Archive for the ‘PARA EL DEBATE’ Category

¿Para qué sirve la economía?

Lunes, septiembre 5th, 2011

Mario Rapoport
Muchos economistas consideran que su ciencia, si alguna vez lo fue, carece de las teorías e instrumentos que le permitan dar soluciones concretas a los problemas económicos y sociales que se derivan de la actual crisis mundial. Por su parte, a espaldas de la conciencia de estos economistas, la crisis sigue desarrollando todas sus atroces potencialidades en paralelo a la aplicación de medidas harto conocidas que ya fueron condenadas al fracaso anteriormente.

A qué se debe esta insuficiencia? ¿Por qué los economistas se han equivocado de esta manera? ¿O cuál es la razón de sus errores? Un breve repaso del derrotero histórico de la ciencia económica nos dará indicios para una respuesta.

El origen de la ciencia económica moderna coincide con el de su objeto de estudio: el capitalismo. La lucha por la liberación de los hombres de los lazos de dominación feudal dio paso a una aparente separación e independencia de las relaciones económicas con aquellas de la arena política

Con los Derechos del Hombre proclamados por la Revolución Francesa, las relaciones mercantiles simulaban ser la meca de la libertad individual, donde las personas intervinientes no poseían disparidades en términos de poder político; ninguno dominaba al otro, al ser ambos iguales frente a la ley, poseyendo el mismo derecho para comerciar e intercambiar. Ante esta nueva sociedad de mercaderes se erigía la “economía política”, ciencia que estudiaba una forma histórica de producción y distribución del producto del trabajo social, la capitalista, basada en la división de la sociedad en clases.

La doctrina mercantilista fue la primera que realizó una aproximación en este sentido, relegando el análisis de la administración y la riqueza del hogar o del individuo, tal como la había planteado Aristóteles, para dedicarse a la “economía política” -como la llamó por primera vez el economista francés Montchrétien en 1615- dedicada al estudio de la riqueza de la Nación, el Estado y la burguesía comercial. La doctrina adquiriría carácter científico de la mano de pensadores como Smith y Ricardo, para luego ser criticada por Marx, en su famosa obra El Capital. Crítica de la Economía Política.

Sin embargo, de la mano de la Revolución Marginalista que se sucedió en Europa a fines del siglo XIX, en base a las obras de tres economistas: Jevons (1871), Menger (1871) y Walras (1874-77), la nueva ciencia que se estaba gestando adoptaba un nuevo cariz. Su objeto de estudio fue mutilado y, en ese recorte, perdió su naturaleza; ya no importaban las relaciones sociales que se establecían al interior del proceso de producción, punto de partida de la economía política, sino las relaciones que se daban entre el vendedor o el comprador con el bien vendido o comprado en el mercado. Ahora el problema central no eran las relaciones sociales económicas entre los hombres, sino las relaciones de los hombres con los objetos

La nueva ciencia adquiría un nuevo nombre: de “economía política” pasaba a ser “economía”, a secas, traducción para el vocablo anglosajón “economics” (su traducción literal sería “económica”, tal como existe la dinámica, la mecánica y otras ramas de la física). El inglés Marshall explicaba la nueva denominación de la ciencia económica alegando que ésta disciplina nada tenía que ver con luchas de clases o intereses políticos particulares, cuestiones que la desviaban justamente de su carácter “científico”.

En palabras del Prof. Robbins, de la London School of Economics, “la economía es la ciencia que estudia la conducta humana como una relación entre fines y medios escasos que tienen diversa aplicación”. La economía, de esta manera, se convertía en una ciencia general del comportamiento humano conforme al principio económico que postulaba que los individuos, en base al cálculo racional, buscan siempre maximizar su satisfacción frente a la escasez de medios que sufren. Jevons afirmaba que “el placer y el esfuerzo son, indudablemente, el último objetivo del Cálculo de lo Económico”

La ciencia económica, bajo su denominación de “economía”, perdió todo contenido social, determinado históricamente, y renunció al estudio de un ámbito definido y concreto de la realidad, convirtiéndose en una lógica de la elección formal del individuo basada en el principio económico, llamada también lógica del homo oeconomicus.

Esta “ciencia” acrítica, ahistórica, alejada de los grandes problemas que plantea el desarrollo de las relaciones sociales de producción en el capitalismo, se transformó no sólo en un formalismo, sino también en una parte constituyente de la ideología dominante. Para la teoría económica ortodoxa, los problemas del desarrollo capitalista no se deben a la misma “racionalidad económica” del capitalismo, sino a que ésta no puede desenvolverse normalmente debido a interferencias ajenas al sistema económico.
Ese nivel de abstracción de la economía la hizo inteligible al lenguaje matemático, alcanzando un alto grado de refinamiento analítico, lo que en apariencia acercaba a la ciencia económica, que había dejado de ser una ciencia social, al campo de las ciencias duras, como la física. La importancia que ha adquirido para la disciplina la formalización matemática ha hecho, de acuerdo con Paul Krugman, “que los economistas confundan la belleza de las matemáticas con la verdad”. Y aquí no se denigra el uso de las matemáticas sino esa especie de fetiche que se enarbola en torno a los instrumentos matemáticos, cuyo resultado es el de confundir la exactitud del modelo con ideas verdaderamente correctas y eficaces para la formulación de políticas

Como lo señala el economista francés Cordonnier, con esta concepción de las cosas “así como la oferta no crea su propia demanda, la masificación de la investigación y la multiplicación del número de economistas no expande, por sí misma, el número de verdades interesantes e inteligentes”.

La división del trabajo ha atravesado también al mundillo académico y ha tendido a la balcanización de los saberes que impide captar, en su totalidad, la naturaleza compleja de los fenómenos económicos, especialmente el rol de las instituciones y de la política. De este modo se produce masivamente conocimiento de carácter estándar, parcial, abstracto; sólo útil y afín a los intereses de quienes compran esos conocimientos-mercancías. La teoría económica deja de ser una ciencia crítica, para transformarse en una doctrina ideológica que responde a ciertos intereses y no afecta al orden establecido. Esto le confirió prestigio pero le restó veracidad

El economista Oskar Lange decía que “la verdad o falsedad de los enunciados de la economía política se comprueban a través de la confrontación con la realidad por medio de la verificación histórica o estadística; también directamente en la práctica, por la eficacia o ineficacia de la política económica basada en dichos enunciados”.

Hoy, la crisis que vive el mundo se burla de la teoría económica ortodoxa. Es hora de de que los economistas nos demos la oportunidad de realizar una nueva crítica que adapte los conceptos fundamentales de la economía política a las transformaciones sociales que se han producido en los últimos cuarenta años, y cerremos la brecha existente entre nuestro aparato teórico y la realidad que pretendemos explicar

Un economista que nos sigue enseñando: John Maynard Keynes

Miércoles, mayo 4th, 2011

Mario Rapoport
El 21 de abril de 1946 murió John Maynard Keynes, uno de los economistas más importantes de nuestra época;, el influyente autor de la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, publicada en 1936, y de otros memorables trabajos. Las ideas keynesianas ocuparon un lugar predominante en las políticas económicas de los países industrializados en el tercer cuarto del siglo XX y su mayor impacto tuvo que ver con la profunda crisis mundial que se desató en 1929, la peor que sufrió el capitalismo en su historia.
Hasta aquel momento el pensamiento económico predominante sostenía que eran las fuerzas del mercado las que aseguraban el equilibrio y la plena ocupación de los factores productivos y que la intervención estatal no ocasionaba más que perturbaciones a la armonía garantizada por las fuerzas invisibles reguladoras de la vida económica. Sin embargo, la “gran depresión” fue imposible de evadir y aún menos de ser explicada. Ni la crisis, ni los altos niveles de desocupación podían ser concebidos dentro del pensamiento clásico. La Ley de Say, su pilar fundamental, negaba cualquier posibilidad de llegar a una situación parecida al postular que “toda oferta crea su propia demanda”. Pero, ante la gravedad de los acontecimientos, elementos esenciales de la economía clásica se derrumbaron y las recomendaciones de Keynes cobraron una importancia decisiva en los claustros académicos y en los ámbitos gubernamentales de diferentes países.
En principio, para comprender mejor sus ideas debemos preguntarnos quien fue Keynes ¿Sólo un teórico de la economía, con una obra destinada a especialistas, o una personalidad compleja, que nos dejó un aporte más vasto para la comprensión del mundo en el que estamos inmersos? Sin duda no fue un economista adicto a los modelos econométricos o que sólo podía aprehender aspectos limitados de la realidad, al estilo de muchos sesudos premios Nobel de nuestra época.
El mismo se caracterizaba, irónica o modestamente, con un término algo despreciado en nuestros días: el de “publicista” (publicist), en el sentido de un autor que escribe para el público en forma periódica con el objeto de difundir sus ideas. Y vaya si lo hizo a través de innumerables artículos en revistas y diarios, análisis de coyuntura, escritos políticos, etc. Sin embargo, y ante todo, era un intelectual (palabra hoy también despreciada), pues perteneció a un activo núcleo de escritores y artistas del Londres de la “gloriosa” época imperial, el grupo Bloomsbury, en el cual se destacaban la escritora Virginia Woolf y el mejor analista de la sociedad victoriana, Lytton Strachey, llevando una vida mezclada entre la bohemia y los estudios académicos.

Profesor en Cambridge, no sólo de su obra teórica sino también de sus escritos periodísticos y ensayos publicados en los años 20 y 30, y recogidos en su mayoría en el libro Essays in Persuasion (Ensayos de persuasión), pueden extraerse las principales enseñanzas sobre política económica vigentes en la época anterior a la crisis y durante los primeros años de ésta. Él hubiese preferido llamar a esos escritos “Ensayos de profecía y persuasión”, porque tuvieron más éxito como adelanto de lo que sucedió después que como un medio para influir en la opinión pública.
En ellos, el economista británico advierte, ya desde principios de la década de 1920, una posible crisis económica de continuar las políticas ortodoxas entonces en curso. A su vez, cuando estalla la crisis trata de desentrañar sus principales mecanismos sin utilizar todavía un marco teórico previo. Los ensayos abarcan un amplio panorama; se tratan allí los temas políticos y económicos más preocupantes de su época: el Tratado de Paz de Versalles, las deudas de la guerra, las políticas de deflación, el retorno al patrón oro y los intentos de tener un presupuesto equilibrado en medio de una recesión económica.
El primer eje de la crítica de Keynes es la libertad de los mercados, en un momento en que la opinión indiscutida en los ámbitos políticos y académicos entendía que un orden social deseado implicaba dejar a los individuos actuar libremente siguiendo sus propios intereses. Se había llegado a creer, como señala Keynes en uno de los escritos que forman parte del libro, “El fin del laissez faire” (1926), que el interés general y el particular siempre terminaban coincidiendo.
Para Keynes esa concepción, basada en el pensamiento neoclásico, no era correcta, ni en la teoría ni en la realidad. El fin del laissez faire, a través de una participación activa del Estado, daría la posibilidad de mejorar el modo de vida de la gente solucionando los problemas generados por el sistema capitalista.
En su “Teoría general”, su obra más conocida, escribe una frase en la que podemos reconocer los problemas actuales: “Los principales inconvenientes de la sociedad económica en que vivimos son su incapacidad para procurar la ocupación plena y su arbitraria y desigual distribución de la riqueza y de los ingresos”. Según Keynes, el problema del capitalismo era que el mercado no podía asegurar la demanda necesaria, generando desocupación y marginalidad, situación que “el mundo no tolerará por mucho tiempo” Y ante tal diagnóstico le competía al Estado lograr el pleno empleo: incrementando el gasto, reformando el sistema fiscal, mejorando la distribución del ingreso y regulando el comercio exterior.
Una vez modificados estos supuestos básicos, la iniciativa privada del capitalismo volvería a asegurar la eficiencia y la igualdad económica. Su discípula, Joan Robinson, llamará a esto: “La defensa desilusionada del capitalismo”, ya que “Keynes busca encontrar lo que está mal con el propósito de diseñar medios destinados a salvarlo de destruirse a sí mismo”. La misma Robinson señala, sin embargo, los propios límites de la cuestión: “no existen problemas puramente económicos, los intereses y los juicios políticos previos están en juego en toda discusión de las cuestiones concretas”.
En palabras de Keynes: “Tenemos que descubrir una nueva sabiduría para una nueva época. Y entretanto debemos, si hemos de hacer algo bueno, parecer heterodoxos, molestos, peligrosos y desobedientes…En el campo económico esto significa, ante todo, que debemos encontrar nuevas políticas y nuevos instrumentos para adaptar y controlar el funcionamiento de las fuerzas económicas”. Siguiendo estas ideas, la experiencia argentina demanda el surgimiento de un pensamiento propio que atienda directamente a los problemas que acosan a la sociedad local a fin de encontrar un rumbo económico nuevo y sostenido en el tiempo y opciones políticas y sociales que no posterguen el bienestar de sus habitantes. Así como lo hizo el pensamiento keynesiano en su época.

Desahogo de la economía

Domingo, noviembre 28th, 2010

Por Alejandro Rofman *

Pese a que, en los últimos años, medidas estatales de protección a la producción nacional beneficiaron a industriales de diversos sectores, la cúpula de la UIA volvió a arremeter contra la intervención estatal. En la Conferencia de la UIA de la semana pasada, empresarios reiteraron discursos de los noventa.

El empresario Alfredo Nicholson, importante industrial del sector azucarero que presidió la reciente Conferencia de la Unión Industrial Argentina, afirmó que el excesivo intervencionismo estatal está ahogando la economía. Es interesante discutir en profundidad el sentido de esas palabras. Si la economía creció en lo que va del año el 9 por ciento, resulta difícil detectar a qué ahogo se refiere Nicholson. Además, los balances presentados a la Bolsa de Comercio por importantes firmas industriales dan cuenta de crecientes beneficios. Tampoco por ese lado se advierten signos de dificultades empresariales.
Si se asume por un momento que esa declaración tiene visos de realidad y que, puestos a desentrañar los mecanismos intervencionistas del Estado, vale especular con un escenario donde el Gobierno se propone limitar o reducir la presencia de su gestión en la dinámica del mercado empresarial. En tal sentido, sería importante plantear a Nicholson y a los directivos de la UIA que no salieron a desmentirlo las siguientes medidas para aliviar la pesada carga estatal en la marcha de la economía:
1 Abolir toda medida arancelaria que grave el ingreso de mercancías desde el exterior en tanto aumenta su costo en el mercado interno, en especial los equipos industriales y los bienes intermedios que se utilizan para ensamblar productos terminados del sector manufacturero. De este modo, bajaría el costo de la producción interna y se favorecerían los consumidores locales, ya sea de productos intermedios, bienes de capital o bienes de consumo final. Al cesar esta intervención estatal distorsionante serían desplazadas del mercado las empresas argentinas ineficientes, con el consiguiente impulso al funcionamiento libre del mercado
2 Dejar sin efecto todas las medidas antidumping que se adoptan para prevenir invasión de bienes competitivos desde el exterior que impiden gozar de los mismos, y que se podrían obtener a más bajo costo. Las decisiones del Estado, de carácter proteccionista para la industria nacional, se deberían dejar sin efecto, con lo que se restablecería la plena libertad de importar como en la década de los ‘90, descartándose la intolerable intervención estatal en el mercado.
3 Eliminar todos los subsidios a las tasas de interés que el Estado ofrece para créditos de promoción de la inversión de equipos de producción dirigidas hacia las Pymes. De este modo cesaría un factor de distorsión y perturbación del pleno funcionamiento del mercado financiero, donde el Estado no tiene por qué inmiscuirse.
4 Eliminar el Repro, que el año pasado posibilitó que el Estado ofreciese a los privados una parte de las remuneraciones del personal que las empresas debían suspender por menor demanda y que impidió la cesantía de decenas de miles de trabajadores. El Estado no debe intervenir en estos asuntos y la contratación de los trabajadores y sus salarios es cuestión exclusiva de los dueños de las compañías.
5 Cerrar los fondos de la Anses para toda operación de financiamiento empresarial, como el crédito otorgado a la empresa General Motors y muchos otros más, que permitieron que tales firmas no despidiesen trabajadores y siguiesen avanzando con sus programas de inversión y/o manufactura de sus productos. La Anses sólo se debe ocupar de cobrar los aportes jubilatorios y pagar los beneficios del sistema previsional. Toda otra gestión invade la actividad privada y la condena al ahogo.
6 Restablecer los aportes patronales por ley al sistema previsional para resguardar la seguridad jurídica que está lesionada por la intervención del Estado, que rebajó los valores de dichos aportes en la era Cavallo. El Estado no debe modificar los citados aportes, por cuanto ello supone invalidar normas que ya han sido consagradas por la legislación y modificarlas altera el cálculo de los costos empresariales, crea inquietud sobre la seguridad jurídica y distorsiona los precios relativos de los bienes que se producen entre los que se elaboran internamente y los que podrían importar a más bajo costo.
7 Dejar sin efecto la ley 14.250 de Convenciones Colectivas de Trabajo. dado que este instrumento es altamente intervencionista y obliga a los empresarios a convenir remuneraciones con los trabajadores de forma tal que el Estado impone mecanismos de negociación que traban la libre voluntad de los dueños de las empresas. Cada empresario debe convenir individualmente las condiciones de trabajo con sus empleados sin que el Estado deba intervenir arbitrariamente, limitando la libertad de los agentes económicos privados.
8 Cesar toda intervención del Banco Central para impedir la revaluación de la moneda en relación con el dólar, interrumpiendo su política de compra de divisas externas y permitiendo que la relación cambiaria flote libremente. Frente a la indudable revaluación del peso, no actuar de ningún modo, lo que posibilitaría un precio de relación peso/dólar de equilibrio en el mercado, sin interferencias.
Esta lista podría ampliarse de manera significativa. Nos permitiría volver a los ‘90 o a la época de la dictadura militar, cuando la aplicación de medidas similares posibilitó un singular daño al tejido social y a la calidad de vida de la mayoría de la población, con el pretexto de que la intervención estatal ahogaba la iniciativa privada y se constituía en un proceso “contra natura” que era preciso desterrar.
Sobre la eventual consecuencia de las medidas propuestas para impedir que las empresas se ahoguen, haciendo un buen ejercicio de las respectivas capacidades de razonamiento, se puede sin esfuerzo reconocer el impacto regresivo para las empresas y para la mayoría de los habitantes del país que causaría una medida como la aconsejada por Nicholson
• Investigador principal del Conicet. Miembro fundador del Plan Fénix.
• Fuente: Pagina 12 (Cash)

Reseña de la última obra de Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero Resucitar a Marx

Jueves, noviembre 18th, 2010

Manuel M. Navarrete

“En la ciencia no hay calzadas reales y sólo llegarán a sus cimas luminosas quienes no escatimen esfuerzos para escalar sus senderos escarpados” (Karl Marx, prólogo a la edición francesa de El Capital, 1872).
I
Este artículo pretende ser una reseña de El orden de El Capital , el último libro de los profesores Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero, que acaba de ser publicado por la editorial Akal, con prólogo de Santiago Alba Rico. Pretende, asimismo, ofrecer una somera exposición de ciertas claves de El Capital, acercando la obra magna de Marx a algunos de nuestros lectores que, a priori, podrían considerarla una lectura cuanto menos áspera. Trataremos de convencerlos de que, muy al contrario, afrontar El Capital les resultará siempre fascinante.
En esta nueva colaboración, los autores del polémico contramanual de Educación para la ciudadanía (y de una visión ilustrada de la Revolución Bolivariana publicada por Hiru: Comprender Venezuela, pensar la democracia) exponen tesis que, sin duda, van a dar mucho que hablar. Sin embargo, se piense lo que se piense de dichas tesis, nadie podrá discutir que esta nueva obra constituye un novedoso instrumento desde el que acercarse a El Capital y arrojar luz sobre sus implicaciones.
Fernández Liria suele comentar que, hace una década, justo cuando se disponía a publicar un libro sobre El Capital, Luis Alegre (por aquel entonces, alumno suyo) descubrió un pequeño hilo suelto en la argumentación y, tirando de él, toda la obra se deshizo. El problema surgió a partir del desconcertante hecho de que Marx, después de haber expuesto en el libro I de El Capital que toda mercancía tiene un valor de uso y un valor (de cambio), nos informa, en el libro III, de que las mercancías… no se venden a su valor (tal como éste concepto había sido definido en el libro I), sino a su “precio de producción”. ¿Qué sentido tiene entonces la ley del valor? ¿De qué fenómeno puede dar cuenta? ¿Qué realidad invisible puede sacar a la luz? ¿Para qué, en suma, la pone en juego Karl Marx?
II
Para empezar, hay que tener en cuenta el dispositivo conceptual que Marx desarrolla en la Sección 1ª del libro I de El Capital. El pensador alemán (un “Galileo de la historia”, en palabras de Liria y Zahonero), en su pretensión de hacer ciencia (y no mero empirismo), genera unas condiciones artificiales de laboratorio que le permiten aislar determinados fenómenos. De este modo, nos sitúa ante un mercado simple de libres productores independientes que intercambian sus mercancías (es decir, productos fabricados para ser vendidos, y no para consumirlos). En dicho mercado, se intercambiarían equivalentes, ya que cada productor buscaría su propio interés y esto generaría un equilibrio espontáneo. Pero ¿qué cualidades comunes podemos encontrar entre dos mercancías completamente diferentes, que posibilite que dichas mercancías sean intercambiadas? Únicamente dos: saciar necesidades humanas (valor de uso) y ser productos del trabajo (mediremos ese trabajo en horas de trabajo: valor de cambio… o valor). Sólo más tarde surgirá, necesariamente, una mercancía que será adoptada como equivalente general (el dinero) y con respecto a la cual se originará un fetichismo, que, erróneamente, hará percibir en ella (y no en el trabajo) la verdadera fuente del valor.
Al final de la Sección 2ª, sin embargo, Marx nos despierta de la ilusión, invitándonos a abandonar la ruidosa esfera de la circulación para seguirle hasta la zona de “No admittance except on business” . Nos recuerda, en este punto, que el mundo real no está constituido por productores independientes que intercambian mercancías equivalentes, sino estratificado en dos clases fundamentales, una de las cuales compra la fuerza de trabajo y otra de las cuales la vende. En este caso, las mercancías que se intercambian son salario por un lado y fuerza de trabajo por el otro. Resumiendo mucho, por razones de espacio, diremos que la fuerza de trabajo, al trabajar, genera una cantidad de valor superior a la que el salario podrá adquirir más tarde en el mercado. A ese “más-valor” Marx lo denomina, sencillamente, plus-valor. A la clase de hombres que compra fuerza de trabajo, clase capitalista. Al dinero que estos hombres vuelcan en la circulación con el objetivo de generar plusvalor, sencillamente capital. De este capital, una parte será constante (el empleado en materias primas e instrumentos de trabajo, como hoces y martillos) y otra variable (el empleado en contratar a la fuerza de trabajo, cuyo trabajo es el que hace variar la suma inicial de dinero, obteniendo más dinero que, más tarde, volverá a reinvertirse, dando lugar a una reproducción ampliada).
Pero ¿cómo se llega a esta situación, que ahora nos parece tan natural, pero que no deja de ser absurda, en la que unas personas son compradoras ricas y otras vendedoras pobres de fuerza de trabajo? ¿Cómo se desemboca en un mundo en el que unos hombres “eligen” trabajar gratis para otros durante varias horas al día (las horas en las que producen el plusvalor) y en el que el intercambio (fuerza de trabajo vs salario) no se da entre valores equivalentes (mundo en el que no rige, por tanto, el principio republicano de igualdad ) ?
III
En respuesta a estos interrogantes, en los dos últimos capítulos del libro I, Marx introduce algo que, a primera vista, podría parecer una enmienda a sí mismo, pero que cobra sentido dentro de su orden de exposición lógico-categorial: la “acumulación originaria” de capital, que, en toda Europa, tras finalizar la Edad Media, supuso un prolongado y violento proceso histórico de expulsión masiva de la población campesina de sus tierras. También nos habla de la historia de Mr. Peel, empresario de la época que llevó un ejército de trabajadores a Australia, junto con todos los materiales necesario para construir una fábrica, pero que se encontró con que sus trabajadores lo abandonaban para establecerse como campesinos en la tierra virgen de Oceanía (en la cual, por aquel entonces, aún no se había producido una “acumulación originaria”).
¿Qué significa esto? Que una persona sólo vende su fuerza de trabajo cuando ha sido privada de cualquier otro sustento vital (como la tierra). Para Liria y Zahonero, éste es un hecho fundamental, porque de él se deduce que, a pesar de la ficción con la que la sociedad moderna se representa a sí misma, nuestro mundo no está constituido a partir del principio de la propiedad individual (requisito kantiano de la independencia civil, es decir, del principio ilustrado por antonomasia, junto a la libertad y la igualdad), sino, precisamente, a partir de su aniquilamiento y sustitución por la gran propiedad capitalista (que supone, en palabras de Marx, la expropiación del 90% restante de la sociedad).
Sin embargo, en el libro III, nos encontramos con una nueva vuelta de tuerca: el plusvalor se convierte en ganancia y el valor en precio de producción. ¿Qué significa esto? En el libro I, que narraba cómo funcionaría la circulación mercantil si existiera, digamos, una sola empresa, sólo el capital variable hacía variar (y, obviamente, crecer) el valor inicial desembolsado por el capitalista, mientras que el constante (maquinaria y materia prima), al hacer uso de él, iba transmitiéndose al valor de la mercancía progresivamente. Ahora, sin embargo, en mitad de la concurrencia capitalista, nos encontramos con que se produce una nivelación de las tasas de ganancia y las empresas no obtienen beneficios en función del dinero invertido en capital variable, sino una cantidad proporcional al capital total invertido. ¿Por qué? Porque, en una situación de competencia, los precios que establece una empresa están determinados por la tasa de ganancia media de su rama, y no por la tasa de plusvalor creada en el interior de dicha empresa en particular. De este modo, si puede vender un poco más caro (aprovechando, por ejemplo, una productividad superior a la media), en su ánimo de lucro, lo hará. El juego de la oferta y la demanda, además, tiene también su influencia sobre el precio final de mercado.
Pero, entonces, ¿qué sentido tiene para Marx la ley del valor? ¿Por qué Marx, al inicio de El Capital, nos remite a un mercado generalizado de equivalentes, si éste nunca ha existido históricamente? ¿Por qué al final del libro I introduce lo que, sólo en apariencia, sería una auto-enmienda? ¿Y por qué en el libro III, miles de páginas más tarde, nos aclara finalmente la cuestión de los precios? ¿Qué sentido tiene, en suma, el desconcertante orden de los capítulos y libros de El Capital?
IV
Según la teoría de Liria y Zahonero, la ley del valor no consigue determinar los precios, porque tampoco lo intenta. Para Marx, la cuestión de cómo los capitalistas se reparten el plusvalor entre ellos es algo secundario (que se afronta, como hemos visto, en el libro III) . Lo primordial es investigar cómo es posible que en la sociedad moderna aparezcan dos clases fundamentales de seres humanos: los compradores ricos y los vendedores pobres de fuerza de trabajo. Para fundamentar el concepto de explotación, era estrictamente necesario construir previamente el concepto de plusvalor (y los conceptos de trabajo necesario y plustrabajo , dando cuenta de cuántas horas diarias trabaja el obrero para sí mismo y cuántas lo hace gratuitamente para engordar la fortuna del capitalista) y, obviamente, este concepto de plusvalor no podía construirse sin la teoría del valor. También es significativo que Marx abandone, desde el principio, la denominación “valor de cambio”, para hablar de algo diferente: el “valor”.
Pero no fueron pocos, nos dicen Liria y Zahonero, los marxistas que vinieron a embrollar aún más la situación, recurriendo al as en la manga de la aufhebung hegeliana, capaz de dar cuenta de una identidad entre contrarios (en este caso, entre los libros I y III de El Capital ). Al igual que Althusser (pero a diferencia de Lukács o, por citar un autor actual, Kohan), Liria y Zahonero consideran que Marx, tras su ruptura epistemológica, conserva la dialéctica como un mero recurso expositivo, pero no como dispositivo teórico fundamental ni como método de comprensión de la realidad. Para nuestros autores, el precio no es la verdadera expresión del valor , sino que estos dos términos remiten a dos consistencias estructurales diferentes , con implicaciones diferentes también. Porque la primera de ellas, la consistencia-valor, al estar determinada sólo por el capital variable, remite a las mercancías como productos del trabajo humano, no considerando todavía dicho trabajo como la consecuencia de una inversión de tipo capitalista. En cambio, desde la categoría “precio de producción” (es decir, desde los ojos del capitalista, desde la circulación del dinero como capital y no como simple dinero), las diferencias entre funcionar y trabajar (capitales constante y variable), o incluso entre invertir y trabajar (compra y venta de fuerza de trabajo), se diluyen, al no tener consecuencias económicas directas para su bolsillo. Sin embargo, para el científico social, dichas diferencias sí conllevan cruciales implicaciones metodológicas, porque someten al sistema a dos interrogantes distintos.
Así pues, la construcción, al inicio del libro I, de lo que anteriormente denominamos “condiciones artificiales de laboratorio” nos permite aislar un fenómeno (el de la explotación de una clase por otra), mientras que, en contraste, el libro III constituye ya una constatación empírica y descriptiva del funcionamiento real de la sociedad capitalista. Y el orden de los libros de El Capital no implica, como asumió una parte de la tradición marxista, que baste tirar del hilo de la “libertad-para-hacer-lo-que-quiera-con-lo-que-es-mío” (es decir, de la lógica del libro I) para obtener, sin más, el mercado generalizado capitalista (o sea, la lógica del libro III), sino que, por el contrario, para llegar a esta última situación fue necesario, como ya hemos visto, introducir un mecanismo completamente ajeno y diametralmente opuesto a esa o cualquier otra libertad: el terror y la sangre de la acumulación originaria.
V
Los economistas burgueses, por su parte, acusaron naturalmente a Marx de incoherencia, ya que no comprendieron (o no les interesó comprender) el papel de la teoría del valor en la Sección 1ª de El Capital. Además, en su grotesco afán por justificar la estructura del poder capitalista, estos economistas trataron de asimilar nuestra realidad a un mercado justo e igualitario, en tanto que todos, compradores y vendedores de fuerza de trabajo, aparecen como propietarios de algo, que intercambian libremente. Sin embargo, la Ilustración (empezando por Kant) jamás habría aceptado la ficción jurídica que supone llamar propietario al que no posee nada exterior a sí mismo, salvo su propio pellejo, porque, obviamente, tal noción carecería de sentido jurídico, ya que, en ese caso, nadie podría no ser propietario. El pensamiento ilustrado tampoco habría aceptado jamás que se pudiera considerar ciudadano a alguien desprovisto de independencia civil; es decir, a alguien que, al no poseer nada, depende de otros para obtener su sustento.
Ahora bien, efectivamente, una vez puesta en juego la “acumulación originaria”, una vez despojada la población de sus medios de subsistencia, los obreros aparecerán en el mercado y venderán su fuerza de trabajo libremente (aunque, en cambio, no tendrán libertad para cambiar de “sector” y pasar a ser compradores, en lugar de vendedores, de fuerza de trabajo…), especialmente porque la única alternativa a ejercer esa peculiar libertad (la libertad, recordemos, para vender fuerza de trabajo) será, en realidad, la muerte de hambre. Por otro lado, una vez activado este mecanismo, una auténtica liberación se hace imposible, porque, en la esfera económica, todo incremento de la libertad individual conllevará, automáticamente, un incremento de la dominación y un deterioro de las condiciones de vida. ¿Por qué? Porque, por ejemplo, si la negociación de los contratos de trabajo es libremente individual, en lugar de imperativamente colectiva, dada la existencia de una masa permanente de parados (que Marx llama “ejército industrial de reserva”), siempre habrá alguien dispuesto a vender su mano de obra por un salario más bajo del que perciban los que ya estén trabajando. Así, de no existir la negociación colectiva y sindical, los salarios descenderían hasta el límite mínimo de la subsistencia, generándose, como demostró Karl Polanyi, unas condiciones sencillamente incompatibles con el ejercicio de cualquier libertad o derecho.
Así pues, ni igualdad, ni independencia civil, ni libertad. El capitalismo no fue (como trata de aparentar) el legítimo sucesor de la Ilustración, sino que, en un auténtico coup d’état, la traicionó y falsificó descaradamente. Tal es la tesis fundamental de este sugerente libro (tesis en la que aquí, por razones de espacio, no profundizaremos más, pero para cuya comprensión recomendamos la lectura directa de la obra de Liria y Zahonero).
VI
¿Qué alternativas nos deja esta situación? La socialdemocracia, nos dicen nuestros autores, ha tratado de reformar el capitalismo o de hacerlo “más humano”, sin comprender que el Estado de bienestar fue una excepción histórica, lograda hace más de medio siglo por un sindicalismo radicalizado y ante la presión política de la Unión Soviética (que tenía una “quinta columna” en todos los países del mundo), es decir, en una correlación de fuerzas que no volverá a darse en mucho tiempo, si es que se vuelve a dar. Para colmo, la socialdemocracia no tuvo en cuenta que el nivel de vida del Primer Mundo es un privilegio imposible de generalizar a todo el planeta, dato que ha sido demostrado matemáticamente por el Global Footprint Network (California). Obvió, asimismo, que, bajo el capitalismo, el Estado de bienestar sólo es posible sobre la base de lo que Emmanuel Arrighi denominó “intercambio desigual”. Dado que los capitales no chocan contra fronteras institucionales, pero las personas sí, la clase obrera no podrá trasladarse a las empresas del mundo que ofrezcan mejores salarios, sino que, con suerte, podrá elegir entre las que existan en un determinado país. Por tanto, aunque las tasas de ganancia tenderán, como siempre, a nivelarse a escala global (nivelación de la que, como vimos, dependen los precios), las tasas de explotación, en cambio, serán diferentes en cada marco de relaciones laborales, en función de los éxitos y derrotadas en las luchas políticas, sindicales y de clases. En consecuencia, un salario primermundista dará acceso a bienes en los que habrá cristalizada una cantidad de horas de trabajo tercermundista muy superior a la que el trabajador primermundista ha necesitado efectuar para cobrar su salario, produciéndose, de facto, un fenómeno de explotación global del norte al sur (lo que, obviamente, no anula la contradicción entre clases también existente en el norte).
Descartados el capitalismo (que motiva esta auténtica barbarie) y la socialdemocracia (ineficaz para contener al capitalismo), como conclusión, Liria y Zahonero aclaran cuál es la alternativa que proponen: el comunismo, la cooperativización o incluso estatalización de los medios de producción. Sin embargo, aclaran también que, como proyecto político, no están dispuestos a defender cualquier versión posible del comunismo (como tampoco lo estuvo Marx), sino sólo una versión que respete los principios de la Ilustración (que el capitalismo, como hemos visto, proclama pero a la vez anula): la igualdad, la independencia civil y la libertad, como exigencias irrenunciables de la razón. Además, matizan que, en una sociedad socialista, podrían encomendarse determinadas funciones, como la asignación de recursos escasos, a un mercado controlado.
VII
Ésta es, pues, la resurrección de Marx que los autores de El orden de El Capital proponen. Una resurrección que, por supuesto, tendrá sus seguidores y sus detractores. Pero a la que todos, incluso sus detractores, tendrán que reconocer el mérito de ir más allá de la mera-repetición-inútil de las ideas de nuestro gigante del pensamiento y, en definitiva, de proponer algo mejor: una reapropiación crítica de su genial método de análisis de la sociedad capitalista. Un método que, a día de hoy, sigue demostrando extraordinaria fertilidad. Esperamos, para terminar, que no sea preciso insistir en la importancia (tan subestimada por la estrechez de miras del espontaneísmo) del análisis teórico para un correcto diseño de la táctica política. Por eso, como dirían los autores de esta magnífica obra, hay que leer, o seguir leyendo, El Capital.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Pensamientos

Martes, noviembre 16th, 2010

“Nuestras armas, las armas del Pueblo, son la verdad y la libertad, la justicia, la nobleza, la dignidad. Esas son las armas morales con que hemos luchado nosotros. …porque somos hombres de Paz y de Trabajo.
Yo soy uno más de los que fueron, de los que son y de los que serán represaliados, castigados y perseguidos. Uno de los tantos con nombre y sin nombre, que luchan, que ganan y pierden, pero que en definitiva triunfarán al final del largo camino que nos lleva a una vida sin explotados ni explotadores.
… el Futuro es de nuestro esfuerzo, de nuestro trabajo, de nuestra esperanza, de nuestra fe inmarcesible.”
Agustin Tosco

El nuevo desarrollismo

Jueves, noviembre 4th, 2010

04-11-2010
Aldo Ferrer
En la décadade1930, la crisis mundial desacreditó la ortodoxia neoclásica y dio lugar al surgimiento del paradigma keynesiano. También en América latina, los años treinta revelaron la impotencia del canon ortodoxo para resolver los problemas que la crisis planteaba a cada uno de nuestros países.

En el extremo Sur del subcontinente, la Argentina comenzó a elaborarse entonces una visión crítica de la ortodoxia. La revisión keynesiana en los mismos países centrales influyó en el planteo crítico formulado desde la periferia. Pero éste incorporó otra dimensión que estaba ausente en la formulación de Keynes. La dimensión del desarrollo económico. En nuestro caso, no se trataba sólo, como sucedía en las economías avanzadas, de reactivar la economía y el empleo. Estaba planteado, al mismo tiempo, el desafío de erradicar el subdesarrollo y la relación periférica y subordinada dentro del orden mundial. En la posguerra, desde la CEPAL, las ideas inicialmente planteadas por Prebisch en la Argentina se difundieron en América latina y el resto del mundo en desarrollo.

En la actualidad ocurren hechos que guardan semejanzas con la de aquellos años. En efecto, la crisis financiera mundial desautorizó la versión contemporánea de la ortodoxia, el neoliberalismo. Fue precisa la intervención masiva de los gobiernos de las mayores economías para rescatar al sistema de la debacle producida por la globalización financiera y la especulación. Como en aquel entonces, la crisis actual desautorizó la fundamentación teórica de la ortodoxia. Consecuentemente, entre los economistas de los mismos centros desarrollados, ha vuelto a resurgir el planteo keynesiano y el enfoque neoliberal está a la defensiva.

También en América latina la crisis mundial desacredita el canon ortodoxo y promueve el rechazo del “pensamiento céntrico”, que ahora llamamos “Consenso de Washington”. También, actualmente, la heterodoxia latinoamericana incluye la dimensión del desarrollo y no sólo, como en las economías avanzadas, el problema de la reactivación de la economía y la regulación financiera. La semejanza no se agota aquí. Incluye también el papel pionero de la Argentina en el cambio de rumbo de ambos períodos. Recién recordamos cuál fue su rol en los años treinta. En la actualidad, a partir de su descomunal crisis del 2001/02, la Argentina se anticipó a los acontecimientos que tuvieron posteriormente lugar en la economía mundial y en América latina. En efecto, la Argentina salió de su crisis rechazando el canon ortodoxo y reasumiendo el comando de su política económica sin pedirle nada a nadie, ni dinero ni consejos. Es decir, demostró que no son recursos los que escasean sino la buena calidad de las políticas públicas.

Mientras que, después de 1945, el mensaje heterodoxo se difundió en América latina desde un lugar preciso, Santiago de Chile, sede de la CEPAL, en la actualidad, la renovación teórica esta surgiendo simultáneamente desde diversos centros de reflexión y análisis de nuestros países. Uno de ellos, en la Argentina, es, por ejemplo, el Grupo Fénix de la Universidad de Buenos Aires. En esta onda renovadora del pensamiento económico latinoamericano figura la propuesta del “nuevo desarrollismo”, cuyo principal inspirador es el economista y ex ministro de Hacienda del Brasil, Luiz Carlos Bresser Pereira.

Esta iniciativa convocó a un amplio grupo de economistas, de varias partes del mundo, que comparten un “enfoque keynesiano y una aproximación estructuralista a la macroeconomía del desarrollo”, para reflexionar sobre la “governanza financiera y el nuevo desarrollismo”. En el escenario abierto por la crisis mundial, la iniciativa se propone debatir la nueva estrategia para promover el desarrollo con estabilidad, que reemplace al fracasado Consenso de Washington. La iniciativa ha elaborado “diez tesis sobre el nuevo desarrollismo”, con particular referencia a los países de desarrollo intermedio, como lo es la mayor parte de los que componen la América latina.

El nuevo desarrollismo se funda en la tradición del estructuralismo latinoamericano y la actualiza tomando en cuenta los cambios producidos en el orden internacional. Las “tesis” insisten en el desarrollo como un proceso de transformación estructural a través de la acumulación de capital y el cambio técnico, el pleno empleo, el aumento del valor agregado y el incremento de la productividad. Las “tesis” se refieren a economías de mercado, en cuyo desarrollo, el Estado cumple un rol estratégico, incluyendo la canalización de los recursos internos hacia las actividades que generan mayor valor agregado.

Como el desarrollo no es un resultado espontáneo de las fuerzas del mercado ni puede ser conducido desde afuera, para responder con eficacia a los desafíos y oportunidades de la globalización, es indispensable una estrategia nacional de desarrollo.

Las “tesis” destacan las consecuencias negativas de la concentración del ingreso debida, entre otros factores, al crecimiento de los salarios por debajo de la productividad. Se ocupan, también, de la tendencia secular a la sobrevaluación cambiaria y sus consecuencias sobre la competitividad y los equilibrios macroeconómicos, es decir, de la “enfermedad holandesa” en su versión latinoamericana.

El financiamiento del desarrollo “esencialmente con ahorro interno” es parte fundamental de la estrategia de desarrollo. La dependencia del financiamiento externo genera fragilidad macroeconómica y subordina la política económica a los criterios de los mercados. Por las mismas razones, es preciso mantener una relación prudente entre la deuda pública y el PBI, en el marco de la estabilidad financiera y de precios.

En resumen, las diez “tesis” del nuevo desarrollismo ofrecen un paradigma alternativo al decálogo del Consenso de Washington, fundado en una perspectiva propia de los problemas del desarrollo y de la inserción de nuestros países en el orden mundial. Enriquecen los planteos originales de Prebisch, Furtado y otros maestros del estructuralismo latinoamericano y propone prioridades a la política económica.

Hasta ahora la revisión teórica impulsada por la crisis mundial ha tenido más influencia en las políticas concretas de nuestros países que en los Estados Unidos y la Unión Europea, en donde, después que los gobiernos multiplicaron sus déficits y los bancos centrales insuflaron montos descomunales de liquidez, para salvar a los especuladores, ha vuelto a prevalecer el ajuste para recuperar la confianza de los mercados y reiniciar el juego que desembocó en la crisis. Hasta ahora, los países desarrollados están corriendo atrás de los problemas, en vez de resolverlos.

En efecto, las nuevas normas regulatorias no alcanzan para limitar los excesos de un sistema financiero, cuya dimensión excede, con creces, las demandas de la economía real y cuya rentabilidad se funda esencialmente en la especulación. Será, en efecto, difícil ordenar el orden global mientras subsistan los desequilibrios actuales en los pagos externos de las mayores economías del mundo y el deficit de los Estados Unidos siga sustentando la expansión de la liquidez de los mercados financieros.

Mientras tanto, como propone el nuevo desarrollismo, tenemos que ocuparnos de nuestros problemas. Es un buen consejo, porque, desde América latina, no podemos cambiar el mundo, pero contamos con la capacidad necesaria para decidir cómo estamos en ese mundo.

* Director editorial de Buenos Aires Económico