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“(Neo) progresistas” del establishment

Domingo, enero 22nd, 2012

Por Guillermo Wierzba *
El 28 de abril de 1998 los economistas José Luis Machinea y Pablo Gerchunoff (foto) publicaron un texto en el diario Clarín que persiguió el claro objetivo de convertirse en un manifiesto que redefiniera el concepto de progresismo, atendiendo a la hegemonía en el sistema capitalista mundial a manos del neoliberalismo y la financiarización. El texto no se posicionó en una interpelación crítica al nuevo paradigma, sino que se centró en “evitar la mimetización del discurso progresista con el del nuevo conservadurismo”. En el escrito se asumió una victoria universal del capitalismo, que incluía la derrota de los proyectos de abolición de la propiedad privada como también de los socialdemócratas que desplegaban la centralidad del Estado. El manifiesto buscaba consagrar un “nuevo progresismo” que, a la vez que rechazara la “suficiencia del mercado para la solución de los problemas económicos y sociales”, se apartara del “conservadurismo estatalista y proteccionista que hace tiempo agotó todo lo que podía dar de bueno a la sociedad”.

Quedaba claro el recurso: la construcción de un discurso que permitiera una alternancia entre gestiones fundamentalistas y moderadas de la única vía de política económica que asumían posible: la neoliberal. Esa definición de “victoria universal del capitalismo” conducía a la resignación a un camino único y se alineaba con la vulgar teoría del “fin de la historia” que campeaba en aquella época.

Esta posición fue criticada, entonces, en la revista Juana Azurduy (agosto de 1998). Se sostuvo que M y G planteaban la necesidad de darle al progresismo un nuevo sentido, acorde con los tiempos. Es importante reparar en esta cuestión del “sentido” puesto que se abre, así, un campo intersticio entre lo económico y lo político –el campo de las representaciones– en cuyo dominio también se disputa el propio carácter de la escisión entre lo económico y lo político. Los rasgos específicos que adquiría esta separación durante el neoliberalismo –la naturalización de lo económico– resultaban clave en la legitimidad del orden neoliberal. En efecto, la ofensiva del mercado como regulador privilegiado de las relaciones sociales no sólo se instrumentó materialmente, sustentado en la política económica impuesta por el neoliberalismo –con mayor o menor organicidad– a partir de la dictadura terrorista en adelante, sino que se había ido estableciendo en la construcción social de la creencia acerca de que así, y de ninguna manera diferente, eran las cosas de este mundo y que era el único posible. Y si es en el mundo de las ficciones donde se dirime parte de la legitimidad política de la opresión en las sociedades actuales, este “nuevo progresismo”, “acorde con los tiempos”, no era otra cosa que un nuevo conservadurismo que procuraba transformar los soportes (no sólo) simbólicos que construían la legitimidad política del orden establecido; un aval de lo que se había consumado con la envoltura de lo supuestamente moderno (“progresista”).

En este sentido M y G no hacían otra cosa que apuntalar, desde la perspectiva de un supuestamente incontrastable conocimiento técnico-económico un programa de transformación social sustentado en el acotamiento y agotamiento de lo político. “Objetivo” y “apolítico”, como si pudieran encubrirse el carácter intrínsecamente político de todo saber, incluyendo el económico. Lo dicho es suficiente para afirmar que M y G se incluían en “intelectualidad orgánica” del neoliberalismo en su más prístina expresión, dado que su discurso (que había caído bien en numerosos sectores “progresistas”) resultaba consustancial con el programa de transformación neoliberal. Hasta aquí la polémica de 1998.

Los anclajes teóricos, posicionamientos ideológicos e intelectuales de los ejecutores de las gestiones económicas neoliberales no operaban independientemente de la articulación y representación de los intereses del poder económico. Tanto de los que se desempeñaron en el período del menemismo como durante la gestión de la Alianza. Eduardo Basualdo señala en Sistema Político y Acumulación (Cara y Ceca, 2011), que a partir de la crisis iniciada en 1998 se perfilaron dentro del establishment que compartió la gestión y los negocios durante los primeros noventa dos proyectos alternativos al de la convertibilidad: uno sostenido por la fracción dominante constituida por los grupos económicos locales y algunos conglomerados extranjeros, y otra por el sector financiero e inversores extranjeros que habían adquirido empresas y paquetes accionarios durante los años previos. Los primeros promovían una devaluación y los segundos, un tránsito a una economía dolarizada. Ambas salidas significaban, en condiciones de hegemonía del bloque asentado en el poder, una radicalización de las condiciones de desigualdad y pobreza generadas por el régimen de la convertibilidad.

Sin embargo, los distintos intereses y características de las salidas propuestas alinearon a la ortodoxia fundamentalista del lado de los dolarizadores, mientras que los economistas que sostenían el otro grupo atinaban a presentarse como heterodoxos (en la época del “fin de la historia”).

Basualdo afirma que “los grupos económicos le plantean a la sociedad que ellos encarnaban a la burguesía nacional y que por ello soportaban la agresión de los capitales foráneos y de los organismos internacionales que pretendían marginarlos y controlar la producción nacional”. Buscaban así usufructuar en su favor la importancia que conservaba “en la identidad popular la alianza policlasista que sustentó al peronismo, reprocesándola en función de sus intereses” y “ocultando que sus condiciones estructurales poco tenían que ver con una burguesía nacional”. La gestión Machinea estuvo permeada por los intereses de esta fracción local del poder económico.

En un reciente reportaje en el diario La Nación (15/1/12) Gerchunoff, quien fuera su asesor, vuelve al ruedo y adjudica el despliegue económico de los últimos ocho años al bajo nivel de actividad desde el que partió, igualando sus causas a las de la recuperación del producto en la primera época del menemismo. Le agrega el argumento del “viento de cola” internacional, critica el intervencionismo estatal, cita a J. M. Fanelli teorizando acerca de la bendición que el bajo crecimiento demográfico supone para las cuentas públicas, critica la política económica del período de J. B. Gelbard, recomienda una cierta dosis de “desarrollismo”… para sumar a la épica kirchnerista… (sic) y alienta la adopción de un “plan de estabilización” asociado a la reducción de la tasa de crecimiento de la economía a niveles inferiores al 4 por ciento. Fiel al Manifiesto de 1998 habla de economía sin reparar en el fuerte despliegue de los cambios políticos concretados durante la gestión kirchnerista, aunque supone (insidiosamente) que Perón, de estar vivo, no apoyaría este proyecto sino que respaldaría al duhaldismo (participando del Movimiento Productivo Argentino, en tanto –imagina PG– terrateniente exitoso de los pagos de Lobos).

El enfoque teórico acerca de la política económica requerirá “sintonía fina” en las épocas que vienen. La ortodoxia de las finanzas quedó descolocada por el colapso de fines del siglo pasado y el notable de sempeño de la economía de esta última etapa. Sin embargo, los verdaderos heterodoxos, afirmados en una política de desarrollo sostenido integrada regionalmente y opuesta a los ajustes del centro, convencidos de la preeminencia de la política y promotores de una profundización del proyecto democrático, nacional y popular, deberemos lidiar con una “neoheterodoxia” renuente a la decidida intervención pública, despolitizadora de la macroeconomía y ligada a uno de los proyectos del poder económico que hegemonizó la política en la Argentina prekirchnerista (el “alfonsinista-duhaldista”, digamos).

Son muchos más que los aludidos, esto es obvio, quienes reducen la política económica a la “macro”, sobreestiman la importancia de los “equilibrios” (cada vez más ausentes en el “mundo realmente existente”), descreen de los objetivos redistributivos impulsados por la ciudadanía (relegándolos a una determinación productivo-mercantil), recelan del papel del Estado en la economía y asumen la concentración del poder económico como un dato (inabordable). La preeminencia de la política sobre la economía (y la fusión de ambas) será el parteaguas que nos permitirá construir un futuro digno de ser vivido.

* Economista, profesor UBA, director del Cefid-AR.

¿QUIEN MATO A CRISTIAN FERREYRA? Juan Carlos Pavoni*

Martes, diciembre 27th, 2011

En principio, muchos conocen y creen la versión del MOCASE y los testigos del hecho. Fueron dos sicarios, asesinos a sueldo de un poderoso y el asesino intelectual santafesino Jorge Ciccioli que expandió sus negocios desde su tierra natal a otras que le son –en todo sentido- AJENAS.
Pero, ¿cuales fueron las razones para llevar a cabo tamaño juvenicido? Podemos obtener respuestas desde muy diversos ángulos. Yo como Ingeniero Agrónomo y hombre de comarcas rurales, sin ignorar que el problema de base, consiste en la inadecuada distribución de la propiedad de la tierra agrícola en nuestro país, elijo una: LA SOJIZACIÓN. Esto es, la expansión descontrolada de un cultivo que, de la mano de la ambición desmedida y la voracidad ilimitada, genera grandes riquezas individuales y grandes contribuciones a un Estado exhausto por anteriores despojos, de los mismos y/o parecidos miembros de un grupo de aprovechadores de todas las circunstancias que les permitan apoderarse de lo ajeno.
No es esta la ocasión, ni el lugar para las contundentes cifras que demuestran que la soja, fue y continúa siendo la gran responsable -y los sojeros los grandes beneficiarios- de la gran expansión de nuestra frontera agrícola. La exigencia que nos acucia es saber desentrañar el futuro desde lo actuado en el presente, no solo para evitar nuevas y repudiables muertes como esta, pero también para impedir que el país, sea cada vez más propiedad de unos pocos poderosos, en perjuicio de la inmensa mayoría del pueblo, y en ella, principalmente de los más desposeídos de nuestra historia nacional. Desde mi profesión no encuentro mejor forma de mirar ese futuro, que analizando el Plan Estratégico Agroalimentario y Agroindustrial 2020, elaborado por el Ministerio del área.
¿Cómo decir sin tediosa explicación, que ese plan denota la presencia de ideas neoliberales residuales en las instituciones del Estado? El PEA es presentado como plan estratégico participativo; pese a lo cual es necesario que alguien trasmita que en el país existe una visión alternativa –que no está contenida en dicho plan- y es esencialmente diferente a la que expresa el mundo de los agronegocios, defensor sin cortapisa de la idea de un crecimiento expansivo de los negocios y no de un desarrollo autentico en beneficio del país y de nuestro pueblo.
Desde la convicción profunda surgida de la experiencia de más de 20 años, percibimos la influencia determinante del neoliberalismo en el crecimiento expansivo de nuestra producción agropecuaria. Este plan no puede más que agravar los problemas ya presentes, de insustentabilidad de la producción, destrucción de nuestros recursos boscosos, agresión a la naturaleza (que es mucho más que el medioambiente) y concentración de la tierra en mano de “productores” ajenos a la misma, modernos mercaderes, siempre de paso, organizando proyectos extractivos expoliadores, vendidos engañosamente como grandes emprendimientos tecnológicos.
El Ministerio especializado y sus equipos técnicos, seguramente conocen que el incremento de 8 millones de hectáreas de cultivos en 10 años, supone obtener las mismas desde tierras ganaderas y forestales (cosa que ya se ha venido haciendo indecorosamente) y que dichas tierras tienen características que las hacen sumamente frágiles para la producción agrícola. Supone además que el incremento de la producción de 100 a 157 millones de toneladas (en realidad una proyección lineal de la producción actual a una tasa del 5 % anual, aún superior a la del 4,5 % que le precedió en el último quinquenio), solo es posible –y quizás ni tan siquiera- con un modelo productivo que afectará seriamente al recurso tierra, a la totalidad del ambiente y a la situación social de muchos integrantes de la comunidad rural. Supone también que, lejos de apuntalar la soberanía y seguridad alimentaria de nuestro pueblo/país, la producción de alimentos genuinos, seguirá viéndose afectada por la captura de tierras destinadas a ellos.
Este PEA 2020 no debiera ser incluido –sin una adecuada revisión que modifique algunos de sus objetivos básicos- en el proyecto de país que reiteradamente anuncia nuestra Presidenta y que muchos argentinos que la apoyamos, deseamos. Este es un plan que, duele decirlo, en su retórica es nac&pop pero en su contenido teórico y prospectiva de resultados es no el más deseado, pero si muy satisfactorio para los sectores que desde el mercado, sostienen las tesis neoliberales de un crecimiento en detrimento del desarrollo.
Para muestra creo que basta este botón, que extraigo del dialogo entre Pablo Galand/Miradas al Sur y Pablo Adreani, (consultor de “la city”, director de la consultora Agripac –desde donde baja línea al mundo de los Agronegocios-, columnista especializado del diario La Nación y conferencista de cuanto evento del “agribusiness” se organiza): Periodista – ¿El cambio que percibe se dio a partir de la llegada de Domínguez a Agricultura? Adreani -Yo diría que sí. Es probable que Domínguez haya tenido una postura más cercana a la realidad y los tiempos biológicos del sector. – ¿ Ve, por lo tanto, que hay una mayor comprensión de parte del Gobierno de la problemática del sector agropecuario? –Yo creo que sí. – ¿Qué habría que hacer para asegurarse una producción constante tan alta? –Esto es muy simple. Si se les garantizara a los productores que de acá a 10 años las retenciones bajan 3 puntos por año y que a cambio de eso les exija una producción de 200 millones de toneladas, seguro que se logra. Eso es política de Estado.
Aunque resulte una obviedad, es necesario resaltar que este es el gato encerrado en las propuestas del mercado: Saquen las retenciones y todo se arregla solo. Claramente una franca desvergüenza.
Que el Ministerio de Agricultura jugó un papel relevante para destrabar las relaciones Gobierno-Mesa de Enlace y que se ejercitó con fuerte habilidad política para ello, queda fuera de discusión, pero de allí a las concesiones que le hace el Plan 2020 “al mercado”, hay una considerable distancia, que habremos de pagar caro todos los argentinos. Seguro que, esto no es lo que quiere nuestra Presidenta, ni siquiera el equipo del Ministro Domínguez; pero acordemos que es necesario reforzar conocimiento y pensamiento crítico para enfrentar esta realidad y aportar las soluciones reclamadas por ella.
La percepción es que el daño infligido al país durante el conflicto con la 125, ha provocado un “efecto colateral” y que aún no se encuentran las herramientas apropiadas para sostener un proyecto agropecuario alternativo; que no afecte los ingresos fiscales, pero tampoco los antes mencionados eslabones sociales y productivos que es necesario proteger.
Sería el mejor homenaje a Cristian Ferreyra, una pronta corrección del mencionado plan estratégico y las políticas agropecuarias, para darle coherencia al accionar del área con el resto de los objetivos enunciados desde la misma presidencia de la Nación.
Noviembre 21 de 2011.
*Ing. Agr. Juan Carlos Pavoni. Alteragro, Asoc. Civil

Dólar: el aparato neoliberal dispara contra el proyecto popular

Jueves, noviembre 10th, 2011

Por Guillermo Wierzba
Economista y director del Cefid Ar.
El día 23 de octubre la presidenta Cristina Fernández, en su discurso posterior al escrutinio que confirmara el masivo apoyo al proyecto político, reafirmó su decisión de iniciar una etapa de profundización de los cambios. Subrayó, tanto en esa alocución, como también en la que fuera la de cierre de la campaña electoral, algunos contenidos centrales del paradigma sobre el que se edificará esa profundización: la igualdad, la autonomía nacional, el desarrollo y la no neutralidad del gobierno, destacando su decisión de articular los intereses de todos los argentinos pero sin imparcialidad al optar por la priorización de las necesidades de los sectores populares.
Estos discursos han sido inaugurales de una segunda etapa del proyecto iniciado en el año 2003. Su condición de posibilidad radica en dos logros claves que a su vez están articulados entre sí: 1) la preeminencia de la política en la esfera de la economía y 2) las notables condiciones de los pilares fundamentales de esta.
Sin embargo, o tal vez precisamente por lo expresado, los días posteriores a los comicios se sostuvo una presión sobre el mercado de divisas que obligaba al Banco Central a desprenderse de reservas, concretamente a vender dólares para defender su política cambiaria. Esa dinámica no nació en ese momento sino que venía produciéndose en el período previo, pero en esa instancia era interpretable como la reiteración de comportamientos preelectorales frecuentes en nuestro país. La persistencia mereció otro tipo de atención y merece un análisis detenido y no inocente.
Argentina va a tener este año un superávit comercial del orden de los U$S 10 mil millones. Superávit que completaría un período de nueve años de altos crecimientos, superiores al 8% con la excepción de los años 2008, en que ocurrió el conflicto con las patronales rurales (aunque superó el 7%), y 2009, el de la crisis global. El saldo proyectado demuestra que el aumento sensible de las importaciones producido por el acelerado avance de la economía no debilitó la solidez del balance comercial. En el período considerado, los mayores excedentes llegaron a los U$S 16 mil millones y se concentran al inicio del mismo, fase en que las importaciones eran menos de la cuarta parte de las del año actual –debido al todavía deprimido nivel de actividad–. En el resto de los años el excedente osciló los 12 mil millones, mientras que para el actual, a los fines de un análisis estructural, habría que agregar alrededor de 1000 millones por un mayor almacenamiento de soja –respecto de años anteriores– por parte de los productores a la espera de mejores precios. Esta salud de la balanza comercial se da a pesar de la desaparición del superávit externo del sector energético que viene reduciéndose desde el año 2007; momento en el que registraba 4000 millones de excedente. Lo mencionado más la continuidad del crecimiento de las exportaciones industriales constituyen argumentos irrefutables para desmentir el discurso que alude a deterioros en la competitividad del tipo de cambio, dado que la cuestión energética no está vinculada al nivel de esa variable.
Estos indicadores macroeconómicos pueden completarse con otros microeconómicos. Si analizamos la competitividad de la economía comparando la evolución de los salarios industriales en nuestro país con los de socios comerciales, ajustados por productividad , obtenemos que frente a Chile, Brasil y la zona euro, el tipo de cambio real argentino está en niveles que superan en un 50% el registro de 2001.
La cuenta corriente del balance de pagos registra saldos positivos en todo el período, a la inversa de los saldos negativos –también permanentes– durante los años de la Convertibilidad. La reducción del nivel de los saldos positivos responde a la cuestión energética ya mencionada y a un incremento de las remesas de utilidades por parte de las empresas extranjeras (cuestión que requerirá oportunamente modificaciones legales que apunten a una mejor regulación de un problema que no es sólo nacional, sino regional y global), generado por las buenas ganancias del período de prosperidad y las demandas de sus casas matrices por necesidades financieras devenidas de la crisis mundial.
La deuda pública en dólares con acreedores privados se ha reducido a niveles inferiores al 10% del producto, menos de la décima parte del insustentable monto que dejó la Convertibilidad. Además para los próximos tres años el servicio de deuda anual con esos acreedores es inferior al 1% del PBI.
Las cuentas fiscales se encuentran equilibradas, pudiendo afrontar el incremento de los gastos en educación, salud, jubilaciones y servicios productivos, y los planes de Asignación Universal por Hijo e ingreso social con trabajo; a la vez que financian un sustantivo crecimiento de la inversión pública que fue vital para una superación rápida de la crisis de 2008-2009.
¿Cómo explicar, entonces, la presión sobre el dólar cuando la radiografía sobre la economía argentina demuestra solidez externa, tipo de cambio competitivo, fuerte desendeudamiento, equilibrio fiscal, crecimiento sostenido, mejora sustantiva de los indicadores sociales y respaldo popular al proyecto político? Ni las remesas de utilidades ni el cuello de botella energético están ligados con la cuestión cambiaria. Son temas estructurales y de la coyuntura mundial que no reflejan relaciones de competitividad o de solidez de la macro de corto plazo.
La contracara de los discursos de la presidenta fue el artículo de Mariano Grondona en el diario La Nación, el mismo día de las elecciones. Allí, hablando de votos “fuera de urna”, proclamaba como tales en ese escrito las actitudes de grandes y pequeños operadores económicos que retiran fondos. Lo hizo en el mismo diario que pretendió ponerle agenda al gobierno de Néstor Kirchner y luego anunciara que aquel no duraría más que un corto plazo. La semana siguiente a las elecciones, los diarios del poder concentrado titularon cotidianamente sobre el vuelco del público a la compra de dólares, buscando generar un efecto “manada” que desmejorara las reservas del Banco Central y condujera a interrumpir la política de su acumulación. El discurso mediático, particularmente de La Nación y Clarín, obviaba o distorsionaba la real situación de la economía argentina antes expuesta y refería a un tipo de cambio “atrasado”, fantasía carente de rigor analítico. Lo mismo se replicaba en radios, canales de televisión y otros medios escritos favorables al poder económico concentrado. El objetivo perseguido fue claro: cambiar el clima, introducir dificultades para profundizar el rumbo, instalar una agenda distinta a la del proyecto democrático, nacional y popular. Carentes de una oposición electoral de densidad, imposibilitados de efectuar los condicionamientos militares de otras épocas históricas, y conscientes de la firmeza de los gobiernos iniciados en 2003 frente a los planteos corporativos, eligieron el mercado de cambios como ámbito adecuado para la disputa política. Pretendieron empujar una devaluación, innecesaria para la continuidad de un proyecto de desarrollo, para desplegar una política de ajuste, con deterioro del salario, del empleo y de los ingresos de los sectores más humildes. Un camino para mermar también la popularidad creciente de un gobierno dispuesto a profundizar las políticas favorables a los sectores populares.
Con los rasgos típicos de la impronta que lo caracterizó frente a estas situaciones, el gobierno decidió enfocar políticamente la cuestión y dio la señal inequívoca de que no estaba dispuesto a retroceder: decretó y reglamentó la liquidación total de divisas de los sectores petrolero y minero en el país, la repatriación de las inversiones en el exterior de las aseguradoras, la liquidación en el país de los dólares físicos por las operaciones por compra de inmuebles y el control de la AFIP sobre la regularidad fiscal de los fondos que se aplicasen a la compra de dólares para atesoramiento.
Mientras las medidas han ido reequilibrando el mercado de cambios y el Banco Central ha dejado de vender dólares, los economistas ortodoxos despliegan los tradicionales argumentos de defensa de las políticas de libremercado. Muchos son los mismos economistas que vivieron su esplendor en los años de neoliberalismo. Las políticas recomendadas se asocian a los recetarios clásicos o aggiornados de los organismos financieros internacionales. Desestiman los controles, exaltan las señales mercantiles, se desentienden de los efectos de la comunicación de masas y pronostican el fracaso de la intervención política en la economía. A su vez, su ortodoxia fiscalista adquiere una peculiar flexibilización cuando debe abordar el caso concreto de la demanda de dólares con recursos que puedan haber incurrido en evasión tributaria. Sin embargo no pueden dejar de reconocer la efectividad de las medidas, aunque le auguran corto plazo a su éxito. Hacia fines de 2005 se había creado un clima sobre el agotamiento de la capacidad instalada. Se proponía una política de estabilización. Durante la crisis de 2008-2009 se pronosticaba un agotamiento del patrón de acumulación y el tránsito por una aguda recesión y ajuste. Ahora se vaticina un proceso de desequilibrio externo y devaluación cambiaria. Es un aparato ideológico-comunicacional que apunta al corazón de un proyecto popular, pero que ya acumula una serie de derrotas en su haber. El gobierno no sólo avanzó con medidas cambiarias sino que también ha comenzado a desplegar otras, como las de sintonía fina en la cuestión de los subsidios, manteniendo la iniciativa en el marco de un proyecto que está en las antípodas de las presiones restauradoras del neoliberalismo

¿No estará siendo todo simplemente un robo?

Sábado, octubre 15th, 2011

Luis Alegre Zahonero
Sobre el libro Quiénes son los mercados y cómo nos gobiernan, Madrid, Icaria, 2011 (coordinado por Bibiana Medialdea)
Quienes no somos economistas estamos de enhorabuena. La publicación del libro Quiénes son los mercados y cómo nos gobiernan , coordinado por Bibiana Medialdea, es un foco de luz apuntando a los mecanismos básicos con los que, de un tiempo a esta parte, no han parado de vapulearnos. En las páginas de los periódicos nos encontramos cada mañana con una especie de parte médico diario sobre el estado de ánimo de los mercados. Pasamos el día pendientes de si están nerviosos, irritados, abatidos, eufóricos, o si está a punto de darles de nuevo un ataque de histeria que nos va a arruinar la vida a todos. Resulta sin duda inquietante depender a vida o muerte de alguien con ese cuadro psiquiátrico y que no sabemos quién es. Lo único que conocemos, al parecer, es la terapia adecuada: inyectarle dinero constantemente como el que administra la dosis diaria de tranquilizantes. Así, hay que ajustar salarios, reducir pensiones, ampliar la edad de jubilación, recortar en sanidad, desmantelar la educación y liquidar todos los bienes públicos para preparar las inyecciones que necesita ese loco de atar en cuyas manos estamos.
Lo cierto es que todos (también quienes no somos economistas) estamos ya desde hace tiempo con la mosca tras la oreja. Sospechamos que detrás de todo esto se esconde una gigantesca estafa, pero escuchamos las explicaciones con la misma desconfianza e impotencia con la que cualquier labriego ha escuchado siempre las explicaciones que le daban el terrateniente o el hombre de negocios de la ciudad: sabiendo que es todo mentira pero ignorando los detalles que nos permitirían confrontar la explicación.
A este respecto, Quiénes son los mercados y cómo nos gobiernan resulta luminoso. En efecto, se trata de un libro que llama la atención por su sencillez y claridad. Esto, sin duda, constituye un mérito de los autores, pero no tanto por la transparencia de su (digamos) “estilo literario” como por la precisión con que analizan lo indignantemente simple que, en el fondo, es la cosa misma. A este respecto, junto con la claridad, lo que más se agradece en el libro es el extraordinario rigor teórico con el que se abordan las cuestiones. Ciertamente, en los tiempos que corren, cuando los hechos desnudos nos dan la razón con tanto empeño, no hay peor negocio que la propaganda. Pero, en esta ocasión, nos encontramos con el rigor académico del que este grupo de economistas ha hecho gala en trabajos de investigación anteriores (como, por ejemplo, el libro Ajuste y salario: las consecuencias del neoliberalismo en América Latina y Estados Unidos, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2009), puesto ahora al servicio de explicarnos quiénes son los mercados, por qué las agencias de calificación tienen tanto poder, cómo una crisis financiera en EEUU llegó a convertirse en una grave crisis financiera y económica mundial, cuál es el papel de los bancos en la crisis, por qué ahora son los estados los que están en crisis, por qué hay amenazas sobre España si su deuda pública no es elevada, cómo se concreta la dictadura de los mercados y por qué la suspensión de pagos de un país europeo pone en peligro al euro, que son las 8 preguntas a las que se contesta antes de pasar, en los tres últimos capítulos, a plantear posibles salidas y soluciones.
En definitiva, basta aclarar cómo y por qué han ocurrido las cosas para entender de inmediato que perfectamente podrían haber ocurrido, y podrían ocurrir, de un modo distinto. En efecto, basta el análisis del propio mecanismo de saqueo para comprender que en absoluto es inevitable: los estados podrían haber decidido no asumir el coste de los rescates financieros ni cargar con una deuda que no era suya; el BCE podría financiar a los Estados al menos en las mismas condiciones en que inyecta dinero a las entidades privadas; podríamos volver a cobrar impuestos a los grandes capitales en vez de optar por pedirles el dinero prestado; puestos a pedirles prestado, podríamos no habérselo prestado nosotros antes 5 veces más barato; podríamos incluso habernos quedado con la banca que hemos tenido que pagar; con sus activos inmobiliarios se podría generar un parque público de alquiler… etc. Con algunas de estas medidas se podría evitar, por ejemplo, que la misma familia tenga que entregar su vivienda al banco, tenga que seguir de todos modos pagando el crédito hipotecario (por no establecerse la dación en pago), tenga además que comprar el banco entero con sus impuestos, no pueda reclamar ninguna propiedad sobre él y, además, tenga que hacer todo esto a la intemperie.
Ni las versiones del comunismo más disparatadas, esas que nos harían compartir a todos el mismo cepillo de dientes, podrían competir en radicalidad con el capitalismo en su versión financiera. En estas condiciones, averiguar quiénes son y cómo gobiernan es ya un acto revolucionario.

IGUALDAD

Domingo, septiembre 18th, 2011

Jorge Ferreyra *
21.09.11
Democracia y Capitalismo
1.- Cuando la presidenta Cristina expresa en un discurso “ya tenemos la libertad ahora vamos por la igualdad” desata un conjunto de supuestos e interrogantes. La igualdad como concepto y práctica social en un sistema capitalista de producción, distribución y consumo dispara muchas cuestiones para el debate y la reflexión. Teóricamente la democracia tiende a la igualdad de las personas mientras que la organización socio-económica de la sociedad basada en el capital tiende a la desigualdad.
La democracia real en el mundo – la que se práctica desde hace unos 200 años – no ha favorecido en general (hay excepciones desde los Estados) la igualdad de las personas sino que ha agrandado la brecha de desigualdad al quedar subordinada a la organización socio-económica capitalista. Los motivos, las razones pueden ser muchas entre otras se pueden incluir: 1) asimetrías manifiestas en la comunicación e información de la sociedad al momento de tomar decisiones electorales 2) tendencia a la centralización y concentración del capital 3) tendencia a la concentración de medios de comunicación masiva y un mensaje que trata a los receptores como consumidores de productos 4) utilización de metodologías y técnicas de marketing (originalmente pensadas para la venta de productos y/o servicios) en las campañas electorales 5) cooptación de las elites dominantes de los intereses de clase de los dominados (ausencia manifiesta de “conciencia de clase” etc.) 6) la liquidación de la etapa capitalista del “Estado Benefactor” con activa presencia de las organizaciones del trabajo (1946-1973) cuando se reduce la tasa de ganancia y comienza la etapa “neoliberal” con Reagan / Theacher y “No hay alternativa” como estandartes (1980) Se refuerza con la supresión del llamado “socialismo real” del Bloque Soviético (1989)
El “mercado” (según J.K. Galbraith) ha suplantado desde hace más de 50 años la palabra capitalismo para referirse a la organización socioeconómica de la sociedad. (Han hecho su trabajo al respecto los organismos internacionales) Es así que hablamos de diferentes “mercados”: “financieros” “de trabajo” “de consumo” “de materiales” “de bienes” “de servicios” etc. donde hay una oferta y una demanda. Pero, (siempre hay un pero) cuando hablamos de “demanda” en la organización capitalista de una sociedad hablamos de una “demanda solvente” nunca de la totalidad de la “demanda”. Es aquí donde aparece la asimetría y con ello la desigualdad manifiesta como tendencia. Si a ello le sumamos la etapa “neoliberal” que se resume en el “consenso de Washington” donde el capital financiero domina al capital productivo y donde “maximizar ganancias”, (a como sea) a favor de la velocidad que da la informática, se transforma en el centro de la actividad del capital entendemos porque la brecha de desigualdad se amplia.
Estado y Democracia
Cuando las sociedades organizan la producción, distribución y consumo de bienes y servicios bajo la forma capitalista es también el Estado el que aparece (en democracia) como el referente obligado. La captura o cooptación del Estado por las distintas elite se transforma en un juego donde la democracia pasa a ser un decorado que reviste de legalidad los actos que el verdadero poder (y su lucha al interior de las elites) realiza en su nombre. Todos hemos conocido los distintos nombres que hablan de su centralidad: “estado minimo” “estado benefactor” “estado terrorista” “estado subsidiario” “estado clientelista” “estado burocrático” según como se orienten las políticas del Estado.
La centralidad del Estado en tanto referente obligado para minorías (capitalistas) y mayorías (trabajadores) en el marco de una democracia formal representativa se transforma así en una lucha por su orientación política. Cuando Cristina habla de “igualdad” debemos suponer que quiere en sus palabras “profundizar el modelo” desde el Estado a favor de las mayorías populares pero al mismo tiempo ha dicho “sola no puedo” y “debemos institucionalizar el modelo” con lo cual la participación popular para “radicalizarlo” (1) cuidarlo y consolidarlo aparece como un requisito imprescindible.
(1) No hace mucho el viceministro de economía y actual candidato a diputado nacional por la capital federal Roberto Feletti habló de “radicalizar el populismo” y genero una fuerte replica en los medios concentrados y referentes conservadores y liberales económicos y políticos.
Necesidades y Derechos
“Donde hay una necesidad hay un derecho” es un dicho de Evita retomado por Cristina. La constitución de 1949 establecía muchos derechos para un amplio espectro de ciudadanos. La reforma de la constitución de 1853 –(restaurada por el golpe militar de 1955), introdujo en 1956 el famoso 14 bis que establecía derechos a la vivienda, la salud, la educación y el trabajo luego ratificados en la reforma de 1994. Tener necesidades (muchas) y tener derechos (amparados por la constitución) no significa que el Estado y la sociedad como tal satisfagan a ambos. Hay un largo camino de más de cincuenta (50) años donde por un lado se conculcaron libertades básicas (golpes militares del 55, del 66 y del 76) pero también no se satisfacieron ni necesidades ni derechos amparados por la constitución argentina.
Desde el 25.05.03 en adelante el Estado Nacional Argentino en un proceso largo y continuo trata de reparar necesidades trocandolas en derechos para la ciudadanía argentina. Esto que aparece como “reparador” como “justiciero” (pensemos en los derechos humanos ampliados por ejemplo) choca con conceptos básicos de la organización socioeconómica de la sociedad en base al capital en tanto son “los individuos en el marco de la libertad” los que deben procurarse satisfacer necesidades en base a su esfuerzo individual (transformarse en consumidores de los bienes y servicios que ofrece el mercado)
Igualdad y Solidaridad
Igualdad es una hermosa palabra que nos remite a muchas cuestiones humanas, muy humanas: “igualdad ante la ley” “igualdad de acceso a bienes y servicios” “igualdad de oportunidades” “igualdad de derechos” “igualdad de géneros” La igualdad es un bien escaso en un mundo donde la desigualdad – cuya tendencia en la fase neoliberal del capitalismo se profundiza – es un dato de la realidad demasiado presente para obviar. (los indicadores de esta realidad mundial están a la vista de quien quiera leerlos)
La Solidaridad (creo que es algo más que la “fraternidad” de la Revolución Francesa) como una actividad de apoyo, de asistencia, de ayuda, a sectores o grupos minoritarios o marginados por distintos motivos de la sociedad resulta – como actividad – un aporte que puede resultar significativo tanto desde organismos gubernamentales como no gubernamentales. Tienen como objetivo central mitigar en distintos grados las inequidades, las injusticias, que provoca con su tendencia a la desigualdad el mercado capitalista.
Derechos y Obligaciones
Un Estado que desde el 25.05.03 reconoce cada vez más derechos a los ciudadanos requiere de estos también obligaciones. Las obligaciones en un sistema de gobierno democrático como el argentino basado en mayorías que gobiernan y minorías que controlan suponen un conjunto articulado de comportamientos de la sociedad con sus distintos actores e instituciones: 1) consensos básicos sobre prácticas no violentas para dirimir los conflictos de distinto tipo que tiene la sociedad argentina (económicos, políticos, sociales, culturales, ambientales, etc.) 2) protección y cuidado de todo el ambiente (natural, construido y social) donde desarrollamos actividades de distinto tipo 3) responsabilidad social del sector capital para generar inversiones, cumplir con obligaciones impositivas, generar trabajo registrado, no fugar capitales, cuidar el medio ambiente etc. 4) responsabilidad social del sector trabajo para fortalecer y transparentar los sistemas de salud, utilizar métodos de lucha gremial que no afecten a otros trabajadores, generar mecanismos de difusión de las acciones gremiales para facilitar la comprensión de otros actores sociales.
En derechos y obligaciones la República Argentina tiene el privilegio de contar con los organismos de derechos humanos que con su práctica no violenta y su prédica constante de memoria, verdad y justicia son insoslayables para afirmar los derechos y las obligaciones de la sociedad argentina.
La democracia parece un derecho afianzado en la sociedad después de mas de 27 años de su práctica. (1983) No parece corresponderse con el comportamiento individual en cuanto a obligaciones después de más de 35 años (1975) de neoliberalismo que ha permeado desde la economía, la ideología, la política, y la cultura la sociedad argentina, sobre todo en grandes centros urbanos (CABA, GBA, Gran Rosario + Gran Córdoba suman más del 50% del total de la población argentina) El individualismo exagerado, el “salvese quien pueda”, la fascinación que tiene nuestra clase media por el dólar como reserva de valor, la protesta histérica por cualquier motivo (impulsada en muchos casos por los medios de comunicación) resultan ejemplos de un comportamiento instalado desde hace muchos años.
Las PASO del pasado 14.08.11 sin embargo, han demostrado que quizás lo colectivo, lo solidario, las obligaciones (sin olvidar los derechos) , comienzan a ser valorados por los argentinos como bienes sociales a defender.
Igualdad y Libertad
Me repito en la frase de Cristina cuando dice “libertad ya tenemos ahora vamos por la igualdad” resulta para mi, una invitación a toda la sociedad argentina a emprender una lucha continua, consciente, por un valor superior como es la igualdad. El marco de la libertad es un saludable marco cuando todos pueden decir lo que quieren de personas y hechos de la realidad actual y proyectar sus pesimismos u optimismos sobre la realidad futura.
Cuando vamos por la igualdad la situación se complica. Igualdad en un mundo que tiende a la desigualdad en una organización socioeconómica mundial dominada por el capitalismo neoliberal es un desafío muy grande. Hay que convencerse y convencer a muchos ciudadanos para dar la batalla político-cultural y enfrentar los conflictos que se avecinan. De allí la necesidad de acumular poder y también de reconocer a los otros en sus distintas miradas para incluirlos y respetarlos.
La igualdad como valor superior pone en entredicho los ordenes jerárquicos autolegitimados o naturalizados por los usos y costumbres y amplificados por los medios. En que tipo de conflicto nos metemos si “vamos por la igualdad”. La igualdad se opone al privilegio y son muchos los privilegios en la sociedad argentina. También se opone a la dominación e incluso a la indiferencia o al destino (“el destino de ser pobre”) como efectos de la desigualdad.
Historia y Hegemonia
Valga la paradoja. Los que efectivamente son y han sido hegemónicos en la sociedad argentina acusan a este proceso histórico encabezado por Néstor primero y luego por Cristina de pretender ser hegemónico. En mi opinión la lucha por la hegemonía en el marco de una democracia plural es muy buena para la vida democrática de una sociedad, en especial, cuando dicha hegemonía, como es el caso de este gobierno, es para favorecer a las mayorías populares y en especial a los trabajadores.
En los doscientos años (200) de revolución (25 de Mayo de 1810) y un poco menos de independencia, (9 de julio 1816) la Republica Argentina ha soportado la hegemonía de las elites dominantes asociadas a potencias extranjeras en algunos casos (con acuerdos y desacuerdos de las distintas fracciones políticas, militares, económicas, financieras y de la religión católica, a través del tiempo y la historia) pero siempre a favor de minorías excluyentes.
Con la excepción en cierta medida, del primer gobierno de Hipólito Irigoyen y en mucha mayor medida, del gobierno de Juan Perón entre 1946 y 1955 por la transformación que significó para millones de personas y para Argentina como colectivo social, esta – la hegemonía de las elites dominantes minoritarias ha sido la realidad social, económica, cultural y política de este país hasta el 25 de Mayo de 2003.
Esto no significa que no continúe la hegemonía de las elites dominantes minoritarias significa simplemente que en este momento argentino hay una lucha, un debate, una convicción, una política y una gestión, por convencer las subjetividades y por el sentido de una sociedad, de una identidad nacional, de una pertenencia, que poco a poco va trascendiendo a capas más amplias de la población argentina (la mayoría de los habitantes de la CABA y algunos centros urbanos favorecidos pueden ser la excepción aún, que confirma la regla actual por la lucha y el debate que se dan en la sociedad argentina) La palabra hegemonía es empleada aquí en los términos presentados por Antonio Gramsci hace muchos años, es decir que opera no sólo sobre la estructura económica y la organización política de la sociedad, sino además específicamente, sobre el modo de pensar, sobre las orientaciones teóricas y hasta sobre el modo de conocer que tienen los sujetos que integran una sociedad donde el fenómeno de la concentración de medios de comunicación y su mensaje reiterativo reviste un papel de alto impacto en ciertos comportamientos electorales y en el juego democrático. Las PASO vienen a mitigar ese impacto y a demostrar que las alternativas en comunicación e información por un lado, pero la política y la gestión efectiva por otro pueden ser cada vez más reconocidas por la sociedad.
Política y Gestión
La política, se define como “la actividad humana que tiende a gobernar o dirigir la acción del Estado” teóricamente “en beneficio de la sociedad” aunque en la práctica resulta en beneficio de las elites dominantes. También la política “es el proceso orientado ideológicamente hacia la toma de decisiones para la consecución de los objetivos de un grupo” . Otra forma de ver la política es como la “comunicación dotada de un poder para influir sobre la realidad” , y aún el estudio para “establecer los diversos grados de relación de fuerzas (políticas, sociales, culturales, económicas) en un contexto social determinado”.
Una ideología a su vez se define como “el conjunto de ideas sobre el sistema existente (económico, social, político, cultural). Si pretenden su conservación se habla de ideologías conservadoras si busca su transformación la misma puede ser radical o súbita, en cuyo caso hablamos de ideologías revolucionarias. En cambio si busca que dicha transformación del sistema sea paulatina y pacífica hablamos de una ideología reformista. Si el conjunto de ideas es cambio busca la restauración de un sistema previamente existente decimos que se trata de una ideología reaccionaria.” Las ideologías caracterizan a diversos grupos, sean un grupo social, una institución, o un movimiento político, social, religioso o cultural.
Las ideologías tienen dos componentes: una representación del sistema, y un programa de acción. La primera proporciona un punto de vista propio y particular sobre la realidad, vista desde un determinado ángulo, preconceptos o bases intelectuales, a partir del cual se analiza y enjuicia (crítica), habitualmente comparándolo con un sistema alternativo, real o ideal. El segundo (el programa de acción) tiene como objetivo acercar en lo posible el sistema real existente al sistema ideal pretendido.
Con estas definiciones podemos decir que la ideología que engloba el “fenómeno kirchnerista” (algunos hablan del “cristinismo kirchnerista” otros del “peronismo kirchnerista”) es una ideología reformista que busca en el marco de una democracia formal avanzar mediante el diseño de políticas y la gestión de las mismas desde la representación del sistema real (capitalista-individualista) a un sistema que podemos denominar “ideal” que implica una mayor democracia y un desarrollo integral con mayor inclusión social. Este “ideal” engloba en su accionar las banderas históricas de los nueve (9) años del peronismo (1946-1955) (justicia social, independencia económica, soberanía política) con rasgos de liberalismo (ley de medios, matrimonio igualitario, derogación de calumnias e injurias etc. ) republicanismo, (renovación de Corte Suprema, ley de Primarias, Abiertas, Simultaneas, Obligatorias PASO etc.) y la transformación política y cultural (las subjetividades y el sentido de la sociedad) y la centralidad del Estado como banderas históricas de la izquierda política.
Es con este ideario ideológico, según mi opinión, que el “fenómeno” o la “anomalía” (al decir de Forster) “kirchnerista” busca a través de la política como actividad humana esencial dirigir la acción del Estado Nacional teniendo en cuenta, las distintas correlaciones de fuerzas que le va permitiendo la realidad fáctica. Al mismo tiempo intenta de manera permanente forzar los límites que le impone la misma, a través de distintas formas de comunicar y producir hechos que le permite (como colectivo multitudinario) continuar construyendo poder, alentar nuevos proyectos y continuar transformando esa realidad.
Con el siguiente turno electoral (ya muy cercano) se trata no sólo de profundizar las políticas y la gestión y el proyecto de futuro para continuar con la transformación de todos los aspectos de la realidad (no quiero hablar de “modelo” ya que en mi opinión la palabra “modelo” remite a algo acabado que funciona en “automático” y en esta realidad que vivimos no hay nada “automático”) sino de tener más poder producto del juego democrático, para disputar hegemonías en los distintos campos del quehacer social, político, económico, cultural, ambiental de cara la sociedad argentina. Se trata de instalar cada vez más en el imaginario social que se puede transformar la realidad desde la política y la gestión del Estado con la participación activa de la sociedad. (las PASO lo demuestran) Realidad que siempre va a aparecer filtrada por los medios hegemónicos del discurso neoliberal y su matriz especulativo-financiera
*Miembro de la comisión de economía de Carta Abierta

El mito del viento de cola

Viernes, septiembre 9th, 2011

Por Sebastián Premici

Un análisis que toma en cuenta factores internos y exógenos del crecimiento del PIB entre 2003 y 2010 demuestra que un 58 por ciento de esa suba no se explica por el “viento de cola”. Chile y Perú crecieron menos, pese a que el cobre aumentó más

El crecimiento económico de los últimos ocho años (2003-2010) no se explica, exclusivamente, por el llamado viento de cola. La idea de que al país le va bien sólo por los precios internacionales de las materias primas agropecuarias y el crecimiento exponencial de China, y en menor medida Brasil, no es tal. Esa es la conclusión del economista Eugenio Díaz Bonilla, esbozada en un trabajo que se titula “Del infierno al purgatorio: ¿y después qué?”. La tesis principal de este paper es que otras economías vinculadas con los commodities, como Chile y Perú con el cobre, crecieron menos que la Argentina, cuando ese metal aumentó mucho más que la soja. “Esto se explica por cuatro motivos, uno político y tres económicos: la recuperación del manejo político sobre la economía, los buenos resultados macroeconómicos, el apoyo a la demanda y un mejor clima de inversiones”, explicó el economista a Página/12.

Díaz Bonilla es el representante argentino ante el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Sin embargo, el texto adelantado a este diario –que forma parte de un posible libro donde se pretende explicar el desarrollo económico del país– fue escrito a título personal. Para analizar los datos de crecimiento y profundizar sobre las cuestiones internas y exógenas del actual modelo, el economista utilizó información oficial del Banco Mundial, y para el caso de la Argentina aplicó también datos de consultoras privadas, a partir de 2008.

“El crecimiento promedio del PBI en el período 2003-2010 fue de 7,1 por ciento. Luego de realizar los cálculos econométricos, en base a variables de política económica interna y datos exógenos, surge que hubo en el período un crecimiento del 4,1 por ciento que no se explica por las variables externas. Eso indicaría que un 58 por ciento de la tasa de crecimiento no está explicado por el viento de cola”, explicó Díaz Bonilla.

En América latina son varios los países que tienen una fuerte participación de los commodities en su economía. Por ejemplo, en Chile y Perú existe una incidencia central del cobre, cuyo valor aumentó más que la soja en los últimos años. En este sentido, el PBI per cápita de Chile creció, en el período 2003-2009, un 2,76 por ciento, y el de Perú, un 4,86 por ciento, mientras que el incremento de la Argentina fue de 6,38 por ciento (según datos oficiales) o un 5,52 por ciento con variables de consultoras privadas.

El texto del economista argentino explica que además de las razones políticas, es decir la estabilidad institucional después del estallido de la convertibilidad, resultó clave “la política de expansión y democratización del mercado interno” y una mejora de las condiciones para la inversión privada, a pesar de que algunos sectores políticos insisten con que “en Argentina no hay condiciones para invertir”.

Escribió Bonilla: “Ha habido una importante recuperación de la inversión global desde la crisis de principios de 2000. Además, se ha distribuido de manera más uniforme entre sectores, regiones, tamaños y tipo de empresas, propiciando un crecimiento más balanceado con mayor inclusión social y mejor distribución de empleo, ingresos y oportunidades”.

El análisis del período 2003-2010 está inscrito en los resultados de otras series históricas. Si la etapa 1940-1975 (marcada por la sustitución de importaciones y un buen clima externo, sobre todo entre el ’60 y ’75) no se hubiera interrumpido por la dictadura militar, la crisis de la deuda externa en los ’80 y luego la convertibilidad, “Argentina habría alcanzado un PBI per cápita superior en un 20 por ciento al actual”, sostiene el representante ante el BID.

Después de ocho años, todo modelo necesita algunos ajustes. Las propuestas que intentan esbozarse en el texto apuntan a corregir ciertos aspectos de las variables que resultaron favorables en el período analizado: que la inversión pública privada llegue al 26 por ciento del PBI, sostener la fortaleza fiscal y mejorar el impacto social del gasto público. Todo de cara al Bicentenario de la Independencia (2016), “para que el país recupere el sendero abierto en el período 1940-1975”.
Pagina 12 8/9/2011