Archive for the ‘Desarrollismo y politicas keynesianas’ Category

El mito del viento de cola

Viernes, septiembre 9th, 2011

Por Sebastián Premici

Un análisis que toma en cuenta factores internos y exógenos del crecimiento del PIB entre 2003 y 2010 demuestra que un 58 por ciento de esa suba no se explica por el “viento de cola”. Chile y Perú crecieron menos, pese a que el cobre aumentó más

El crecimiento económico de los últimos ocho años (2003-2010) no se explica, exclusivamente, por el llamado viento de cola. La idea de que al país le va bien sólo por los precios internacionales de las materias primas agropecuarias y el crecimiento exponencial de China, y en menor medida Brasil, no es tal. Esa es la conclusión del economista Eugenio Díaz Bonilla, esbozada en un trabajo que se titula “Del infierno al purgatorio: ¿y después qué?”. La tesis principal de este paper es que otras economías vinculadas con los commodities, como Chile y Perú con el cobre, crecieron menos que la Argentina, cuando ese metal aumentó mucho más que la soja. “Esto se explica por cuatro motivos, uno político y tres económicos: la recuperación del manejo político sobre la economía, los buenos resultados macroeconómicos, el apoyo a la demanda y un mejor clima de inversiones”, explicó el economista a Página/12.

Díaz Bonilla es el representante argentino ante el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Sin embargo, el texto adelantado a este diario –que forma parte de un posible libro donde se pretende explicar el desarrollo económico del país– fue escrito a título personal. Para analizar los datos de crecimiento y profundizar sobre las cuestiones internas y exógenas del actual modelo, el economista utilizó información oficial del Banco Mundial, y para el caso de la Argentina aplicó también datos de consultoras privadas, a partir de 2008.

“El crecimiento promedio del PBI en el período 2003-2010 fue de 7,1 por ciento. Luego de realizar los cálculos econométricos, en base a variables de política económica interna y datos exógenos, surge que hubo en el período un crecimiento del 4,1 por ciento que no se explica por las variables externas. Eso indicaría que un 58 por ciento de la tasa de crecimiento no está explicado por el viento de cola”, explicó Díaz Bonilla.

En América latina son varios los países que tienen una fuerte participación de los commodities en su economía. Por ejemplo, en Chile y Perú existe una incidencia central del cobre, cuyo valor aumentó más que la soja en los últimos años. En este sentido, el PBI per cápita de Chile creció, en el período 2003-2009, un 2,76 por ciento, y el de Perú, un 4,86 por ciento, mientras que el incremento de la Argentina fue de 6,38 por ciento (según datos oficiales) o un 5,52 por ciento con variables de consultoras privadas.

El texto del economista argentino explica que además de las razones políticas, es decir la estabilidad institucional después del estallido de la convertibilidad, resultó clave “la política de expansión y democratización del mercado interno” y una mejora de las condiciones para la inversión privada, a pesar de que algunos sectores políticos insisten con que “en Argentina no hay condiciones para invertir”.

Escribió Bonilla: “Ha habido una importante recuperación de la inversión global desde la crisis de principios de 2000. Además, se ha distribuido de manera más uniforme entre sectores, regiones, tamaños y tipo de empresas, propiciando un crecimiento más balanceado con mayor inclusión social y mejor distribución de empleo, ingresos y oportunidades”.

El análisis del período 2003-2010 está inscrito en los resultados de otras series históricas. Si la etapa 1940-1975 (marcada por la sustitución de importaciones y un buen clima externo, sobre todo entre el ’60 y ’75) no se hubiera interrumpido por la dictadura militar, la crisis de la deuda externa en los ’80 y luego la convertibilidad, “Argentina habría alcanzado un PBI per cápita superior en un 20 por ciento al actual”, sostiene el representante ante el BID.

Después de ocho años, todo modelo necesita algunos ajustes. Las propuestas que intentan esbozarse en el texto apuntan a corregir ciertos aspectos de las variables que resultaron favorables en el período analizado: que la inversión pública privada llegue al 26 por ciento del PBI, sostener la fortaleza fiscal y mejorar el impacto social del gasto público. Todo de cara al Bicentenario de la Independencia (2016), “para que el país recupere el sendero abierto en el período 1940-1975”.
Pagina 12 8/9/2011

El nuevo desarrollismo

Jueves, noviembre 4th, 2010

04-11-2010
Aldo Ferrer
En la décadade1930, la crisis mundial desacreditó la ortodoxia neoclásica y dio lugar al surgimiento del paradigma keynesiano. También en América latina, los años treinta revelaron la impotencia del canon ortodoxo para resolver los problemas que la crisis planteaba a cada uno de nuestros países.

En el extremo Sur del subcontinente, la Argentina comenzó a elaborarse entonces una visión crítica de la ortodoxia. La revisión keynesiana en los mismos países centrales influyó en el planteo crítico formulado desde la periferia. Pero éste incorporó otra dimensión que estaba ausente en la formulación de Keynes. La dimensión del desarrollo económico. En nuestro caso, no se trataba sólo, como sucedía en las economías avanzadas, de reactivar la economía y el empleo. Estaba planteado, al mismo tiempo, el desafío de erradicar el subdesarrollo y la relación periférica y subordinada dentro del orden mundial. En la posguerra, desde la CEPAL, las ideas inicialmente planteadas por Prebisch en la Argentina se difundieron en América latina y el resto del mundo en desarrollo.

En la actualidad ocurren hechos que guardan semejanzas con la de aquellos años. En efecto, la crisis financiera mundial desautorizó la versión contemporánea de la ortodoxia, el neoliberalismo. Fue precisa la intervención masiva de los gobiernos de las mayores economías para rescatar al sistema de la debacle producida por la globalización financiera y la especulación. Como en aquel entonces, la crisis actual desautorizó la fundamentación teórica de la ortodoxia. Consecuentemente, entre los economistas de los mismos centros desarrollados, ha vuelto a resurgir el planteo keynesiano y el enfoque neoliberal está a la defensiva.

También en América latina la crisis mundial desacredita el canon ortodoxo y promueve el rechazo del “pensamiento céntrico”, que ahora llamamos “Consenso de Washington”. También, actualmente, la heterodoxia latinoamericana incluye la dimensión del desarrollo y no sólo, como en las economías avanzadas, el problema de la reactivación de la economía y la regulación financiera. La semejanza no se agota aquí. Incluye también el papel pionero de la Argentina en el cambio de rumbo de ambos períodos. Recién recordamos cuál fue su rol en los años treinta. En la actualidad, a partir de su descomunal crisis del 2001/02, la Argentina se anticipó a los acontecimientos que tuvieron posteriormente lugar en la economía mundial y en América latina. En efecto, la Argentina salió de su crisis rechazando el canon ortodoxo y reasumiendo el comando de su política económica sin pedirle nada a nadie, ni dinero ni consejos. Es decir, demostró que no son recursos los que escasean sino la buena calidad de las políticas públicas.

Mientras que, después de 1945, el mensaje heterodoxo se difundió en América latina desde un lugar preciso, Santiago de Chile, sede de la CEPAL, en la actualidad, la renovación teórica esta surgiendo simultáneamente desde diversos centros de reflexión y análisis de nuestros países. Uno de ellos, en la Argentina, es, por ejemplo, el Grupo Fénix de la Universidad de Buenos Aires. En esta onda renovadora del pensamiento económico latinoamericano figura la propuesta del “nuevo desarrollismo”, cuyo principal inspirador es el economista y ex ministro de Hacienda del Brasil, Luiz Carlos Bresser Pereira.

Esta iniciativa convocó a un amplio grupo de economistas, de varias partes del mundo, que comparten un “enfoque keynesiano y una aproximación estructuralista a la macroeconomía del desarrollo”, para reflexionar sobre la “governanza financiera y el nuevo desarrollismo”. En el escenario abierto por la crisis mundial, la iniciativa se propone debatir la nueva estrategia para promover el desarrollo con estabilidad, que reemplace al fracasado Consenso de Washington. La iniciativa ha elaborado “diez tesis sobre el nuevo desarrollismo”, con particular referencia a los países de desarrollo intermedio, como lo es la mayor parte de los que componen la América latina.

El nuevo desarrollismo se funda en la tradición del estructuralismo latinoamericano y la actualiza tomando en cuenta los cambios producidos en el orden internacional. Las “tesis” insisten en el desarrollo como un proceso de transformación estructural a través de la acumulación de capital y el cambio técnico, el pleno empleo, el aumento del valor agregado y el incremento de la productividad. Las “tesis” se refieren a economías de mercado, en cuyo desarrollo, el Estado cumple un rol estratégico, incluyendo la canalización de los recursos internos hacia las actividades que generan mayor valor agregado.

Como el desarrollo no es un resultado espontáneo de las fuerzas del mercado ni puede ser conducido desde afuera, para responder con eficacia a los desafíos y oportunidades de la globalización, es indispensable una estrategia nacional de desarrollo.

Las “tesis” destacan las consecuencias negativas de la concentración del ingreso debida, entre otros factores, al crecimiento de los salarios por debajo de la productividad. Se ocupan, también, de la tendencia secular a la sobrevaluación cambiaria y sus consecuencias sobre la competitividad y los equilibrios macroeconómicos, es decir, de la “enfermedad holandesa” en su versión latinoamericana.

El financiamiento del desarrollo “esencialmente con ahorro interno” es parte fundamental de la estrategia de desarrollo. La dependencia del financiamiento externo genera fragilidad macroeconómica y subordina la política económica a los criterios de los mercados. Por las mismas razones, es preciso mantener una relación prudente entre la deuda pública y el PBI, en el marco de la estabilidad financiera y de precios.

En resumen, las diez “tesis” del nuevo desarrollismo ofrecen un paradigma alternativo al decálogo del Consenso de Washington, fundado en una perspectiva propia de los problemas del desarrollo y de la inserción de nuestros países en el orden mundial. Enriquecen los planteos originales de Prebisch, Furtado y otros maestros del estructuralismo latinoamericano y propone prioridades a la política económica.

Hasta ahora la revisión teórica impulsada por la crisis mundial ha tenido más influencia en las políticas concretas de nuestros países que en los Estados Unidos y la Unión Europea, en donde, después que los gobiernos multiplicaron sus déficits y los bancos centrales insuflaron montos descomunales de liquidez, para salvar a los especuladores, ha vuelto a prevalecer el ajuste para recuperar la confianza de los mercados y reiniciar el juego que desembocó en la crisis. Hasta ahora, los países desarrollados están corriendo atrás de los problemas, en vez de resolverlos.

En efecto, las nuevas normas regulatorias no alcanzan para limitar los excesos de un sistema financiero, cuya dimensión excede, con creces, las demandas de la economía real y cuya rentabilidad se funda esencialmente en la especulación. Será, en efecto, difícil ordenar el orden global mientras subsistan los desequilibrios actuales en los pagos externos de las mayores economías del mundo y el deficit de los Estados Unidos siga sustentando la expansión de la liquidez de los mercados financieros.

Mientras tanto, como propone el nuevo desarrollismo, tenemos que ocuparnos de nuestros problemas. Es un buen consejo, porque, desde América latina, no podemos cambiar el mundo, pero contamos con la capacidad necesaria para decidir cómo estamos en ese mundo.

* Director editorial de Buenos Aires Económico

Romper con el mercantilismo nacional

Viernes, septiembre 17th, 2010

17-09-2010 /

Juan Santiago Fraschina
La escuela mercantilista tuvo su período de auge en Europa entre los siglos XV y XVIII en plena expansión del comercio exterior y de los comerciantes. La idea central de los mercantilistas era que la riqueza estaba constituida por los metales preciosos (oro, plata y bronce) y que, por lo tanto, el objetivo de todo país era acumular la mayor cantidad de metales preciosos posibles.
En este sentido, la mejor manera de aumentar el acervo de metales preciosos (al ser la moneda universalmente aceptada en ese momento histórico) era a través del comercio exterior a partir de exportar la mayor cantidad de mercancía e importar lo menos posible. En efecto, exportar implicaba entrada de metales preciosos e importar constituía salida de oro, plata y bronce.
Por lo tanto, para esta escuela el concepto central era el de la balanza comercial (exportaciones menos importaciones). La balanza comercial puede tener dos resultados: a) que las exportaciones sean mayores a las importaciones, esto es, superávit comercial; b) que las ventas externas sean menores a las importaciones, es decir, déficit comercial.

La balanza comercial superavitaria se traduciría entonces en acumulación de metales preciosos y en un enriquecimiento nacional. En contraposición, el déficit comercial implicaría la salida y desacumulación de metales preciosos y el consiguiente empobrecimiento del país. De esta manera, según los mercantilistas, los países –en su afán de aumentar la riqueza nacional– debían tender a conseguir un superávit comercial que le permitiera incrementar la cantidad de oro, plata y bronce.
Para este objetivo el papel del Estado era fundamental. Efectivamente, el intervencionismo del Estado en la economía era imprescindible para los mercantilistas para lograr una balanza comercial positiva y permitir, de esta forma, la entrada de metales preciosos. En la concepción mercantilista, cuanto más fuerte era el Estado más rica era la nación.

Sin embargo, el único objetivo que debía tener la intervención estatal para esta escuela económica era el aumento permanente de las exportaciones y la reducción constante de las importaciones, para lo cual recomendaron un conjunto de políticas económicas que debía llevar a cabo el Estado nacional.

Por ejemplo, para los mercantilistas era fundamental el proteccionismo para evitar un crecimiento de las importaciones y de esta manera reducir la salida de metales preciosos y el empobrecimiento del país. Por lo tanto, el establecimiento de aranceles a las importaciones por parte del Estado nacional era una política central para esta escuela.

Por otro lado, también recomendaron una serie de políticas para incrementar lo máximo posible las ventas externas. La creación de monopolios comerciales (una sola empresa por cada región con la cual se comercie) para evitar la competencia interna y de esta manera establecer el precio lo más alto posible para lograr la mayor entrada de metales preciosos.

Esta escuela económica se oponía a la competencia entre las empresas comerciales del mismo país debido a que generaba la reducción de los precios beneficiándose exclusivamente los países compradores que podían adquirir las mercancías a un precio reducido, pero perjudicándose el país vendedor porque eso se traducía en la entrada de una cantidad menor de metales preciosos.

Por lo tanto, para evitarlo, los mercantilistas recomendaron la consolidación por parte del Estado nacional de los monopolios comerciales pudiendo establecer los precios lo más elevados posible. Si bien se perjudicaba el país comprador, al tener que pagar un precio más alto por los productos, se terminaba beneficiando el país vendedor al recibir, debido al aumento del precio de los productos, una mayor cantidad de oro, plata y bronce y de esta forma la mayor acumulación de riqueza.
Pero si bien de esta manera se eliminaba la competencia interna, podría suceder que se compita con otra empresa comercial de otro país. De nuevo, esto generaría una competencia que se traduciría en una reducción de los precios. Ante esta situación los mercantilistas propugnaban por lo que se denomina como dumping, es decir, reducir los precios por debajo de los costos. Dicho de otra manera, según esta escuela económica, ante la competencia externa los monopolios comerciales debían funcionar a pérdida para destruir a la otra empresa comercial y volver a transformarse en la única empresa que vende a ese mercado.

Ante el dumping, el Estado debía ser el encargado de financiar a las empresas comerciales para cubrir la pérdida generada. Incluso, si la otra empresa comercial también hacía dumping ganaría aquella que tuviera detrás suyo al Estado más fuerte y poderoso que le permitiera financiarla por un tiempo más prolongado. Esto demuestra el objetivo central de la intervención del Estado en la economía para los mercantilistas: ganar la mayor cantidad de mercados externos posibles.
También recomendaron el incremento de las reexportaciones, esto es, comprar barato un producto en un país para luego venderlo más caro en otro. En este sentido, si bien la reexportación se traducía en una salida de metales preciosos para la compra de productos en otro país, al final del circuito comercial terminaban entrando más metales preciosos de los que salieron. Por lo tanto, las reexportaciones también implicaban un aumento de la acumulación de riqueza. Nuevamente, para llevar a cabo esta política económica era central el papel del Estado en la construcción de la flota naval necesaria para la reexportación.

Por último, otra de las políticas recomendadas por los mercantilistas era el aumento constante del saldo exportable, es decir, de las mercancías disponibles para las exportaciones. El saldo exportable es la diferencia entre la producción y el consumo interno. Por lo tanto, existen dos formas para incrementarlo: aumentando la producción y reduciendo el consumo interno.
En el corto plazo, donde es difícil conseguir un crecimiento de la producción, el aumento del saldo exportable se debe fundamentalmente a la reducción del consumo interno.

De esta manera, el aumento del mercado interno es contraproducente según los mercantilistas debido a que disminuye la cantidad de mercancías disponibles para las exportaciones. Incluso, recomendaban la reducción del consumo interno que permitiera aumentar la disponibilidad de productos destinados a las ventas externas y de esta forma conseguir la entrada de la mayor cantidad posible de metales preciosos.

En resumen, para la concepción y lógica mercantilista las economías deben estructurarse alrededor del mercado externo, siendo el crecimiento del consumo y del mercado interno contraproducente para el aumento de la riqueza nacional. Es cierto que existen algunos postulados del mercantilismo que fueron avanzados incluso para la actualidad. Por ejemplo, para esta escuela económica únicamente se debían importar materias primas que luego fueran manufacturadas internamente y que sean exportadas pero con un mayor valor agregado, lo cual implicaría una mayor entrada de metales preciosos de los que salieron con la importación de los insumos.

En la Argentina se consolidó, a lo largo de la historia, un mercantilismo miope que sólo rescata la peor parte de su teoría. En efecto, los dueños de la tierra y los productores de alimentos en la Argentina rescatan únicamente la idea de estructura la economía nacional en torno del mercado externo, pero además propugnan por la exportación de la mayor cantidad de mercancías posibles sin valor agregado.

En la actualidad, las entidades agrarias pretenden que la economía argentina centre su crecimiento económico sobre la base de exportaciones de productos primarios y básicamente de soja. Para este sector económico, aprovechar el contexto internacional de altos precios de los alimentos significa incrementar en forma permanente el saldo exportable como pretendían los mercantilistas. En este sentido, para las patronales agrarias el crecimiento del consumo de los argentinos de alimentos no es funcional a su lógica económica de exportar productos sin valor agregado.

Es por eso que se oponen rotundamente al nuevo modelo de desarrollo instaurado en el 2003, que implicó un aumento significativo del consumo interno a partir de la reducción de la desocupación como resultado del proceso de reindustrialización de la economía argentina, el aumento constante de las jubilaciones, el incremento de las remuneraciones de los trabajadores como resultado del retorno de las convenciones colectivas de trabajo, la suba de la inversión pública, los planes sociales como la cooperativas de trabajo y la asignación familiar por hijo, entre otras medidas. Este crecimiento del mercado interno se traduce en la necesidad de que los productores de alimentos deban destinar una gran parte de su producción al mercado interno, y reducir de esta manera su saldo exportable y su rentabilidad extraordinaria.

Entonces, según las entidades agrarias, aprovechar el contexto internacional es “venderle al mundo lo que el mundo necesita: alimentos”; lo cual significa aumentar el saldo exportable de alimentos a costa del consumo de los argentinos. Esto es el mercantilismo nacional míope: estructurar la economía argentina sobre la base del mercado externo, pero además, y a diferencia de los mercantilistas, sin ningún valor agregado.

Del otro lado, el modelo económico actual propugna por el aumento permanente del mercado interno como motor del crecimiento y por el incremento de las exportaciones de bienes manufacturados con un fuerte componente de trabajo nacional y desarrollo tecnológico. Porque aprovechar el contexto internacional no es vender lo que los países desarrollados consumen, sino más bien producir y exportar lo que los países centrales producen y exportan.

* Economista del Grupo de Estudio de Economía Nacional y Popular (GEENaP).

Mercedes Marcó del Pont, una hereje de la ortodoxia

Viernes, mayo 14th, 2010

Siempre tuvo un pensamiento original y coherente, que le reconocen hasta sus adversarios teóricos. La actual presidente del Banco Central, puesto al que llegó en medio de una intensa polémica por el uso de las reservas, sostenía en julio de 2002 (hace 8 años) que para salir de la crisis de entonces era preciso un retorno al keynesianismo y estimaba que la Argentina podía recuperarse por ciertas vías, que no serían necesariamente las más “virtuosas”.

Esto decía el texto de aquel entonces.

La economista de la Fundación de Investigaciones para el Desarrollo (Fide) propone recetas inadmisibles para el establishment económico internacional.

“Hay una cuestión curiosa”, dice Mercedes Marcó del Pont. “Se salió de la convertibilidad porque no había más remedio. Pero se sigue manejando la economía con la misma lógica y perspectiva de ese régimen. Esa lógica indicaba que no había emisión sin ingreso de divisas del exterior que permita monetizar, algo contractivo frente a shocks externos. Se supone que se plantea la salida de la convertibilidad para dar liquidez a las reservas argentinas. Pero se advierte que el Gobierno sigue teniendo la misma mirada que antes. Roberto Lavagna dijo: ‘Cuando acordemos con el FMI y la Argentina comience a tener alguna línea de créditos de los organismos internacionales se podrá plantear la prefinanciación de exportaciones’, demostrando que ve a la economía con la misma lógica que rigió en la convertibilidad.”

Éste es uno de los puntos de partida desde los que la economista de la Fide abre un debate y marca límites con el llamado pensamiento único. Habla de la ortodoxia económica, de la demanda de dólares en un contexto de desconfianza, que en las últimas semanas alcanzó al ámbito regional, y de la emisión monetaria, un tema que muchos consideraran una “herejía”.

“Es imposible salir de la actual depresión económica hacia un esquema superador si no se avanza en determinadas políticas, que a los ojos del pensamiento ortodoxo neoliberal son herejías. Puede haber mayor déficit fiscal y emitir para financiar ese déficit, por lo menos en el corto plazo. Hablo de políticas activas en materia de financiamiento, generando fideicomisos para el capital de trabajo para las empresas.”

También se formula el interrogante que se teje en derredor del destino que puedan tener esos fondos generados por esas políticas activas por parte del Estado. “No se puede descontar que en algún punto haya alguna filtración para que ese dinero vaya a la compra de dólares. Pero no creo que, si el sector público genera mayor déficit por duplicar o triplicar los subsidios de $ 150 que se le entregan a mucha gente, que hoy no alcanzan para comer dignamente, ese dinero se use para comprar divisas”.

Por el contrario, la economista afirma que se utilizarán para recrear un mercado interno. “Hoy las expectativas que la gente tiene son las de un país totalmente paralizado, que caerá más, con más ajuste y sin señales de que se dé prioridad a la recuperación del salario, del mercado interno o de la producción. Debe haber simultaneidad en las medidas de un plan, en su orientación general. Este proceso incluye a la resolución del corralito financiero, a la creación de nuevas opciones de ahorro, y al financiamiento de fondos para capital de trabajo para que las empresas capitalicen las mejores condiciones competitivas que se le presentan, además del planteo de una política distributiva de ingresos más ambiciosa que la que propone el Gobierno, que lo único que tiene claramente es una intención política”.

Marcó del Pont vuelve sobre las “herejías” y afirma que al programa que menciona “habrá que financiarlo con emisión. Esto mejora muchas cosas, como la situación de las Pymes nacionales y la recaudación, lo que significa entrar en un círculo distinto al tenemos”, asegura.

Lord Keynes y la emisión

Entonces, habla de que ese financiamiento de fondos de capital podría realizarse por medio de “un fideicomiso, a través del Banco Nación o de la banca nacional pública o privada, para que las empresas descuenten un flujo futuro de fondos. Esto se convierte en compra de insumos y salarios. Son políticas activas. A diferencia de lo que plantea el Gobierno, no creo que esto traiga aparejado un escape al dólar, si se pone realmente para dinamizar la actividad productiva. Lo que genera el escape al dólar es la política de emisión irrestricta por parte del Banco Central para cubrir la situación de los bancos que no pueden devolver los depósitos. Por eso, es fundamental que todo el programa esté articulado”.

La postura de un Estado que emite a través de su autoridad monetaria, con políticas proactivas para apoyar la reactivación, traen a colación el plan de intervención en la economía que salvó a Estados Unidos luego del crac del ’29: cavar pozos para volver a taparlos. El keynesianismo. La pregunta surge, casi obvia: ¿hay lugar para el keynesianismo en la Argentina de hoy?.

“Siempre hay lugar si existe una estrategia no alocada ni populista, que se asiente en condiciones objetivas”. Marcó del Pont afirma que estas condiciones son “el superávit en cuenta corriente y capacidad productiva, que hoy funciona a 50%. Se dice que el problema fundamental de la Argentina es la insuficiencia de demanda. Con el tipo de cambio, lo que se hizo en teoría fue recomponer la competitividad para la producción nacional.”

La economista también remarca que la producción nacional en lo que hace al mercado interno para sustituir importaciones está condicionada por la falta de capital de trabajo y un mercado que declina. Pero aclara que, si se genera un shock redistributivo para crear, por ejemplo, una mejora en los ingresos de población, se aumenta la demanda frente a una oferta del aparato productivo que no trabaja a 100%, como sucedía en la década del ’80. “Hay capacidad ociosa”, puntualiza, subrayando que ese aparato productivo tiene espacio para absorber esa demanda sin generar un aumento de precios.

“Hay que emitir dinero”, dice sin dudar, para luego referirse a los condicionamientos que puede formular el FMI con respecto a esta decisión. “El acuerdo con el FMI tiene que venir después del proceso que mencioné. Hay que armar un programa económico para salir de la depresión. No se ha inventado nada en la Argentina ni en ningún país, aun en Estados Unidos después de los atentados del 11 de septiembre, para salir de una depresión que no sea emitiendo dinero, con mayor gasto fiscal, baja de tasa de interés y aumento de los créditos. Así salieron los países en crisis”. Por eso, la analista de Fide cree que “la Argentina está en una situación que no es coyuntural sino estructural. Necesita inevitablemente salir a través de políticas activas keynesianas. Una vez que se plantee un proyecto que sea consistente en el manejo del mercado de cambios, el manejo monetario o la política fiscal, cuando se vuelva a poner a la Argentina en un sendero de crecimiento, donde los equilibrios macroeconómicos se den en función de la expansión en la base productiva, se podrá negociar con el FMI.”

Ejemplo malayo y final abierto

Vuelve a la emisión y señala sus discrepancias con respecto al enfoque del Fondo y sus advertencias con respecto a la inflación que provocaría. Es en ese momento cuando marca una paradoja: “La entidad, que no quiere emisión monetaria para no generar inflación, está convalidando un tipo de cambio que ya nos está llevando a una inflación, que llegó a 30% en los primeros cinco meses del año, con una base de 60% anual. Es una inflación absolutamente perversa porque es fruto del aumento de costos como consecuencia de la disparada del dólar, y en un contexto de retracción permanente de la actividad productiva”.

“Todos los países desarrollados del mundo emiten sin contrapartida. Tienen una política inteligente de emisión focalizada, que no tiende al reparto, sino a financiar la recuperación productiva. Estoy convencida de que, en el corto plazo, el sector público será deficitario, pero eso se podrá modificar a partir del aumento genuino en la recaudación tributaria”, completa.

Desde un arco del pensamiento económico se afirma que estas políticas proactivas no cuentan con la venia del FMI, y que su aplicación pone a un país en situación de ruptura. Marcó del Pont recuerda un caso exitoso de reactivación, que no contó precisamente con un apoyo entusiasta del organismo. “Siempre hago referencia al caso de Malasia. En 1998, en una situación de fuerte caída económica, y advirtiendo que las políticas que le pedía el FMI a cambio de ayuda profundizarían la tendencia, decide no recurrir a la entidad, planteando una estrategia alternativa expansiva. Un control de cambios, anclando el nivel de su moneda, ya que al controlarla tiene una política monetaria expansiva y sigue un camino distinto”.

El resultado fue elocuente. “Resultó notable ver cómo, después de haber sido duramente criticada por el FMI, el pensamiento ultraliberal y establishment económico, Malasia obtuvo resultados mucho más rápidos y mejores en términos de menor caída de salario y empleo”.

Marcó del Pont observa con perspectiva un escenario que antes definió como de “crisis estructural y no coyuntural”. Así y todo, en este estado de crisis estructural, la analista se aproxima a la viabilidad de la Argentina, una viabilidad que el FMI puso en duda en el último año a través de todo tipo de señales. “La Argentina está en crisis y de las crisis se sale. Eso no significa que la salida sea virtuosa. El país salió de la crisis del Tequila en 1994. Ahora, se encuentra en una crisis a partir de la cual se puede llegar a una situación de concentración económica, de cristalización de determinadas situaciones estructurales, como la caída de los salarios, que haga que a partir de esta situación reducida haya determinados nichos donde sea rentable producir, como la exportación de alimentos e hidrocarburos”. Y agrega: “Pero eso significa cristalizar un nivel de desocupación en torno a 25%, un nivel de pobreza de 50% de la población, un achicamiento del mercado interno y la inviabilidad de economías regionales. No descarto que en el mejor de los escenarios, aun sin dolarización, se llegue a un acuerdo con el FMI y se estabilice el dólar en torno a $ 3,20 y, como dice Roberto Lavagna, el motorcito empiece a funcionar; pero ese motorcito, en las actuales circunstancias, significa, en el mejor de los casos, mantener estos problemas estructurales”.

¿Cuánto tiempo puede soportar una economía ese tipo de problemas estructurales? Mercedes Marcó del Pont hace una pausa y responde. “Socialmente es insostenible. Salvo que haya un golpe represivo muy fuerte, lo único que nos puede sacar de esto es la movilización popular. Pero no veo cuál es el canal que permita materializar esa movilización en algo superador”, termina.

Video de crecimiento y ecología.

Martes, abril 21st, 2009

 

http://www.youtube.com/watch?v=x5NVqDPYKjg&feature=PlayList&p=E3DCA52DC51727A7&index=2

http://www.youtube.com/watch?v=GUn-BoKILeo&feature=PlayList&p=E3DCA52DC51727A7&index=1

http://www.youtube.com/watch?v=47OV3U0Azjw&feature=PlayList&p=E3DCA52DC51727A7&index=3

 

Desarrollismo y moral popular

Viernes, febrero 27th, 2009

Por Horacio González *

 

Una palabra, desarrollismo, cierta vez se impuso. Quedó. Significaba o quería significar un fuerte cambio conceptual en la apreciación de los fenómenos políticos argentinos. Una mutación brusca del sujeto. No es que antes no hubiera una mística sobre las obras públicas, la energía, las fuerzas productivas y los cimientos materiales de la sociedad, como explicación de sus formas culturales y jurídicas. Pero fue con Frondizi que todos estos elementos quedaron consagrados en una suerte de doctrina, en un rango de sortilegio suscitado por la propia palabra: desarrollismo. Perón pudo haber sido un desarrollista. Pero todo su verbo partía de una suerte de conmoción moral, una promesa educacionista y fuertes imágenes, como la del rescate, la caída, el exilio o la conducción (esto es, las cuñas del caos en el orden). Había un lado de Frondizi contenido en Perón, pero casi nada de Perón en Frondizi. A su vez, un escrito tan extraño, a medio camino entre el manual de ingeniería y un sumario marxismo de leyes –Petróleo y política, firmado por Frondizi en 1954–, no podría nunca haberlo escrito Perón, poseedor de una mirada de cronista plutarquiano y sentencioso, amante de panoramas mentales orgánicos, leyendas laicas sobre la soledad del mando y adagios afirmados a veces con aire de chacota, a veces con tonos deliberadamente caricaturescos.

El desarrollismo, que interesó a hombres como Scalabrini Ortiz y Jauretche, venía a suplir las vetas que para Perón se expresaban en consignas sobre el hombre político clásico, con sus tan mentadas etapas, las “preparatorias”, las “ideológicas”, las “institucionales”, las de la “actualización doctrinaria”. Formaban parte de otra clase de desarrollo, el del ser colectivo integrado a guías estatales, productivas, no superiores a las asignaciones morales. El desencuentro entre el peronismo y el desarrollismo no fue aún muy estudiado, en lo que tiene de axiomático y trágico. Las dos corrientes tenían amplias semejanzas, que de entrada no podían ni debían cuajar en nada. Desde luego, Perón llegó a afirmar que, aun teniendo fuerzas militares superiores en el ’55, abandonaba el poder ante el peligro que corrían las destilerías de La Plata y Mar del Plata, amenazadas por los buques de la Marina. Luego, en Panamá escribió artículos donde defendía las inversiones petrolíferas de las compañías norteamericanas, las que en aquel mismo año habían sido criticadas por buena parte de su propio movimiento y por un amplio conjunto de fuerzas políticas. Estos argumentos de “destilería e infraestructura” les serían caros a Frondizi y ya los había empleado Haya de la Torre en Perú: sin capitales extranjeros no había horizonte técnico, maquinístico y financiero disponible para una escala mayor de producción nacional. Pero, como es sabido, el peronismo era otra cosa. Su lenguaje no era economicista sino de resarcimiento, júbilo y nostalgia activa. Eran las notas de un sujeto colectivo que emanaba de antiguos refraneros intransigentes, de la parábola de los días maravillosos, de los encuentros predestinados, pero también de los credos sociales modernos. Con todo ese conjunto retomaba programas de justicia redistributiva, amparados en un Estado con toques de nacionalismo social y de desagravio a los desheredados. Folletín popular y programática económica estatista iban de la mano. La política económica parecía ser una forma interna de la moral popular, de su apología y vindicta.

Hoy, ciertos discursos de la Presidenta cargan el espíritu del desarrollismo, quizá como una manera de proponer que pesaría menos la tan obvia perennidad del peronismo –en verdad, debe haber pocos estilos más perdurables en el mundo político latinoamericano– que el fracaso del desarrollismo. Es cierto que el desarrollismo fue una doctrina transnacional, con vagas reminiscencias kautskianas, producido en un momento histórico en que aún no se hablaban las novelescas jergas de la globalización, de la revolución en las comunicaciones, de la quimérica sociedad del conocimiento y del legendario riesgo país. Por lo que no dejaba de contener evocaciones de un industrialismo nacionalista, todo lo débil o mendaz que se quiera, pero que palpitaba en las primeras apelaciones de Frondizi a la “cuestión nacional popular”, muy pronto matizadas por sus églogas “occidentales y cristianas”, que poco le sirvieron para congraciarse con la maraña golpista que lo acechaba. Cuando Cristina Fernández traza el cuadro del actual conflicto de clases –en este caso efectuado a la manera moral de la vieja contraposición entre ricos y pobres–, suele mencionar los “piquetes de la abundancia” y, más recientemente, la paradoja de que los ricos piden pagar menos impuestos y están “preocupados por su renta”, mientras que los pobres están preocupados “por más cloacas y pavimento”. Se podrían señalar otras tantas intervenciones de la Presidenta en este mismo sentido, lo que me sugiere que retoma la veta desarrollista de la promoción de los sectores populares por la vía del consumo colectivo, el progreso en las condiciones de vida y el abandono de situaciones de penuria extrema en dirección a las lógicas del mercado interno y la urbanización ciudadana.

Al mismo tiempo, en la idea de que en las obras públicas reside un caso eminente de “distribución de la renta” –afirmación también presidencial– hay un eco básico del desarrollismo, que a veces pudo ser llamado “keynesianismo” pero corresponde, en verdad, a un tipo de promoción social por la vía del financiamiento estatal del empleo, en una obvia y clásica cadena multiplicadora que han tratado todas las doctrinas económicas. Ahora falta la ansiedad que en esta misma cuestión motivaba que el frondizismo pronunciase expresiones como “industria pesada”, área en la que siempre dirigía su sagitario hacia el capital extranjero. Hoy, el incierto panorama económico internacional y los aprestos de restauración conservadora que se perciben en la Argentina introducen premura e improvisación en el lenguaje en que se realiza la lucha política. Pero es posible identificar en el Gobierno una estela neodesarrollista, evidente en la creación del Ministerio de Ciencia, en los reiterados axiomas tecnoproductivistas o en el álgido diccionario oficial para encarar réplicas e ironías hacia los neoembutidos provenientes de derechas viscerales y remozadas.

Son diseños de una rápida lengua de combate, más allá de evidencias realizativas que no pueden negarse. Tienen urgencia, improvisación, señales de haber sido bocetadas en impromtus. No se le pueden dejar de hacer algunas observaciones y apostillas. El Gobierno se ha destacado en políticas de restitución espiritual colectiva, lo que no puede ser apenas una política del Estado –aunque desde luego éste actúe en posición de garante–, sino una interpretación del tejido último del ser de la historia, sin el cual y más allá del cual no hay vida en común. No es una proposición económica, sino que atiende a lo que las viejas filosofías llamaron “las fuerzas morales”, o, de otra manera, la eticidad como forma irreversible de la sociedad. En otros temas –energía, minería, tecnologías, etc.– su aspecto desarrollista lo lleva a definir el conflicto actual con trazos pragmáticos que muchas veces pueden calificarse como limitantes. Es justo que se reclamen cloacas y, junto a ello, todos entendemos que no yace ahí una definición del pueblo como sujeto social, sino apenas una de las dimensiones de dignidad que es preciso atender.

A mi juicio, sería necesario que se mencionen estas obras –ya que se señala la expectativa de mejora vital de los sectores rezagados de la población– no desde la matriz desarrollista de la satisfacción de necesidades fácticas, sino desde algo superador que también la contiene. Se trata de la tradición emancipatoria, de la autovalorización de la aptitud popular y su potestad histórica. La imposibilidad de separar emancipación de facticidad es lo que define el resurgimiento de una subjetividad capaz de realizaciones en común. El conflicto social que vivimos no es entre lo “abstracto” del reclamo de los ricos y lo “concreto” del reclamo de los pobres, sino por redefinir la autoconciencia popular y sus facultades autónomas, a las que es preciso dirigirse con la lengua de las generosas aventuras colectivas. Es un conflicto que debe ser historizado, hablado con el lenguaje de las grandes jornadas de cambio social. Pero las evidencias de este estilo no emergen fácilmente, lo que permite la hegemonía visible de una construcción elitista encubierta en la demanda social de nuevos públicos sociales surgidos de una magna operación derechizadora.

Nos referimos al ataque restauracionista en curso, que señala que hay una “dignidad republicana” contra el “sangüiche de milanesa” del clientelismo. O que existen “soluciones concretas” (Macri) y “que reina la inseguridad” (De Narváez) para contraponer a lo que se consideran las “máscaras de gobierno”, sean los derechos humanos, sea la “invención de un pasado”, etc. En el primer caso, los restauradores se hacen cargo del ítem moral (Carrió, Morales, Cobos, Juez), en el segundo caso del ítem de lo fáctico (Solá, Reutemann, Macri). Por un lado son espiritualistas, por otro lado son concretistas, teluristas, securitistas, empiristas, etc. Se complementan. Fusionan por derecha la materia y el espíritu. Son empresarios, estancieros, dueños de compañías televisivas y afortunados advenedizos que, en una rara paradoja de la historia, quieren englutir a un movimiento popular del que, como bien saben, sólo quedan emblemas maquinales y desactivación simbólica. Tienen ellos un lenguaje o dicen tenerlo. Son ellos los enmascarados y acusan a los demás de poseer las máscaras. Los hados de la restauración conservadora parecen favorecerlos. En verdad, para ellos, lo crasamente material es lo moral y viceversa.

Ahora bien, ¿cómo responder a estos borradores del reaccionarismo calificado, alentado por una notabilísima maraña que proviene de un mester de clerecía comunicacional, que extrae su jerga del set y de la sacristía, de la industria del escándalo y de la admonición a los “gobernantes descastados”? Parece llegado el momento de retomar las grandes consignas que poseyó la Argentina en sus fuerzas populares, y del modo político más alto. Ya no es posible referirse a la autonomía del pueblo argentino como apelación a una cantidad fija de simbolismos depositada en algún banco de insignias –eso no existe–, sino como la reconstrucción objetiva y subjetiva de un novedoso vitalismo movilizador. No está de más evocar la historia anterior a los años ’60, la del desarrollismo. Pero es preciso superar el cientificismo y el economicismo, que pueden demorar necesarios replanteos y dar lugar a críticas justas sobre el actual trato con diversas modalidades productivas. Es que habrá mejor ciencia y una economía más justa a través de la redefinición de lo que, para el hombre colectivo, significa saber que su mundo de necesidades es también histórico y que está ahora en peligro. El mundo de ese lenguaje, hasta ahora vacilante, debe ser con urgencia erguido. Es lenguaje de gesta, de entusiasmo y crítica. ¿Reconstruirlo no es también darle otros nombres?

* Sociólogo, profesor de la UBA, director de la Biblioteca Nacional.