Comisión de Economía Carta abierta Buenos Aires

4May/110

Un economista que nos sigue enseñando: John Maynard Keynes

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Mario Rapoport
El 21 de abril de 1946 murió John Maynard Keynes, uno de los economistas más importantes de nuestra época;, el influyente autor de la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, publicada en 1936, y de otros memorables trabajos. Las ideas keynesianas ocuparon un lugar predominante en las políticas económicas de los países industrializados en el tercer cuarto del siglo XX y su mayor impacto tuvo que ver con la profunda crisis mundial que se desató en 1929, la peor que sufrió el capitalismo en su historia.
Hasta aquel momento el pensamiento económico predominante sostenía que eran las fuerzas del mercado las que aseguraban el equilibrio y la plena ocupación de los factores productivos y que la intervención estatal no ocasionaba más que perturbaciones a la armonía garantizada por las fuerzas invisibles reguladoras de la vida económica. Sin embargo, la "gran depresión" fue imposible de evadir y aún menos de ser explicada. Ni la crisis, ni los altos niveles de desocupación podían ser concebidos dentro del pensamiento clásico. La Ley de Say, su pilar fundamental, negaba cualquier posibilidad de llegar a una situación parecida al postular que “toda oferta crea su propia demanda”. Pero, ante la gravedad de los acontecimientos, elementos esenciales de la economía clásica se derrumbaron y las recomendaciones de Keynes cobraron una importancia decisiva en los claustros académicos y en los ámbitos gubernamentales de diferentes países.
En principio, para comprender mejor sus ideas debemos preguntarnos quien fue Keynes ¿Sólo un teórico de la economía, con una obra destinada a especialistas, o una personalidad compleja, que nos dejó un aporte más vasto para la comprensión del mundo en el que estamos inmersos? Sin duda no fue un economista adicto a los modelos econométricos o que sólo podía aprehender aspectos limitados de la realidad, al estilo de muchos sesudos premios Nobel de nuestra época.
El mismo se caracterizaba, irónica o modestamente, con un término algo despreciado en nuestros días: el de “publicista” (publicist), en el sentido de un autor que escribe para el público en forma periódica con el objeto de difundir sus ideas. Y vaya si lo hizo a través de innumerables artículos en revistas y diarios, análisis de coyuntura, escritos políticos, etc. Sin embargo, y ante todo, era un intelectual (palabra hoy también despreciada), pues perteneció a un activo núcleo de escritores y artistas del Londres de la “gloriosa” época imperial, el grupo Bloomsbury, en el cual se destacaban la escritora Virginia Woolf y el mejor analista de la sociedad victoriana, Lytton Strachey, llevando una vida mezclada entre la bohemia y los estudios académicos.

Profesor en Cambridge, no sólo de su obra teórica sino también de sus escritos periodísticos y ensayos publicados en los años 20 y 30, y recogidos en su mayoría en el libro Essays in Persuasion (Ensayos de persuasión), pueden extraerse las principales enseñanzas sobre política económica vigentes en la época anterior a la crisis y durante los primeros años de ésta. Él hubiese preferido llamar a esos escritos “Ensayos de profecía y persuasión”, porque tuvieron más éxito como adelanto de lo que sucedió después que como un medio para influir en la opinión pública.
En ellos, el economista británico advierte, ya desde principios de la década de 1920, una posible crisis económica de continuar las políticas ortodoxas entonces en curso. A su vez, cuando estalla la crisis trata de desentrañar sus principales mecanismos sin utilizar todavía un marco teórico previo. Los ensayos abarcan un amplio panorama; se tratan allí los temas políticos y económicos más preocupantes de su época: el Tratado de Paz de Versalles, las deudas de la guerra, las políticas de deflación, el retorno al patrón oro y los intentos de tener un presupuesto equilibrado en medio de una recesión económica.
El primer eje de la crítica de Keynes es la libertad de los mercados, en un momento en que la opinión indiscutida en los ámbitos políticos y académicos entendía que un orden social deseado implicaba dejar a los individuos actuar libremente siguiendo sus propios intereses. Se había llegado a creer, como señala Keynes en uno de los escritos que forman parte del libro, “El fin del laissez faire” (1926), que el interés general y el particular siempre terminaban coincidiendo.
Para Keynes esa concepción, basada en el pensamiento neoclásico, no era correcta, ni en la teoría ni en la realidad. El fin del laissez faire, a través de una participación activa del Estado, daría la posibilidad de mejorar el modo de vida de la gente solucionando los problemas generados por el sistema capitalista.
En su “Teoría general", su obra más conocida, escribe una frase en la que podemos reconocer los problemas actuales: “Los principales inconvenientes de la sociedad económica en que vivimos son su incapacidad para procurar la ocupación plena y su arbitraria y desigual distribución de la riqueza y de los ingresos”. Según Keynes, el problema del capitalismo era que el mercado no podía asegurar la demanda necesaria, generando desocupación y marginalidad, situación que “el mundo no tolerará por mucho tiempo” Y ante tal diagnóstico le competía al Estado lograr el pleno empleo: incrementando el gasto, reformando el sistema fiscal, mejorando la distribución del ingreso y regulando el comercio exterior.
Una vez modificados estos supuestos básicos, la iniciativa privada del capitalismo volvería a asegurar la eficiencia y la igualdad económica. Su discípula, Joan Robinson, llamará a esto: “La defensa desilusionada del capitalismo”, ya que “Keynes busca encontrar lo que está mal con el propósito de diseñar medios destinados a salvarlo de destruirse a sí mismo”. La misma Robinson señala, sin embargo, los propios límites de la cuestión: “no existen problemas puramente económicos, los intereses y los juicios políticos previos están en juego en toda discusión de las cuestiones concretas”.
En palabras de Keynes: “Tenemos que descubrir una nueva sabiduría para una nueva época. Y entretanto debemos, si hemos de hacer algo bueno, parecer heterodoxos, molestos, peligrosos y desobedientes…En el campo económico esto significa, ante todo, que debemos encontrar nuevas políticas y nuevos instrumentos para adaptar y controlar el funcionamiento de las fuerzas económicas". Siguiendo estas ideas, la experiencia argentina demanda el surgimiento de un pensamiento propio que atienda directamente a los problemas que acosan a la sociedad local a fin de encontrar un rumbo económico nuevo y sostenido en el tiempo y opciones políticas y sociales que no posterguen el bienestar de sus habitantes. Así como lo hizo el pensamiento keynesiano en su época.

18Nov/100

Reseña de la última obra de Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero Resucitar a Marx

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Manuel M. Navarrete

“En la ciencia no hay calzadas reales y sólo llegarán a sus cimas luminosas quienes no escatimen esfuerzos para escalar sus senderos escarpados” (Karl Marx, prólogo a la edición francesa de El Capital, 1872).
I
Este artículo pretende ser una reseña de El orden de El Capital , el último libro de los profesores Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero, que acaba de ser publicado por la editorial Akal, con prólogo de Santiago Alba Rico. Pretende, asimismo, ofrecer una somera exposición de ciertas claves de El Capital, acercando la obra magna de Marx a algunos de nuestros lectores que, a priori, podrían considerarla una lectura cuanto menos áspera. Trataremos de convencerlos de que, muy al contrario, afrontar El Capital les resultará siempre fascinante.
En esta nueva colaboración, los autores del polémico contramanual de Educación para la ciudadanía (y de una visión ilustrada de la Revolución Bolivariana publicada por Hiru: Comprender Venezuela, pensar la democracia) exponen tesis que, sin duda, van a dar mucho que hablar. Sin embargo, se piense lo que se piense de dichas tesis, nadie podrá discutir que esta nueva obra constituye un novedoso instrumento desde el que acercarse a El Capital y arrojar luz sobre sus implicaciones.
Fernández Liria suele comentar que, hace una década, justo cuando se disponía a publicar un libro sobre El Capital, Luis Alegre (por aquel entonces, alumno suyo) descubrió un pequeño hilo suelto en la argumentación y, tirando de él, toda la obra se deshizo. El problema surgió a partir del desconcertante hecho de que Marx, después de haber expuesto en el libro I de El Capital que toda mercancía tiene un valor de uso y un valor (de cambio), nos informa, en el libro III, de que las mercancías... no se venden a su valor (tal como éste concepto había sido definido en el libro I), sino a su “precio de producción”. ¿Qué sentido tiene entonces la ley del valor? ¿De qué fenómeno puede dar cuenta? ¿Qué realidad invisible puede sacar a la luz? ¿Para qué, en suma, la pone en juego Karl Marx?
II
Para empezar, hay que tener en cuenta el dispositivo conceptual que Marx desarrolla en la Sección 1ª del libro I de El Capital. El pensador alemán (un “Galileo de la historia”, en palabras de Liria y Zahonero), en su pretensión de hacer ciencia (y no mero empirismo), genera unas condiciones artificiales de laboratorio que le permiten aislar determinados fenómenos. De este modo, nos sitúa ante un mercado simple de libres productores independientes que intercambian sus mercancías (es decir, productos fabricados para ser vendidos, y no para consumirlos). En dicho mercado, se intercambiarían equivalentes, ya que cada productor buscaría su propio interés y esto generaría un equilibrio espontáneo. Pero ¿qué cualidades comunes podemos encontrar entre dos mercancías completamente diferentes, que posibilite que dichas mercancías sean intercambiadas? Únicamente dos: saciar necesidades humanas (valor de uso) y ser productos del trabajo (mediremos ese trabajo en horas de trabajo: valor de cambio... o valor). Sólo más tarde surgirá, necesariamente, una mercancía que será adoptada como equivalente general (el dinero) y con respecto a la cual se originará un fetichismo, que, erróneamente, hará percibir en ella (y no en el trabajo) la verdadera fuente del valor.
Al final de la Sección 2ª, sin embargo, Marx nos despierta de la ilusión, invitándonos a abandonar la ruidosa esfera de la circulación para seguirle hasta la zona de “No admittance except on business” . Nos recuerda, en este punto, que el mundo real no está constituido por productores independientes que intercambian mercancías equivalentes, sino estratificado en dos clases fundamentales, una de las cuales compra la fuerza de trabajo y otra de las cuales la vende. En este caso, las mercancías que se intercambian son salario por un lado y fuerza de trabajo por el otro. Resumiendo mucho, por razones de espacio, diremos que la fuerza de trabajo, al trabajar, genera una cantidad de valor superior a la que el salario podrá adquirir más tarde en el mercado. A ese “más-valor” Marx lo denomina, sencillamente, plus-valor. A la clase de hombres que compra fuerza de trabajo, clase capitalista. Al dinero que estos hombres vuelcan en la circulación con el objetivo de generar plusvalor, sencillamente capital. De este capital, una parte será constante (el empleado en materias primas e instrumentos de trabajo, como hoces y martillos) y otra variable (el empleado en contratar a la fuerza de trabajo, cuyo trabajo es el que hace variar la suma inicial de dinero, obteniendo más dinero que, más tarde, volverá a reinvertirse, dando lugar a una reproducción ampliada).
Pero ¿cómo se llega a esta situación, que ahora nos parece tan natural, pero que no deja de ser absurda, en la que unas personas son compradoras ricas y otras vendedoras pobres de fuerza de trabajo? ¿Cómo se desemboca en un mundo en el que unos hombres “eligen” trabajar gratis para otros durante varias horas al día (las horas en las que producen el plusvalor) y en el que el intercambio (fuerza de trabajo vs salario) no se da entre valores equivalentes (mundo en el que no rige, por tanto, el principio republicano de igualdad ) ?
III
En respuesta a estos interrogantes, en los dos últimos capítulos del libro I, Marx introduce algo que, a primera vista, podría parecer una enmienda a sí mismo, pero que cobra sentido dentro de su orden de exposición lógico-categorial: la “acumulación originaria” de capital, que, en toda Europa, tras finalizar la Edad Media, supuso un prolongado y violento proceso histórico de expulsión masiva de la población campesina de sus tierras. También nos habla de la historia de Mr. Peel, empresario de la época que llevó un ejército de trabajadores a Australia, junto con todos los materiales necesario para construir una fábrica, pero que se encontró con que sus trabajadores lo abandonaban para establecerse como campesinos en la tierra virgen de Oceanía (en la cual, por aquel entonces, aún no se había producido una “acumulación originaria”).
¿Qué significa esto? Que una persona sólo vende su fuerza de trabajo cuando ha sido privada de cualquier otro sustento vital (como la tierra). Para Liria y Zahonero, éste es un hecho fundamental, porque de él se deduce que, a pesar de la ficción con la que la sociedad moderna se representa a sí misma, nuestro mundo no está constituido a partir del principio de la propiedad individual (requisito kantiano de la independencia civil, es decir, del principio ilustrado por antonomasia, junto a la libertad y la igualdad), sino, precisamente, a partir de su aniquilamiento y sustitución por la gran propiedad capitalista (que supone, en palabras de Marx, la expropiación del 90% restante de la sociedad).
Sin embargo, en el libro III, nos encontramos con una nueva vuelta de tuerca: el plusvalor se convierte en ganancia y el valor en precio de producción. ¿Qué significa esto? En el libro I, que narraba cómo funcionaría la circulación mercantil si existiera, digamos, una sola empresa, sólo el capital variable hacía variar (y, obviamente, crecer) el valor inicial desembolsado por el capitalista, mientras que el constante (maquinaria y materia prima), al hacer uso de él, iba transmitiéndose al valor de la mercancía progresivamente. Ahora, sin embargo, en mitad de la concurrencia capitalista, nos encontramos con que se produce una nivelación de las tasas de ganancia y las empresas no obtienen beneficios en función del dinero invertido en capital variable, sino una cantidad proporcional al capital total invertido. ¿Por qué? Porque, en una situación de competencia, los precios que establece una empresa están determinados por la tasa de ganancia media de su rama, y no por la tasa de plusvalor creada en el interior de dicha empresa en particular. De este modo, si puede vender un poco más caro (aprovechando, por ejemplo, una productividad superior a la media), en su ánimo de lucro, lo hará. El juego de la oferta y la demanda, además, tiene también su influencia sobre el precio final de mercado.
Pero, entonces, ¿qué sentido tiene para Marx la ley del valor? ¿Por qué Marx, al inicio de El Capital, nos remite a un mercado generalizado de equivalentes, si éste nunca ha existido históricamente? ¿Por qué al final del libro I introduce lo que, sólo en apariencia, sería una auto-enmienda? ¿Y por qué en el libro III, miles de páginas más tarde, nos aclara finalmente la cuestión de los precios? ¿Qué sentido tiene, en suma, el desconcertante orden de los capítulos y libros de El Capital?
IV
Según la teoría de Liria y Zahonero, la ley del valor no consigue determinar los precios, porque tampoco lo intenta. Para Marx, la cuestión de cómo los capitalistas se reparten el plusvalor entre ellos es algo secundario (que se afronta, como hemos visto, en el libro III) . Lo primordial es investigar cómo es posible que en la sociedad moderna aparezcan dos clases fundamentales de seres humanos: los compradores ricos y los vendedores pobres de fuerza de trabajo. Para fundamentar el concepto de explotación, era estrictamente necesario construir previamente el concepto de plusvalor (y los conceptos de trabajo necesario y plustrabajo , dando cuenta de cuántas horas diarias trabaja el obrero para sí mismo y cuántas lo hace gratuitamente para engordar la fortuna del capitalista) y, obviamente, este concepto de plusvalor no podía construirse sin la teoría del valor. También es significativo que Marx abandone, desde el principio, la denominación “valor de cambio”, para hablar de algo diferente: el “valor”.
Pero no fueron pocos, nos dicen Liria y Zahonero, los marxistas que vinieron a embrollar aún más la situación, recurriendo al as en la manga de la aufhebung hegeliana, capaz de dar cuenta de una identidad entre contrarios (en este caso, entre los libros I y III de El Capital ). Al igual que Althusser (pero a diferencia de Lukács o, por citar un autor actual, Kohan), Liria y Zahonero consideran que Marx, tras su ruptura epistemológica, conserva la dialéctica como un mero recurso expositivo, pero no como dispositivo teórico fundamental ni como método de comprensión de la realidad. Para nuestros autores, el precio no es la verdadera expresión del valor , sino que estos dos términos remiten a dos consistencias estructurales diferentes , con implicaciones diferentes también. Porque la primera de ellas, la consistencia-valor, al estar determinada sólo por el capital variable, remite a las mercancías como productos del trabajo humano, no considerando todavía dicho trabajo como la consecuencia de una inversión de tipo capitalista. En cambio, desde la categoría “precio de producción” (es decir, desde los ojos del capitalista, desde la circulación del dinero como capital y no como simple dinero), las diferencias entre funcionar y trabajar (capitales constante y variable), o incluso entre invertir y trabajar (compra y venta de fuerza de trabajo), se diluyen, al no tener consecuencias económicas directas para su bolsillo. Sin embargo, para el científico social, dichas diferencias sí conllevan cruciales implicaciones metodológicas, porque someten al sistema a dos interrogantes distintos.
Así pues, la construcción, al inicio del libro I, de lo que anteriormente denominamos “condiciones artificiales de laboratorio” nos permite aislar un fenómeno (el de la explotación de una clase por otra), mientras que, en contraste, el libro III constituye ya una constatación empírica y descriptiva del funcionamiento real de la sociedad capitalista. Y el orden de los libros de El Capital no implica, como asumió una parte de la tradición marxista, que baste tirar del hilo de la “libertad-para-hacer-lo-que-quiera-con-lo-que-es-mío” (es decir, de la lógica del libro I) para obtener, sin más, el mercado generalizado capitalista (o sea, la lógica del libro III), sino que, por el contrario, para llegar a esta última situación fue necesario, como ya hemos visto, introducir un mecanismo completamente ajeno y diametralmente opuesto a esa o cualquier otra libertad: el terror y la sangre de la acumulación originaria.
V
Los economistas burgueses, por su parte, acusaron naturalmente a Marx de incoherencia, ya que no comprendieron (o no les interesó comprender) el papel de la teoría del valor en la Sección 1ª de El Capital. Además, en su grotesco afán por justificar la estructura del poder capitalista, estos economistas trataron de asimilar nuestra realidad a un mercado justo e igualitario, en tanto que todos, compradores y vendedores de fuerza de trabajo, aparecen como propietarios de algo, que intercambian libremente. Sin embargo, la Ilustración (empezando por Kant) jamás habría aceptado la ficción jurídica que supone llamar propietario al que no posee nada exterior a sí mismo, salvo su propio pellejo, porque, obviamente, tal noción carecería de sentido jurídico, ya que, en ese caso, nadie podría no ser propietario. El pensamiento ilustrado tampoco habría aceptado jamás que se pudiera considerar ciudadano a alguien desprovisto de independencia civil; es decir, a alguien que, al no poseer nada, depende de otros para obtener su sustento.
Ahora bien, efectivamente, una vez puesta en juego la “acumulación originaria”, una vez despojada la población de sus medios de subsistencia, los obreros aparecerán en el mercado y venderán su fuerza de trabajo libremente (aunque, en cambio, no tendrán libertad para cambiar de “sector” y pasar a ser compradores, en lugar de vendedores, de fuerza de trabajo...), especialmente porque la única alternativa a ejercer esa peculiar libertad (la libertad, recordemos, para vender fuerza de trabajo) será, en realidad, la muerte de hambre. Por otro lado, una vez activado este mecanismo, una auténtica liberación se hace imposible, porque, en la esfera económica, todo incremento de la libertad individual conllevará, automáticamente, un incremento de la dominación y un deterioro de las condiciones de vida. ¿Por qué? Porque, por ejemplo, si la negociación de los contratos de trabajo es libremente individual, en lugar de imperativamente colectiva, dada la existencia de una masa permanente de parados (que Marx llama “ejército industrial de reserva”), siempre habrá alguien dispuesto a vender su mano de obra por un salario más bajo del que perciban los que ya estén trabajando. Así, de no existir la negociación colectiva y sindical, los salarios descenderían hasta el límite mínimo de la subsistencia, generándose, como demostró Karl Polanyi, unas condiciones sencillamente incompatibles con el ejercicio de cualquier libertad o derecho.
Así pues, ni igualdad, ni independencia civil, ni libertad. El capitalismo no fue (como trata de aparentar) el legítimo sucesor de la Ilustración, sino que, en un auténtico coup d'état, la traicionó y falsificó descaradamente. Tal es la tesis fundamental de este sugerente libro (tesis en la que aquí, por razones de espacio, no profundizaremos más, pero para cuya comprensión recomendamos la lectura directa de la obra de Liria y Zahonero).
VI
¿Qué alternativas nos deja esta situación? La socialdemocracia, nos dicen nuestros autores, ha tratado de reformar el capitalismo o de hacerlo “más humano”, sin comprender que el Estado de bienestar fue una excepción histórica, lograda hace más de medio siglo por un sindicalismo radicalizado y ante la presión política de la Unión Soviética (que tenía una “quinta columna” en todos los países del mundo), es decir, en una correlación de fuerzas que no volverá a darse en mucho tiempo, si es que se vuelve a dar. Para colmo, la socialdemocracia no tuvo en cuenta que el nivel de vida del Primer Mundo es un privilegio imposible de generalizar a todo el planeta, dato que ha sido demostrado matemáticamente por el Global Footprint Network (California). Obvió, asimismo, que, bajo el capitalismo, el Estado de bienestar sólo es posible sobre la base de lo que Emmanuel Arrighi denominó “intercambio desigual”. Dado que los capitales no chocan contra fronteras institucionales, pero las personas sí, la clase obrera no podrá trasladarse a las empresas del mundo que ofrezcan mejores salarios, sino que, con suerte, podrá elegir entre las que existan en un determinado país. Por tanto, aunque las tasas de ganancia tenderán, como siempre, a nivelarse a escala global (nivelación de la que, como vimos, dependen los precios), las tasas de explotación, en cambio, serán diferentes en cada marco de relaciones laborales, en función de los éxitos y derrotadas en las luchas políticas, sindicales y de clases. En consecuencia, un salario primermundista dará acceso a bienes en los que habrá cristalizada una cantidad de horas de trabajo tercermundista muy superior a la que el trabajador primermundista ha necesitado efectuar para cobrar su salario, produciéndose, de facto, un fenómeno de explotación global del norte al sur (lo que, obviamente, no anula la contradicción entre clases también existente en el norte).
Descartados el capitalismo (que motiva esta auténtica barbarie) y la socialdemocracia (ineficaz para contener al capitalismo), como conclusión, Liria y Zahonero aclaran cuál es la alternativa que proponen: el comunismo, la cooperativización o incluso estatalización de los medios de producción. Sin embargo, aclaran también que, como proyecto político, no están dispuestos a defender cualquier versión posible del comunismo (como tampoco lo estuvo Marx), sino sólo una versión que respete los principios de la Ilustración (que el capitalismo, como hemos visto, proclama pero a la vez anula): la igualdad, la independencia civil y la libertad, como exigencias irrenunciables de la razón. Además, matizan que, en una sociedad socialista, podrían encomendarse determinadas funciones, como la asignación de recursos escasos, a un mercado controlado.
VII
Ésta es, pues, la resurrección de Marx que los autores de El orden de El Capital proponen. Una resurrección que, por supuesto, tendrá sus seguidores y sus detractores. Pero a la que todos, incluso sus detractores, tendrán que reconocer el mérito de ir más allá de la mera-repetición-inútil de las ideas de nuestro gigante del pensamiento y, en definitiva, de proponer algo mejor: una reapropiación crítica de su genial método de análisis de la sociedad capitalista. Un método que, a día de hoy, sigue demostrando extraordinaria fertilidad. Esperamos, para terminar, que no sea preciso insistir en la importancia (tan subestimada por la estrechez de miras del espontaneísmo) del análisis teórico para un correcto diseño de la táctica política. Por eso, como dirían los autores de esta magnífica obra, hay que leer, o seguir leyendo, El Capital.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

23Jun/100

Una aproximación al concepto de dinero como básico para la economía en la visión del físico F. Capra

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Es interesante seguir el pensamiento de un físico teórico de la Universidad de Viena como Fritjof Capra quien ha trabajado como investigador en física subatómica. También ha sido profesor en la U.C. en Santa Cruz, en Berkeley y en la Universidad de San Francisco.
En paralelo a sus actividades de investigación y enseñanza, desde hace más de 30 años Capra ha estudiado en profundidad las consecuencias filosóficas y sociales de la ciencia moderna.
Su producción literaria se inició con la publicación de un icono moderno: “El tao de la física” que supuso el punto de partida de numerosas publicaciones sobre la interrelación entre el universo descubierto por la física moderna y el misticismo antiguo, principalmente oriental.
Sus trabajos de investigación y divulgación siguientes incluyen estudios en que los postulados aportados por su primer libro se extienden a otras áreas, como la biología, la ecología y las ciencias sociales especialmente la economía, enfatizando en todos ellos la necesidad de alcanzar una nueva comprensión del universo que nos rodea como un todo en el que, para comprender sus partes, es necesario estudiar su interrelación con el resto de los fenómenos, pues su visión está basada en que la naturaleza de la realidad es un proceso creativo e interconectado
En relación con la economía en su libro “El punto crucial” Capra sostiene que “los modelos macroeconómicos tendrán que estudiarse dentro de una estructura basada en el enfoque integral y utilizando un nuevo conjunto de variables. Uno de los principales errores – sostiene – de las escuelas modernas de pensamiento económico es su insistencia en usar el dinero como única manera de medir la eficacia de los procesos de producción y distribución. Usando únicamente este criterio, los economistas han olvidado un hecho importante: que la mayoría de las actividades económicas del mundo consisten en una producción informal basada en el valor de uso, en sistemas de intercambio y en arreglos recíprocos de compartir bienes y servicios, y que todo esto se verifica fuera de las economías monetarias.
A medida que estas actividades – trabajo doméstico, cuidado de los niños, asistencia a enfermos y ancianos – son más monetizadas e institucionalizadas, los valores que permiten a las personas prestarse recíprocamente servicios gratuitos comienzan a deformarse; la cohesión cultural y social se disuelve, y no sorprende que la economía comience a sufrir una disminución de “la productividad”. Este proceso se ve acelerado por el hecho de que el concepto de dinero se está volviendo cada vez más abstracto y más ajeno a las actividades económicas.
Mientras que en el actual sistema bancario financiero mundial, las unidades monetarias pueden deformarse de una manera casi arbitraria por parte del poder de las grandes instituciones, el uso cada vez más generalizado de las tarjetas de crédito, los sistemas electrónicos de actividad bancaria y transferencias de fondos, y otros instrumentos de la moderna tecnología de la informática y las comunicaciones han añadido nuevos niveles de complejidad que prácticamente impiden el uso del dinero como sistema exacto para medir las transacciones económicas en el mundo real”

Capra Fritjof, El punto crucial, editorial estaciones, 2008

25Abr/100

Acumulación y fuerzas productivas, hoy

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Ricardo San Esteban

(Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

 Como hemos visto, el modelo de acumulación ha variado a través de los tiempos, aunque sin perder su esencia. También lo han hecho las fuerzas productivas, con la ciencia aplicada como uno de sus componentes más notorios, y con ello, también, el desplazamiento del centro de acumulación de capitales hacia el este y, especialmente, la profundización de la crisis cíclica y general en el mundo desarrollado. Naturalmente que la gran burguesía internacional nos dice -refiriéndose a dicha crisis- que ya se superó e infla con entusiasmo su nuevo gran globo y de paso, nos provee de globitos multicolores.

Para entender qué es lo que está pasando, veamos, en primer término, la categoría excedente de producción. La categoría excedente de producción fue muy estudiada por los clásicos, denominándola net produce o surplus of produce, diferenciando así entre el producto bruto y las necesidades de vida de todos aquellos que se encuentran relacionados con la producción, según escribía, por ejemplo, John Stuart Mill en sus Principles (1).

Cuando Carlos Marx logró desentrañar lo misterioso de esta categoría, derivando de la misma el concepto de índice de explotación de la clase obrera, los economistas burgueses –en primer lugar el propio Stuart Mill- la dejaron de lado y haciéndose los distraídos, hablaron entonces del producto social como costo de factores, y consideraron que el ahorro que implica no es consecuencia de la plusvalía sino de una loable acción de abstinencia de la burguesía.

Es más que notorio: la acumulación resulta de la explotación de los trabajadores –y del pobrerío en general- y no de la moral circunspecta de los patrones. Cualquier sistema productivo viable se halla en condiciones de proporcionar un excedente, es decir, un producto mayor del que resulta necesario para mantener a la totalidad de la población. Es también notorio que el excedente de producción implica excedente de población, pues el uno no podría darse sin el otro.

En casi todas las sociedades divididas en clases han existido grupos sociales minoritarios que, astutamente, se las ingeniaron para apropiarse del excedente de producción. Recordemos aquel grito desgarrado de Túpac Amaru: “campesino, el patrón no comerá más de tu sudor” Creo que nadie puede negar este hecho que si es moralmente detestable, es también necesario para que pueda darse la acumulación y el avance de las fuerzas productivas capitalistas.

Michel Aglietta (2), en su teoría de la regulación, puso el acento en el proceso de valorización que trascendía las formas mercantiles de apropiación del plusvalor (absoluto y relativo), formas que se ampliaban con las modalidades de organización de la fuerza de trabajo, las cuales posibilitaban intensificar su uso en el proceso productivo mediante mecanismos de reducción de tiempos muertos.

El tema planteado por éste -en cuanto a que el salario o valor mercantil del trabajo no depende sólo de la forma institucional en que ha sido pactado- estaba ya previsto por Marx. Aglietta señalaba que dicho salario se hallaba supeditado a lo que ocurría en la esfera de la circulación, con la baja del salario real debido a la inflación, pero ya el marxismo había formulado innumerables veces la tesis de que el salario depende de muchas variables y no equivale al valor de la fuerza de trabajo. La inflación logra una redistribución a favor de los capitalistas, pero –obviamente- no crea nuevo valor. El poder adquisitivo real de los asalariados dependía y depende, entre otras cosas, de los precios de mercado y de la capacidad de negociación de las asociaciones de trabajadores.

El regulacionismo, pues, entendía al Estado según su forma de intervención, bajo las particulares instituciones que surgían en cada régimen de acumulación y por su relación con cada momento específico de un determinado tipo de regulación social. Ejemplificaba, por ejemplo, que en el caso del fordismo, la forma de intervención estatal era la de proveer a su estado de bienestar o welfare state de mecanismos reguladores propios. Esta corriente consideraba las crisis como etapas superables, negando la crisis final, por lo que proclamaba rearticular la relación capital-trabajo para cada momento concreto en las distintas fases de la acumulación, tarea que correspondía al Estado capitalista, utilizando métodos sutiles como la “inflación controlada”, los mecanismos supranacionales e inclusive, el discurso legitimador. Este detalle fue el que no vio, lamentablemente, nuestro querido Antonio Gramsci cuando pregonaba las bondades del fordismo como modelo para armar.

En una entrevista realizada en el 2007 Aglietta –sin renunciar a su prédica a favor de las regulaciones- admitía que, ahora, se pasa de burbuja en burbuja porque el sistema carece de cualquier freno interno.

El sistema de acumulación ha cambiado y así declaraba que China es el pivote de la integración asiática y Asia el lugar adonde se trasladan los fenómenos más significativos. China es el taller industrial del mundo que recibe las materias primas de Australia, los bienes de equipo de Corea, de Taiwán y de Japón y los servicios financieros de Hongkong y de Singapur. Diez años después de sus crisis, Asia se ha convertido en un polo ineludible de la acumulación capitalista. El mundo se ha polarizado por la relación entre los EEUU y el grupo de países emergentes, entre ellos China. Esa relación es de colusión tácita y de rivalidad latente a causa de la inversión de los movimientos de capitales y de la deuda norteamericana.

Aglietta proponía la necesidad de un equilibrio ordenado en EEUU, restableciendo la tasa de ahorro. En Asia, un reajuste de las tasas de cambio y el crecimiento de las demandas internas. Europa, -decía- a falta de una política monetaria exterior, se verá muy perjudicada si el reequilibrio se traduce sólo en una presión sobre el euro, ya sobrevaluado. Son las monedas asiáticas las que tienen que revaluarse. Por consiguiente –continuaba Aglietta- el error en Europa es separar las políticas macro de las políticas micro. Urge su conexión para definir dinamismos industriales y sostener las innovaciones con políticas de crecimiento.

En estas fechas China acaba de declarar que no devaluará pese a los sueños de Aglietta y por otra parte, pensamos nosotros, la crisis no se superará con piruetas monetaristas porque ése no es el fondo de la cuestión. Por caso, la economía de la eurozona se mantuvo en los mismos niveles en el cuarto trimestre de 2009 en comparación con los tres meses anteriores, según informó la oficina estadística de la Unión Europea (UE), Eurostat, publicando que en toda la Unión Europea (27 países), el PBI experimentó un crecimiento trimestral de 0,1 por ciento. Pero, medido en términos interanuales, se contrajo 2,3 por ciento. Según Eurostat, el mayor crecimiento trimestral del PBI se produjo en Eslovaquia, con un 2 por ciento, seguido por Malta (0,9 por ciento) y Francia (0,6 por ciento). En cambio, las mayores contracciones del PBI se registraron en Irlanda (2,3%), Grecia (0,8%) e Italia (0,3%).

Estas mediciones resultan engañosas porque en el mejor de los casos se trata de rebotes momentáneos. Y a más, como hemos sostenido, las mediciones tomando en cuenta el PBI son falaces, porque la que debería estimarse es la renta nacional, para con ello obtener datos más precisos. El PBI engloba cifras comerciales, industriales y de servicios y de esa manera infla la cifra real, que es la que, en cambio, muestra la renta nacional basada solamente en la producción del capital genuino. La recuperación de la economía mundial se ralentizará durante el primer semestre de 2010, según adelantó la OCDE en un informe publicado en París.

En Estados Unidos la recuperación seguirá siendo, igual que en Japón y en los países de la zona del euro, un sueño, y su ritmo será menos vigoroso en los dos primeros que el registrado a finales de 2009. Dice que el aumento del PBI estadounidense será "más sostenido" que el de los países de la zona euro, donde se detectan aún "importantes desequilibrios externos", indicó la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). "Los países de la OCDE se beneficiarán en los primeros seis meses de 2010 del empuje de las economías emergentes", destacó el economista jefe de la Organización, Pier Carlo Padoan. "Los países de la OCDE se han beneficiado, por medio de los intercambios comerciales, de la viva expansión de la actividad en las grandes economías emergentes, especialmente China, India y Brasil", precisó en su informe la Organización.

En realidad, se trata de un espejismo porque los problemas centrales no sólo no se han resuelto, sino que se han profundizado, y nuevamente se infla la burbuja financiera con récords en las cotizaciones ocurridas en las Bolsas del mundo, pero que, como suele repetirse en esas mismas Bolsas, los árboles no crecen hasta el cielo. La emisión desenfrenada de dólares y bonos del tesoro, cuya paridad es sostenida por el mundo, tarde o temprano terminará por sincerarse.

El caso argentino

En Argentina, a partir del primer peronismo hubo salarios de nivel más alto pero también una inflación importante y fue inútil el llamado de Perón para controlarla. Con la caída del peronismo y la subsiguiente adhesión del gobierno militar al FMI y al Banco Mundial se aplicó un modelo que llevaba a equiparar aquel nivel salarial con el más bajo del continente, aún por debajo del mínimo psicológico.

Esta rebaja salarial fue parte de un paquete encaminado a redefinir la estructura productiva de la Argentina de acuerdo a la división internacional del trabajo, y el resultado quedó a la vista pues hubo una acelerada desinversión y con ello, pues, un retroceso hacia la etapa pastoril con un adicional en el sector servicios. La clase obrera junto con el aparataje industrial habría de ser prácticamente demolida, y el campo, despoblado de arrendatarios y obreros rurales, reprodujo la gran extensión latifundista y la agricultura extensiva.

No se puede borrar impunemente la estructura socioeconómica de un país, so pena de incurrir en el peligro de su desintegración y la Argentina estuvo muy cerca, sobre todo cuando culminó este proceso de desmantelamiento, en el año 2001, proceso que al bloque dominante le había tomado cincuenta años realizarlo.

Leyendo esto, uno recuerda aquella expresión de Juan Carlos Pugliese, Ministro de Economía de Raúl Alfonsín, cuando exclamó: yo les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo.

Cuando el desarrollo de los sectores productivos I y II no guardan una determinada sincronía y ocurre una deliberada desintegración productiva, los desequilibrios resultan nefastos, máxime si ha existido una destrucción casi total del sector I (medios de producción de la industria de punta).

Sabido es que en la economía capitalista clásica se verificaban dos tendencias. Por un lado, una creciente demanda de mano de obra especializada, y por el otro, un ejército de reserva de trabajadores, conformado este último –en general- por la gente de menor calificación.

La introducción de la técnica en la agricultura, el régimen de tenencia de la tierra y las crisis agrícolas desalojaron hacia las ciudades a una parte creciente de la población que se sumó al remanente ya instalado –sobre todo- en los barrios marginales, fruto del cierre masivo de empresas industriales. Como ya dijimos, durante la cruel y estúpida dictadura de Onganía se produjeron centenares de miles de desalojos rurales, la destrucción de las cooperativas y de las Juntas nacionales de granos y de carnes.

No se dio, como en la época de los clásicos, una disgregación de la economía precapitalista sino una destrucción masiva de fuerzas productivas (más allá de un nivel de destrucción que es normal en todo avance tecnológico capitalista). Con ello se fortaleció la estructura atrasada. Indudablemente, se trató de una desacumulación, de una colosal descapitalización nacional, del saqueo y desguace.

La ley de flexibilización laboral aprobada en la época del gobierno de De la Rúa, en realidad constituía una de las exigencias del bloque dominante, quizá para incrementar su masa de ganancias y comenzar a invertir en algunas ramas menores de la economía. La persistente fuga de capitales, por parte de la gran burguesía argentina e internacional, guardaba relación con la zozobra que se fue dando a nivel sistémico, y por la que los capitales de la pequeña, media y gran burguesía buscaron refugio en la moneda más fuerte y en los paraísos fiscales, capitales que, obviamente, no fueron reinvertidos en la producción.

A ello se sumó –en nuestro caso- la particular crisis de estructura, la supervivencia de rasgos precapitalistas en el campo, rasgos que la burguesía nacional con Perón a la cabeza no quiso o no pudo liquidar y menos aún lo hicieron regímenes posteriores.

La desocupación, el ejército industrial de reserva y la exclusión

La desocupación, en tiempos de los clásicos, resultaba principalmente –como ya hemos visto- de la disgregación de la economía precapitalista. El ejército industrial de reserva surgió en Europa como un elemento exógeno, con el aporte de millones de campesinos expropiados y de artesanos medievales.

Ya habíamos visto que algunos economistas -Celso Furtado, entre otros- creen refutar a Marx acusándolo de introducir en el modelo este elemento externo, señalando dichos economistas que el ejército industrial de reserva no era inherente al propio régimen capitalista ni fruto de sus contradicciones internas. Decían y dicen que el ejército de reserva surgió como un elemento externo, y que Marx lo introdujo en el modelo para que le fuese posible explicar que, con la acumulación y el adelanto de la técnica, aumentaría la presión para reducir los salarios.

Si bien el ejército de reserva provenía de la disgregación precapitalista, en dicha disgregación ya estaban actuando los atractores extraños que, como dijimos, llevaban al sistema hacia la futura formación económico-social. ¿A cuento de qué se disgregaba, sino, la sociedad feudal? En ese sentido, también habría que pensar en que la acumulación temprana, sobre todo en metálico, también constituyó un elemento externo al sistema, sobre todo por el aporte de los grandes tesoros habidos en América y que constituyeron el botín más fabuloso en la historia de la humanidad.

Como hemos señalado, los principios de legitimidad no coexisten sino que se suceden en el tiempo. Los principios de legitimidad del sistema social feudal –en realidad, la forma y el tiempo de trabajo- no poseían el mismo contenido que los del sistema capitalista, sistema éste en el que el hombre es jurídicamente libre y vende su fuerza de trabajo, y donde aquel principio de legitimidad no podría constituir el elemento fundamental del sistema capitalista si previamente no desintegraba al principio anterior, principio que se basaba en la relación de señorío y servidumbre.

En el sistema feudal, el tiempo se medía por cosechas o por pariciones. Por eso en el capitalismo la categoría de tiempo de trabajo posee otro contenido, pues el trabajador, contrariamente a lo que realizaba el siervo de la gleba, ya no entregaba su fuerza de trabajo y la de su familia para laborar las tierras de su señor -a cambio del usufructo de una parcela- sino que vendía esa fuerza de trabajo durante un período limitado de horas y de años. Y esa venta de una parte de sí mismo, era realizada en el mercado y cobrada por ello en moneda de curso legal. Es más, el tiempo de trabajo se abstraía del obrero para transformarse en elemento del sistema, en tanto que el resto del ser humano se transformaba en parte del entorno interno.

No hay bien más valioso ni más escaso para el ser humano que el tiempo, y por lo tanto, cuando ese tiempo debe ser enajenado para subsistir, se produce un desgarramiento de su ser. Para mayor claridad, digamos que el obrero posee la fuerza de trabajo como un valor de uso, valor de uso que debe poner en venta para poder sobrevivir. En tanto esa fuerza de trabajo no sea vendida y luego se transforme en tiempo de trabajo, no se constituye en elemento del sistema capitalista, porque el proceso legitimador pasa por la temporización del trabajo a partir de su venta, a partir de la venta de una parte de sus facultades creativas y laborales, que es lo que el obrero realiza en el mercado.

La relación entre aquel principio del pasado que constituyó la base del sistema feudal, la existente en la actualidad y la que vendrá no desaparece. Los principios de legitimidad del pasado y del futuro acechan constantemente para disputar el principio de legitimidad al actual elemento del sistema. Los resabios atrasados, en un país como la Argentina, siguen actuando subsumidos en el sistema capitalista, al cual en cierta medida traban o frenan. Tal es el caso del régimen de tenencia de la tierra, porque la renta absoluta precapitalista sustrae y licúa una parte del ingreso, una parte del capital social y de esa manera, en lugar de subsidiar a la gran industria se subsidia al terrateniente o al oligarca parasitario. Por ello, a la crisis del sistema capitalista se suma otra, que es la de estructura, y cuya expresión más notoria es la inflación en los precios de los productos básicos de la canasta familiar y la menos notoria, pero más dañina, es la fuga de capitales convertidos así, en dinero de humo.

El pato de la boda

Y los principios de legitimidad del futuro también traban o frenan a las fuerzas productivas y así aparecen las grandes masas desposeídas que cuestionan, aún inconscientemente, el principio de legitimidad del régimen y plantean que así no podemos seguir. En efecto, la desocupación y la exclusión, la desaparición de una parte sustancial de la clase obrera y de la burguesía industrial implica la desaparición, en esa misma medida, del principio legitimador del sistema capitalista, que no es otro que el de la comercialización de la fuerza de trabajo medida en tiempo.

Actualmente los aspectos psíquico y físico del ser humano, que son parte del entorno, en realidad ya están pugnando para legalizarse como nuevas partes del elemento, ya están participando de un caos altamente estructurado y que proviene de cómo el sistema social actual se prepara para sucederse a sí mismo. Los atractores extraños trabajan en ese sentido.

En otros tiempos, como hemos dicho, la acumulación tuvo su aceleración a partir de la desintegración feudal y de la ascensión del nuevo principio de legitimidad, que por cierto tiene poco y nada que ver con la legalidad jurídica burguesa, pues en la acumulación capitalista no intervinieron, ni menos intervienen actualmente, mecanismos puramente lícitos o que puedan registrarse en las teorías de los clásicos o en las del ampuloso Harvard.

Como ya señaláramos, además de la obtención de plusvalía que constituye la esencia del régimen, la piratería, el saqueo, la acción mafiosa y otras lindezas constituyeron y constituyen elementos funcionales a la acumulación capitalista. Don Carlo Gambino (don Corleone) hace mucho tiempo que tiene butaca en todos los grandes directorios. Baste observar, en las revistas del corazón, la vida novelesca de ciertos ejecutivos vicunlados con las celebrities como el jefe del banco Goldman Sachs, Lloyd Blankfein. Los medios han registrado la conducta de este filántropo que además de dar dinero –ajeno- a las instituciones de caridad, tenía un harén propio, mixto.

Gran ejecutivo que guió a Goldman Sachs a través de la crisis financiera, casi sin perjuicios y recibió un suculento bonus de cien millones de dólares por ello. Su nombre no está incluido en la demanda, sólo la del gerente responsable de la transacción, Fabrice Tourre, que resulta así un perejil.

En tanto, "Whitehall Street International", el fondo inmobiliario de Goldman Sachs, registró una fuerte caída de su patrimonio, de los antiguos 1.800 millones a apenas 30 millones de dólares, según el último informe anual del banco. Una portavoz del banco se negó hoy a comentar las cifras del informe enviado a los accionistas ya el pasado mes. Goldman Sachs presentará en pocos días su actual balance. El propio banco es uno de los más grandes inversores del fondo. Recientemente el "Whitehall Street International" registró fuertes pérdidas con sus propiedades inmobiliarias en Estados Unidos y en Japón. El hecho de que el fondo haya comprado muchas de sus propiedades con dinero ajeno dificulta aún más la situación. El "Whitehall Street International" debe afrontar así deudas gigantescas en medio de la crisis que afecta a todo el sector.

Otro que bien baila es el competidor directo del fondo de Goldman Sachs que también hace frente a fuertes pérdidas: el valor del Morgan Stanley Real Estate Fund VI podría retroceder de 8.800 millones a 3.400 millones de dólares. Varios expertos temen que la situación pueda desatar una segunda crisis financiera. Según estimaciones del Congreso estadounidense, casi la tercera parte de los más o menos 8.100 bancos del país podría verse afectada por impagos en el sector inmobiliario. En realidad, el pato de la boda es, como siempre, el deudor hipotecario más pobre, que es despojado de la vivienda familiar adquirida con enormes sacrificios.

Ley general absoluta de acumulación capitalista

Volviendo al tema de la acumulación, Marx señalaba que cuanto mayor es la riqueza social, tanto mayor es el ejército industrial de reserva. Constituía parte del razonamiento conducente a verificar el funcionamiento de la ley general absoluta de acumulación capitalista y también, de la anexa ley de población.

De esa manera se llegaba a la conclusión de que el hecho más importante de la dinámica del capitalismo se hallaba en el aumento de la riqueza, que implicaba necesariamente el aumento de los desocupados, de la cantidad de quienes no podían acceder a puestos de trabajo.

Por consiguiente, las causas de la lucha de clases se incrementaban con el aumento de la riqueza social. Podríase deducir, de esa circunstancia, que la situación de la clase capitalista sería cada vez mejor, como consecuencia de la presión sobre los salarios ejercida por la oferta de mano de obra, pero en realidad no ha sido ni es exactamente así.

En la economía clásica se afirmaba que la tasa de ganancia tendía a declinar, a largo plazo. Remitámonos a las conclusiones a que llegaba J.S.Mills, deduciéndolas del reaccionario principio de población de Malthus, así como también de la ley de la renta diferencial descubierta por Ricardo; de ahí partía para tratar de demostrar que toda tentativa de elevación arbitraria de los salarios reales carecería de alcances prácticos.

Marx percibió el meollo del asunto para demostrar la temporalidad del capitalismo. De esta manera, si el índice de ganancia tiende a descender -siendo su límite cero- está claro que no solamente la clase obrera sino también la burguesía, como clase, tiende a desaparecer, habida cuenta que las inversiones aumentativas de la productividad del capital son aquellas que reducen, en forma relativa y absoluta, el incremento del mismo. Veamos cómo es esto. En su lucha por impedir el descenso del mentado índice de ganancias, los capitalistas echan mano a todos los arbitrios, particularmente a los siguientes: a) explotación más intensa de la fuerza de trabajo, b) exportación de capitales, especialmente hacia las colonias y países dependientes (idea que V.I. Lenin desarrollaría en su teoría sobre el imperialismo, y que tenía como uno de sus elementos la mención de la realidad argentina) y c) intensificación de la acción de acumulación con el objetivo de aumentar la cantidad absoluta de la masa de ganancias. Este tercer argumento es destacado especialmente por Marx, aunque nosotros debemos prestar atención a una nueva modalidad en la exportación de capitales, llevándose capital genuino e importando “dinero de humo”, especulativo.

Constituye característica general de las economías subdesarrolladas la existencia de un grado elevado de asincronía en cuanto a la formación del capital, y en su correspondencia entre los sectores I y II. No solamente existe dependencia en lo que respecta al aporte neto de capitales productivos y a la formación del ahorro nacional, sino sobre todo en lo que hace a la transformación de dicho ahorro en inversión real. Un hecho llamativo –y que ya hemos apuntado- es la fenomenal fuga de capitales, más allá del envío de remesas de las filiales hacia sus casas centrales, y además, la licuación del capital productivo debido a las rentas parasitarias. Por otra parte, los fondos buitres y toda una caterva de truhanes importan dinero de humo, especulativo, sin base en la producción industrial y luego, sacan del país capital genuino.

De manera que aumentando la explotación de la masa de obreros empleados y de todo el país, concentrándose los capitales en manos cada vez más reducidas, en los países periféricos, un índice declinante de la tasa de ganancias podría coincidir con el crecimiento de la ganancia absoluta, sobre todo ligándolo a procedimientos non sanctos, especulativos, lavado de dinero y tráficos diversos.

Pero no es menos cierto que por la declinación permanente del índice de ganancias, llega el momento en que el sistema global tiende a traumatizarse, enfilando hacia el colapso total. Marx vio en las crisis cíclicas una anticipación de los hechos que ahora se manifiestan crudamente en los países centrales.

Al incrementarse la desocupación e imponer ésta el descenso salarial –eliminando, por otro lado, a la pequeña y media burguesía, facilitando una acelerada concentración- dichas crisis permiten el saneamiento y recuperación del sistema, pero acentúan las tendencias catastróficas de largo plazo. Una sucesión de crisis conduce ineludiblemente a la quiebra final del sistema con la eliminación de la clase capitalista, ya por entonces simple factor de entorpecimiento para el desarrollo de las fuerzas productivas.

Marx percibió que el adelanto de la técnica constituía un elemento de acción más profunda que la mera acumulación. Y de allí dedujo que, por intensa que resultase la acumulación, la oferta de mano de obra sería cada vez más elástica hasta transformarse en una creciente desocupación tecnológica.

Como ya dijimos, los profundos cambios socioeconómicos y la crisis doméstica dentro de lo que se llamó el campo socialista hicieron que muchos intelectuales decretaran la muerte del marxismo, y entre ellos Ludolfo Paramio (3), quien hizo un vibrante llamamiento a repensar la sociedad descartando el análisis de clase. Confundía los cambios habidos en la manifestaciones del sistema, su comouflage, sus estrategias de supervivencia, con el despliegue de las distintas fases de la acumulación del capital, que respondía a situaciones históricas concretas, pero en ningún momento suponían el cambio de esencia del capitalismo, el reemplazo de su principio de legitimidad.

Las corrientes regulacionistas decían que las crisis se encuadraban en la caída de la tasa de ganancia (1873 y 1973) o de realización (1930) y de esta manera entendían que sólo se trataba de redifiniciones del régimen de acumulación, sin atender o negando la acción de los atractores extraños, o la existencia de la contradicción fundamental del capitalismo.

Ricardo Romero (4) comunicaba, glosando a Ernest Mandel, que el aspecto central residía ahora en la modificación de los procesos de extracción de plusvalor, proceso provocado por los cambios en la tercera revolución industrial, donde la innovación tecnológica se convertía en parte esencial de los mecanismos de explotación. Esto estaría combinado con la reducción de la rotación del capital fijo y la concentración y centralización internacional del capital que trasmutaba el ciclo largo tradicional, debido a que así se evitaba la caída de la tasa de ganancia por el aumento de la composición orgánica del capital. A su vez el Estado, con su gasto público, que no disminuía siquiera en la era neoliberal, garantizaría el proceso de valorización y por último, la intensificación del comercio internacional contribuiría a evitar la crisis de realización.

Los hechos que se están viviendo en el mundo contradicen o desmienten estas afirmaciones, en particular porque el principal arbitrio para aumentar la masa de ganancia no es solamente una modificación tecnológica sino las nuevas –y viejas- relaciones de sujeción que implican el saqueo liso y llano, en una economía de guerra desatada sobre los países más débiles y sobre las poblaciones desposeídas de los propios países centrales.

Entendía que la forma adoptada por la mercancía en la era del capital tecnológico trasmutaba las leyes generales del capital. Las determinaciones específicamente históricas de la mercancía y, por tanto, del capital, fueron analizadas por Marx sólo en el ámbito del capital no-diferenciado, predominante en el siglo XIX. Pero la nueva fase del capitalismo nos muestra un capital diferenciado, potenciado por el cambio tecnológico, y que domina la sociedad capitalista actual.

Algunos regulacionistas establecían la diferenciación del capital en diversos planos, a partir de las formas empíricas: industrial, bancario y comercial, donde el capital real es la unidad de estas tres formas y el capital formal pertenece a los capitales comerciales y financieros; el desarrollo del capital no-diferenciado, está caracterizado por la preponderancia del capital real. Con la diferenciación del capital, se observará una preeminencia del capital formal sobre el Capital genuino.

Pero la diferenciación del capital es, en gran parte, sólo formal; se torna real en cuanto la innovación tecnológica pasa a ser parte inseparable de la relación capitalista, y no se ve trabada, como lo señala Mandel, mediante los procesos que pudieran contrarrestar las baja tendencial de la tasa de ganancia.

Esta innovación constituye un dinero diferenciado que genera ganancias extraordinarias y tiende a evitar la igualación de dichas tasas de ganancia, lo cual propicia crisis sustancialmente diferentes. Por otra parte, subordina al subsistema del capital no-diferenciado, con sus leyes clásicas. Recordemos lo que anteriormente decíamos, en el sentido de que puede aumentar la tasa de ganancia pero disminuir, como acontece, la cuota de plusvalía e inclusive aumentar la masa de ganancia pero disminuir la masa del capital genuino.

Ricardo había percibido ya que la técnica debe ser económica para lograr aprovecharla. En otras palabras, las máquinas nuevas son adquiridas cuando su precio, en comparación con el de la mano de obra ahorrada, resulta compensatorio. De este modo, existe una interdependencia entre la asimilación de nuevas técnicas y el precio de dicha mano de obra. El propio Marx nos da un ejemplo de esta interdependencia cuando pasa a analizar el caso de la agricultura inglesa entre 1849 y 1859. En sólo diez años se había producido una suba de los salarios reales correspondientes a los obreros rurales, y como consecuencia fueron introducidas máquinas mejores y más modernas y así, el precio de la mano de obra volvió a bajar.

Esta también –junto a otras causas- ha sido una constante en la agricultura argentina. Otra de las causas, y que agrava la crisis de estructura, consiste en que la tierra y las máquinas se separan. El terrateniente hace trabajar sus campos desde afuera, en base a contratistas rurales que son quienes aportan el capital genuino, en tanto la mano de obra empleada es mínima e inclusive, en la mayoría de los casos, no registrada o en negro.

Es preciso recordar que tanto la acumulación como la asimilación de nuevas técnicas eran, en tiempos de Marx, iniciativas del capitalista individual, y la variable independiente resultaba el índice de acumulación. Hoy en día, no es tan así porque el sistema hace que las empresas se vean masivamente compelidas a tecnificarse so pena de sucumbir, y la mayoría de ellas, tecnificándose también sucumben. Por eso en la actualidad numerosas empresas que no han podido amortizar sus inversiones en nuevas tecnologías debido al constante decrecimiento de la tasa y la masa de plusvalía, o a que la velocidad del cambio tecnológico las deja out, han pasado a manos del sector financiero, que a veces no saben qué hacer con ellas.

Solamente debe considerarse ganancia extraordinaria aquella que es lograda por el capitalista individual adelantándose a sus competidores en la innovación tecnológica; pero cuando ésta ya se ha generalizado deja de existir dicha ganancia extraordinaria y sólo rige la tasa media.

Hablar de un capital diferenciado en estas circunstancias induce a engaño, por cuanto lo que en realidad aparece, junto al capital genuino, es dinero de humo, sin respaldo en el trabajo.

De todas maneras, el sistema siempre ha tenido necesidad de mantener desocupada a una parte de la fuerza de trabajo, que se constituye así en el ejército de reserva. La contradicción consiste en que los capitalistas consiguen pagar salarios bajos, pero como contrapartida dejan de beneficiarse con una mayor masa de valor, que podría ser creado por los ahora desocupados. Como el gran problema es invertir su nuevo capital, tanto más si es aceptada la tesis de que el índice de ganancias del capital ya invertido tiende permanente a declinar, cabría preguntarse cómo es posible que la desocupación tecnológica aumente constantemente. No es difícil conciliar esa desocupación con la existencia de capitales ociosos que dejan de serlo y derivan luego en las burbujas financieras, crisis inmobiliarias y deudas tóxicas..

El capital tecnológico

El capital tecnológico al que se refería Mandel, que encuentra ganancias extraordinarias por el uso de fuerza de trabajo con capacidad productiva extraordinaria, se diferenciaría así del trabajo social Pero está claro que con la disminución del capital variable y la ampliación del capital constante, que es una ley del capitalismo, las ganancias extraordinarias pueden producirse sólo cuando una innovación es singular, patrimonio de algún capitalista, y no cuando se han generalizado. Recordemos que la innovación tecnológica puede incrementar la plusvalía solamente en el caso de que las nuevas máquinas trasmitan al capital lo que se llamó trabajo muerto, trabajo que anteriormente fuera realizado por obreros y no por robots.

En crisis anteriores, escribe Romero, donde primaba el capital no diferenciado, el conflicto entre el capital-trabajo se expresaba en la política, en cada crisis económica, y por ende se manifestaba en una crisis del Estado. En la era del capital tecnológico -continuaba Romero- tenemos una exclusión que condena a los individuos al calvario de la marginación o a la subsistencia individual o familiar, con lo cual la identificación inmediata en la política, como sujeto colectivo, se torna remota, debido a que el conflicto no se plantea en primera instancia contra la explotación, sino por su búsqueda. Se retorna así, a la premodernidad del Estado, donde el individuo encontrará su ración de subsistencia a través de un renovado clientelismo tradicional. Y luego de varias consideraciones, escribe que de esa manera el ser humano debe vender su ciudadanía formal que ahora se encuentra así mercantilizada. De esta forma se resignará a no votar, a despolitizarse. Desde lo económico se llega así a lo no-político en esta nueva relación que impone el capital diferenciado. Estos son algunos problemas a los que la Economía Política debe dar respuesta para no perder sus objetivos de contribuir al bienestar general.

Primeramente, en estos asertos se infringe una ley de la lógica, que es la de la recta consecuencia en el razonamiento, ley que exige mantener el mismo nivel de análisis en el curso de la exposición o silogismo. Romero aquí mezcla elementos que corresponderían al principio legitimador del sistema con otros que serían propios del discurso. Y una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

Por otra parte, ya Carlos Marx escribió acerca del capital diferenciado, al establecer los sectores I y II de la producción industrial (simplificando: sector I, industria pesada, tecnología de punta y sector II, industria liviana y media). Y es más, explicó cómo ambos sectores se interconectan y retroalimentan.

Lo cierto es que la desocupación tecnológica avanza más rápidamente que la acumulación, lo que produce un fuerte aumento de la productividad sin contrapartida en el aumento salarial o de puestos de trabajo, y consiguientemente en la capacidad de consumo de grandes sectores sociales.

Esto permite creer que los mayores interesados en destruir al sistema son los propios capitalistas que, aumentando el capital constante con mayor rapidez que la población –lo que constituye un hecho de observación diaria- dejan afuera del mercado a una masa creciente de consumidores. Pero, como la acumulación resulta inseparable del adelanto de la técnica, y la orientación de la tecnología es dada por los capitalistas, estos tratan de corregir dicha tendencia. Cuando ello no se consigue, las oportunidades para lograr nuevas inversiones productivas disminuyen, y la disminución en el índice de acumulación frena el alza de los salarios reales y produce más desocupación. Ahí, pues, con la enorme masa de dinero excedente –que ya dejó de ser capital y yira que te yira por el mundo- se inflan las burbujas financieras y entra a tallar con más fuerza la venta del ocio y producción espiritual mediática, es decir, el discurso legitimador del capitalismo, que encubre la realidad con sus cuentitos de hadas.

Notas:

1) Ver: The Influence of Mary Bentham on John Stuart Mills. By Catherine Pease-Watkin. Journal of Bentham Studies, London, 2006. Ver, asimismo, Principios de economía política; con algunas de sus aplicaciones a la filosofía social y “A brief discussion of the life and works of John Stuart Mill, ... Mill's greatest contribution to political theory occurs in On Liberty (1859)”, London, 2005

2) Aglietta Michel, A Theory of Capitalist Regulation: The US Experience, N.Y., 2005. Ver, asimismo, entrevista a Michel Aglietta, IADE, 19/10/2007

3) Paramio Ludolfo. Tras el diluvio: la izquierda ante el fin de siglo, Madrid: Siglo XXI, 1988

4) Romero Ricardo, Democracia Participativa, Una Economía en Marcha, EC Red Argentina de Ciencia Política, Buenos Aires, 2002 Fundamento de ingreso al Doctorado. Una historia, una vida en Argentina

30Sep/090

¡Adiós, homo economicus!

Publicado por admin

Anatole Kaletsky

Real World Economics Review 

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

 ¿Fue economista Adam Smith? ¿Lo fueron Keynes, Ricardo o Schumpeter? Según los estándares de los actuales economistas académicos, la respuesta es no. Smith, Ricardo y Keynes no produjeron modelos matemáticos. Su labor carecía del “rigor analítico” y de la precisa lógica deductiva exigida por las ciencias económicas modernas. Y ninguno de ellos produjo alguna vez un pronóstico econométrico (aunque Keynes y Schumpeter fueron capaces matemáticos). Si alguno de esos gigantes de la economía hiciera una aplicación para un puesto universitario en nuestros días, sería rechazado. En cuanto a su trabajo escrito, no tendría posibilidad alguna de ser aceptado en Economic Journal o American Economic Review. Los editores, si se sintieran caritativos, aconsejarían a Smith y Keynes que probaran en una revista de historia o sociología.

Si alguien piensa que exagero, que se pregunte qué papel han jugado los economistas académicos en la actual crisis. De acuerdo, unos pocos economistas de la tendencia dominante con antecedentes prácticos –como Paul Krugman y Larry Summers en EEUU– han contribuido a explicar la crisis al público y a conformar parte de la reacción. Pero, en general, ¿cuántos economistas académicos han tenido algo útil que decir sobre la mayor conmoción en 70 años? La verdad es aún peor de lo que sugiere esta pregunta retórica: no sólo los economistas, como profesión, no han guiado al mundo para que salga de la crisis, también fueron primordialmente responsables de habernos llevado hacia ella.

Cuando digo “economistas” en este contexto no quiero decir los presentadores y comentaristas (y me incluyo) empleados por los medios y las instituciones financieras para explicar las dificultades crediticias, el colapso de los precios de las casas, el aumento del desempleo o los movimientos monetarios y de los mercados bursátiles, en general bastante tiempo después del hecho. Tampoco quiero decir los pronosticadores, cuyos modelos informáticos producen como salchichas números de apariencia científica sobre el futuro crecimiento o la inflación, cifras que tienen que ser revisadas de un modo tan drástico cada vez que sucede algo “inesperado” (como siempre sucede) que en realidad no son en nada predicciones, sino más bien descripciones de eventos recientes. Un estudio del FMI de 72 recesiones en 63 países estableció, por ejemplo, que en sólo cuatro de esos casos los pronosticadores económicos predijeron una recesión tres meses o más antes de que ocurriera. Los pronosticadores y expertos económicos no pueden predecir el futuro, por las mismas razones que los meteorólogos no pueden predecir el tiempo; la economía mundial es demasiado compleja y demasiado susceptible a choques aleatorios como para que pronósticos numéricos precisos tengan algún sentido real.

Esto no significa que las ciencias económicas sean inútiles, de la misma manera que los pronósticos poco fiables del tiempo no debieran llevarnos a ignorar las leyes del movimiento de Newton, en las que se basan. Pero las ciencias económicas deberían reconocer que, como disciplina, no pueden tener que ver con predicciones, sino más bien con la explicación y la descripción. Smith, Ricardo y Schumpeter explicaron por qué las economías de mercado funcionan en general sorprendentemente bien, a menudo desafiando las expectativas del sentido común. Otros han explicado por qué las economías capitalistas pueden fracasar terriblemente y lo que hay que hacer en ese caso. Fue la misión de Keynes, Milton Friedman, Walter Bagehot y, a su manera, Karl Marx. Y los economistas que nos metieron en este lío se consideraban como los autoproclamados sucesores de esos grandes teóricos. Muchos de ellos son los académicos que obtienen premios Nobel, o sueñan con obtenerlos, y quienes se consideran como intelectualmente superiores a los aprendices que trabajan para bancos y gobiernos, poco importa la gente común populista cuyas divagaciones aparecen en las columnas de los periódicos o en la televisión.

Por lo tanto, los economistas académicos han escapado hasta ahora de gran parte de la culpa por la crisis. El enojo público se ha concentrado en culpables más obvios: banqueros codiciosos, políticos venales, reguladores adormecidos o prestatarios de hipotecas imprudentes. ¿Pero por qué se portaron esos chivos expiatorios tal como lo hicieron? Incluso los banqueros más codiciosos odian perder dinero, ¿por qué entonces tomaron riesgos que en retrospectiva eran obviamente suicidas? La respuesta fue magníficamente expresada por Keynes hace 70 años: “Los hombres prácticos, que se creen libres de toda influencia intelectual, son usualmente esclavos de algún economista difunto. Los dementes en la autoridad, que oyen voces en el aire, destilan su frenesí de algún escritorzuelo académico de unos pocos años antes”.

Lo que los “dementes en la autoridad” escucharon esta vez fue el eco distante de un debate entre economistas académicos iniciado en los años setenta sobre inversionistas “racionales” y mercados “eficientes.” Ese debate comenzó ante el trasfondo del choque del petróleo y de la estanflación y fue, en su época, un paso adelante en nuestro entendimiento del control de la inflación. Pero, en última instancia, fue un debate ganado por el lado que, casualmente, estaba equivocado. Y sobre esos dos adjetivos reconfortantes, racional y eficiente, los economistas académicos victoriosos erigieron un inmenso andamio de modelos teóricos, prescripciones reguladoras y simulaciones de computador que permitieron que banqueros y políticos prácticos construyeran las torres de la mala deuda y de la mala política.

Se reconoció siempre, claro está, que las economías pueden no satisfacer las condiciones para mercados “perfectamente eficientes”; hay frecuentemente “fallas de los mercados” por falta de competencia, revelación dispareja de la información, distorsiones tributarias, etc. Pero el énfasis en la falla del mercado por parte de políticos, especialmente Gordon Brown, quien quería justificar la intervención gubernamental, fue en sí un testimonio de fe en expectativas racionales y mercados eficientes. Porque la evidencia explícita de la falla del mercado, sea en la forma de colusión anti-competitiva, información falsa o alguna otra distorsión, llegó a verse como una condición previa necesaria para cualquier interferencia con las fuerzas del mercado. Ante la ausencia de una tal evidencia explícita de la falla del mercado se consideró como axiomático que los mercados competitivos producirían resultados racionales y eficientes. Es un punto mencionado por primera vez por John Kay en “The Failure of Market Failure,” (Prospect, agosto de 2007) y detallado por Will Hutton y Philippe Schneider en un ensayo en 2008 para National Endowment for Science Technology and the Arts.

Lo que nos lleva a las causas de la actual crisis. Los imprudentes préstamos inmobiliarios que provocaron esta crisis sólo ocurrieron porque inversionistas racionales asumieron que la probabilidad de una caída en los precios de las casas era casi nula. Entonces, mercados eficientes convirtieron esas suposiciones en señales de precio, que dijeron a los banqueros que prestar hipotecas por 100 por ciento u operar con un apalancamiento de 50 a 1 era seguro. Del mismo modo, reguladores que permitieron que los bancos determinaran sus propios requerimientos de capital y que las agencias privadas de calificación establecieron el valor en riesgo de hipotecas y bonos, consideraron axiomático que los mercados generarían automáticamente la mejor información posible y crearían los incentivos adecuados para los riesgos de administración.

Igualmente perniciosos fueron los nuevos métodos de contabilidad de “ajuste a valor de mercado” que exageraron ampliamente el boom. Permitieron que los bancos declararan beneficios en aumento permanente y que pagaran a los operadores inmensas bonificaciones, no por beneficios realmente obtenidos por la venta de activos valorizados, sino por beneficios en el papel que asumían que el Banco A podría vender sus activos en cantidades ilimitadas al último precio recientemente obtenido por el Banco B. Por cierto, cuando la manada de bancos que habían sido previamente compradores de hipotecas y otros activos dudosos se dieron vuelta repentinamente y se convirtieron en vendedores, los beneficios en el papel creados por la contabilidad de “ajuste a valor de mercado” repentinamente desaparecieron, pero las bonificaciones y dividendos que se pagaron en dinero real, sobre la base de esos beneficios ilusorios, no pudieron ser fácilmente revertidos. Hoy en día la misma contabilidad de Alicia en el País de las Maravillas funciona en la dirección opuesta, exagerando el colapso al obligar a todos los bancos a declarar inmensas pérdidas sobre la base de precios al nivel de liquidación por incendio, que no tienen relación con los verdaderos valores económicos de los activos involucrados.

Un evento final que convirtió la crisis en un desastre el año pasado fue la subida vertiginosa de los precios del petróleo y de las materias primas. Esto también tuvo que ver con la fe en mercados racionales y eficientes. La repentina escalada en los precios del petróleo y de los alimentos a comienzos de 2008 fue obviamente un pánico especulativo, pero los gobiernos de todo el mundo se negaron a aceptarlo por su suposición de que el mercado nunca se equivoca. En lugar de introducir una regulación más ajustada del mercado para controlar los precios del petróleo y los alimentos, los gobiernos y bancos centrales dieron por hecho que la especulación con los productos básicos reflejaba los riesgos de inflación y reaccionaron retardando las reducciones en tasas de interés.

El escándalo de las ciencias económicas modernas es que esas dos teorías falsas –las hipótesis de expectativas racionales y la hipótesis del mercado eficiente– qu no sólo son engañosas, sino altamente ideológicas, se han hecho tan dominantes en el mundo académico (especialmente en las escuelas de administración), en el gobierno y en los propios mercados. Aunque ninguna de las dos teorías dominaba totalmente en los departamentos de economía dominantes, ambas estaban en cada libro de texto importante, y ambas formaron parte importante de la ortodoxia “neo-keynesiana”, que fue el resultado final de las convulsiones que siguieron al intento de Milton Friedman de derrocar a Keynes. El resultado es que esas dos teorías incluso tienen más poder del que imaginan sus adherentes: sí, apuntalan el pensamiento de los extremos más aventurados de la escuela de Chicago, y también, de un modo más sutil, apuntalan el análisis de economistas sensatos como Paul Samuelson.

La hipótesis de expectativas racionales (REH) desarrollada por dos economistas de Chicago, Robert Lucas y Thomas Sargent en los años setenta, afirmó que una economía de mercado debe ser considerada como un sistema mecánico que es gobernado, como un sistema físico, por leyes económicas claramente definidas que son inmutables y universalmente entendidas. A pesar de su obvia improbabilidad y de los persistentes ataques en su contra, especialmente de la izquierda, la REH ha seguido siendo considerada por universidades y organismos de financiamiento como el fundamento más aceptable para una investigación académica seria. En su reciente libro “Imperfect Knowledge Economics,” dos profesores estadounidenses: Roman Frydman y Michael Goldberg, se quejan de que “todos los graduados de economía – y cada vez más también los estudiantes– aprenden que para capturar la conducta racional de un modo científico deben utilizar la REH.” En Gran Bretaña también la ortodoxia REH ha seguido siendo mucho más poderosa de lo que a menudo se comprende. Como ha señalado David Hendry, hasta hace poco jefe del departamento de ciencias económicas de Oxford: “Los economistas críticos hacia el enfoque basado en expectativas racionales han tenido grandes dificultades incluso para publicar esos puntos de vista, o para mantener el financiamiento de su investigación. Por ejemplo, recientes intentos de obtener fondos del ESRC [Consejo de Investigación Económica y Social] para un proyecto para probar las fallas en modelos basados en expectativas racionales han fallado. Creo que algunas de las fallas de la política británica se han debido a que el Bank of England ha aceptado las implicaciones [de modelos de la REH] y por ello le ha tomado cerca de un año de más para reaccionar a la crisis crediticia.”

¿Por qué esa teoría abstracta llegó a ser tan poderosa y por qué su influencia sigue siendo tan dañina? La respuesta yace en la interacción de las ciencias económicas y de la ideología política. La REH fue desarrollada originalmente por los discípulos en Chicago de Milton Friedman como una consumación y afianzamiento de la contrarrevolución contra la economía keynesiana. La REH postuló un mundo en el cual las políticas keynesianas nunca podrían funcionar porque cada cual había llegado a creer la doctrina monetarista de que los gastos gubernamentales terminarían por generar inflación, y porque todos lo creyeron, siguieron sus expectativas racionales aumentando inmediatamente precios y salarios, imposibilitando al hacerlo incluso un aumento pasajero en los puestos de trabajo.

Aunque nunca ha habido alguna evidencia empírica de la REH, la teoría cautivó las ciencias económicas académicas por dos motivos. Primero, la asunción de leyes claramente definidas y de expectativas idénticas era fácilmente traducida en simples modelos matemáticos, y esa conveniencia matemática pronto llegó a ser considerada como un objetivo académico más importante que la correspondencia con la realidad o el poder predictivo. Modelos basados en expectativas racionales, en la medida en que pudieron ser confrontados con la realidad, usualmente fallaron en los test estadísticos. Pero esto no fue un disuasivo en la profesión económica. En otras palabras, si la teoría no se ajusta a los hechos, ignora los hechos. ¿Cómo pudo el mundo haber permitido que semejantes actitudes insensatamente anticientíficas dominaran una seria disciplina académica, especialmente si es tan importante para la sociedad como la economía?

La respuesta reside, irónicamente, en el hecho de que la economía tiene tanta importancia política: el segundo gran mérito de las expectativas racionales radica en su conclusión ideológica clave, que políticas deliberadas de estímulo macroeconómico por gobiernos y bancos centrales nunca podrían reducir el desempleo y sólo exacerbarían la inflación. Que el activismo gubernamental estaba condenado al fracaso era exactamente lo que querían oír políticos, banqueros centrales y dirigentes empresariales de los períodos de Thatcher y Reagan. Por lo tanto fue rápidamente establecida como la doctrina oficial de los establishment políticos y económicos en EEUU. y desde esa poderosa posición pudo conquistar todo el mundo académico.

Para empeorar las cosas, las expectativas racionales se fusionaron gradualmente con la teoría relacionada de los mercados financieros “eficientes”. Ésta fue ganando terreno en los años setenta por motivos similares –una combinación atractiva de docilidad matemática e ideológica. Ésta fue la hipótesis del mercado eficiente (EMH). Desarrollada por otro grupo de académicos influenciados por Chicago, todos los cuales recibieron premios Nobel precisamente cuando sus teorías se desintegraban. La EMH, como las expectativas racionales, suponía que existía un modelo bien definido de conducta económica y que los inversionistas racionales la seguirían todos; pero agregaba otro paso. En la versión fuerte de la teoría, los mercados financieros, porque estaban poblados por una multitud de protagonistas racionales y competitivos, siempre fijarían precios que reflejaban toda la información disponible del modo más exacto posible. Porque el precio de mercado siempre reflejaría el conocimiento más perfecto a la disposición de cualquier individuo, ningún inversionista podría “derrotar al mercado” –menos todavía podría esperar algún día un regulador mejorar las señales del mercado mediante la sustitución de su propio criterio. Pero si los precios reflejaban perfectamente toda la información, ¿por qué fluctuaban constantemente esos precios y qué significaban esos movimientos? La EMH cortaba ese nudo gordiano con una simple suposición: los movimientos del mercado con fluctuaciones aleatorias sin significado, equivalentes a echar una moneda o a la “marcha aleatoria” de un marinero borracho.

Ese punto de vista que suena a anárquico era realmente muy reconfortante. Si los movimientos de mercado eran realmente como jugar a cara o cruz, podrían ser totalmente irregulares a corto plazo, pero muy predecibles en períodos más largos, como los ingresos de un casino. Específicamente, se podría decir que las analogías de jugar a cara o cruz o de la marcha aleatoria implican los que los estadísticos llaman una distribución “normal” o gaussiana. Y la matemática de las distribuciones gaussianas (más lo que es llamada “ley de los números grandes”) revela que la probabilidad de que ocurran perturbaciones catastróficas es extremadamente baja. Por ejemplo, si las fluctuaciones diarias en Wall Street siguen una distribución normal, es posible “probar” que la probabilidad de movimiento de un día de más de un 25% es aproximadamente una en tres billones. El hecho de que por lo menos cuatro eventos financieros estadísticamente “imposibles” ocurran en sólo 20 años –en los mercados bursátiles en 1987, en los bonos en 1994, en las divisas en 1998 y en los mercados crediticios en 2008– habría significado, según estándares normales, el fin de la EMH. Pero como en el caso de las expectativas racionales, los hechos fueron rechazados mientras la teoría seguía reinando suprema, pero con una cierta recalibración.

¿Por qué florecieron semejantes teorías desacreditadas? En gran parte porque justificaban cualesquiera resultados decretados casualmente por los mercados –ideología de laissez-faire, grandes salarios para los máximos ejecutivos y miles de millones en bonificaciones para los operadores. Y, convenientemente, esas teorías fueron aceptadas como si fueran el patrón oro por economistas académicos que obtuvieron los premios Nobel.

¿Qué hacer entonces? Hay dos opciones: o abandonar la economía como disciplina académica, para convertirse en un simple apéndice de una colección de estadísticas industriales y sociales, o tiene que sufrir una revolución intelectual. Los programas dominantes de investigación deben ser reconocidos como fracasos y en lugar de utilizar suposiciones demasiado simplificadas para crear modelos matemáticos que pretenden llevar a conclusiones numéricas precisas, los economistas deben reabrir su tema a una serie de enfoques especulativos, sacando perspectivas de la historia, la psicología y la sociología y aplicando los métodos de historiadores, politólogos e incluso periodistas, no sólo de matemáticos y estadísticos. Al mismo tiempo, tienen que limitar sus ambiciones a explicar sólo lo que permiten comprender los instrumentos de la economía.

Se han intentado muchos enfoques semejantes –basados en psicología, sociología, ingeniería de control, teoría del caos e incluso análisis freudiano-. La más ampliamente publicitada recientemente ha sido la economía conductual. Popularizada por Robert Shiller, de quien se dice que su libro éxito de ventas, “Irrational Exuberance” predijo la caída de punto.com y la crisis del alto riesgo, la economía conductual, considera un mundo en el cual los inversionistas y los negocios son motivados por una psicología de grupo y por los “espíritus” animales” de Keynes más que por el cálculo cuidadoso de expectativas racionales. Es, sin embargo, el menos radical de los enfoques alternativos, ya que no cuestiona las suposiciones ideológicas de la REH –que los boom, los crash y las recesiones son todos causados por diversos tipos de fallas del mercado y por ello que los fracasos en el capitalismo de laissez-faire podrían evitarse, por lo menos en principio, impedirlos haciendo que los mercados sean aún más “perfectos”. En parte por esta compatibilidad ideológica, las ciencias económicas académicas no han tenido demasiadas dificultades para adoptar el enfoque conductual.

Un mayor desafío a la ortodoxia de las ciencias económicas académicas han sido los métodos que rechazaron el principio de que la conducta económica pueda ser descrita del todo por relaciones matemáticas precisas. Benoit Mandelbrot, uno de los grandes matemáticos del Siglo XX, quien marcó nuevos rumbos en el análisis de sistemas caóticos y complejos, describe en “The (Mis) behaviour of Markets,” cómo los economistas ignoraron 40 años de progreso en el estudio de terremotos, el tiempo, la ecología y otros sistemas complejos, en parte porque las matemáticas no-gaussianas utilizadas para estudiar el caos no ofrecían las respuestas precisas de la EMH. El hecho de que las respuestas suministradas por la EMH eran erróneas no parecía representar un disuasivo para la economía “científica”.

Ejemplos aún más impactantes de la disonancia cognitiva en los intentos académicos de utilizar la matemática como base para la economía “científica” son suministrados por Frydman y Goldberg en “Imperfect Knowledge Economics.” IKE, como los autores llaman su programa de investigación, cuestiona explícitamente la suposición de expectativas racionales de que exista, por lo menos en teoría, un modelo “correcto” de cómo funciona la economía. En su lugar, IKE se basa en la percepción de Keynes y Hayek de que los problemas fundamentales de la macroeconomía derivan todos en última instancia de un hecho inexorable: una economía capitalista es de lejos demasiado compleja para que alguno de sus participantes tenga un conocimiento exacto, especialmente sobre eventos futuros, incluso si los mercados son perfectamente eficientes. Esto significa que negocios e inversionistas operarán de modo bastante racional sobre una amplia variedad de diferentes suposiciones económicas, y lejos de ser irracional, una conducta tan divergente es el ingrediente esencial del capitalismo que hace que funcionen el espíritu empresarial y los mercados financieros. Basándose en el concepto de “reflexibilidad” popularizado por George Soros –que las expectativas del mercado que inicialmente parecen falsas puedan realmente cambiar la realidad y realizarse a sí mismas– IKE discute un mundo en el cual los participantes en el mercado con diferentes puntos de vista sobre las leyes de la economía cambian condiciones macroeconómicas cambiando esos puntos de vista. Al formalizar semejantes percepciones, IKE genera pronósticos “cualitativos” de movimientos monetarios, y esas cifras “borrosas” resultan estar más cerca de los movimientos reales en las tasas de cambio que las predicciones “bien definidas” de modelos de expectativas racionales, que son precisas pero invariablemente de una precisión errónea.

Todos esos enfoques heterodoxos tienen dos características en común, rechazan las ortodoxias ideológicas de expectativas racionales y mercados eficientes y la exigencia metodológica igualmente sofocante de que las percepciones económicas deban ser expresadas en fórmulas matemáticas.

Las ciencias económicas actuales son una disciplina que deberá morir o sufrir un cambio de paradigma, hacerse más tolerante, y más modesta. Debe ampliar sus horizontes para reconocer las percepciones de otras ciencias sociales y estudios históricos y volver a sus raíces. Smith, Keynes, Hayek, Schumpeter y todos los demás economistas verdaderamente grandes se interesaron por la realidad económica. Estudiaron la verdadera conducta humana en mercados realmente existentes. Sus percepciones provinieron del conocimiento histórico, de la intuición psicológica y del entendimiento político. Sus instrumentos analíticos fueron palabras, no la matemática. Persuadieron con elocuencia, no sólo mediante la lógica formal. Se puede ver el motivo por el cual muchos académicos actuales pueden temer un retorno semejante de la economía a sus raíces.

Los establishment académicos luchan enérgicamente por resistir semejantes giros de paradigma, como demostró Thomas Kuhn, el historiador de la ciencia que acuñó la frase en los años sesenta. Un giro semejante no será fácil, a pesar del fracaso obvio de la economía académica. Pero los economistas enfrentan ahora una clara alternativa: abrazar nuevas ideas o devolver su financiamiento público y sus premios Nobel, junto con las bonificaciones bancarias que justificaron e inspiraron.

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1 Este artículo apareció en la edición 157 de Prospect Magazine

Anatole Kaletsky, “Goodbye, homo economicus”, real-world economics review, edición 50, 8 de septiembre de 2009, pp. 151-156,

Fuente: http://www.paecon.net/PAEReview/issue50/Kaletsky50.pdf