Comisión de Economía Carta abierta Buenos Aires

21Abr/090

Video de crecimiento y ecología.

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http://www.youtube.com/watch?v=x5NVqDPYKjg&feature=PlayList&p=E3DCA52DC51727A7&index=2

http://www.youtube.com/watch?v=GUn-BoKILeo&feature=PlayList&p=E3DCA52DC51727A7&index=1

http://www.youtube.com/watch?v=47OV3U0Azjw&feature=PlayList&p=E3DCA52DC51727A7&index=3

 

27Feb/090

Desarrollismo y moral popular

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Por Horacio González *

 

Una palabra, desarrollismo, cierta vez se impuso. Quedó. Significaba o quería significar un fuerte cambio conceptual en la apreciación de los fenómenos políticos argentinos. Una mutación brusca del sujeto. No es que antes no hubiera una mística sobre las obras públicas, la energía, las fuerzas productivas y los cimientos materiales de la sociedad, como explicación de sus formas culturales y jurídicas. Pero fue con Frondizi que todos estos elementos quedaron consagrados en una suerte de doctrina, en un rango de sortilegio suscitado por la propia palabra: desarrollismo. Perón pudo haber sido un desarrollista. Pero todo su verbo partía de una suerte de conmoción moral, una promesa educacionista y fuertes imágenes, como la del rescate, la caída, el exilio o la conducción (esto es, las cuñas del caos en el orden). Había un lado de Frondizi contenido en Perón, pero casi nada de Perón en Frondizi. A su vez, un escrito tan extraño, a medio camino entre el manual de ingeniería y un sumario marxismo de leyes –Petróleo y política, firmado por Frondizi en 1954–, no podría nunca haberlo escrito Perón, poseedor de una mirada de cronista plutarquiano y sentencioso, amante de panoramas mentales orgánicos, leyendas laicas sobre la soledad del mando y adagios afirmados a veces con aire de chacota, a veces con tonos deliberadamente caricaturescos.

El desarrollismo, que interesó a hombres como Scalabrini Ortiz y Jauretche, venía a suplir las vetas que para Perón se expresaban en consignas sobre el hombre político clásico, con sus tan mentadas etapas, las “preparatorias”, las “ideológicas”, las “institucionales”, las de la “actualización doctrinaria”. Formaban parte de otra clase de desarrollo, el del ser colectivo integrado a guías estatales, productivas, no superiores a las asignaciones morales. El desencuentro entre el peronismo y el desarrollismo no fue aún muy estudiado, en lo que tiene de axiomático y trágico. Las dos corrientes tenían amplias semejanzas, que de entrada no podían ni debían cuajar en nada. Desde luego, Perón llegó a afirmar que, aun teniendo fuerzas militares superiores en el ’55, abandonaba el poder ante el peligro que corrían las destilerías de La Plata y Mar del Plata, amenazadas por los buques de la Marina. Luego, en Panamá escribió artículos donde defendía las inversiones petrolíferas de las compañías norteamericanas, las que en aquel mismo año habían sido criticadas por buena parte de su propio movimiento y por un amplio conjunto de fuerzas políticas. Estos argumentos de “destilería e infraestructura” les serían caros a Frondizi y ya los había empleado Haya de la Torre en Perú: sin capitales extranjeros no había horizonte técnico, maquinístico y financiero disponible para una escala mayor de producción nacional. Pero, como es sabido, el peronismo era otra cosa. Su lenguaje no era economicista sino de resarcimiento, júbilo y nostalgia activa. Eran las notas de un sujeto colectivo que emanaba de antiguos refraneros intransigentes, de la parábola de los días maravillosos, de los encuentros predestinados, pero también de los credos sociales modernos. Con todo ese conjunto retomaba programas de justicia redistributiva, amparados en un Estado con toques de nacionalismo social y de desagravio a los desheredados. Folletín popular y programática económica estatista iban de la mano. La política económica parecía ser una forma interna de la moral popular, de su apología y vindicta.

Hoy, ciertos discursos de la Presidenta cargan el espíritu del desarrollismo, quizá como una manera de proponer que pesaría menos la tan obvia perennidad del peronismo –en verdad, debe haber pocos estilos más perdurables en el mundo político latinoamericano– que el fracaso del desarrollismo. Es cierto que el desarrollismo fue una doctrina transnacional, con vagas reminiscencias kautskianas, producido en un momento histórico en que aún no se hablaban las novelescas jergas de la globalización, de la revolución en las comunicaciones, de la quimérica sociedad del conocimiento y del legendario riesgo país. Por lo que no dejaba de contener evocaciones de un industrialismo nacionalista, todo lo débil o mendaz que se quiera, pero que palpitaba en las primeras apelaciones de Frondizi a la “cuestión nacional popular”, muy pronto matizadas por sus églogas “occidentales y cristianas”, que poco le sirvieron para congraciarse con la maraña golpista que lo acechaba. Cuando Cristina Fernández traza el cuadro del actual conflicto de clases –en este caso efectuado a la manera moral de la vieja contraposición entre ricos y pobres–, suele mencionar los “piquetes de la abundancia” y, más recientemente, la paradoja de que los ricos piden pagar menos impuestos y están “preocupados por su renta”, mientras que los pobres están preocupados “por más cloacas y pavimento”. Se podrían señalar otras tantas intervenciones de la Presidenta en este mismo sentido, lo que me sugiere que retoma la veta desarrollista de la promoción de los sectores populares por la vía del consumo colectivo, el progreso en las condiciones de vida y el abandono de situaciones de penuria extrema en dirección a las lógicas del mercado interno y la urbanización ciudadana.

Al mismo tiempo, en la idea de que en las obras públicas reside un caso eminente de “distribución de la renta” –afirmación también presidencial– hay un eco básico del desarrollismo, que a veces pudo ser llamado “keynesianismo” pero corresponde, en verdad, a un tipo de promoción social por la vía del financiamiento estatal del empleo, en una obvia y clásica cadena multiplicadora que han tratado todas las doctrinas económicas. Ahora falta la ansiedad que en esta misma cuestión motivaba que el frondizismo pronunciase expresiones como “industria pesada”, área en la que siempre dirigía su sagitario hacia el capital extranjero. Hoy, el incierto panorama económico internacional y los aprestos de restauración conservadora que se perciben en la Argentina introducen premura e improvisación en el lenguaje en que se realiza la lucha política. Pero es posible identificar en el Gobierno una estela neodesarrollista, evidente en la creación del Ministerio de Ciencia, en los reiterados axiomas tecnoproductivistas o en el álgido diccionario oficial para encarar réplicas e ironías hacia los neoembutidos provenientes de derechas viscerales y remozadas.

Son diseños de una rápida lengua de combate, más allá de evidencias realizativas que no pueden negarse. Tienen urgencia, improvisación, señales de haber sido bocetadas en impromtus. No se le pueden dejar de hacer algunas observaciones y apostillas. El Gobierno se ha destacado en políticas de restitución espiritual colectiva, lo que no puede ser apenas una política del Estado –aunque desde luego éste actúe en posición de garante–, sino una interpretación del tejido último del ser de la historia, sin el cual y más allá del cual no hay vida en común. No es una proposición económica, sino que atiende a lo que las viejas filosofías llamaron “las fuerzas morales”, o, de otra manera, la eticidad como forma irreversible de la sociedad. En otros temas –energía, minería, tecnologías, etc.– su aspecto desarrollista lo lleva a definir el conflicto actual con trazos pragmáticos que muchas veces pueden calificarse como limitantes. Es justo que se reclamen cloacas y, junto a ello, todos entendemos que no yace ahí una definición del pueblo como sujeto social, sino apenas una de las dimensiones de dignidad que es preciso atender.

A mi juicio, sería necesario que se mencionen estas obras –ya que se señala la expectativa de mejora vital de los sectores rezagados de la población– no desde la matriz desarrollista de la satisfacción de necesidades fácticas, sino desde algo superador que también la contiene. Se trata de la tradición emancipatoria, de la autovalorización de la aptitud popular y su potestad histórica. La imposibilidad de separar emancipación de facticidad es lo que define el resurgimiento de una subjetividad capaz de realizaciones en común. El conflicto social que vivimos no es entre lo “abstracto” del reclamo de los ricos y lo “concreto” del reclamo de los pobres, sino por redefinir la autoconciencia popular y sus facultades autónomas, a las que es preciso dirigirse con la lengua de las generosas aventuras colectivas. Es un conflicto que debe ser historizado, hablado con el lenguaje de las grandes jornadas de cambio social. Pero las evidencias de este estilo no emergen fácilmente, lo que permite la hegemonía visible de una construcción elitista encubierta en la demanda social de nuevos públicos sociales surgidos de una magna operación derechizadora.

Nos referimos al ataque restauracionista en curso, que señala que hay una “dignidad republicana” contra el “sangüiche de milanesa” del clientelismo. O que existen “soluciones concretas” (Macri) y “que reina la inseguridad” (De Narváez) para contraponer a lo que se consideran las “máscaras de gobierno”, sean los derechos humanos, sea la “invención de un pasado”, etc. En el primer caso, los restauradores se hacen cargo del ítem moral (Carrió, Morales, Cobos, Juez), en el segundo caso del ítem de lo fáctico (Solá, Reutemann, Macri). Por un lado son espiritualistas, por otro lado son concretistas, teluristas, securitistas, empiristas, etc. Se complementan. Fusionan por derecha la materia y el espíritu. Son empresarios, estancieros, dueños de compañías televisivas y afortunados advenedizos que, en una rara paradoja de la historia, quieren englutir a un movimiento popular del que, como bien saben, sólo quedan emblemas maquinales y desactivación simbólica. Tienen ellos un lenguaje o dicen tenerlo. Son ellos los enmascarados y acusan a los demás de poseer las máscaras. Los hados de la restauración conservadora parecen favorecerlos. En verdad, para ellos, lo crasamente material es lo moral y viceversa.

Ahora bien, ¿cómo responder a estos borradores del reaccionarismo calificado, alentado por una notabilísima maraña que proviene de un mester de clerecía comunicacional, que extrae su jerga del set y de la sacristía, de la industria del escándalo y de la admonición a los “gobernantes descastados”? Parece llegado el momento de retomar las grandes consignas que poseyó la Argentina en sus fuerzas populares, y del modo político más alto. Ya no es posible referirse a la autonomía del pueblo argentino como apelación a una cantidad fija de simbolismos depositada en algún banco de insignias –eso no existe–, sino como la reconstrucción objetiva y subjetiva de un novedoso vitalismo movilizador. No está de más evocar la historia anterior a los años ’60, la del desarrollismo. Pero es preciso superar el cientificismo y el economicismo, que pueden demorar necesarios replanteos y dar lugar a críticas justas sobre el actual trato con diversas modalidades productivas. Es que habrá mejor ciencia y una economía más justa a través de la redefinición de lo que, para el hombre colectivo, significa saber que su mundo de necesidades es también histórico y que está ahora en peligro. El mundo de ese lenguaje, hasta ahora vacilante, debe ser con urgencia erguido. Es lenguaje de gesta, de entusiasmo y crítica. ¿Reconstruirlo no es también darle otros nombres?

* Sociólogo, profesor de la UBA, director de la Biblioteca Nacional.

 

19Feb/092

PLANTEADOS COMO PARA ANLIZARLOS

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Por Jaime Saiegh. Buenos Aires Económico.

 

Las políticas keynesianas en un país periférico y bimonetario 18-02-2009 / Es clave sostener un tipo de cambio competitivo en  términos reales.

 

Los economistas, como todos los seres humanos, aprendemos. En  particular frente a una gigantesca crisis económica. No estoy  hablando ni de la Argentina ni de la crisis actual, sino de la  crisis de 1930 en los EE.UU. y Europa. Mas allá del drama humano, la  crisis del 30 transformó el pensamiento económico moderno. En efecto, de manera similar a la actual, la crisis del 30 comenzó  en los EE.UU. y se propagó al resto del mundo. Se originó en un  derrumbe bursátil, con quiebras bancarias, y culminó en un largo período de alto desempleo y creciente pobreza, tanto en los EE.UU como en el resto del mundo. En ese entonces las recomendaciones de los manuales clásicos de teoría económica (predecesores de los hoy neoliberales) indicaban que el Estado debía abstenerse de intervenir y sólo debía limitarse a mantener el equilibrio presupuestario. La crisis la debía resolver el propio mercado.

Los mecanismos que permitirían tal recuperación eran por lo menos dos: 1) la gigantesca desocupación destruía los salarios y por ende reducía dramáticamente el costo laboral. En "algún momento" los salarios serían tan bajos que tornarían rentable recontratar a los empleados. Es en ese punto que la economía, sin la intervención del Estado y sólo por el mercado, comenzaría a recuperarse. 2) Del mismo modo que la depresión reducía salarios, tendía a reducir significativamente el precio de los activos. La crisis del 30 -como la actual- redujo dramáticamente los precios de las acciones, bonos, propiedades, etc. Nuevamente "en algún momento" los tenedores de dinero percibirían como negocio adquirir dichos activos a los nuevos y menores precios y, por ende, del mismo modo que en el mercado de trabajo, comenzaría la recuperación. Seguramente este proceso hubiese ocurrido de la manera descrita "en algún momento" y sin intervención alguna del Estado. El problema político -y por qué no humano- fue que ese "en algún momento" para llegar podría haber tardado décadas. Y, por cierto, eso fue lo que pasó. La economía americana salió definitivamente de la depresión recién en el curso de la Segunda Guerra mundial, es decir quince años después. En el medio, el New Deal intentó políticas de reactivación a través de la intervención del Estado, pero en 1937 los neoliberales americanos lograron que el gobierno americano vuelva al "equilibrio fiscal" y a la no intervención y, por ende, volvió la recesión. Finalmente, la economía americana salió de la depresión gracias al gigantesco incremento del gasto público que significó la Segunda Guerra mundial.

 

KEYNESIANISMO. Keynes fue el mejor expositor del aprendizaje, en términos de teoría económica, originado en la crisis del 30 y su posterior recuperación. Este, básicamente, señaló que en las condiciones de crisis descritas se requería la intervención estatal para salir de ella y lograr el pleno empleo. No se podía esperar a los tiempos y reglas del mercado. El economista británico sugirió: 1) en un contexto de alto nivel de desocupación y capacidad productiva ociosa lo que se requiere es que el Estado aumente el gasto público y el déficit fiscal. Es decir que gaste más de lo que recaude. A tal punto que recomendó al Estado contratar hombres para cavar pozos y a otros para taparlos. 2) Además sugirió reducir drásticamente la tasa de interés mediante la emisión de dinero. En otros términos, propuso emitir dinero con un doble propósito: financiar el déficit fiscal e inducir a la baja de la tasa de interés. 3) Tal emisión de dinero no debía generar presiones inflacionarias en tanto la producción se ubicase por debajo del pleno empleo.

Hoy por hoy quedan muy pocos economistas serios en los países centrales que cuestionan tales principios keynesianos. Es cierto que en los EE.UU. aún hoy está en debate la intervención estatal. Pero dicho debate no cuestiona de manera alguna que el Estado deba aumentar el déficit fiscal sino el cómo y el para quién. Es decir, unos -los republicanos-creen que el mayor déficit debería vincularse a una reducción del impuesto a la renta -similar a nuestro Impuesto a las Ganancias- y el presidente Obama cree que hay que aumentar el gasto -y, por ende, el déficit- para financiar obras públicas, seguro de salud y vales de comida para pobres. En otros términos, el debate no es en torno de la intervención estatal sino es, fundamentalmente, una discusión distributiva. La rebaja de los impuestos es para la clase media y los ricos y la propuesta de Obama beneficia más a los pobres.

os EE.UU. y Europa pueden plantearse tales políticas ya que cuentan con todo el crédito del mundo. El dinero y los bonos destinados a financiar el déficit son aceptados casi sin límite en y por todo el mundo. Incluso, el Banco Central americano ya inundó de dólares el mercado local para evitar la quiebra del sistema bancario y hasta prestó a otros países para que hagan lo mismo. La ventaja de los países centrales es que todo el mundo acepta su moneda y los títulos de la deuda emitida por sus Estados. Para que se entienda bien, el Estado americano emite bonos públicos a treinta años de plazo al 3,5% de interés anual, y encima tiene mucha demanda. Claramente, Keynes modeló el comportamiento de economías centrales, una de cuyas características es que tienen moneda propia y crédito casi sin límites. En particular en contextos de alto desempleo.

Pocos gobiernos como el argentino han reivindicado las políticas keynesianas y criticado las neoliberales. No obstante, paradójicamente, el Gobierno argentino, aun frente al impacto de la crisis en nuestro país, sostiene el superávit operativo fiscal y el Banco Central no emite moneda nacional para reducir las tasas de interés. Claramente un keynesiano "ortodoxo" diría que hay que hacer todo lo contrario, es decir, aumentar el gasto público, eliminar el superávit, emitir pesos y bajar las tasas de interés. Ahora bien, ¿las condiciones monetarias descritas por Keynes se dan en la Argentina? Francamente no. Tanto en los países centrales como en los periféricos lo que demanda la gente y las empresas es lo mismo: dólares. En tanto el Gobierno argentino sólo puede emitir pesos. Dicho en otros términos, la economía argentina no funciona como dicen los manuales de economía tradicional, incluso los de teoría keynesiana. Nuestra economía es bimonetaria, con predominio del dólar sobre el peso, y esto impone serias restricciones para aplicar los manuales correctos de teoría económica que hoy están aplicando casi todos los países centrales. La principal restricción es que el Estado argentino no puede emitir dólares.

En efecto, no sólo los economistas aprendemos de las crisis. La gente, y en particular los argentinos, también. Desde mediados de los 70 en adelante en nuestro país se implementaron experimentos económicos que terminaron con abruptas licuaciones del valor del peso producto de devaluaciones masivas. Sólo cabe recordar la tablita de Martínez de Hoz y la crisis de la deuda externa argentina del 82, el Plan Primavera y la renuncia anticipada de Alfonsín, y el colapso de la convertibilidad que originó la devaluación de 2002 y la cesación de pagos externa. Todos terminaron con devaluaciones que destruyeron la credibilidad del pueblo en su propia moneda y en el Estado que la emitió. En los hechos, gran parte de la población argentina piensa, ahorra y opera en dólares. La moneda nacional funciona tan sólo parcialmente como unidad de cuenta y medio de pago y sólo para transacciones comerciales de menor envergadura. Este rasgo casi estructural de la economía argentina le impide al Gobierno aplicar las políticas keynesianas de manual. Sencillamente, no puede emitir -más allá de cierto límite- moneda nacional.

Mientras que el Banco Central argentino sólo puede emitir, y con límites estrechos por cierto, la moneda subalterna, la principal fuente de emisión de "moneda" -léase principalmente dólares- está privatizada y en manos de los exportadores. Su origen es el resultado del comercio exterior, es decir el superávit entre exportaciones menos importaciones y pagos al exterior. Dicho excedente y fuente principal de dólares está en manos de los exportadores.

Como además el propio Gobierno necesita dólares para pagar parte de los servicios de la deuda que está nominada en dólares, para conseguirlos se los tiene que comprar a los exportadores mediante la entrega de pesos. Como la demanda local de pesos es limitada, gran parte de ellos deben lograrse de la recaudación impositiva.

En tanto, si el Banco Central emitiese más pesos que lo que demanda el público, éste automáticamente los convertiría en demanda de dólares presionando el tipo de cambio. En este contexto, la tasa de interés en pesos es poco relevante. En última instancia es una suerte de premio para inducir a los tenedores de pesos a no demandar dólares. Tal premio debe ser algo superior al porcentaje de devaluación del dólar, que la gente piensa que va a ocurrir.

Las políticas keynesianas más tradicionales se basan en que los gobiernos tienen capacidad de emitir bonos y dinero nacional casi sin límites y que el público los acepte. No es el caso de la mayor parte de los países periféricos y, obviamente, de la Argentina.

 

POSIBLES. Las políticas "keynesianas" posibles en una economía bimonetaria: no obstante las restricciones señaladas, hay posibilidad de implementar políticas de intervención estatal en la economía que denominamos heterodoxas. Las llamamos así porque se apartan de los manuales tradicionales y, a la vez, implican intervenciones del Estado en la economía. Claramente el Banco Central debe intervenir en el mercado de cambios para lograr un superávit externo que genere los dólares necesarios para el pago de una parte de los servicios de la deuda dolarizada, tanto pública como privada. Para ello debe sostener un tipo de cambio competitivo en términos reales y que tienda a ajustarse para compensar las eventuales caídas en los precios de exportación "vis a
vis" los precios de las importaciones.

Además es clave la determinación por parte del Estado de un sistema de tipos de cambio efectivos múltiples que se ajusten a la competitividad de cada uno de los sectores productivos. A mayor valor agregado, mayor tipo de cambio efectivo. Esta manera particular de definir el mercado de cambios, junto con un tipo de cambio competitivo, es lo que garantiza el mantenimiento del superávit externo y una adecuada defensa de la industria y el empleo locales.

El Gobierno no puede emitir dólares para reactivar la economía, pero sí podría emitir bonos en dólares y colocarlos en el exterior para lograr los dólares para financiar obra pública. Lo cierto es que esta opción está seriamente limitada por la crisis internacional. En este sentido, el Gobierno actual está pagando el desbarajuste originado por el colapso de la convertibilidad y la cesación de pagos. Lo que sí puede hacer es, a cuentagotas, postergar pagos al exterior y tomar créditos de organismos multilaterales de crédito no condicionados. Cada dólar que ahorre de esta manera permite que su equivalente en pesos se destine a obra pública y a generar empleo.

También a cuentagotas puede hacer política fiscal sin alterar el superávit. Puede reducir subsidios al consumo de gas y luz aumentando las tarifas a los sectores de mayores ingresos y destinando el ahorro a financiar obra pública.A partir de la estatización de las AFJP la ANSES se ha transformado en el mayor propietario de activos financieros. Actualmente están constituidos principalmente por bonos de las deudas pública, privada y acciones de grandes empresas. La prioridad de dicho organismo público debería ser destinar dichos fondos a financiar actividades que incrementen el empleo formal. Los ingresos futuros de dicha administración dependen del crecimiento del nivel de empleo. En tal sentido, debería -a medida que los mercados de acciones y deuda privada se vayan normalizando- reemplazar dichos activos por recursos destinados a financiar obra pública, consumo durable, viviendas; es decir, las necesidades de los aportantes al sistema y todo lo que genere ingresos futuros al sistema jubilatorio.

 

Jaime Saiegh

Titular de la Comisión de Desarrollo Productivo de Ipedes