Comisión de Economía Carta abierta Buenos Aires

4Abr/210

CUESTIÓN DE FONDO

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Reconquistar la autonomía nacional exige lograr una refinanciación de más de 20 años con el FMI

El gobierno del Frente de Todos, apenas superados los 90 días de su asunción, tuvo que lidiar con la pandemia y sus efectos sobre la economía, que permanecen en el presente y amenazan con agudizarse por la segunda ola que se extiende tanto a nivel global como regional. Así, la reciente medición de la pobreza para el segundo semestre del 2020 arroja un 42% frente al 35,5 del último semestre de 2019, mostrando un empeoramiento de las condiciones de vida. La indigencia también superó a la de 2019, alcanzando un 10,5% sobre el 8% de aquel momento. La pobreza de la población menor a los 14 años es del 57,7% y subió más de 5 puntos en un año.

Los economistas ortodoxos machacan absurdamente en responsabilizar de estos números a la cuarentena extensa que dispuso el Presidente Alberto Fernández cuando comenzó la peste. Descalifican una medida acertadísima que permitió la expansión estructural del sistema sanitario, evitando su saturación y desborde, sin la cual el Covid-19 hubiera provocado un impacto diferencial, desembocando en un drama y desorden social y económico. Los ejemplos de los que evitaron medidas severas al principio son muy cercanos: Brasil vive una catástrofe de la mano del ultraderechista Jair Bolsonaro como Presidente y el neoliberal ortodoxo Paulo Nunes Guedes al mando de su economía.

Los que son críticos de esa perspectiva suelen adjudicar la razón de la situación de retroceso social a dos causales concurrentes: la herencia del gobierno de Macri junto a las graves consecuencias de la pandemia. Sin embargo, una propuesta alternativa sería listar cuatro concausas responsables del deterioro de las condiciones de vida de las mayorías populares:

  • La herencia del gobierno del tercer turno neoliberal, que al igual que sus dos predecesores concluyó su mandato dejando acrecidos niveles de endeudamiento, desindustrialización, precarización laboral, empeoramiento de la distribución del ingreso y de la pobreza.
  • La pandemia del Covid-19, con su inevitable efecto sobre el aparato productivo y el nivel de actividad económica. No sólo por las limitaciones a la vida normal y su impacto en el consumo y la demanda local sino también por las provenientes de las condiciones de comportamiento de los agentes de la economía mundial.
  • El tamaño inédito del endeudamiento heredado con el FMI, que incide en precauciones fiscalistas que perjudican la utilización a pleno de las políticas públicas. La búsqueda de un entendimiento “ordenado” con la burocracia y autoridades de ese organismo no crea nunca un buen clima para la expansión decidida del gasto público, imprescindible para momentos como el presente. Tres cuestiones reflejan este problema: la eliminación precoz del IFE y los ATP, el retardo en la implementación de una política de shock de demanda mediante el impulso de la recuperación salarial, de las jubilaciones y otras asignaciones, así como en la adopción de un decidido incremento de la inversión pública.
  • El papel de los grandes formadores de precios locales que han resistido las diferentes políticas de ordenamiento, regulación y control de precios. Estos han subido desmedidamente durante la pandemia debido a la puja distributiva de carácter desigual desatada por ese poder económico concentrado frente a la inevitable restricción que la pandemia impone a los sectores populares para movilizarse en resistencia.

 

 

El FMI: un organismo de intervencionismo financiero

Los intelectuales orgánicos del neoliberalismo intentan desdramatizar la deuda con el FMI. Frente a la advertencia sobre el carácter impagable que tiene la deuda argentina, replican argumentando que todas las deudas de los países tienen diseños impagables y que, por lo tanto, lo que hacen los gobernantes es renovarlas. A su vez, sostienen que los intereses que cobra el organismo internacional son bajos y que por lo tanto no es cuestión de andar pidiendo rebajas. Los menos precavidos respecto al problema central que abordaremos sostienen que el país se puede ordenar sólo si se acuerda un programa con el FMI. Las autoridades del Fondo mientras tanto sostienen que los plazos, condiciones y diseños para sus préstamos están establecidos y no existen posibilidades de consideraciones de excepcionalidad. Agregan que el fondeo de la institución es un fondo rotatorio constituido por el aporte de sus países socios y que por eso es imposible cualquier quita. Toda esta serie de articulación de deseos, caracterizaciones y limitaciones lleva a construir las condiciones para la resignación a la inexistencia de posibilidad de plazos mayores a diez años –que es el que ofrece la línea de facilidades extendidas–, de reducción de tasas de interés y de quitas de capital.

En el prólogo de Historia crítica del FMI, el gendarme de las finanzas (Oscar Ugarteche, Capital Intelectual, 2016) el historiador mexicano Carlos Marichal escribe que “el FMI no sólo ha empujado el avance de una globalización financiera que mina la soberanía de las naciones del sur, sino que ha tratado de romper los intentos de unificarse y hacer coaliciones regionales en contra del neoliberalismo”. Lo expresado por Marichal anticipa muy bien las razones por las que el FMI sí se permitió la asistencia excepcional que le brindó al gobierno de Macri tratando de posibilitar su reelección. Una de ellas es funcional con la política del lawfare desplegada en la región: desarticular el proceso de Unidad Latinoamericana e impedir luego cualquier rearme de la misma. Como el mismo ex Presidente entusiasta de la Fundación Libertad confesó, el apoyo financiero que recibió fue por preferencias políticas. Efectivamente, tal como sostuvo Cristina Fernández en Las Flores, el Fondo otorgó un crédito por un monto que más que duplicaba su atribución estatutaria por indicación del Presidente de los Estados Unidos, país que tiene el control hegemónico en ese organismo con el 16.5% del poder de voto, cuando las decisiones de importancia requieren el 85% de los sufragios. Nada significativo se puede hacer si no se cuenta con el beneplácito de la superpotencia del norte.

Antony Blinken, secretario de Estado de Joe Biden, pidió esta semana la liberación de la ex dictadora Jeanine Añez –refieriéndose a la misma como interina– y de dos de los que fueran sus ministros, además de manifestar que “Estados Unidos está profundamente preocupado por los crecientes indicios de comportamiento antidemocrático y la politización del sistema legal en Bolivia”. El reemplazante de Donald Trump irrumpe con el objetivo continuista de la política de su predecesor respecto del activismo para evitar la recomposición de una perspectiva de autonomía y unidad para América Latina. Marichal continúa en su prólogo reflexionando que “desde sus estatutos originales, el FMI tiene entre sus objetivos principales contribuir a mantener la estabilidad financiera a escala internacional, lo cual implica supervisar la banca y las finanzas internacionales con el objeto de anticipar serios problemas financieros a los países miembros. Pero –¡oh, sorpresa!– en el caso de los países en desarrollo y, en particular, de Latinoamérica, y de manera reiterada, el FMI ni ha previsto ni ha anunciado los peligros de crisis inminentes, pese a que ha tenido y tiene toda la información requerida para hacer sonar las alarmas. Al contrario, con frecuencia ha sido testigo mudo de aquellas peligrosas coyunturas mientras se estaban gestando las crisis, para luego ingresar como el bombero al rescate a posteriori, cuando ya era demasiado tarde para evitar la catástrofe. Las razones son manifiestas: el FMI no adquiere más poder si prevé y disuade las crisis. En cambio, después de que explotan las crisis el FMI asume el papel de bombero de fuegos financieros, lo cual aumenta su poder enormemente, en tanto organiza los rescates e impone sus puntos de vista, así como sus estrategias y requerimientos, a los gobiernos deudores en problemas”. La conceptualización de Marichal calza como anillo al dedo al rol del Fondo en la crisis de la deuda macrista. El carácter político del préstamo para favorecer la reelección de Macri aportaba, también, a la restauración hegemónica de los Estados Unidos en la región. Hay una estrategia lawfare-FMI en Argentina y en la región. Ni el cambio de Christine Lagarde por Kristalina Georgieva, ni el de Trump por Biden han de modificar ese plan. Los rumbos del FMI no atienden a estilos personales sino a estrategias de largo alcance de las potencias centrales, especialmente del aparato militar-industrial-financiero estadounidense.

La diputada nacional Fernanda Vallejos recuerda en un tweet del 30 de marzo que el préstamo stand-by terminó representando, cuando se amplió a 57.000 millones de dólares, casi el 1300% de la cuota argentina en el FMI, pese a que el límite tolerado para este tipo de acuerdos por las normas del fondo es el 435%. Finalmente se usaron 44.000 millones, el doble del tope reglamentado. El mismo Fondo reconoció, continúa Vallejos, la insostenibilidad del nivel y de la arquitectura del préstamo. Se quebrantaron “todas las normas para otorgar esto que fue un disparate, ¿por qué no puede haber flexibilidad para encontrar una solución a algo que, indudablemente, estuvo mal dado?” Como dicen los intelectuales y operadores mediáticos del establishment, las deudas de los Estados son impagables por eso las refinancian. La observación que continúa a ese dictamen es que consiguen refinanciarla si realizan políticas generadoras de confianza en los mercados financieros, que son las que coinciden con aceptar expresa o implícitamente las condicionalidades que el FMI impone.

Es por esta razón que la solución razonable, de reconquista de la autonomía nacional, consiste en que la refinanciación sea sostenible, mediante un monto anual de servicio de intereses y capital que pueda ser pagado sin necesidad de discutir refinanciaciones, que se convierten luego en un permanente condicionamiento de la política económica. Por lo anticipado, una refinanciación de más de 20 años con un quinquenio de gracia –lo mínimo que se requiere para la sustentabilidad– sin condicionalidades estructurales ni restrictivas, no será fruto de una concesión ni espíritu comprensivo del FMI sino de una actitud firmísima del gobierno nacional y popular. Porque como investigó Noemí Brenta en Argentina atrapada, los “acuerdos de facilidades ampliadas” le permiten al FMI, a partir de extender los plazos, intensificar su injerencia en las economías prestatarias. Todas estas características y reflexiones son las que llevaron la convicción a Néstor Kirchner sobre la necesidad de cancelar íntegramente la deuda con el FMI en el 2005. También las que indujeron al FMI a abrazar a Macri para macroendeudarnos nuevamente.

 

 

Rodolfo Puiggrós

Este notable historiador marxista afirmaba en Pueblo y oligarquía (Corregidor, 1972) que “a los políticos que se valen de la historia y de la economía como muletillas ajenas o contrarias al devenir nacional, les vienen de perillas las tesis de los economistas o historiadores que ocultan o subestiman la función determinante de las causas internas en el desarrollo de la sociedad. Entre el economista que propone contraer empréstitos o buscar gravosas e incontroladas inversiones en el extranjero con el objeto de remediar dudosas crisis, el político que espera alcanzar el poder mediante la ayuda de una gran potencia y el historiador que reduce el pasado de su país a una serie de hechos cronologados formalmente con los hechos mundiales, hay diferencias de profesión y no de calidad. Todos ellos poseen la mala conciencia que en las colonias, dependencias y factorías, marca con su deleznable sello a las clases sociales enajenadas a las ideas y los intereses del imperialismo extranjero… No es que las causas externas dejen de tener influencia, a veces primordial, en el nacer y desarrollarse de la sociedad. El error consiste en colocarlas en el lugar correspondiente a las causas internas… Las causas externas intervienen en los cambios sociales a través de las causas internas en la medida en que estas se lo permiten”. Esta cita tiene una doble dirección: una respecto a una cuestión interna y la segunda a su vínculo con la propia relación con el FMI.

El poder concentrado de las grandes empresas locales les permite fijar precios para maximizar ganancias, aun en plena pandemia. Son inconmovibles a los llamados a la solidaridad. Tienen la misma conducta deshumanizada que permite la concentración de las vacunas en un puñado de países mientras hay otros que no han recibido ninguna dosis hasta el momento. Pero la lógica de esos empresarios no se detiene en el aumento desmedido de precios. También promueven que el Estado gaste poco para garantizar su debilidad y, en consecuencia, conservar para un grupo de actores privados la dirección de la economía. Además desean dolarizar sus ganancias y mantener la mayoría de sus activos en el exterior, restándolos a la posibilidad de invertir internamente. Por eso insisten en liberalizar el mercado de cambios y en autorizar el movimiento irrestricto de capitales con el exterior. Pero también aspiran a una legislación que desregule el mercado de trabajo, para poder competir con bajos salarios, y también pregonan la desregulación de importaciones para reducir costos, aun a costa de convertir sus industrias en armadurías.

En vez de responder con actitud ciudadana al aporte solidario de las grandes fortunas, muchos litigan para no pagar. Las firmas que integran la cadena de bienes agroindustriales, que participan mayoritariamente de las exportaciones del país, se oponen a la intervención del Estado en el comercio exterior y resisten a las retenciones, manteniéndose amenazantes contra cualquier aumento en las mismas, porque quieren apropiarse de las rentas diferenciales extraordinarias. Estos agentes internos tienen suficientes razones para contentarse con la presencia permanente del FMI y sus programas de reformas pro-mercado y contrarias a la intervención estatal. Sus móviles principales se alinean con ese paradigma, antagónico al de los intereses de las pymes. Móviles muy diferentes respecto de la porción de la burguesía nacional –que aniquiló la dictadura terrorista–, que aliada con los asalariados constituía parte de un proyecto nacional que requería la expansión del mercado interno sobre la base de salarios e ingresos dignos de los sectores populares.

Muy vigente resulta el epígrafe de Mario Rapoport en Las políticas económicas de la Argentina, una breve historia (Booket, 2010), citando a Manuel Belgrano: “Yo espero… evitar los grandes monopolios que en esta parte tengo noticias se ejecutan en esta capital, por aquellos hombres que desprendidos de todo amor hacia sus semejantes sólo aspiran a su interés particular, y nada les importa el que la clase más útil del Estado, o como dicen los economistas, la clase productiva de la sociedad, viva en la miseria y desnudez que es consiguiente a estos procedimientos”.

 

 

El déficit fiscal

El equilibrio fiscal es la condicionalidad central que impone el FMI. El logro de esa meta bajo condiciones recesivas se sustenta en la reducción del gasto público que empuja la recaudación impositiva hacia abajo exigiendo luego recaudar menos. Es el camino de la recesión profunda. El superávit fiscal que se obtuvo en la primera etapa del ciclo nacional, democrático y popular se debió a que la altísima tasa de crecimiento del PBI aumentó la recaudación. Pero el gasto público no decrecía en relación a esa variable, la tendencia fue inversa. Por eso el cierre de la ecuación presupuestaria con superávit o déficit es de orden económico. No es una ecuación contable. La idea de que no se puede gastar más de lo que se tiene corresponde a actores privados. El Estado posee la potestad de definir la cantidad de dinero de la economía e incidir sobre su oferta y su demanda. Emitiendo e invirtiendo. Por eso pierde sentido la idea de “gastar lo que se tiene”. El resultado del presupuesto debe constituir lo menos negociable con el FMI. No sólo porque de él depende el tamaño del gasto necesario para mitigar, reducir y erradicar la pobreza y la indigencia –a través del impulso del crecimiento y de la determinación del volumen del gasto social–, sino porque es una cuestión de soberanía. El poder monopólico del Estado sobre la moneda propia debe ser innegociable.

21Mar/210

PRECIOS CONSPIRADOS

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El debate sobre el déficit fiscal y su significado

El Déficit Fiscal

El déficit fiscal resulta la base sobre la que se asienta la pasión de la corriente neoclásica. Tanto en términos del combate a la inflación como de variable macroeconómica estrella para negociar con el FMI. El diagnóstico de los economistas que transitaron, y transitan, la economía neoliberal, se nutre mucho más del sentido común que del análisis científico. Dicen que si el Estado gasta más de lo que recauda y no tiene margen para endeudarse, entonces incurre en déficit fiscal que debe financiar con la creación de moneda doméstica (en nuestro caso pesos). De allí se dirigen derechito a la teoría cuantitativa del dinero y postulan que si la cantidad de dinero aumenta respecto de la masa de bienes existentes, provoca el aumento de los precios. Este modo de razonar no es inocente respecto del sujeto imputado, ya que la responsabilidad sería del gobierno por no disciplinar el presupuesto y equilibrar las cuentas públicas. Sin embargo, a esta mirada tan atrayente e intuitiva como precopernicana, que suena tan verdadera como que el sol gira alrededor de la tierra, se le opone una inversa: que los precios aumentan por decisión del empresariado concentrado que está en condiciones de fijar sus valores en los mercados, esos incrementos desatan una lucha reivindicativa de los sectores de ingresos fijos que reclaman aumentos de salarios públicos y privados e incrementos de jubilaciones y otras prestaciones sociales a cargo del Estado. La demanda de crédito público y privado para atender el nuevo nivel de precios e ingresos de la economía presionaría sobre la necesidad de emisión de dinero por parte del gobierno. Por otra parte si los empresarios que aumentaron precios, y en general consiguieron mejoras en sus ganancias, se resisten a financiar las mayores erogaciones en las que debe incurrir el Estado mediante el pago de mayores tributos, hay un deterioro del saldo fiscal de las cuentas públicas.

La ecuación con la cual se analizan las dos miradas podría ser semejante. Pero el tema no es la ecuación, sino la función que se expresa en la misma con la hipótesis de causalidad fijadas en variables independientes diferentes. Para los que le achacan la culpa al Estado, el pregón clásico de los neoliberales, la variable independiente es lo que imprime la maquinita que tiene el que ejerce el gobierno, mientras que para los intelectuales que se alinean con la economía heterodoxa y la mirada crítica, el problema radica en las decisiones del poder económico concentrado que aumenta los precios y desata un encadenamiento de hechos que desembocan en los fenómenos inflacionarios.

Para los primeros, las variaciones del déficit serían una cuestión de disciplina y equilibrio macroeconómico, para los segundos esos cambios expresarían la puja distributiva y lucha de clases. Pero el déficit fiscal tiene otros costados que merecen analizarse y no sólo los sujetos y acciones que determinan su variación. Es necesario analizar que bajo el supuesto de que se logre cierta estabilidad del mismo resulta una cuestión relevante sopesar cuál es su nivel adecuado y qué evolución se propugna hacia el futuro. Por ejemplo, la Argentina hoy se encuentra en plena pandemia y requiere de un nivel de gasto público extraordinario. Como el resultado fiscal negativo resulta de la diferencia entre lo que el Estado gasta y lo que recauda, es esperable que esa diferencia aumente, a menos que el impuesto a las grandes fortunas se convierta en permanente y pase de la exigüidad de sus alícuotas a niveles razonables, que las retenciones a la soja y sus derivados crezcan en más de diez puntos porcentuales como merecen sus precios internacionales actuales y que se trabaje en una reforma que alcance niveles aceptables de progresividad tributaria, recomponiendo el sistema cuyo proceso de destrucción comenzó la dictadura militar.

Pero si afanarse en reducir el déficit supone construir una política de reducción del gasto público, estaríamos ante un error de concepción por parte del gobierno popular. Y en esto corresponde cierta rigurosidad técnica. No estamos hablando del gasto público en términos nominales. Ni tampoco en términos reales. Sostener el gasto público y no reducirlo significa ponerse el objetivo de su crecimiento en relación al PBI. O sea proponerse como política que el gasto público crezca más que el Producto. Y esto no se trata de la defensa de lo que despectivamente llaman dirigentes del PRO como “Estado planero”. Expresa la vocación de un Estado que aumente la Inversión pública, que haga centro en la Investigación Científica y Tecnológica, que construya un Sistema Único de Salud de excelencia, que mejore los ingresos de los jubilados, que recupere la centralidad en todos los niveles del sistema educativo – cuyo eje debe ser la construcción de ciudadanía, de cultura y de capacidades productivas, en ese orden. Y además que tenga capacidad de regular a la economía concentrada y de frenar el proceso de concentración. La discusión relevante es cómo puede y debe financiarse un proyecto instituyente de estas profundas reformas saludables para la sociedad argentina. El gasto se financia en primer lugar con impuestos. Mencionamos ya las reformas progresivas de estos, pero también debe recuperarse el nivel de aportes patronales a las cajas de jubilaciones. No es necesario un presupuesto equilibrado, pues el equilibrio en sí mismo reporta más a una cultura de remanso conservador que a una virtud de la economía, refiere a una lógica de quietud, a un punto sin movimiento. Sería virtuosa, en cambio, la construcción de un mercado financiero en pesos de volumen al cual pueda también acudir el Estado a financiarse. Nunca debería volver a hacerlo para sus gastos corrientes en moneda local tomando prestado a fondos internacionales en dólares, para terminar en la debacle espantosa de 2019, cuando Macri, Dujovne y sus colegas de equipo se bajaron los calzoncillos ante el FMI. Claro, después de haber permitido y estimulado una fuga de capitales de velocidad sin precedentes.

El proyecto de país y el negocio del desabastecimiento

Esta mirada sobre la inflación y el déficit no se remite a estas dos categorías. Pensarlas con profundidad implica pensar el proyecto de país. Un gasto público que caiga en proporción al PBI significa pensar que la iniciativa económica y productiva debe quedar en manos del empresariado, expulsando al Estado de esos planos o reservándole un lugar subsidiario. Dos graduaciones, estas últimas, de la misma política, Estado chico o Estado subsidiario. Un Proyecto Popular exige más que un Estado presente, necesita de la centralidad del mismo en la vida económica. No sólo debe regular las condiciones en que deberían actuar las empresas privadas, sino que debe dirigir el destino de la economía. Con un importante nivel de Inversión Pública y, también con un Plan Económico, que contenga los lineamientos del país que la voluntad popular debe decidir. Entiéndase bien: un Plan Económico, que es una cuestión poco familiar con un Programa Macroeconómico de ordenamiento de las cuentas públicas (en argentino, esto es un plan de ajuste).

Frente al incumplimiento de las regulaciones de precios y comercialización que el Ministerio de la Producción dispuso, la Secretaría de Comercio intervino con inspecciones y sanciones. Los economistas neoclásicos descreen de este tipo de medidas. En su ingeniosa columna en el suplemento económico de La Nación del 28 de febrero de 2021, Juan Carlos De Pablo recurre a su toque de humor, simulando un reportaje  a Joseph Louis Francois Bertrand, que le permite compartir ideas y supuestas coincidencias que el imaginario reporteado tendría con las que el tradicional economista ortodoxo propala actualmente por medios orales y escritos. Como sus colegas del mainstream, De Pablo cree e intenta fundamentar la neutralidad empresarial. Para él el responsable de la inflación es el gobierno que lleva adelante malas políticas económicas.

Dice De Pablo: “Cualquier monopolista, oligopolista o competidor solo obtiene beneficios si produce y vende, es decir, si ‘abastece’. Cuando la cantidad óptima de producción y venta es cero, la empresa no está maximizando sus beneficios, sino minimizando sus pérdidas, porque igual tiene que afrontar costos fijos. Todo esto lo aprenden los alumnos en el más elemental curso de microeconomía. ¿Lo tendrán en cuenta los funcionarios del Poder Ejecutivo, que se ocupan del desabastecimiento?” El decano de los economistas neoclásicos del país se permite igualar las conductas maximizadoras de agentes que la propia economía que él exhibe como “objetiva” diferencia. Ya que la religión laica escrita en los “elementales manuales” que refiere De Pablo tiene un juicio de disvalor sobre los monopolios y los oligopolios, mientras que apologizan la libre competencia. La maximización de los primeros se da en un marco de fijación de precios (de poder de mercado), mientras que los competidores se presentan como tomadores atomísticos de precios. Los primeros los ponen, a los segundos se los da el mercado. Pero en el mundo de hoy quienes abogan por el dogma escrito en los manualitos de microeconomía, que según el autor deberían consultar más los miembros del Poder Ejecutivo, no defienden precisamente a las pymes, sino que lo hacen a los grandes empresarios que dirigen la Convergencia Empresarial, la AEA, la Sociedad Rural y la UIA. La sal del poder económico. Como buen neoclásico el enfoque de De Pablo es la comparación de fotografías (estática comparativa) y no el cinematográfico (la dinámica de los cambios). El empresario que desabastece es cierto que no vende, que no realiza. Ahora una cosa es una conducta de un empresario (sobre la que divagan los manuales) y otra la de un empresariado. Un colectivo con poder económico puede decidir no vender para desprestigiar una medida, para presionar por su derogación, para crear malestar popular con un gobierno, hasta para conspirar políticamente. Un empresariado puede disputar políticamente, puede decidir perder algo en una instancia para ganar mucho más después.

Hay también mercados específicos como el de los bienes-salario argentinos impactados por el precio internacional de la soja. Cuando sube este último, si el gobierno decidiera aumentar las retenciones y apropiar a la sociedad de parte del aumento de la renta diferencial, los empresarios agrarios podrían retener y no vender, ni afuera ni adentro, retener en los silobolsas para hacerlo luego de aprietes al gobierno para obligarlo a bajar los derechos de exportación. Estas conductas extorsivas privarían al gobierno de contar con las divisas para afrontar sus pagos de importaciones, deudas y remisión de utilidades empresariales. En estas cuestiones consiste el negocio de desabastecer: en la espera como lógica de obtener mayores ganancias, en la ganancia de poder político –que significa su sustracción a la voluntad popular— que importará mejores condiciones posteriores para  el “clima de negocios, ganancias y rentas” que propician.

El paradigma de los manuales, a los cuales De Pablo les otorga el lugar de autoridad de la microeconomía, basados en la Nueva Economía que inventaron  Edgeworth, Fisher, Marshall y Pareto, citados en el artículos, a los que se podrían agregar Walras, Menger , Jevons y Clark, entre otros, no se cumple. El axioma de tratar al gran empresario como una individualidad dentro de una sociedad en la cual los mismos actúan articulados para condicionar al poder político y modelar la distribución del ingreso y la riqueza es equivocado. Mientras esas reliquias que nunca tuvieron más que elegancia académica, pero nunca rigor científico, sigan guiando los estudios universitarios, una reforma pendiente remitirá a que los debates económicos trascendentes se desenvuelvan en aulas de cursos alternativos.

Ni saben sumar

Mientras tanto habrá que insistir en que economistas sistémicos, periodistas de medios concentrados y pretendientes de oradores televisivos se abstengan de sumar peras con limones. Eso hacen cuando suman deudas del Estado en moneda doméstica con la comprometida en divisas. Son advertidos por la heterodoxia en modo insistente, pero no parecen encontrar otro camino para ocultar la imperdonable política de endeudamiento del gobierno de Cambiemos. La ignorancia, real o simulada, parece el recurso único que tienen a mano para proteger el desastre del endeudamiento incurrido por los último cuatro años de liberalismo neo.

8Mar/210

DONDE EL ESTADO MARCA EL RUMBO

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Al mismo tiempo que le gana batallas a la pandemia, China pone frenos a la especulación financiera

 

El desafío de Jack Ma

El multimillonario Jack Ma es el cofundador (1999) y socio principal de Alibaba, que controla Ant Group , una compañía financiera conocida por su aplicación de pagos digitales Alipay, con 700 millones de usuarios por mes. Adicionalmente Ant Group maneja inversiones en línea, seguros y préstamos al consumidor, un negocio de más de 600.000 millones de dólares.

Este grupo creció meteóricamente incorporando tecnologías digitales, pasando Alibaba de las funciones propias de gran supermercado electrónico (incluidos Ali Express y Taobao) al estilo Amazon, a ser el principal actor en el sector financiero privado chino. Actualmente Ant controla más de la mitad del mercado de pagos móviles chinos. Hasta junio manejaba 2,15 billones de yuanes (333.000 millones de dólares) en préstamos para consumidores y pequeñas empresas, o una sexta parte de lo que manejan sus más de 4.000 bancos comerciales. Ant tenía sólo 16.000 millones de yuanes (2.500 millones de dólares) en capital autorizado, una proporción muy inferior sobre préstamos a la regla de Basilea. Pekín exige que aquellas instituciones financieras consideradas “demasiado grandes para quebrar” deben superar esas condiciones. Mientras su presencia no llegaba al nivel actual no había riesgos sistémicos, pero las alarmas amarillas pasaron a rojas cuando Jack Ma quiso presionar para avanzar sobre sectores financieros previamente controlados por bancos del Estado.

“El Acuerdo de Basilea es más como un club para los ancianos”, espetó Ma en un discurso en Shanghai en octubre, donde calificó al sistema financiero chino como un “adolescente” que está mejor atendido por firmas tecnológicas innovadoras que pueden llevar la banca a poblaciones pobres y pequeñas empresas. Cruzó la raya. A los pocos días el Estado chino le impidió presentar la OPI de Ant y Ma desapareció de la vida pública hasta su reciente reaparición, con tonos más conciliadores. Los medios han anunciado que Ant se transformará en una sociedad financiera de cartera, un banco comercial regulado, mucho más “aburrido” que las funciones financieras no controladas que lo hicieron crecer. Fuerte caída del valor de sus acciones.

Las críticas del sector privado se centran en que mucha regulación socavaría el crecimiento económico que promueve el aumento de productividad del sector tecnológico. Pero lo que está en discusión no es el avance tecnológico sino la utilización de esa herramienta para el objetivo de largo plazo de China. No todos los sectores privados son lo mismo. Un exceso de oferta de automotores, celulares o laptops no es lo mismo que una burbuja financiera. Bastante complicadas serían las consecuencias de un estallido en el sobredimensionado sector inmobiliario chino. Sin embargo, la concentración de empresas constructoras-inmobiliarias es muy inferior a las de los sectores tecnológicos (mayormente privados) y financieros (mayormente públicos).

 

Los sectores hegemónicos del capital

El temor de Pekín es que el sector financiero desregulado termine produciendo las orgías de especulación que caracterizan a los mercados de valores como Wall Street. China tuvo su burbuja financiera que estalló en 2015, sin afectar el crecimiento general. La influencia creciente de las empresas de tecnología sobre las finanzas aumenta los riesgos de estallido y recesión económica, con consecuencias estructurales.

¿Cuáles son los cambios que se han producido en la cúspide del capital?

Para fines del siglo XIX la concentración de las ramas más dinámicas de la industria manufacturera (ferrocarriles, acero, petróleo, química, etc.) se combinó con el crecimiento de los grandes bancos y el auge de las bolsas de valores para formar el capital financiero, en una unión indiscernible, dominando al resto de las fracciones del capital (industrial no concentrado, comercial, inmobiliario, agrario, etc.).

Esa ciudadela del capital concentrado ha dominado la estructura económica de los países centrales durante más de 120 años, con cambios importantes (incluidos ingresos y egresos de sectores) debido a las consecuencias de su propia dinámica. El crecimiento de la productividad industrial junto a la ausencia de regulaciones al sector financiero bursátil desató en los años veinte una creciente especulación que terminó en el estallido de la burbuja de precios en octubre de 1929 en Wall Street. La Gran Depresión ha sido, hasta la pandemia de 2020, la caída más importante de la actividad económica mundial, con duraderas consecuencias sociales y políticas.

El gobierno de Franklin Roosevelt impuso importantes regulaciones al sector financiero que limitaron los desbordes especulativos, regulaciones que se mantuvieron después de la Segunda Guerra y fueron parte del acuerdo keynesiano de crecimiento de la “economía de bienestar” que caracterizó a las economías centrales. Es recién a partir de los ochenta –luego de la recuperación del capital financiero– que éstos logran iniciar los cambios políticos con los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Se van eliminando aceleradamente las restricciones al funcionamiento del sector financiero internamente y en el ámbito internacional, se desregula el mercado laboral. El neoliberalismo fue reimponiendo la libre circulación de mercancías y de capital.

Otra revolución paralela se estaba produciendo en las fuerzas productivas. Por un lado la emergencia de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC´s) y por el otro la invención del container marítimo (1956), que llevó a una revolución de los transportes, con buques porta-contenedores cada vez más grandes. Transporte masivo, rápido, eficiente y barato combinado con comunicaciones baratas e instantáneas posibilitan la globalización, con países que concentran el diseño, la tecnología, la comercialización, el consumo y la financiación por un lado y otros países que concentran la producción de insumos y bienes finales simples y el montaje de los complejos.

La tasa de ganancia subió en el centro por el congelamiento de los salarios reales de los trabajadores industriales, duramente afectados por la competencia de las producciones asiáticas.

Los cambios económicos en China, desde el advenimiento de Deng Xiaoping en 1978, aceleraron este proceso. El neoliberalismo triunfaba a nivel económico y político, con la apertura capitalista de China y la implosión del sistema socialista en la URSS y Europa Oriental.

Pero el capital financiero no regulado volvería a producir las crisis de especulación, notoriamente la de inicios del siglo XXI, la crisis “punto-com” de especulación con tecnológicas y la de las hipotecas sub-prime (basura) en 2008/2009.

 

Las TIC´s dentro de la ciudadela financiera

El sector TIC´s está produciendo cambios en las finanzas, y es en la dialéctica entre ambas fracciones que se reacomoda la hegemonía del capital en el siglo XXI.

Las TIC´s pueden hacer más inestable la situación del mercado de capitales porque se introducen en actividades anteriormente manejadas por el sistema financiero tradicional. Los nuevos sectores monopólicos TIC´s tienen una capacidad de acumulación de ganancias muy superior a la necesaria para el desarrollo de su propia actividad original. Ello las empuja hacia nuevas áreas, y una de las más rentables es la de las finanzas. Un grupo como Alibaba y Ant Group, al igual que Amazon en Estados Unidos, no sólo compran y venden productos en distintos formatos de negocios (B2B y B2C) sino que financian las ventas que realizan, actividad antes circunscripta al sistema bancario de crédito, más regulado que el comercio electrónico. Identifican las necesidades y la capacidad de pago de los millones de clientes cuya información controlan por el manejo del Big Data. Ello dispara infinitos nuevos negocios, que son acaparados a la velocidad que se desarrollan por los grandes del sector, tanto en Estados Unidos como en China.

La mesa de mando de las economías desarrolladas incluye en la posición más destacada al sector financiero, que es el que de una u otra manera distribuye los excedentes de la sociedad entre las necesidades de inversión y financiamiento del consumo.

El gran temor del Partido Comunista de China (PCCh) es que el control de esa mesa se pierda ante empresas desreguladas y el país sea desbordado por la especulación que caracteriza a Wall Street y otras bolsas mundiales. Esa es la razón por la cual el Estado chino frenó en seco a Ant Group al impedir su OPI en octubre pasado. Si hubiese permitido el crecimiento descontrolado del grupo, dentro de las oscilaciones inevitables que la actividad financiera produce, podría ocurrir que una insolvencia del mismo hubiese obligado a rescatarlo dado que ya es “demasiado grande para caer”. Aquí es cuando aparecen las diferencias entre los dos sistemas. Los gobiernos occidentales no quieren o no pueden poner freno a los rebrotes especulativos, en especial luego de la catarata de emisión mundial con el fin de minimizar los enormes costos sobre la actividad económica de las restricciones que produce la pandemia.

Guo Shuqing, director de la Comisión Reguladora de Banca y Seguros de China, dice que los funcionarios chinos están “muy preocupados” de que estallen burbujas de activos extranjeros. Indica que la alta valoración del mercado de valores de Estados Unidos implica el riesgo de una “carrera seria en la dirección opuesta”. Según Zero Hedge los dólares están llegando a China a un ritmo récord. Guo cree que lo pueden mantener bajo control.

 

El control en tiempos convulsos

La crítica más habitual a China es la ausencia de democracia representativa. Esa forma política no forma parte del acerbo chino. Su larga tradición cultural y política valora más la “armonía” y un conductor “virtuoso”: durante milenios los emperadores bajo diversas dinastías, desde hace 72 años el PCCh. La libre expresión de las ideas políticas en Occidente está crecientemente limitada y encarrilada en forma muy estrecha por los intereses económicos que dominan el aparato ideológico (educación, medios de comunicación y entretenimiento incluido Internet, jueces, etc.) y los distintos partidos políticos mediante los aportes económicos, legales como los aportes sin límites en Estados Unidos, o ilegales de todas las formas imaginables, desde el soborno a la extorsión o la supresión violenta.

Hay muchos desafíos que está enfrentando el sistema político chino, dos muy importantes al corto plazo. El primero –control de la pandemia– parece estar ganándolo y para ello ha utilizado las ventajas del poder centralizado y toda la tecnología disponible incluyendo el control de su población mediante aplicaciones en los celulares, reduciendo a casi cero la privacidad para combatir los contagios, objetivo logrado con el consentimiento y apoyo de su población.

El segundo es evitar que la ola de especulación financiera desestabilice su propio mercado de capitales por el ingreso de capital internacional golondrina buscando colocaciones más rentables allí donde la economía real sufrió menos la pandemia.

China es alérgica al caos y la improvisación. Tuvieron caos en el largo siglo de las humillaciones, entre 1839 y 1949, y luego bajo Mao durante El Gran Salto Adelante (1958-62) y la Revolución Cultural (1966/76). Recién están saliendo de la severa disminución del crecimiento por la pandemia (sólo crecieron el 2,3% en 2020) y se mantienen los serios enfrentamientos con Estados Unidos. No están dispuestos a que los capitales mundiales excedentes desestabilicen a China, y por lo tanto demoran la prometida internacionalización del Yuan. No quieren tener contratiempos financieros por desbordes de sus propios grupos privados, como Ant. Una de las formas de mantener el control financiero se logrará con la Moneda Digital China o Yuan electrónico, usando la misma tecnología de las criptomonedas (blockchain) pero emitido y respaldado por el Banco Central (BOC). Actualmente está en pruebas a nivel interno para habilitarla más adelante como medio de pago alternativo al sistema Swift de transferencias dominado por Estados Unidos.

El ataque integral a la pandemia logró en China que la reducción de su crecimiento económico fuese menor que en Occidente, que sufrió fuertes caídas. Por ello fueron muchísimo menores los paquetes de ayuda financiera para la recuperación. En Estados Unidos, el paquete de ayuda de Donald Trump y el que está desplegando Joe Biden son enormes y parte significativa sirvió para la especulación financiera, recompra de acciones, mantenimiento de zombies económicos, empapelamiento del mundo deseoso aun de tener los dólares como reserva de valor y las colocaciones financieras especulativas externas de corto plazo.

China hará cualquier cosa para no caer en los desbordes de la especulación financiera, incluyendo la delimitación del accionar de aquellas empresas TIC´s que estaban ingresando en el terreno financiero. Las empresas privadas se benefician del sistema mixto de capitalismo de Estado, con ganancias crecientes y más importantes que sus pares de Occidente, pero el rumbo económico se mantendrá bajo el control político siguiendo los objetivos nacionales de largo plazo.

 

7Mar/210

LA QUITA

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Keynes contra el librecambio: la actualidad de los debates de Bretton Woods hace 80 años

 

 

John Maynard Keynes en sus escritos de los años ’30 caracterizaba muy duramente las décadas anteriores de librecambio y cuestionaba como una utopía fracasada a muchos de los principios dogmáticos que la corriente económica predominante sostiene como axiomas. Esas reflexiones keynesianas precedieron en una década los debates y perspectivas con las cuales el autor de la Teoría General  discutió con White el carácter que debía tener el Fondo Monetario Internacional.

En La autosuficiencia nacional, el economista inglés sostenía que “tratándose de detalles económicos y no de direcciones centrales, estoy dispuesto a conservar tanto juicio privado e iniciativa y empresa, como sea posible. Pero me he convencido de que la conservación de la estructura de la empresa privada es incompatible con el grado de bienestar material a que nos autoriza nuestro adelanto técnico, a menos que la tasa de interés caiga a una cifra mucho más baja que la que probablemente logre por las fuerzas naturales que operan en los viejos moldes. En realidad, la transformación de la sociedad que preferentemente entreveo, puede requerir una reducción en la tasa del interés, hasta el punto en que se desvanezca dentro de los próximos treinta años. Pero esto es muy poco probable que ocurra bajo un sistema en el que la tasa de interés encuentra, bajo el funcionamiento de las fuerzas financieras normales y concediendo lo necesario por riesgo, etc., un nivel uniforme en todo el mundo… El internacionalismo económico, que comprende el libre movimiento de capital, de fondos prestables y de mercaderías, puede condenar a este país, por una generación venidera, a un grado mucho más bajo de propiedad material que el que pudiera alcanzarse bajo un sistema diferente”. Keynes así cuestionaba en la década de la crisis la compatibilidad entre la propiedad privada, una tasa de interés que no sea extremadamente baja, el libre movimiento del capital, de los fondos prestables y de mercaderías. Pensaba que un sistema diferente podría ser mucho más eficiente para que una generación futura encontrara una mayor disposición de bienes.

El fundador de la Macroeconomía del siglo XX planteaba en el mismo escrito que “la protección de los intereses que un país tiene en el extranjero, la conquista de nuevos mercados, el progreso del imperialismo económico, son una parte, apenas evitable, de un plan de cosas que aspira al máximo de especialización internacional y al máximo de difusión geográfica del capital, dondequiera que radique el derecho de propiedad. Puede ser más fácil llevar a cabo una política doméstica aconsejable, si, por ejemplo, puede descartarse el fenómeno conocido como “huida de capital”. Explicitaba su condena de la fuga de capitales y proponía una política que la evitara.

La actual pandemia ha actualizado dramáticamente muchas de las condiciones que el gran economista planteaba en esos tiempos y que ahora se manifiestan mediante la generalización de economías en recesión y la polarización de la riqueza, en el contexto de un paradigma aperturista que favorece los movimientos y la fuga de capitales. También, la libre circulación de mercancías sin políticas que protejan las fronteras para garantizar el desarrollo de las naciones que se encuentran en peor condición. Se despliega un clima favorable a las políticas imperiales, en el sentido que advertía Keynes.

En el último encuentro de Davos, los líderes de las potencias occidentales empantanados en un oscuro extravío intelectual, se preocuparon obsesivamente por la defensa de la propiedad privada, condimentada con una ilusa responsabilidad social de la misma, y en la procura de la desintervención estatal de la economía para la post-pandemia. No discutieron la urgente necesidad de poner fin, o por lo menos interrumpir, la lógica de la financiarización. El hito fundamental de una conducta racional con estatura de estadistas hubiera sido promover la suspensión de los pagos de los países deudores y la interrupción de los procesos asimétricos de liberalización comercial. Hoy estos últimos se continúan discutiendo sin reparar en las terribles consecuencias que provocarán. La prosecución de proyectos como el del librecomercio Unión Europea-MERCOSUR son completamente inadecuados para el momento gravísimo que está viviendo la economía mundial, en el que los países periféricos deberían acudir a mayores medidas de protección de sus industrias, con el objetivo de promover su crecimiento y desarrollo.

 

 

Crotty: ajustar o crecer

James Crotty es un pensador estadounidense post-keynesiano que integra los legados teóricos de las tradiciones teóricas marxista y keynesiana. En su texto On Keynes and Capital Flight reflexiona y hace una lectura de gran interés sobre escritos del economista inglés publicados en la década del ’30, analizando las ideas centrales sobre su visión de la economía y la sociedad. En ellas se pueden apreciar definiciones como las que refieren a que el Estado debe tomar la dirección y planificación de las economías domésticas, su opción por limitar la movilidad internacional de los capitales y su propuesta de mantener bajo control político los intercambios comerciales de un país con el resto del mundo. Además Crotty subraya la visión de Keynes respecto a que el paradigma previo a la Primera Guerra mundial, que había apologizado el capitalismo individualista, no resultaba ni exitoso, ni justo, ni virtuoso. Contrariando ese régimen, devela que el escritor de Autosuficiencia… proponía que el stock de capital debía incrementarse con el gerenciamiento estatal de la Inversión, mientras advertía a los británicos que la integración de su país en librecomercio internacional sería un insuperable obstáculo para deprimir los ingresos de los rentistas y lograr el pleno empleo. Asimismo, promovía que la distribución del ingreso y el direccionamiento de la Inversión también debían ser de carácter estatal.

 

James Crotty, el rol del Estado.

 

Este breviario del pensamiento keynesiano es útil a los fines de ubicar cuán lejos del mismo se encuentran los que acostumbran a reducirlo a meras recomendaciones respecto al manejo del ciclo. Ese neokeynesianismo recurre incluso a versiones creativas de ese dispositivo que poco tienen que ver con las ideas del teórico crítico del paradigma neoclásico. Lo expuesto es útil para contrastar los proyectos de la AEA y la UIA con el gran economista del siglo XX. Esas instituciones se encuentran mucho más cerca de las propuestas de Hayek que de las de Keynes, quien nada tiene que ver con economías abiertas, con promover la reducción del Estado y con la definición de la distribución del ingreso por fuera de la voluntad popular, sujetándola a la “racionalidad” económica.

Perseguir la paz y la prosperidad requería para el autor de los Ensayos de Persuasión, de la creación de alternativas institucionales diferentes. El mundo del presente, ante la tragedia producida por el neoliberalismo —la versión más extrema del capitalismo individualista—, reclama radicales cambios institucionales.

En la Argentina su implementación requiere, como preconizó el Presidente Alberto Fernández en su discurso del 1° de marzo y reafirmara la Vicepresidenta Cristina Fernández en su alegato del 4, la recuperación de la sustancialidad de la democracia agredida hoy por un Poder Judicial que va en un sentido contrario, sin reparar en la carencia de mandato popular de sus integrantes.

También son necesarios cambios de fondo en los organismos multilaterales de crédito hoy imbuidos de los postulados del capitalismo individualista que Keynes cuestionaba. Además, como recuerda el Presidente, sólo el 10% de los países del mundo poseen el 90% de las vacunas que previenen el coronavirus. Lo que no constituye precisamente un signo de Humanismo. El FMI –organismo que es parte del origen institucional de la ONU— no puede seguir postulando el paradigma de reformas estructurales privatizadoras, ni pretender hacer cumplir pagos en el marco de los diseños que se establecieron en épocas oscuras y equivocadas, mientras los países deudores son los que sufren la discriminación en el acceso a la única vía de enfrentar el virus.

Crotty encara en forma excelente el debate previo a la creación del FMI entre Keynes y los norteamericanos, como Harry Dexter White. Mientras el primero promovía que en casos de desequilibrios del Balance de Pagos era necesario que un organismo internacional tuviera las condiciones técnicas para garantizar que el ajuste debía venir del esfuerzo de las naciones superavitarias, para que los países que sufrieran déficits externos pudieran reactivar su economía y encaminarse al re-equilibrio, los norteamericanos promovían un “fondo de estabilización” que proveyera a los países deficitarios de fondos para que soporten el tiempo en que arreglen sus cuentas en función de llegar al equilibrio. Estos planes de ajuste implicaban políticas recesivas con la finalidad de pagar sobre la base de la reducción del nivel de actividad y el encogimiento de las importaciones. Mientras el primero pregonaba un organismo en donde los desequilibrios se resolvieran expansivamente, los segundos promovían uno de signo inverso.

 

 

Injerencia in crescendo

La idea de crecer para pagar. De aumentar el empleo para perseguir un aumento de la demanda. De redistribuir el ingreso para aumentar el poder adquisitivo de los asalariados y de quienes más necesitan consumir, es la idea derrotada en la primera fundación del FMI. La que triunfó fue la de las políticas de reducción del déficit fiscal, que siempre se apoyaron en ideas de austeridad conduciendo indefectiblemente a tasas de bajo crecimiento, a altos niveles de desempleo y al estancamiento de los procesos de desarrollo. Keynes demandó taxativamente que el acceso a fondos de los países que requerían reequilibrarse debía ser de carácter incondicionado y sin interferencias en sus políticas domésticas. Desde que la Argentina dictatorial se sumó al organismo, en 1956, el FMI nunca respetó ese precepto con nuestro país. La misma actitud adoptó con todos los países periférico-dependientes

Pero en la década del ’80 del siglo XX comienzan cambios en la economía mundial que van a significar una modificación aguda y más regresiva aún de la institucionalidad del FMI. A las políticas de ajuste se agregaron los “cambios estructurales” que ese organismo promueve y exige junto al Banco Mundial. Desde 1986, el gobierno argentino se obligó a vender paquetes accionarios de empresas públicas, como refiere Noemí Brenta en Argentina atrapada, historia de las relaciones con el FMI 1956-2006 (Ediciones cooperativas, 2008). La autora también señala, para esa época, el inicio de la limitación de los redescuentos y la ampliación de los encajes como síntoma de un cambio estructural en el rol del Estado, que se retiraba de su papel de direccionador del crédito. En el segundo quinquenio de los ‘80, la Argentina enfrentaba severas limitaciones externas, sin embargo el intervencionismo ideológico del FMI compromete al gobierno a alentar las importaciones, lo que aumenta las dificultades del país. En 1987 la deuda externa argentina crece un 17%, siendo el resultado de la prohibición de financiar el déficit fiscal con moneda doméstica, obligando al gobierno a hacerlo con deuda externa (como se ve esta práctica tiene regularidad). Así un gobierno que en su primera fase intentó no allanarse a las exigencias del organismo internacional y llevar a cabo una política independiente –cuando Bernardo Grinspun fue ministro— fue arrastrado por la profundizada visión ajustista, ya alimentada por el  dogma neoliberal, a un final ruinoso.

 

 

Alfonsín con su primer ministro de Economía, Bewrnardo Grinspun.

 

 

Noemí Brenta subraya que durante el menemismo predominaron la provisión de auditoría continua y las garantías de rescate a los prestamistas financieros del país, brindando justificación técnica y ejerciendo presión política para “reformar profundamente la estructura económica y social del país”. Desindustrialización, reprimarización y concentración del ingreso fueron los éxitos de la reconversión lograda por el FMI y el BM. Los déficits de la cuenta corriente del balance de pagos fueron constantes y el organismo internacional canalizó préstamos que compensaron y disimularon el desequilibrio. Cuando la situación se hizo insostenible, el sector financiero del bloque dominante articuló una propuesta de dolarización de la economía acompañada por la cesión de la administración de la República a manos extranjeras. La división del bloque de poder y el rápido advenimiento de la crisis impidieron la intentona.

El gobierno de Fernando De la Rúa conservó el mismo signo neoliberal y confió en resolver su ya aguda debilidad mediante la continuidad de los acuerdos con el Fondo. El megacanje y el blindaje, que significaron un apoyo contigente conjunto entre el FMI, el BM, el BID y el Estado español, completaron el escenario para la gran crisis de 2001. Esos acuerdos celebrados por la Alianza agudizaron la dependencia e intromisión externa en la política económica nacional. La deuda con el FMI fue cancelada totalmente en 2005 durante la presidencia de Néstor Kirchner, poniendo fin a las auditorías sobre la economía argentina y restableciendo la autonomía de la política económica.

 

 

EN 2005,. Kirchner le sacó al país el lazo del FMI.

 

 

 

Síntomas de decadencia

Esa desvinculación duró más de una década. El reingreso del FMI durante el gobierno de Macri implicó su nivel de injerencia más intenso en las decisiones nacionales. El incumplimiento de sus reglamentos internos, prestando un monto extraordinario de 57.000 millones de dólares que se concedieron con el sólo objetivo de financiar la fuga de capitales, la inexistencia de debate y decisión parlamentaria violando el orden institucional local y el desprecio a exigir el cumplimiento de los procedimientos administrativos internos necesarios para el ingreso de asistencia financiera, exponen la antítesis de lo que Keynes entendía como una política nacional y de la misión de un organismo internacional de cooperación financiera entre naciones.

Desapegada de la legalidad, malintencionada, invasiva y desprofesionalizada fue  la intervención del FMI en la economía nacional durante el último bienio del gobierno de Cambiemos. Hecha ya no sólo con el inválido fin de modificar estructuralmente el país, sino también con el objetivo neocolonial de colocar un gobierno afín, será imposible que el Fondo pueda (y deba) cobrar los 44.000 millones que entregó y que así como fueron entrando por una ventanilla fueron saliendo por otra ante la mirada distraída de los técnicos del organismo. Además, porque haciendo cuentas no existe reactivación y desarrollo nacional posible del país si se optara por devolver ese monto en forma completa, en los plazos de un préstamo de facilidades extendidas y con los intereses que implica.

El préstamo que el FMI otorgó al gobierno de Macri no puede leerse sino como el resultado de una época de decadencia del organismo y de la arquitectura financiera internacional. Será necesario un cambio drástico de la institución. De sus fines, sus modos, su gobernanza y la distribución de poder interno. La pandemia evidenció las consecuencias del “capitalismo individualista” que tanto reivindican los rentistas y sus intelectuales orgánicos, cuya presencia predicante en los medios de comunicación entreverados con los primeros no descansa.

Mientras tanto, el FMI deberá asumir la reformulación del monto adeudado por la Argentina. Lo que necesariamente implicará una quita de capital significativa, una reducción sustantiva de los intereses, un considerable período de gracia y un plazo de pago que deberá extenderse por décadas. Cualquier acuerdo debería contener la renuncia expresa del organismo a establecer condicionalidades, tanto de ajuste como de reformas estructurales. Los servicios de deuda no podrán afectar ni el crecimiento, ni el desarrollo ni el nivel de vida. Esa es la condición que necesita ser garantizada por su gobierno y su pueblo. La querella criminal a los responsables de este endeudamiento servirá de ejemplo para evitar una nueva repetición. Una quita también contribuiría a su evitación

24Feb/210

Horacio Verbitsky. El oscuro día de los moralizantes – Por Horacio González

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Por Horacio González*

(para La Tecl@ Eñe)

 

Un riesgoso fanatismo, un alud que cae violentamente sobre un único individuo que súbitamente concentra las acusaciones en que se cifran, si fueran dichas de otra manera, todas las frustraciones colectivas, las innumerables desistencias de la vida social argentina para evitar convertirse en un ámbito problemático. Una catarata que renueva sus aguas revueltas con una penitenciaría de flechas envenenadas contra un hombre que pasó su vida en un combate contra las condensaciones políticas que se deleitaron creando espanto y horror, y que ahora parecen haber revelado, en un único acto de su vida del que se arrepiente, que la impugnación a emisarios de la muerte organizada desde el Estado -en oscuros períodos que es imposible olvidar-, era una fantasía de alguien que llevaba en sus venas el deseo de actuar sin pedir turno, saltarse el lugar en la cola. Si somos prístinos en la vocación de pensar la política, debemos seguir siendo capaces de analizar sus problemas en vez de emplear hachas de sílex que caen sobre el “enemigo del pueblo”. Recordamos con esta expresión al Doctor Stockmann, el famoso personaje de Ibsen. Ojalá, estuviésemos entonces discutiendo una obra de teatro de un gran autor noruego. Stockmann, como médico había descubierto que estaban contaminadas las aguas del lago turístico del pueblo, y los políticos que lo saben, aunque lo niegan para no arruinar un negocio. Consiguen que el pueblo acuse a Stockmann, que a su vez, mantiene la idea de que los pueblos son fáciles de engañar. Con las enormes diferencias del caso, Horacio Verbitsky ha sido declarado “enemigo del pueblo” en una gran carnavalada de hipocresía y agua bendita.

¿Es el “enemigo del pueblo”? Si alguien fue capaz de decirlo, consultando quizás el acervo de grandes frases del teatro clásico, no se tomó el trabajo de consultar lo inverosímil de sus anatemas. “¡Se atribuye un privilegio cuando hay cincuenta mil muertos en el país!”. La insólita acusación es grave a dos puntas. Una es obvia. Verbistsky se vacunó sin acatar la larga espera a la que muchos estamos sometidos, corriendo la suerte de miles y miles de hombres y mujeres que vivimos con tristeza estos tiempos de cerrazón para las preguntas fundamentales sobre la vida, que no es que se ausenten, pero vienen demasiadas veces montadas en la televisada caballería de la impugnación, el insulto fácil, la moralina proclamada desde la supuesta  indemnidad personal de quienes se saben envueltos en celofanes, purezas de facultades de juzgar al prójimo en un escupitajo de desprecio. Inquisitoriales, se basan en un error personal para preparar la desmesura de hacerlo cargar con una insensibilidad estadística hacia los muertos que va dejando este estropicio que originó debates filosóficos, ecológicos, científicos y toda clase de especulaciones sobre una geopolítica de las vacunas, en la que tanto tienen que ver los que usan toga de moralistas, mantillas de severos analistas políticos.

Nos vacunábamos desde chicos en las escuelas públicas, con una mera intervención de un enfermero que pasaba alcohol en nuestros tiernos brazos, bastaba hacer una cola como un trámite republicano, llamémoslo así, pero ahora esperamos la vacuna como una centella mesiánica salida ya de laboratorios cuyos nombres proféticos no conocíamos meses antes. Gamaleya, AstraZeneca, Pfizer. Este último nos era más familiar, pues como los grandes laboratorios occidentales tanto produce vacunas contra males específicos como gases asfixiantes y otros artículos vinculados a la violencia y la guerra. Pero ahora adquirían aspectos mesiánicos, heroísmos hospitalarios justamente conmemorados, y hasta entonaciones socialistas como dijo Iñigo Errejón en un reportaje desde España, donde comparó la vacuna a un “acto casi socialista”. Hace casi un siglo, los socialdemócratas alemanes dijeron que el correo postal era ya un indicio de socialismo. Comprendemos a estas personas y estos pensamientos benefactores que se entusiasman con aspectos científicos supletorios de la voluntad humanan política. Más de un siglo después el Correo no mostró esas virtudes que el candor político le atribuía, y su sucesor tecnológico, las “redes sociales”, se muestran especialmente como un reservorio de frases ponzoñosas, sostenidas en el anonimato, pero especialmente activas en la quiebra general de los tejidos asociativos que crean expectativas mutuas de solidaridad. Y no suelen evitar la injuria babosa, el escarnio ponzoñoso y la piqueta pública avalados por “tantas y tantas miles de visitas”. Se dice “las redes” como si se mencionara un ser, antropófago y ávido de devorar cuerpos vivos, canibalizarlos provocando un pequeño éxtasis domiciliario pues con el computador en nuestro penumbroso dormitorio podemos lanzar epítesis que producen un secreto espasmo, impiden pensar, pero producen un secreto temblor en nuestras soledades.

El caso de Horacio Verbitsky se prestó para que se concentrara la polución colectiva de los grandes medios de comunicación, recogiendo las ansiedades malogradas de miles y miles de personas que dirigieron hacia ese punto -ese único e impensable punto-, sus desbaratadas ganas de ultrajar. Bastaba que en ese punto apareciera la figura de Horacio Verbitsky. Una figura pública que durante más de medio siglo fue reinventando una modalidad de periodismo que sin perder sutileza, ironía y fino sarcasmo, se dedicó a desnudar las tramas ilegales, represivas y destructivas de las formas políticas más horrendas que conoció la humanidad, desde actos de sufrimiento y aniquilación producidos en personas con compromisos políticos revolucionarios hasta esquemas ilegales de negocios que estrujaron hasta dejar exangüe a un país, el nuestro. ¿Se olvidó eso? Los grandes medios que sacaron sus relucientes armamentos hechos de emoticones y rabiosa opinología, se frotaron las manos. Los grandes privilegiados históricos del último medio siglo argentino encontraban al que los denunciaba, por fin, en el subsuelo de un fantasioso alcázar de alquimistas, con enfermeros togados que manipulaban probetas humeantes de ungüentos salvadores para unos pocos que habían mostrado su contraseña para entrar al Vacunatorio Esotérico del Doctor Caligari.

 

 

 

Pero preocupa mucho el primer resorte que muchísimos compatriotas, ciudadanos o militantes, encontraron para la condena máxima. Pero no hacían más que exhibir el mayor truco que contiene nuestra conciencia. Imaginar que es válido hacer excepciones para nosotros mismos, porque no son dañosas para nadie, salvo para un elástico moral abstracto que sabremos también reparar cuando llegue el caso. Eso no lo justifico. Pero pensar que nunca cubriríamos con un pretexto adecuado, o de último momento, una acción levemente fuera de norma, no sería solo la dispensa de nunca haber leído a Kant, sino no saber cómo opera el flujo impetuoso de la vida cotidiana en cualquier lugar que sea. No saber tampoco revisar nuestra conciencia que declaramos impoluta ante nuestro goce sigiloso cuando cae un ídolo -mito esencial de las culturas-, lo que nos puede llevar a una cacería de sospechosos donde mostramos la vidriera de nuestra supuesta pureza, los firuletes vistosos de nuestra auto postulada composición pudorosa, sin percatarnos que podemos participar perfectamente en crear un monstruo persecutorio en la sociedad argentina. Alimentaremos entonces personajes que ven la política como una provocación permanente de las corrientes subterráneas de un mundo calcinado por la espera de las compensaciones que no llegan, valores oscuros que las derechas atienden dando rienda suelta al usufructo de esa satisfacción atormentada. Es la risa del Satiricón, que aprovecha para hacer la comedia de su abstinencia cuando ve que han tropezado hombres o mujeres que a lo largo de su vida mantuvieron las banderas de un virtud democrática y revolucionaria que no por eso los hacía perfectos ni angelicales.

Claro que Verbitsky hizo mal al no contener el impulso que tenemos todos de ser vacunados, y hasta diría, de creerle a Errejón, de ser éste un hecho “casi socialista”. Tiene 79 años, miembros de su familia en riesgo, uno ha fallecido del mal. Yo digo, aun así hubiera tenido que no ceder a este llamado de protección, justamente porque es portador del nombre de Verbitsky. Pero se puede evaluar todo, tenemos a la vista el conjunto de los símbolos disponibles. Menos el que nosotros por ventura somos, y más cuando en nuestra vida se arrastran sin advertirlo demasiado, toda clase de memorias, debates, combates, encuentres y desencuentros. Ese destino quizás estaba esperando a un escritor y periodista sin el cual la Argentina sería aún peor en sus mañas carnavalescas, con sus Savona rolas apostados en el parlamento, en las señoras envueltas en sus inclementes delirios que piden sangre y fuego invocando religiones para usufructo de sus propias herejías.

Pero al haberse vacunado Verbistky y luego intentar explicarlo con un equivalente en el diario Clarín, fue en mi opinión lo que a veces suele llamarse una “tentación del oficio”. Un aluvión de comentarios donde locutores, foristas de los diarios, colaboradores de las instituciones de derechos humanos, militantes de todo tipo, desconcertados, o cuidadosos de no mover ni una pajita en este momento tan complejo, demostró que un error ya reconocido -y no en nombre de ninguna vanidad que si le incumbe, es la misma que siempre aflora invisible cada vez que hablamos-, provocaba tempestades. La oleada de críticas recibidas deja la idea de una sociedad resquebrajada aun cuando intenta restituir un sentido igualitario, lo que estaría bien si no hubiera un ensañamiento que tiene sus derivaciones políticas manifiestas. En verdad, lo único que todo ser humano solo posee, es una carencia última para explicarse a sí mismo. Eso le pasa al mozo de un bar, al cocinero, al ministro, al politólogo, al sociólogo, al odontólogo, al psicoanalista, al literato o al personaje público que cree que sus logros son un destino que llevaba oculto un premio exclusivo para el petulante que se cree Julio César. Vi la nota de Verbitsky de este domingo como la de un hombre apenado, que ha percibido las luces agoreras del abismo.

Personas que creían heridos sus derechos, entraban en el consentimiento universal de reaccionar ante el escándalo. y aquí viene la frase que muchos tomaron desde el inicio…. Mientras hay cincuenta mil muertos…etc.…etc. Una acusación gravísima, pero gravísima es la aciaga situación que atravesamos. Son muchos los que opinan que hay una Culpa vestida por el hombre que se encaminaba nocturnal hacia el Gabinete de Inyecciones Exclusivas Bajo la Mesa. ¿No es absurdo adjudicarle al autor de una trasgresión, una culpa que provendría de una estadística de muertos que, si analizamos con templanza la situación, sería pura demagogia pensar que es de responsabilidad directa de tal o cual vacunado de manera intempestiva? Pudo haberlo omitido como acto, pero un descuido inusitado no lo llevó a una abstención. ¿Un gran número de personas podría confundir una actitud inadecuada con una indiferencia general hacia el sufrimiento de los otros? Al parecer, esto está ocurriendo. Pero no parece que nadie tenga derecho a este tipo de enjuiciamiento inquisitorial, destinado al “enemigo del pueblo”. Deben saber que con esa actitud borran, también, no solo los latidos de una vida pública, sino los de una causa mayor, que lo sigue siendo. Es la de Argentina, los resultados que dejó el terrorismo de Estado, que aún hay que reparar. Y también los del Neoliberalismo, pues sus terminales nerviosas siguen activas en los subsuelos ya no sublevados de la sociedad argentina, y lo notamos en todos lados, en la conversación de los de la mesa de al lado del bar, en el cliente que está detrás nuestro en la panadería o en la desconfianza que reina en la selva de barbijos deambulantes.

 

Nunca es fácil advertir cuáles son las figuras anímicas que fundan la madeja entreverada que conforma la intimidad de una persona. Ha pedido disculpas, Verbitsky, por un actuar indebido en temas de vacunación que fue visto como un privilegio indebido. Estoy absolutamente atraído por la fuerza de ese argumento, pues hay una lucha por un elemento escaso y demoras en su distribución adecuada, si no fuese esta una fuerza que también hay que analizar. Y que nos propone varias reflexiones. Asombra el enjuiciamiento que reunió a un conjunto enorme de indignados, en especial los magnates de Clarín, cuyos privilegios tienen raíces profundas y no son la excepción de un día, sino que son el cemento diario en que se mueven. ¿No es necesario pensar en las personas mayores de la ciudad de Buenos Aires que, protestando con toda razón, veían caer el sistema informático donde deberían anotarse? Esto equivalía a la caída de una esperanza de vacunación que para muchos adquiere ahora una aureola de donde debería salir el Arcángel Gabriel anunciando la decisión sagrada de la inoculación exenta de cualquier aspecto brumoso, con laboratorio al servicio de la vacunación “socialista”, sin nubes malignas y perturbadoras. Pero no. La cuestión era seguir sacando provecho del deterioro de la política como vida emancipada de telarañas que sudan el fino odio de su moralina implacable.

Las causas que hay que investigar no recaen sobre una persona en particular, sino en las condiciones en que se mueven las fórmulas de las finanzas y la economía informatizada en todo el planeta. La vacuna, en su desarrollo y transporte, no es obra de la imaginación científica transparente, sin procesos de fabricación exentos de los condicionamientos de un régimen social determinado, con procesos de investigación que se atienen a normas científicas que como vimos durante todos este período, fueron objeto de un arduo debate, y sobre todo con normas de distribución que son opacas y extremadamente dudosas, teñidas de fantasiosas especulaciones y sometidas a un pensamiento primitivo que juzga su eficacia por los criterios a los que llegó un conocimiento no exento de razones llamadas “ideológicas”. Si es que estas fueran aluna vez extirpables de la conciencia humana, no es este el caso. La ciencia se ejerce entre decisiones políticas, esquemas de decisiones y distribución regidos por lógicas equivalentes a las del mundo corporativo, financiero y de acumulación de poder que es en que realmente vivimos.

¿Tiene sentido llamar socialista a la distribución de Vacunas, en el sentido que le toca al pobre y al rico por igual? Aun si fuera así, si no hubiera nadie el mundo fuera de una lógica de cumplimiento igualitario que acate los turnos -que son los tiempos jeroglíficos e inesperados que nos tocan a cada uno en el cumplimiento de reglas- las mentes moralizantes buscarían culpables. Es lamentable que el caso de Horacio ocurriese con una persona pública que hace más de medio siglo creó un oficio, una escritura y una pasión que actúa de distintas maneras en la imaginación lectora argentina. Todo ocurrió -pues hay que decirlo, Horacio no es una persona fácil, es decir, posee una voluntad política drástica, vehemente- como para satisfacer a quienes querrían verlo incinerado en la hoguera de vanidades por voluntad propia. ¡Qué diablos! ¡Que Verbitsky no sacara más su fundamental Revista! Decisiva en lectura política y en la lectura que hereda en el país las corrientes de ideas más vivaces respecto a la vida social no coaccionada por monopolios del sentido. Querían las jaurías moralizantes aplazar para siempre a Verbitsky, que se ha disculpado. Retoma su tarea con heridas. Pero le cuestionan incluso la forma de disculparse. Nada será fácil. Se produce por este episodio la caída de un buen ministro. Pero la preocupación que nos embarga es la de que en el país se despierte, tan rápido, una suerte de floración de esas fraseologías moralizantes que nos dan la ansiada clase de cómo ser una persona “tan buena como yo”, al mismo tiempo que se destruye la posibilidad de conversar de otro modo sobre un tema crucial. La recreación de una vida pública como ética visible en acción, como una filosofía de la praxis, no como una denuncia fantasiosa de los guardianes de una ley sobre la que han escupido a lo largo de una lóbrega historia.

 

Buenos Aires, 21 de febrero de 2021.

*Sociólogo, ensayista y escritor. Ex Director de la Biblioteca Nacional

14Feb/210

OBSCENA DESIGUALDAD

Publicado por admin

La mejora de los ingresos de los trabajadores necesitará de un bloque social y político organizado

 

Los tiempos de pandemia siguen siendo los que imponen un determinado cauce a la vida económica mundial. El que finalizó fue un año en que la mayoría de los países han tenido una caída de su PBI. También los ha afectado una fuerte asimetría en el comportamiento de los distintos sectores de la economía. Mientras áreas que han tenido como centro la tecnología digital han crecido sustancialmente, otras de servicio y esparcimiento social han decrecido. Así, la peste condujo las modificaciones  acontecidas en la esfera global, y no la planificación democrática de las sociedades. Pero algo más grave ha sucedido. La época del Covid-19 no produjo, hasta el presente, las transformaciones en el paradigma de vida de la humanidad que muchos desearon y previeron al principio. El surgimiento de las vacunas, fruto del desarrollo de la ciencia y herramienta hacia la solución de la pandemia, desvistió el egoísmo y la falta de solidaridad de muchos de los países centrales respecto de las periferias. La intensidad de la vacunación en los primeros es opuesta a la de las segundas. La lógica del beneficio y el estilo contractual, como si la vacuna se tratara de una mercancía, predomina sobre una distribución equitativa y extra-mercantil de un bien de subsistencia que no puede tener el mismo precio en África que en los Estados Unidos.

La Argentina ha tenido en ese sentido conductas que privilegiaron la vida. Es notable la diferencia entre la infraestructura de atención lograda en el país respecto a otras naciones de América Latina. Resulta de gran valor recuperar como una decisión certera y humanitaria la cuarentena que permitió ganar el tiempo para desplegar las obras que alcanzan el nivel de suficiencia para que ningún ciudadano se quedara sin atención. En otros países de la región la ausencia de establecimientos y de camas, como de otros elementos para la atención de los enfermos, ha trasuntado el grosero y malintencionado ataque de la derecha que descalifica las decisiones tomadas en los primeros momentos de la peste.

Por otro lado, como ocurrió en muchos de los discursos de Davos, omitir el abordaje de la solución del problema central de las economías que es prevenir y curar, vacunar y establecer las correctas medidas de cuidado, reemplazándolas por una ideología de reformas al capitalismo neoliberal de la pospandemia, construye un velo sobre la destrucción de los derechos sociales que  la peste exhibió, como el debilitamiento de los sistemas de salud que ese modo de organización de la vida económica y social conlleva.

 

 

Crecimiento, desarrollo y retenciones

En Argentina, la plutocracia que gobernó durante los cuatro años de la administración de la Alianza Cambiemos provocó el deteriorado escenario en que luego se desplegaron los daños de la pandemia. El aumento de la pobreza y de la concentración económica fueron signos de esos tiempos. Hoy el debate debe centrarse en cómo invertir y contrarrestar esa tendencia. Se trata de sustituir importaciones, por supuesto. Se trata de aumentar exportaciones, también. Consiste en promover la inversión y el aumento del PBI, sin duda. Pero además se requiere avanzar hacia una sociedad menos consumista, más solidaria y con igualdad.  Ese fue el sentido del discurso de Alberto Fernández en el G20 y en el Foro de Davos. También el criterio de Cristina Fernández cuando enunció la necesidad de terminar con un sistema de salud dividido en tres y hacer una reforma que introduzca mayor justicia social, equidad de atención y eficiencia del gasto.

La discusión del desarrollo es un tema central.  El neoliberalismo la subsumió en el debate sobre el crecimiento como si fueran una sola cosa. La preocupación central de la Nación debería ser el desarrollo. No sólo cuánto se produce y cuánto se invierte sino también en qué y quiénes lo efectivizan. No sólo cuántas divisas se conseguirán exportando sino, además, qué diversificadas son las exportaciones y qué sistema tecnológico y de organización de la producción hay detrás de ellas. También resulta clave conocer la distribución regional y federal de la producción.

Paradojalmente en estos tiempos de pandemia los precios de las exportaciones tradicionales y de los bienes de sus cadenas crecieron sustantivamente. La soja, que además de ser base de las mayores exportaciones, constituye una cuasi-unidad de cuenta en muchos contratos y relaciones de la producción de la pampa húmeda, aumentó más de un 30%. En ese contexto nuevamente los sectores ligados a esa producción se opusieron con belicosidad a la instalación de las retenciones. No resulta ocioso volver a destacar las tres características virtuosas de ese instrumento para la economía argentina:

  • Permite desacoplar los precios internos de los internacionales evitando el traslado de los mismos a bienes-salario consumidos por toda la población, y de significativa incidencia en los gastos de los sectores populares.
  • Es útil para igualar las productividades entre sectores con diferentes grados de madurez, apuntando a la diversificación productiva y, también, de las exportaciones. El logro de estas metas favorece generar una economía con mayor empleo y, asimismo, combatir la exclusión social. Es una política que promueve el despliegue de un paradigma de desarrollo científico y tecnológico mucho más amplio e importante en el proceso de producción. La diferencia de productividades en la economía nacional no sólo obedece a la diferente madurez sectorial, sino a cuestiones de orden natural. Especialmente a la fertilidad del campo de la pampa húmeda. Este fenómeno de aumento de precios por la situación internacional intervenida por la pandemia se traduce en beneficios para el sector tradicional, exclusivamente determinados por la renta diferencial. En términos rigurosos y acertados de la economía clásica no deviene del esfuerzo o riesgo empresario sino, en su totalidad, de esa renta. De una renta que hoy es apropiada y distribuida a través de toda la cadena agroalimentaria. En la que, además, existe un grado de concentración intenso tanto entre los productores como en las industrias aguas abajo del proceso productivo del complejo agroexportador.
  • Permitirían un aumento sustantivo de la recaudación en un momento de tanto requerimiento como es el de la peste que hoy sufre con intensidad el país.

La confrontación de los sectores vinculados a la producción de la pampa húmeda con las retenciones, que impide una correcta utilización del instrumento, obedece a razones que exceden el mero coyunturalismo de la ganancia inmediata. La propuesta de política de aquéllos es de un sentido estrictamente opuesto a la planteada por Marcelo Diamand, que entendía la necesidad de instrumentos de este tipo en pos de la industrialización del país. El comportamiento de los grandes productores de la pampa húmeda y los oligopolios de la agroindustria está dirigido a sostenerse como poder económico hegemónico del país, procurando que la Argentina dependa sólo de las divisas que ellos producen, además de pretender apropiarse “eternamente” de la renta diferencial de la tierra. En el sentido de Michal Kalecki, la preferencia que moviliza esa oposición a la medida está estrictamente ligada a una cuestión de control del poder.

Tal como está construida hoy la lógica de los grandes propietarios en la cadena, persiste en el marco de relaciones de producción capitalistas una conducta oligárquica. El carácter regresivo de un proyecto basado en la especialización de una producción, que tiene su fundamento clave en la potencialidad de la captura de rentas, resulta aún más grave debido a que la profundización de un régimen de ese carácter también agudizará los términos y rasgos de la inserción pasiva de Argentina en la transnacionalización. Esto agudizará las características periférico-dependientes del país. La virtud de las retenciones móviles, cuyo proyecto de implementación fue tan resistido por la cadena del agronegocio, era mantener constante la renta diferencial percibida por el sector y redistribuir el excedente a otros sectores económicos y sociales. Ese tipo de objetivos ejemplifican claramente aquéllos que son específicamente de las metas del desarrollo, respecto de otros que coinciden con las del crecimiento.

Los participantes del agronegocio tampoco aceptaron la implementación por parte del Estado de cupos a las exportaciones, para garantizar las ventas en el mercado local de productos esenciales para la alimentación del pueblo. Esta conducta entronca con el objetivo de reservar la vida económica y productiva a la decisión privada, impidiendo la intervención y participación  de las autoridades elegidas por el pueblo sobre esas esferas. Estos comportamientos constituyen el núcleo del vaciamiento de la vida democrática. Tanto como el lawfare y la cooptación del Poder Judicial.

Esa es la razón por la que sólo se limitaron a prometer la constitución de fideicomisos de gerenciamiento privado, con una ingeniería cuyo objetivo sería mitigar la escasez de bienes-salario frente a las oportunidades de la demanda mundial. Con este tipo de instrumentos, los objetivos cubiertos por lo descripto en los items 2 y 3, expuestos para las retenciones, quedan incumplidos. También obstruye la intensidad de la regulación estatal de la economía, cuando con medidas de fuerza ese poder oligárquico impide la cupificación directa del Estado sobre las ventas al exterior.

 

 

Destituir el paradigma de Mont Pellerín

El desalojo del poder democrático de la intervención en la economía es el principio fundamental que los intelectuales de Mont Pellerín establecieron para los principios neoliberales. En Davos, ante la decadencia de la hegemonía del paradigma fundado, entre otros, por Hayek, Friedman y Popper, aparecen los proyectos continuistas de remozamiento del régimen, bajo títulos como “responsabilidad social empresaria”, “capitalismo de las partes interesadas”, “esfuerzos público-privados”. Pero son palabras de una misma lengua. Tal vez, con la variante de una inclusión estatal como rueda de auxilio del sector privado oligopólico, pero subordinada a la iniciativa y lógica de comportamiento de este último. Cualquier intervención estatal es entendida por los “reformadores” de Davos, desde un dispositivo corporativo que conserve la formalidad democrática fuera del perímetro de la economía. La primera rueda de auxilio fue colocada con las políticas monetarias utilizadas para mitigar la crisis de 2008, que salvaron de una peor hecatombe  a la financiarización frente al desbarranque producido por la autorregulación absoluta establecida durante la década de los ’90 en que se predicó la religión del fin de la Historia.

La hegemonía del agronegocio y las finanzas en la economía nacional no ha sido sólo una presencia desplegada en lo productivo y en la detentación del poder económico como “poder real”. La extensa época de su predominio, la reiteración de gobiernos que construyeron instituciones para instalarla, favorecieron una impregnación social de sus pautas de vida y sus principios. Los empresarios del sector industrial adhirieron a reivindicar el retiro del Estado de la vida económica, mientras también se sumaban a las prácticas de la financiarización, que basadas en a la apertura de los movimientos de capitales les permitían fugar sus excedentes al exterior. Así se dio la paradoja de la colaboración de los empresarios concentrados de la industria en un proyecto de desindustrialización.

En este contexto no resulta fácil para un gobierno con metas democráticas, nacionales y populares encontrar los modos y caminos para transformar la economía y la sociedad, lo que inevitablemente le requerirá modificar las relaciones de poder y la remoción de la inserción pasiva, desde un rol periférico-dependiente, de la economía del país en la transnacionalización.

Tampoco será fácil llevar a cabo el objetivo de recuperación del salario real, estipulado para este año en un objetivo del 4%, y cuya recuperación a niveles dignos requerirá de un ritmo más intenso en los años posteriores. Esas mejoras de los ingresos de los trabajadores, unidas al aumento del empleo, necesitarán para afirmarse como política de largo plazo de la construcción de un bloque social y político organizado con la densidad que le permita contrapesar el desbalance en favor de una minoría plutocrática que la dictadura militar, el menemismo, la Alianza y Cambiemos se esmeraron en construir