre saqueo y represión violenta.

Cuando emerge de entre sus filas una parte importante de su verdad, cual es el ataque a la modernidad democrática por parte de los centuriones de la moralidad ultramontana, sacan a relucir a sus jóvenes gerentes especializados en técnicas racionalizantes y modernas de ajustar el empleo público.

Cuando comienzan a evidenciarse los reales alcances de una política de largo plazo sumamente riesgosa para la vida popular, intentan recrear el aire angelical de la campaña electoral con rápidas escenas domésticas y banales: el nuevo presidente fue el invitado estelar al programa inaugural de Susana Giménez.

Cuando dicen reinsertar Argentina en el mundo, están diciendo apartarla de Unasur, Celac, Brics, y volverla a subordinar a los Estados Unidos.

Este diccionario equívoco se podrá empezar a leer nuevamente con el verdadero significado de sus palabras, con las movilizaciones y nuevas respuestas democráticas que permitan que una cantidad cada vez mayor de argentinos comprenda que en vez de votar por su bienestar votó un plan que amenaza su salario en la misma medida que sigue la lógica de aumentar las tasas de ganancia de las grandes empresas, sin cuidarse de deteriorar la misma Constitución de la que dijeron ser sus cruzados.

Han pasado pocos días, y muchos compatriotas ya comienzan a medir la distancia entre las promesas de felicidad para todos y las medidas de gobierno que resultan en ganancias fabulosas para pocos y brutal pérdida de ingresos para la mayoría.

Nuevos compromisos nos aguardan: será necesario convertir el desconcierto en lucidez, la angustia en indignación, las afectaciones individuales y sectoriales en causa común. El masivo acto popular de reconocimiento a la gestión y al liderazgo de Cristina Fernández del 9 de diciembre, así como la movilización de miles poniéndose al hombro la campaña por el ballottage, dicen claramente que será en torno al kirchnerismo, con el liderazgo de CFK y la afluencia constante y creciente de ciudadanos, que habrá de canalizarse la oposición a la restauración neoliberal. Un frente democrático, social, nacional, popular y progresista, con ciudadanos de estirpe kirchnerista, peronista, radical, socialista, comunista y de izquierdas, nos espera para reponer la relación entre las palabras y las cosas, sin lo cual no hay vida justa en ningún país.

15Oct/130

El rol de lo público

Publicado por admin

(Para Tiempo Argentino)

Alejandro Rofman
Economista
Candidato a legislador por el Socialismo para la Victoria
Frente para la Victoria

Un espacio urbano, como el de Buenos Aires, está sujeto a la disputa política como un ámbito en donde se enfrentan dos concepciones contrapuestas de ciudad. Una de ellas descansa en el principio de que el mercado debe actuar sin limitaciones para asignar eficientemente sus recursos y satisfacer las necesidades de la población. Ello supone privilegiar el imperio de lo privado sobre cualquier limitación política o social
Otra visión afirma que la prevalencia de lo público por sobre los intereses excluyentes de los que disfrutan de poder garantiza la concreción de un proyecto de equidad social y ambiental para todos. El escenario del mercado capitalista que automáticamente se auto regula es falsa pues tal mercado consagra la riqueza en manos de pocos y las desigualdad sociales .
.La política del actual gobierno capitalino se basa en la valorización del capital privado en el manejo de la infraestructura urbana y en propiciar negocios inmobiliarios en las zonas donde sean redituables. Por el contrario, la generación de bienes públicos, indispensables para elevar la calidad de vida de la población, queda relegada. Así, en el área de la infraestructura urbana no se han encarado inversiones de significación en espacios públicos para el disfrute gratuito y colectivo, ni centros de recreación o deporte, ni nuevas iniciativas para la cultura popular.. El Presupuesto Participativo está fuera de la discusión popular. La vivienda de carácter social así como la renovación urbana en las zonas de asentamientos irregulares no se cumplen pese a los fallos judiciales y las partidas a tal efecto se encuentran sub-ejecutadas. No hay incorporación de nuevos establecimientos educativos, en especial en las zonas más carenciadas de la ciudad. En materia de transporte, los corredores de tránsito constituyen la única novedad pero sólo es el ordenamiento de lo ya existente sin agregar la incumplida promesa de construcción de 10 km por año de subte pues solamente se conectaron estaciones ya construidas. Finalmente, la zona Sur sigue descuidada en su urgente y necesaria revitalización.
En temas de salud pública el jefe de Gobierno vetó la ley que promovía la puesta en marcha de laboratorios públicos para bajar costos.
En síntesis . Una Nueva Política debe formar parte de la agenda del futuro urbano en Buenos Aires. Es aquella que coloca como prioritario el rol del Estado local en la realización y/o fortalecimiento de lo público., que escape a la lógica mercantil de los negocios. Ello no implica colocar al Estado como único generador de los bienes y servicios que son indispensables para la subsistencia de la población o el mejoramiento significativo de su calidad de vida. Estos objetivos pueden también alcanzarse a través de la organización de los sectores sociales beneficiados que operan sin fines de lucro fuera del mercado capitalista. Se trata, por ejemplo, de clubes, organizaciones de base, cooperadoras escolares, mutuales, cooperativas, etc.
Veamos un caso. La atención integral de la salud es un bien social que debería estar disponible para todos sin distinción de ingresos. El deterioro del hospital público ha llevado a que una franja elevada de población de ingresos medios resuelva el problema apelando a la medicina privada, con fines de lucro, cuyo costo incide notablemente en muchos presupuestos. Urge recolocar al espacio público en el proceso de cuidado de la salud de todos. Es una obligación constitucional del Estado hacerlo y disminuiría el costo de vida de numerosos porteños
Idéntico análisis y exigencia de cambios en las políticas públicas se da en la educación en todos sus niveles, el deporte, la recreación, la cultura, la vivienda, el cuidado del ambiente, la aumento de espacios verdes, el acceso al río , el respaldo a las actividades productivas basadas en la Economía Solidaria ( empresas recuperadas, en particular) y la promoción de fuentes de empleo para los jóvenes . Finalmente, es necesario tomar la iniciativa de la crear Ferias y Mercados Populares y almacenes barriales que comercialicen producciones de agricultores familiares, a precios muy reducidos, de no menos de la mitad de los que rigen en el mercado
Para llevar adelante esta Nueva Política se deberá contar con un Plan Estratégico de Desarrollo Sustentable para la ciudad, junto al Área Metropolitana de Buenos Aires, a partir de una decidida participación popular en su diseño, implementación y control. Sólo la presencia del pueblo podrá hacer frente a la presión del capitalismo depredador, garantizando creciente niveles de bienestar colectivo y habitabilidad para todos, en especial de aquellos que integran los sectores populares

15Oct/130

Participación popular

Publicado por admin

Por Alejandro Rofman *
Una Nueva Política debe formar parte del agenda del futuro urbano en Buenos Aires. Es aquella que coloca como estratégico el rol del Estado local en la realización y/o fortalecimiento de lo público. Los sectores medios y de bajos ingresos de la ciudad se merecen la presencia activa de un Estado que posibilite la producción masiva de bienes públicos como cometido central de su política, desplazando a la lógica del mercado como único regulador y generador de tales bienes. Tal primacía no supone, sin embargo, colocar al Estado como exclusivo generador de los bienes y servicios que son indispensables para la subsistencia de la población. Estos objetivos pueden también alcanzarse a través de la organización de los sectores sociales directamente beneficiados. Es decir, acompañando al Estado pueden estar presentes organizaciones que provean bienes públicos a la población y que operen sin ánimo de lucro, en forma solidaria y asociativa, con el consiguiente manejo por afuera del mercado capitalista. Por ejemplo, bibliotecas, clubes, organizaciones sociales de base, cooperadoras escolares, mutuales, cooperativas de todo tipo. La valorización de este sector es esencial en el proceso de construcción social de la ciudad para un futuro con bienestar para todos. En primer lugar, es imprescindible encarar una estrategia articulada entre los que producen alimentos necesarios para cubrir una canasta básica y los consumidores de tales bienes. Para ello, experiencias en marcha que se han estado reproduciendo en distintos espacios del país deben ser replicados dentro del perímetro de la ciudad. Por caso, las ferias populares organizadas en numerosas ciudades que se nutren de experiencias productivas solidarias provenientes de la agricultura familiar y que acercan en forma directa a los que demandan tales productos para su subsistencia cotidiana. Esas ferias suman más de 200 en todo el país, con particular incidencia en las provincias del Nordeste.
Es necesario poner en marcha la creación de mercados populares (como los de Lomas de Zamora, José C. Paz y Morón) y almacenes barriales, que ya han comenzado a instalarse en el Gran Buenos Aires, que comercialicen productos frescos y envasados, fruto de la actividad de campesinos y agricultores familiares, posibilitando así la adquisición por parte de todos los consumidores de bienes de primera necesidad a precios muy reducidos, a menos de la mitad de los que se ofrecen en los comercios tradicionales. De este modo, será factible valorizar el ingreso real de las familias y disminuir el fenómeno de carácter inflacionario estimulado por quienes quieren aprovecharse de la mayor capacidad adquisitiva de la población. Por otra parte, la presencia de esas bocas de expendio que no están animadas por el lucro privado impulsa a la baja, por la competencia, a los precios de aquellos productos que se comercializan en los establecimientos tradicionales.
La difusión de esta modalidad operativa –organizada en forma conjunta entre el Estado en sus diversos niveles jurisdiccionales locales y las organizaciones sociales de arraigo barrial– necesitan de legislación adecuada para su permanencia en la actividad, respetando sus principios solidarios y su factor de impulso a los procesos productivos de los pequeños agricultores periurbanos o del interior. Esta opción de combinar acción estatal con actores sociales comprometidos puede replicarse en muchos otros espacios sociales privilegiando la esfera de lo público.
La participación popular se convierte así en una valiosa colaboradora en la adopción de prácticas asociativas y solidarias que tiendan a valorizar el derecho a una ciudadanía plena
* Economista. Candidato a legislador de la Ciudad de Buenos Aires.
Fuente Página 12 13/10/2013