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	<title>Comisión de Economía</title>
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	<description>Carta abierta Buenos Aires</description>
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		<title>La difícil convivencia del capitalismo y la democracia. Las finanzas asaltan el poder político</title>
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		<pubDate>Tue, 15 May 2012 14:35:40 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[ARTÍCULOS SOBRE CRISIS]]></category>

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		<description><![CDATA[18-03-2012 Wolfgang Streeck Le Monde Diplomatique Traducción de Gabriela Villalba La inflación, la deuda pública y la deuda privada fueron los tres mecanismos sucesivos con los que se fue paliando durante casi medio siglo el conflicto estructural entre capitalismo y democracia. Hoy, agotados esos recursos, la política pasó a ser dictada por los financistas sin [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>18-03-2012 Wolfgang Streeck<br />
Le Monde Diplomatique<br />
Traducción de Gabriela Villalba<br />
La inflación, la deuda pública y la deuda privada fueron los tres mecanismos sucesivos con los que se fue paliando durante casi medio siglo el conflicto estructural entre capitalismo y democracia. Hoy, agotados esos recursos, la política pasó a ser dictada por los financistas sin intermediarios.<br />
Día tras día, los acontecimientos que jalonan la actual crisis nos enseñan que hoy son “los mercados” quienes dictan su ley a los Estados. Aunque supuestamente democráticos y soberanos, se les prescriben los límites de lo que pueden hacer por sus ciudadanos y se les sugieren las concesiones que deben exigir de ellos. Para la población, algo es claro: los líderes políticos no sirven a los intereses de sus ciudadanos, sino a los de otros Estados u organizaciones internacionales –como el Fondo Monetario Internacional (FMI) o la Unión Europea–, resguardados en los rigores del juego democrático. Generalmente, esta situación se describe como la consecuencia de una falla en la estabilidad general: una crisis. ¿Pero realmente es así?<br />
También se puede leer la “Gran Recesión” (1) y el cuasi colapso de las finanzas públicas resultante como la manifestación de un desequilibrio fundamental de las sociedades capitalistas avanzadas, tironeadas entre las exigencias del mercado y las de la democracia. Una tensión que convierte a los disturbios y la inestabilidad más en una regla que en una excepción. Entonces sólo podría comprenderse la crisis actual a la luz de la transformación, intrínsecamente conflictiva, de lo que llamamos “capitalismo democrático”.<br />
Desde fines de 1960, se implementaron tres soluciones sucesivas para superar la contradicción entre democracia política y capitalismo de mercado. La primera fue la inflación, la segunda fue la deuda pública y la tercera, la deuda privada. Cada uno de estos intentos se corresponde con una configuración particular de las relaciones entre los poderes económicos, el mundo político y las fuerzas sociales. Pero estas soluciones entraron en crisis una tras otra, precipitando el paso al ciclo siguiente. Por tanto, la tormenta financiera de 2008 marcaría el final del tercer período y la probable llegada de un nuevo arreglo, cuya naturaleza sigue siendo incierta.<br />
La inflación<br />
El capitalismo democrático de la posguerra tuvo su primera crisis a partir de fines de los años sesenta, cuando la inflación comenzó a desbocarse en todo el mundo occidental. La desaceleración del crecimiento económico de pronto amenazaba la continuidad de un modo de pacificación de las relaciones sociales que había puesto fin a los conflictos de posguerra. Básicamente, la receta adoptada hasta el momento había sido la siguiente: la clase obrera aceptaba la economía de mercado y la propiedad privada a cambio de la democracia política, la cual garantizaba protección social y una mejora constante del nivel de vida. Más de dos décadas de crecimiento ininterrumpido contribuyeron a anclar la creencia de que el progreso socioeconómico era un derecho inherente a la ciudadanía democrática. Esta visión del mundo se traducía en reivindicaciones que los líderes se sentían obligados a cumplir: ampliación del Estado de Bienestar, derecho de los trabajadores a la libre negociación colectiva y pleno empleo. Todas estas medidas fueron sostenidas por gobiernos que utilizaban abundantemente las herramientas económicas keynesianas.<br />
Pero cuando, a comienzos de los años setenta, el crecimiento comenzó a declinar, esta solución comenzó a tambalear (una inestabilidad que se manifestó en una ola mundial de protesta social). Los trabajadores, aún no paralizados por el miedo al desempleo, creían que no debían renunciar a lo que ellos consideraban como su derecho al progreso.<br />
Con el correr de los años, todos los gobiernos del mundo occidental se vieron enfrentados al mismo problema: ¿cómo llevar a los sindicatos a moderar las demandas de aumento salarial sin tener que cuestionar la promesa keynesiana del pleno empleo? En efecto, mientras que, en algunos países, la estructura institucional del sistema de negociaciones colectivas facilitaba la firma de “pactos sociales” tripartitos, en otros, la década de 1970 fue marcada por la convicción (compartida en las más altas esferas del Estado) de que dejar crecer el desempleo para contener el alza de los salarios constituiría un suicidio político o incluso el asesinato de la propia democracia capitalista. Para superar este callejón sin salida y preservar tanto el pleno empleo como la libre negociación colectiva, se esbozó una salida: la flexibilización de las políticas monetarias, a riesgo de dejar escapar la inflación.<br />
Puja de clases<br />
Al principio, el aumento de precios casi no significaba un problema para los trabajadores: estaban representados por sindicatos lo suficientemente poderosos como para imponer un ajuste de hecho de los salarios en base al aumento de precios. Sin embargo, al erosionar su patrimonio, la inflación perjudicaba a los acreedores y tenedores de activos financieros, es decir, a grupos que contaban con relativamente pocos trabajadores entre sus filas. En tales condiciones, se puede describir la inflación como el reflejo monetario de un conflicto distributivo: por un lado, una clase trabajadora que reclama por seguridad en el empleo y una participación mayor en el ingreso nacional; por otro, una clase capitalista dedicada a maximizar el retorno de la inversión. Dado que ambas partes se basan en ideas mutuamente incompatibles de lo que les toca, ya que una privilegia los derechos de los ciudadanos y la otra los de la propiedad y el mercado, la inflación expresa aquí la anomia de una sociedad cuyos miembros no logran llegar a un acuerdo acerca de criterios comunes de justicia social.<br />
Si bien en la inmediata posguerra el crecimiento económico había permitido que los gobiernos desactivaran los antagonismos de clase, la inflación ahora les permitía preservar el nivel de consumo y la distribución de los ingresos echando mano a recursos que la economía real todavía no había producido.<br />
Aunque eficaz, esta estrategia de pacificación de los conflictos no podía durar indefinidamente. Con el tiempo, terminó provocando una reacción de parte de los poseedores de capitales interesados en proteger su patrimonio. Bajo su influencia, la inflación condujo al desempleo, castigando a los trabajadores, a cuyos intereses había atendido originalmente. Aguijoneados por los mercados, los gobiernos abandonaron los acuerdos salariales redistributivos para volver a la disciplina presupuestaria.<br />
La inflación fue derrotada después de 1979, cuando Paul Volcker, recién nombrado director de la Reserva Federal estadounidense por el presidente James Carter, ordenó un aumento sin precedentes de las tasas de interés, que hizo trepar la desocupación hasta niveles que no se habían alcanzado desde la Gran Depresión. El “golpe” fue validado por las urnas: el presidente Reagan –de quien se dijo que en un principio había temido las repercusiones políticas de las medidas deflacionistas adoptadas por Volcker– fue reelecto en 1984 [había sido elegido para su primer mandato en 1980]. En el Reino Unido, Margaret Thatcher, que había seguido las políticas estadounidenses, también fue reelecta en su cargo de Primera Ministra en 1983, a pesar de la rápida desindustrialización y alza en el número de desocupados, provocadas, entre otras cosas, por su política de austeridad monetaria. En ambos países, la deflación fue acompañada por un ataque contra los sindicatos. En los años siguientes, la inflación se mantuvo limitada en todo el mundo capitalista, mientras que la desocupación seguía aumentando de modo más o menos constante: entre el 5% y el 9% entre 1980 y 1988, particularmente en Francia. Al mismo tiempo, la tasa de sindicalización caía y las huelgas se volvían tan esporádicas que incluso algunos países dejaron de relevarlas.<br />
La deuda pública<br />
La era neoliberal se abrió en el momento en que los Estados anglosajones abandonaron lo que había sido uno de los pilares del capitalismo democrático de la posguerra: la idea de que el desempleo podría arruinar el apoyo político del que gozaban no sólo los gobiernos en el poder, sino también el propio modo de organización social. Los líderes políticos de todo el mundo siguieron con gran atención los experimentos realizados por Reagan y Thatcher. Sin embargo, aquellos que habían esperado que el fin de la inflación pusiera término a los desórdenes económicos pronto se sintieron decepcionados. La inflación disminuyó, pero sólo para dar paso a la deuda pública, que alzó vuelo durante los años ochenta. Y así ocurrió por diversas razones.<br />
El estancamiento del crecimiento había vuelto a los contribuyentes –en especial a los más prósperos e influyentes– muy hostiles respecto de las retenciones fiscales. Y la contención del aumento de los precios puso fin a los aumentos de impuestos automáticos (a medida que crecían los ingresos).También fue el final de la continua devaluación de la deuda pública mediante el debilitamiento de las monedas nacionales, que en un primer momento había completado el crecimiento económico, antes de sustituirlo progresivamente, como una herramienta clave para reducir la deuda. El aumento del desempleo generado por la estabilización monetaria obligó a los Estados a incrementar los gastos en ayuda social. Además, comenzaba a caer la realización de los diferentes derechos sociales creados durante la década de 1970, a cambio de que los sindicatos aceptaran la moderación salarial (especie de salarios diferidos). Y pesaba cada vez más en las finanzas públicas.<br />
Dado que ya no era posible apostar a la inflación para reducir la brecha entre las exigencias de los ciudadanos y las de los mercados, el encargado de financiar la paz social fue el Estado. Durante un tiempo, la deuda pública constituyó un cómodo equivalente funcional de la inflación. En efecto, al igual que esta última, la deuda pública permitía que los gobiernos utilizaran recursos que aún no habían sido producidos para aliviar los conflictos distributivos. O, para decirlo de otro modo, que echaran mano a los recursos futuros para completar los actuales. A medida que la lucha entre las exigencias de los mercados y las de la sociedad se trasladaba del lugar de producción hacia la arena política, las presiones electorales sustituyeron a las luchas sindicales. En vez de echar a andar la máquina de hacer billetes, los gobiernos comenzaron a endeudarse más y más. Un proceso facilitado por el bajo nivel de inflación, que tranquilizaba a los acreedores respecto del valor a largo plazo de las obligaciones del Estado.<br />
Sin embargo, la acumulación de deuda pública tampoco podía durar para siempre. Desde hacía mucho tiempo los economistas alertaban a las autoridades sobre el hecho de que el déficit público agotaba los recursos disponibles y sofocaba la inversión privada, conllevando un incremento de las tasas de interés y una desaceleración del crecimiento. Pero no eran capaces de identificar un umbral crítico. En la práctica, resultó posible, al menos por un tiempo, mantener las tasas de interés relativamente bajas desregulando los mercados financieros y contener la inflación debilitando aun más a los sindicatos. No obstante, Estados Unidos, un país donde el nivel de ahorro es excepcionalmente bajo, pronto empezó a vender sus bonos del Tesoro, no sólo a sus propios ciudadanos, sino también a inversores extranjeros, fondos soberanos incluidos. Además, a medida que aumentaba el peso de la deuda, se utilizó un porcentaje cada vez mayor del gasto público para pagar los intereses. Y, sobre todo, era preciso que en un momento dado –imposible de determinar a priori– los acreedores nacionales y extranjeros exigieran recuperar su dinero. Los “mercados” entonces harían todo lo posible para imponer a los Estados la disciplina presupuestaria y la austeridad necesarias para salvaguardar sus intereses.<br />
La elección presidencial estadounidense de 1992 estuvo dominada por la cuestión del doble déficit: déficit del gobierno federal y déficit comercial de todo el país. La victoria de William Clinton, que lo había convertido en su principal eje de campaña, marcó el inicio de una serie de esfuerzos de “consolidación presupuestaria” (2). A escala mundial, estos fueron promovidos agresivamente bajo la égida de Estados Unidos, por organismos como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y el FMI. En un principio, la administración demócrata proyectó reducir el déficit impulsando el crecimiento económico a través de importantes reformas sociales y aumentos de impuestos. Sin embargo, en 1994 los demócratas perdieron la mayoría en el Congreso en las elecciones de medio término. Entonces, Clinton dio media vuelta y adoptó una política de austeridad, marcada por una reducción significativa del gasto público y un giro político que, según sus propias palabras, pondría fin a “la protección social tal como la conocemos”. Entre 1998 y 2000, por primera vez en décadas, el gobierno federal estadounidense alcanzó el superávit presupuestario.<br />
La deuda privada<br />
No obstante, la administración Clinton no había logrado pacificar la economía política del capitalismo democrático de una manera sostenida. Su estrategia de gestión de conflictos sociales consistió en gran parte en ampliar la desregulación del sector financiero, ya iniciada por Reagan. La rápida ampliación de las desigualdades en los ingresos, provocada por el continuo debilitamiento de la sindicalización y los fuertes recortes al gasto social, como así también la disminución de la demanda agregada (3) generada por las políticas de ajuste presupuestario, fueron compensados por la posibilidad, para los ciudadanos y las empresas, de endeudarse hasta niveles sin precedentes. Hizo entonces su aparición la feliz expresión “keynesianismo privatizado”, para designar la sustitución de la deuda pública por su hermana melliza, la deuda privada. El gobierno ya no se endeudaba para financiar la igualdad de acceso a una vivienda digna o la capacitación de los trabajadores: ahora eran los propios individuos quienes eran invitados (generalmente sin poder optar realmente) a tomar préstamos bajo su propio riesgo para pagar sus carreras o para mudarse a barrios menos pobres (4).<br />
La política llevada a cabo por la administración Clinton dejó contentos a muchos. Los ricos pagaban menos impuestos y, entre ellos, los que habían sido lo suficientemente avispados como para invertir en el sector financiero cosecharon enormes ganancias. Pero no todos los pobres tuvieron razones para lamentarse (al menos no en un primer momento). Los préstamos subprime, junto con la riqueza ilusoria en la que se basaban, sustituyeron los subsidios sociales (que se suprimían) y los aumentos de sueldo (en ese entonces inexistentes en la parte inferior de la escala de un mercado laboral “flexibilizado”). Para los afroamericanos, en particular, la adquisición de una vivienda no sólo significaba cumplir el “sueño americano”: se trataba de un sustituto básico de las jubilaciones que sus empleos –cuando tenían uno– no les aseguraban y que no tenían razones para esperar de parte de un gobierno abocado a mantener la austeridad.<br />
Así, a diferencia del período dominado por la deuda pública –donde el préstamo estatal permitía utilizar hoy los recursos de mañana–, ahora eran los individuos los que podían comprar inmediatamente todo lo que necesitaban, a cambio de su compromiso de volcar a los mercados una parte importante de sus ingresos futuros.<br />
Así pues, la liberalización permitió compensar la consolidación presupuestaria y la austeridad pública. La deuda privada se sumó a la deuda pública y la demanda individual –conformada con gran cantidad de dólares por la floreciente industria del casino financiero– tomó el lugar de la demanda colectiva conducida por el Estado. Fue ésta, entonces, la que sostuvo el empleo y las ganancias, en particular en el sector inmobiliario. Esta dinámica experimentó una aceleración a partir de 2001, cuando la Reserva Federal, presidida por Alan Greenspan, adoptó tasas de interés muy bajas para prevenir una recesión y un regreso a niveles altos de desocupación. Pero el “keynesianismo privatizado” no solamente permitió que el sector financiero obtuviera ganancias sin precedentes: también fue la columna vertebral de un boom económico que hacía palidecer de envidia a los sindicatos europeos. Estos erigieron en modelo la política de dinero fácil implementada por Greenspan, que provocaba el rápido endeudamiento de la sociedad estadounidense. Observaban con entusiasmo que, a diferencia del Banco Central Europeo, la Reserva Federal estadounidense tenía la obligación jurídica no sólo de garantizar la estabilidad monetaria, sino también de mantener un alto nivel de empleo. Por supuesto, todo esto finalizó en 2008, con el repentino colapso de la pirámide de créditos internacionales en la que descansaba la prosperidad de fines de la década de 1990 y comienzos de la de 2000.<br />
¿A qué nos enfrentamos?<br />
Luego de sucesivos períodos de inflación, déficit público y deuda privada, el capitalismo democrático de la posguerra entró en su cuarta etapa. Mientras todo el sistema financiero global amenazaba con implosionar, los Estados-nación intentaron restablecer la confianza económica socializando los préstamos tóxicos que antes habían autorizado con el fin de equilibrar sus políticas de consolidación presupuestaria. Combinada con la recuperación necesaria para evitar un colapso de la “economía real”, esta medida generó una dramática ampliación del déficit público. Señalemos al pasar que este desarrollo no derivaba de la naturaleza despilfarradora de líderes oportunistas o de instituciones públicas mal diseñadas, como alegaban algunas teorías elaboradas durante los años noventa, bajo los auspicios, particularmente, del Banco Mundial y el FMI.<br />
El resto es historia conocida: desde 2008, el conflicto distributivo inherente al capitalismo democrático se convirtió en una lucha encarnizada entre inversores financieros mundiales y Estados-nación soberanos. Mientras que, en el pasado, los trabajadores luchaban contra los patrones, los ciudadanos contra los ministros de Finanzas y los deudores privados contra los bancos privados, hoy las instituciones financieras cruzan sus espadas con los Estados&#8230; a quienes, sin embargo, recientemente sometieron a chantaje para lograr que las salvaran. Queda por determinar la naturaleza de las relaciones de poder en las que se apoya esta situación.<br />
Recortes sin precedentes<br />
Desde que comenzó la crisis, por ejemplo, los mercados financieros exigen tasas de interés muy variables según los Estados. Por lo tanto, ejercen presiones diferenciadas a los gobiernos para obligar a sus ciudadanos a aceptar recortes presupuestarios sin precedentes. Puesto que hoy pesa una deuda colosal sobre los hombros de los Estados, cualquier aumento en las tasas de interés, por pequeño que sea, es capaz de provocar un desastre presupuestario (5). Al mismo tiempo, los mercados deben cuidarse de no someter a los Estados a una presión excesiva, ya que estos podrían muy bien optar por declarar el défault sobre sus obligaciones de deuda. Es preciso, entonces, que algunos Estados estén dispuestos a salvar a otros, más amenazados, para que se protejan del aumento general de las tasas de interés sobre los préstamos soberanos.<br />
Además, los mercados no sólo esperan una consolidación presupuestaria: también exigen perspectivas razonables de crecimiento económico. Pero, ¿cómo combinar ambas expectativas? Aunque la prima de riesgo sobre la deuda irlandesa haya caído cuando el país se comprometió a tomar medidas drásticas para reducir el déficit, volvió a crecer unas semanas después: el plan de recuperación era tan estricto que impedía toda reactivación económica (6).<br />
Desde hace unos años, la administración política del capitalismo democrático se muestra, pues, cada vez más delicada. Además, es probable que, desde la Gran Depresión, los líderes políticos nunca se hayan enfrentado a una incertidumbre tan grande.<br />
Por lo demás, ¿es totalmente inconcebible que ya esté creciendo una nueva burbuja, inflada por el dinero barato que sigue fluyendo libremente? Si bien ya no es posible invertir en las subprimes, al menos por ahora, el mercado de las materias primas o la nueva economía de internet brindan perspectivas tentadoras a algunas personas. Nada impide que las empresas financieras inviertan el efectivo que inunda los bancos centrales en lo que estos consideran como los “nuevos sectores de crecimiento” (en nombre de sus clientes privilegiados y, por qué no, para su propio beneficio). Después de todo, dado que las reformas que debían regular el sector financiero fracasaron casi por completo, el capital puede mostrarse hoy un poco más exigente que antes. Y los bancos, ya descritos en 2008 como “demasiado grandes para quebrar” (“too big to fail”), pueden esperar crecer aún más en 2012 ó 2013. Una vez más, pues, podrán practicar el chantaje que tan hábilmente han sabido jugar desde hace tres años. Pero esta vez el rescate público del capitalismo privado podría resultar imposible, aunque más no sea porque las finanzas públicas han llegado al límite de su capacidad.<br />
En la crisis actual, el riesgo para la democracia es tan grande como el que pesa sobre la economía, si no más. No sólo la “integración sistémica” de las sociedades contemporáneas –es decir, el funcionamiento eficaz de la economía capitalista– está siendo sacudida hasta sus cimientos, sino que sucede lo mismo con su “integración social” (7). El advenimiento de una nueva era de austeridad afectó gravemente la capacidad de los Estados para encontrar un equilibrio entre los derechos de los ciudadanos y las exigencias de acumulación de capital. Además, la estrecha relación de interdependencia que mantienen los países vuelve ilusoria la pretensión de resolver las tensiones entre economía y sociedad (o entre capitalismo y democracia). Ningún gobierno puede permitirse el lujo de ignorar las restricciones y las obligaciones internacionales, en particular las de los mercados financieros. Las crisis y las contradicciones del capitalismo democrático poco a poco se fueron internacionalizando y se despliegan no sólo dentro de los Estados, sino también entre sí, según combinaciones y permutaciones que aún falta explorar.<br />
Al observar la evolución de la crisis desde la década de 1970, parece probable que el capitalismo democrático encontrará una nueva manera –aunque también temporal– de resolver los conflictos sociales. Pero, esta vez, según modalidades que deberían estar totalmente a favor de las clases pudientes, atrincheradas en una fortaleza políticamente inexpugnable: la industria de las finanzas internacionales. Después de todo, ¿podemos descartar que éstas miren con confianza el desenlace del combate final que podrían decidir librar contra el poder político, antes de imponer su ley de una vez por todas?<br />
 Notas:<br />
1. Para la expresión “Gran Recesión”, véase Carmen Reinhard y Kenneth Rogoff, This Time Is Different: Eight Centuries of Financial Folly, Princeton University Press, Princeton, 2009.<br />
2. Conjunto de medidas de saneamiento presupuestario destinadas a mejorar el saldo primario (ingresos del año menos gastos sin contar los intereses de deuda).<br />
3. Demanda total de bienes y servicios en una economía.<br />
4. Véase Gérard Duménil y Dominique Lévy, “Incierto futuro de la Gran Potencia”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, agosto de 2008.<br />
5. Para un Estado cuya deuda se eleva al 100% del PIB, un aumento del 2% de la tasa de interés que paga a sus acreedores aumentaría su déficit anual en la misma suma. En consecuencia, un déficit presupuestario del 4% del PIB aumentaría la mitad.<br />
6. Véase Frédéric Lordon, “El euro ante el derrumbe”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, diciembre de 2011.<br />
7. David Lockwood definió estos conceptos en “Social Integration and System Integration”, en George Zollschan y Walter Hirsch (eds.), Explorations in Social Change, Routledge y Kegan Paul, Londres, 1964.<br />
Wolfgang Streeck es Director del Instituto Max Planck para el Estudio de las Sociedades, en Colonia. Este artículo es una versión resumida de un trabajo publicado en la New Left Review, nº 71, Londres, septiembre-octubre de 2011.<br />
Fuente: Le Monde Diplomatique nº 151, Enero de 2012.</p>
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		<title>El nuevo lugar de la banca Domingo 13 de mayo de 2012</title>
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		<pubDate>Mon, 14 May 2012 20:37:03 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Por: Guillermo Wierzba. Director del Cefid-AR Opinión.<br />
La renacionalización de YPF es un acto de reparación que contiene una dimensión cultural y que, como tal, lleva a hacer memoria y balance sobre la década de los ’90, años en los que se desplegó el proceso de privatizaciones con una profundidad y una metodología que constituyó a nuestro país en un caso referencial del despliegue neoliberal. La recuperación de la empresa petrolera se sanciona dos meses después de la nueva Ley de Carta Orgánica del Banco Central que llegó para sustituir a la del ’90, que sirvió para profundizar el dispositivo de liberalización financiera, clave institucional de aquellas políticas neoliberales. Ambas nuevas leyes, en su exposición de motivos, coinciden en un cambio doctrinario sustantivo con relación a las ideas que guiaron el marco legal que modifican: sostienen el objetivo del desarrollo con equidad, la promoción del empleo, además de la asignación de los recursos y la intervención pública en la determinación de los precios y las cantidades. La banca provincial fue una de las víctimas del proceso de privatización y fue reconvertida por la lógica del marco regulatorio completado en aquélla década, momento en que los procesos de desintermediación e innovación financiera desplegados en el Norte fueron copiados en nuestro país y en la región latinoamericana. Dos décadas antes del impacto pleno de esas tendencias, la dictadura militar ya había sancionado la regresiva Ley de Entidades Financieras que determinó un cambio de época en el sistema favorable a la financiarización global. Ya vigente esa ley, el mercado financiero presentaba, sin embargo, durante los años ochenta, características organizacionales que demostraban la resistencia de las instituciones heredadas de la etapa sustitutiva de importaciones al raudo avance del neoliberalismo. Así, ya restablecida la democracia, existía un sistema de bancos públicos que incluía una banca pública nacional y provincial que, desplegada a lo largo del país, colocaba una amplia proporción de los créditos y captaba una parte sustancial de los depósitos. Estas instituciones jugaban un papel sustantivo en la neutralización de los impactos de los shocks financieros que se producían en la economía internacional. Los bancos públicos provinciales tenían injerencia en el desarrollo productivo provincial, regional industrial y agropecuario. Además actuaban como agentes<br />
financieros de esas jurisdicciones. Su carácter público, en conjunto con la vigencia de regulaciones que incluían límites sobre el nivel de las tasas activas y pasivas, así como la implementación de encajes diferenciales –en los momentos en los que predominaron enfoques más productivistas–, se manifestó en algunas, aunque parciales e insuficientes, políticas de direccionamiento del crédito. Existían todavía instituciones para la defensa de una potencial estrategia de desarrollo de mediano y largo plazo que incluyera, también, la dimensión regional. Es innegable la existencia de fallas de gobierno e ineficiencias que habían reducido, pero no eliminado, esas virtudes que todavía conservaba el sistema. Esas debilidades fueron un flanco que la ideología propagada por los voceros de la profundización neoliberal utilizó para fomentar los cambios legales y regulatorios, además de las privatizaciones de las entidades que se producirían a principios de los noventa. A mediados de esa década, numerosos bancos públicos fueron vendidos. Así, en lugar de corregir errores e ineficacias, se optó por privar a los estados provinciales de una herramienta que les permitía apoyar sus producciones regionales y a la vez financiarse. El proceso de desaparición y redimensiona miento de bancos provinciales (Ver Documento de Trabajo N° 33 del Cefid-ar) comenzó con el Banco de la Provincia de Corrientes en 1992 y tuvo su apogeo en 1995 por los efectos de la crisis mexicana y la creación del denominado “Fondo Fiduciario para el Desarrollo Provincial” (Ffdp) creado por el Decreto 286795, que financiaría a los bancos sujetos a privatización y fomentaría, también, la privatización de otras empresas provinciales. Mientras tanto, por medio de otro decreto del mismo año –el 445/95– se creaba un Fondo Fiduciario de Capitalización Bancaria destinado al fortalecimiento de entidades privadas que habían sufrido descapitalización y pérdidas de depósitos. El instrumento preveía, también, el apoyo y estímulo de fusiones de bancos con el objetivo claro de promover la concentración del sistema. Con la ayuda del Ffdp se privatizaron 15 bancos públicos entre 1994 y 1998: el de Chaco, Entre Ríos, Formosa, Misiones, Río Negro, Salta, Tucumán, San Luis, Santiago el Estero, San Juan, Mendoza, Previsión Social de Mendoza, Municipal de Tucumán, Jujuy y Santa Fe. El período incluyó la desaparición del Banco Nacional de Desarrollo y la venta del Banco Hipotecario, que luego fue desnaturalizando progresivamente en su función. Sin embargo, otros bancos públicos, especialmente el Banco de la Nación, pudieron defenderse del embate privatizador, conservándose una herramienta sustantiva para la recuperación del crédito productivo y papel contracíclico en el período posterior al colapso de 2001. El Banco de la Nación, junto al resto de la banca oficial y cooperativista que sobrevivió a la embestida neoliberal, se constituyó, así, en un instrumento clave para el proyecto productivista instalado en 2003. Repensar la potencialidad de la reconstrucción de una banca regional y de desarrollo es una tarea que despierta y reinstala el actual cambio epocal.</p>
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		<title>Soberanías</title>
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		<pubDate>Mon, 14 May 2012 20:33:21 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Por Guillermo Wierzba * La expropiación del 51 por ciento de las acciones de YPF en manos de Repsol está en línea con la nueva Carta Orgánica del Banco Central, el fin de las AFJP con la recuperación del sistema previsional para el Estado, la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y la declaración de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por Guillermo Wierzba *</p>
<p>La expropiación del 51 por ciento de las acciones de YPF en manos de Repsol está en línea con la nueva Carta Orgánica del Banco Central, el fin de las AFJP con la recuperación del sistema previsional para el Estado, la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y la declaración de interés público de la producción de papel para diarios.</p>
<p>Uno de los capítulos de la exposición de motivos del proyecto de ley que renacionaliza YPF se titula “Del modelo neoliberal al modelo de crecimiento con inclusión social”. Este no expresa solamente sus objetivos sino también los de un conjunto de leyes que se constituyeron en la base de un proyecto transformador de la Argentina. Esa exposición sostiene que: “El Estado legítimo dueño del recurso (al que se asumirá como estratégico) no puede prescindir de la administración directa de la producción y de los precios&#8230;, recuperando el control de la principal empresa del sector”. Define esta intervención como crucial en un mundo crecientemente afectado por la participación de capitales financieros especulativos que impactan en los costos de la producción mundial. El artículo 1º declara de interés público nacional el autoabastecimiento de hidrocarburos, así como su explotación, industrialización, transporte y comercialización.<br />
Del mismo modo, la recientemente sancionada Carta Orgánica del BCRA dispone en su artículo 14º que la entidad tiene como función “regular las condiciones del crédito en términos de riesgo, plazos, tasa de interés, comisiones y cargos, así como orientar su destino&#8230; establecer políticas diferenciales orientadas a las pequeñas y medianas empresas y a las economías regionales&#8230; y otorgar adelantos para la inversión productiva&#8230; como para la oferta de crédito a mediano y largo plazo”. Los objetivos que define la nueva ley del Banco Central, la estabilidad monetaria y financiera, el desarrollo con equidad y la promoción del empleo también coinciden con los de renacionalización de YPF: desarrollo económico con equidad, crecimiento del empleo, incremento de la competitividad de los diversos sectores económicos y el crecimiento sustancial de las provincias y regiones.<br />
El año pasado se sancionó la ley que declara en su artículo 1º “de interés público la fabricación, comercialización, distribución de pasta de celulosa y de papel para diarios”, estableciendo como uno de los criterios de su marco regulatorio “el abastecimiento de todos los medios de información<br />
gráficos que lo requieran, en condiciones igualitarias, asegurando el respeto de la igualdad en los precios de compraventa del producto y demás condiciones de contratación”.<br />
En el mismo sentido, en el texto de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual se sostiene el objetivo del “de-sarrollo de mecanismos destinados a la promoción, desconcentración y fomento de la competencia con fines del abaratamiento y universalización del aprovechamiento de las nuevas tecnologías de información y comunicación”, y se asume la actividad también como de interés público, estableciendo tres tipos de prestadores: públicos, privados sin fines de lucro y privados con fines de lucro.<br />
La ley de reestatización del sistema jubilatorio dispone que es el “Estado el que otorga los beneficios de seguridad social en forma integral e irrenunciable”, estableciendo un régimen público, solidario y de reparto, abandonando el de capitalización de ahorro individual.<br />
La recuperación de YPF por parte del Estado nacional se suma a estas cuatro leyes que son la base de un cambio institucional sustantivo en nuestro país. Estas asumen la definición pública de cantidades, precios, condiciones de oferta, garantías de prestaciones y desmonopolización de actividades reconocidas como estratégicas y de interés público, sosteniendo el criterio de que la asignación de recursos, la fijación de planes e instrumentos de largo plazo, el diseño de las características de esas actividades serán establecidos por los representantes de la voluntad popular y no por la mano “invisible” de mercados concentrados.<br />
Estas profundas reformas implican al régimen de propiedad de las esferas referidas, ya sea afectando su propia titularidad, el derecho a su administración, o la regulación sobre su disposición. La nueva institucionalidad repara derechos conculcados por la contrarrevolución neoliberal y configura otros nuevos.<br />
La estatización de la parte mayoritaria de las acciones de YPF significa la recuperación de la dirección del Estado nacional sobre la empresa y el restablecimiento de su rol fundamental en la producción de hidrocarburos y conlleva la decisión soberana de recurrir al instrumento constitucional de la expropiación, sobre la base de tasación previa, con arreglo a lo dispuesto en el artículo 17º de la Constitución Nacional.<br />
La recuperación de la empresa es un hecho histórico que galvaniza el respaldo popular al proyecto político en curso porque:<br />
1. YPF nacional es un símbolo de soberanía, así como su privatización provocó desazón por representar la prueba de una etapa política en la que se cedía vertiginosamente el patrimonio nacional.<br />
2. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner, al asumir la necesidad de su recuperación, decidió afrontar los costos que la misma decisión implicaba con el valor que detentan los liderazgos políticos que son capaces de lidiar con los poderes e intereses de una economía internacional con alto grado de concentración y Estados centrales que expresan a las corporaciones y reducen los derechos de los pueblos.<br />
Habiéndose cumplido con el dispositivo constitucional, la entente mediática opositora calificó la medida como confiscatoria y adujo el requerimiento de excepcionalidad de cualquier disposición expropiatoria, requisito con el que coincidió el empresariado concentrado que agrupa la AEA. Pero la norma constitucional no prescribe excepcionalidad sino utilidad pública. El enfoque que subraya la centralidad del derecho de propiedad, invocado con carácter irrestricto, es el que conduce a investir cualquier expropiación como acto confiscatorio y a sustituir la exigencia de utilidad pública por la de excepcionalidad. Este posicionamiento establece la primacía de determinados derechos humanos sobre otros, violando la doctrina sobre los mismos construida pacientemente desde la Declaración Universal de posguerra, y amparándose en una maniobra oportunista que descansa en la ausencia de la especificación de un derecho empresario, que debería escindirse del derecho de propiedad, surgido previamente, en otras condiciones y con otros fines, que le otorgaron el carácter de derecho humano. Por esto mismo, la discusión sobre el derecho de propiedad atraviesa la política y la academia. La Declaración Universal lo reconoce como derecho “a la propiedad”, otorgándole un alcance social sustantivo, pues refiere no sólo a la defensa, sino que exige el “acceso”, asumiendo una crítica a la concentración de la disposición de bienes en unos pocos.<br />
Novoa Monreal sostiene que la doctrina moderna sobre el derecho de propiedad requiere que sea ejercido respetando los intereses generales del Estado, la utilidad pública y las necesidades colectivas, pues considera que el propietario tiene la cosa en nombre de la sociedad y la forma de su utilización debe ser concordante con los intereses generales, teniendo el propietario la obligación de concurrir al bien colectivo. No es precisamente lo que hizo Repsol, ni tampoco las prácticas empresarias que abusan de su posición dominante para capturar rentas colectivas o esterilizar mejoras del salario real, ni las empresas extranjeras que remiten el total de sus utilidades eximiéndose de destinarlas a la reinversión productiva, ni Papel Prensa cuando practicaba discriminación de precios en favor de sus empresas periodísticas controlantes.<br />
La ampliación del despliegue de los derechos humanos, en su forma integral, tuvo como hitos las nuevas leyes enunciadas y políticas como la Asignación Universal por Hijo, el fortalecimiento de la negociación salarial colectiva, el aumento del presupuesto educativo y decisiones de autodeterminación como la desarticulación del proyecto del ALCA y el desendeudamiento con el FMI<br />
* Economista, director del Cefid-AR y profesor de la UBA</p>
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		<title>«Estamos asistiendo al hundimiento de un mundo, están a punto de desatarse fuerzas inmensas&#8221; entrevista a Fréderic London</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Mar 2012 12:05:03 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Traducido por Caty R. y Beatriz Morales Bastos Fréderic Lordon es economista, director de investigación del CNRS e investigador del Centro de Sociología Europeo (CSE). Sus últimas obras son D’un retournement l’autre. Comédie sérieuse sur la crise financiare. En Quatre actes, et en alexandrins (Seuil, 2011), Capitalisme, désir et servitude. Marx et Spinoza (la Fabrique, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Traducido  por Caty R. y Beatriz Morales Bastos </p>
<p>Fréderic Lordon es economista, director de investigación del CNRS e investigador del Centro de Sociología Europeo (CSE). Sus últimas obras son D’un retournement l’autre. Comédie sérieuse sur la crise financiare. En Quatre actes, et en alexandrins (Seuil, 2011), Capitalisme, désir et servitude. Marx et Spinoza (la Fabrique, 2010) y L’Intérêt souverain. Essai d’anthropologie économique (La Découverte, 2011).<br />
En esta gran entrevista, Fréderic Lordon expone sus comentarios y análisis de la actual crisis económica y sus orígenes. Con tono mordaz y una visión rigurosa repasa las causas y efectos de la crisis y además comenta el tratamiento de la Economía por parte de los medios de comunicación, el lugar que ocupa en el ámbito universitario y la eventual salida del euro. Mientras doblan las campanas por el proyecto neoliberal, nos dice, la actualidad es una oportunidad única de un cambio profundo: un mundo se derrumba ante nuestros ojos.</p>
<p>¿Qué pasa? ¿Qué está ocurriendo ante nuestros ojos desde hace treinta años, desde 2008, desde hace unos meses, desde hace unas semanas?</p>
<p>Es una lección histórica. Debemos abrir bien los ojos, no suele darse la oportunidad de ver algo parecido. Asistimos al derrumbamiento de un mundo que se convertirá en escombros.</p>
<p>La historia económica, en particular la que ha optado por no dejarse limitar totalmente –hablo de autores como Kindleberger, Minsky o Galbraith- ha reflexionado desde hace mucho tiempo sobre el inmenso poder destructivo de la finanza liberal que necesitaba poderosos intereses –obviamente fabricados- de ceguera histórica para colocar en los raíles ese tren de las finanzas que ya ha causado tantos desastres; como sabemos, en Francia fue la izquierda que gobernó la que se encargó. De modo que a la vista de las lecciones de la historia, desde el primer momento de la desregulación se podía anunciar la perspectiva de una inmensa catástrofe, aunque sin saber dónde, cuándo o cómo se produciría exactamente. Dicha catástrofe ha tardado 20 años en sobrevenir. Pero aquí está. Sin embargo hay que señalar que un escenario que algunos habían previsto a largo plazo consideraba la hipótesis de una sucesión de crisis financieras graves, que se recuperarían pero sin resolver ninguna de las contradicciones fundamentales del mercado de las finanzas, en un orden de gravedad creciente hasta llegar a «la madre de todas las crisis».</p>
<p>Según ese esquema, la primera crisis de la serie no tardó ni un año en manifestarse ya que el gran crac bursátil se produjo en 1987… después del big bang de 1986. Luego las crisis se sucedieron con una frecuencia media de tres años. Y llegamos a 2007. No fue 2007 y tampoco en 2010. Es ahora cuando el discurso liberal no hace más que presionar para hacernos tragar la idea de una crisis de las deudas públicas totalmente autónoma, en principio europea, imputable a una fatalidad esencial de la indigencia del Estado. Pero obviamente el hecho generador fue la crisis de las finanzas privadas que se desencadenó en Estados Unidos, que por otra parte fue una expresión típica de las contradicciones de lo que podríamos denominar, simplemente, el capitalismo de baja presión salarial en el que la doble limitación de la rentabilidad accionarial y de la competencia del libre cambio lleva a los salarios a una compresión continua y no deja otra solución a la solvencia de la demanda final que el sobreendeudamiento de los hogares.</p>
<p>Esa configuración es la que explotó en el sector particular de los créditos hipotecarios (más conocidos como subprimes) y en un año desestabilizó todo el sistema financiero estadounidense y después, interconexiones bancarias obligan, el europeo, hasta el «momento Lehman», donde llegamos al borde del precipicio y hubo que salvar a los bancos. Y digo que «hubo que salvar a los bancos» porque la ruina completa del sistema bancario nos habría llevado en cinco días, en el aspecto económico, al «estado de naturaleza». ¡Pero no se trataba de de salvarlos y después nada! Sin embargo es lo que han hecho todos los gobiernos conformándose, a partir de 2009, con anunciar proyectos de volver a la regulación en los que el tono marcial disputa con la inocuidad. Tres años después la vuelta a la regulación financiera no ha pasado de una etapa vacilante –lo cual es muy lamentable, ya que el sistema financiero es todavía más vulnerable que en 2007 y tenemos una crisis muy superior… Mientras tanto los banqueros rescatados juran que no deben nada a la sociedad con el pretexto de que la mayoría de ellos han reembolsado las ayudas de emergencia que recibieron en el otoño de 2008. Naturalmente, para restablecer su conciencia al mismo tiempo que sus balances financieros, fingen ignorar la amplitud de la recesión que el choque financiero dejo tras él. Un choque financiero del que vinieron, en una primera etapa, el hundimiento de los ingresos fiscales, el recorte automático de los gastos sociales, el crecimiento del déficit y la explosión de las deudas. Y después, en una segunda etapa, los planes de austeridad… ¡Exigidos por los mismos financieros a los que se acababa de rescatar a costa del Estado!</p>
<p>Así pues, desde 2010 y el estallido de la crisis griega, las finanzas supervivientes masacran los títulos soberanos en los mercados mientras que el  mundo financiero habría fallecido si los Estados no se hubieran sangrado para rescatarlo de la nada. Es tan colosal que casi es hermoso… Para rematar la faena, los mercados exigen a los Estados –y por supuesto lo consiguen- políticas restrictivas coordinadas que tienen el mérito de llevar a un resultado exactamente opuesto al que presuntamente se busca: la restricción generalizada es tal que los ingresos fiscales se hunden tan rápido como se recortan los gastos, y finalmente las deudas crecen… Pero la austeridad no es mala para todo el mundo: su excusa perfecta «el problema de las deudas públicas» permite a la agenda neoliberal acumular progresos espectaculares impensables en cualquiera otra circunstancia.</p>
<p>Ya lo hemos entendido, la lección no es tanto económica como política. Por otra parte es tan sustanciosa que no se sabe por dónde agarrarla. Por una parte tenemos la extraordinaria posición de poder conquistada por la industria financiera, que puede obligar a los poderes públicos a socorrerla y después puede volverse contra dichos poderes públicos especulando con las deudas soberanas, y para remate rechazar cualquier tipo de regulación seria. Por otra parte está la fuerza de la agenda neoliberal que, inflexible, sigue su camino en medio de las ruinas que ha producido: El neoliberalismo nunca ha conocido un avance tan prodigioso como este gracias… a su crisis histórica, el estallido de las deudas públicas que ha creado una oportunidad formidable y sin precedentes para desmantelar el Estado social por medio de los planes de austeridad y el «pacto del euro». Por todas partes solo se ven grandes regresiones. Finalmente, y quizá sobre todo, está la crisis histórica de la soberanía, atacada por dos flancos. Por un lado por los mercados financieros, porque ahora ya es obvio que las políticas públicas no se conducen (solo) según los intereses legítimos del cuerpo social, sino según las conminaciones de los acreedores internacionales convertidos en un «cuerpo social competidor», tercer intruso del contrato social que ha eliminado de manera espectacular a una de las partes. Y por otro lado el ataque de la construcción europea, porque «en buena lógica» es necesario reconducir y profundizar en eso que ya se ha demostrado convenientemente tóxico: un tipo de modelo europeo que somete las políticas económicas nacionales por una parte a la tutela de los mercados de capitales y por otro lado a un mecanismo de reglas cuyo endurecimiento está conduciendo al despojo absoluto de las soberanías en beneficio de un cuerpo de controladores (la Comisión) u obligaciones constitucionales («reglas de oro») de las que solo hay que ver la depresión en la que nos han hundido desde que se vienen aplicando en 2008 y en la que nos seguimos hundiendo sin remedio…</p>
<p>Pero quizá la auténtica lección empiece ahora que están a punto de desencadenarse fuerzas enormes. Si como se podía presentir desde 2010 cuando se lanzaron los planes de austeridad coordinados, el fracaso macroeconómico anunciado conduce a una oleada de bancarrotas soberanas, el hundimiento bancario que seguirá inmediatamente (o que precederá, por un efecto de anticipación de los inversores) será, al contrario del de 2008, irrecuperable, en cualquier caso para los Estados, que financieramente ya están rendidos; solo quedará la alternativa de una emisión monetaria masiva o el estallido de la Eurozona si el Banco Central Europeo (y Alemania) rechazan la primera solución, En una semana cambiaremos literalmente de mundo y podrían ocurrir cosas insólitas: restauración de los controles de capitales, nacionalizaciones inmediatas e incluso expropiación de los bancos, restablecimiento de los bancos centrales nacionales –esta última medida firmaría, por sí misma, la desaparición de la moneda única-, la salida de Alemania (seguida por algunos satélites), la constitución de un eventual bloque «sureuropeo», o bien el regreso de las monedas nacionales.</p>
<p>¿Cuándo sobrevendrá esta conflagración? Nadie puede decirlo con certeza. No podemos excluir que una cumbre europea consiga por fin golpear lo suficiente para calmar por un momento la especulación. Pero el tiempo ganado no impedirá que la macroeconomía haga su trabajo: cuando se imponga, de aquí a seis o doce meses, la evidencia de una recesión general como resultado de la austeridad generalizada y los inversores vean que sube sin parar la marea de las deudas públicas que presuntamente deberían frenar las políticas restrictivas, la conciencia del atolladero absoluto que aparecerá en ese momento conducirá a los propios operadores a declarar una «capitulación», es decir, una avalancha masiva fuera de los compartimentos obligatorios y, por efecto del mecanismo de propagación cuyo secreto posee la finanza liberalizada, una dislocación total de los mercados de capitales en todos los sectores.</p>
<p>Y durante ese tiempo las tensiones políticas se acumularán, ¿hasta un punto de ruptura? Como en el caso de todos los umbrales críticos del mundo social histórico, no sabemos previamente dónde se encuentra ni qué es lo que determinará que lo franqueemos. Lo único cierto es que el despojo generalizado de la soberanía (por parte del mundo financiero y de la Europa neoliberal) actúa profundamente en los cuerpos sociales y necesariamente sobrevendrá algo, no sabemos qué. Lo mejor o lo peor. Percibimos claramente que habría material para reescribir una versión actualizada deLa gran transformación de Karl Polanyi, recuperando la idea de que los cuerpos sociales atacados por el liberalismo siempre acaban reaccionando, y a veces de forma brutal, en proporción a lo que previamente han padecido y «acumulado». En este caso no se trata tanto de la descomposición individualista derivada de la mercantilización de la tierra, el trabajo y la moneda lo que podría suscitar esa reacción violenta, como del insulto repetido al principio de soberanía como elemento fundamental de la política moderna. No se puede dejar a los pueblos de forma permanente sin su soberanía, nacional u otra, porque la recuperarán por la fuerza y de una forma poco agradable a la vista.</p>
<p>La «crisis de la deuda» en primer lugar es una crisis de la Eurozona, en la que los desequilibrios se acumulaban, y que la crisis financiera ha desestabilizado. Por lo tanto se trata de una crisis monetaria aún latente (ya que el euro todavía no se ha dividido ni ha estallado) pero obvia. El probable hundimiento del euro podría tomar diversas formas: una forma atenuada con la creación de dos zonas monetarias –según un reparto entre el norte y el sur (incluida Francia) o entre el centro (incluida Francia) y la periferia- o una forma más dramática, con la pulverización del euro y la vuelta a diecisiete monedas nacionales. Al ser la moneda una construcción política, la cuestión que se plantea es de orden político: ¿en qué condiciones (políticas) ese hundimiento podría evitar el triunfo de los sentimientos nacionalistas y xenófobos y, al contrario, favorecer el acercamiento de los pueblos (o algunos de ellos) para crear nuevas construcciones (monetarias, financieras, presupuestarias, políticas…) solidarias? Si en la actualidad es probable la salida del euro, ¿cómo salir bien?</p>
<p>En primer lugar me siento muy tentado a repetir los propios términos de la cuestión para señalar la paradoja de que lo que se denomina concretamente «crisis del euro» no es en primer lugar una crisis monetaria. Una de las particularidades de los sucesos actuales es el hecho de que la moneda europea no es objeto de ningún rechazo, ni por parte de los residentes de la zona ni de los inversores internacionales, como lo demuestra el hecho de que la paridad entre el euro y el dólar se mantiene sin apenas fluctuaciones. En cualquier caso tenemos el hecho de que (de momento) no existe una huida hacia delante del euro, ni interna ni externa. Y si se diera solo sería el desarrollo terminal de una crisis cuya naturaleza real es otra. Pero  si no es una crisis estrictamente monetaria, ¿entonces qué es?</p>
<p>La respuesta es que se trata de una crisis institucional. Es el marco institucional de la moneda única, como una comunidad de políticas económicas, el que corre el riesgo de volar en pedazos tras las crisis financieras que tienen como epicentros las deudas públicas y los bancos. Si explota el euro, será a continuación de bancarrotas soberanas tales que arrastrarán inmediatamente a un hundimiento bancario –a menos que este se produzca en solitario por pura y simple anticipación de los primeros-. En cualquier caso, el centro del asunto será una vez más el sistema bancario y la imposibilidad de dejarlo que se arruine sin emprender el proceso de otra forma, una propuesta en la que hay que repetir sin descanso que el rescate no puede equivaler a «encarrilarlos y ponerlos en marcha para que sigan andando»; aprovecho para añadir que después de haberme dado mucho miedo durante mucho tiempo, la perspectiva de este hundimiento cada vez me parece más agradable, ya que por fin crearía la oportunidad en primer lugar de nacionalizar íntegramente el sector bancario, simplemente haciéndose cargo de él, y después reconvertirlo en el sentido de un «sistema de crédito socializado» (1).</p>
<p>Así, si nos ubicamos en la hipótesis del hundimiento bancario, la cuestión es saber cuál es, en ausencia de los Estados arruinados, la institución capaz de organizar la recuperación financiera de los bancos para que recobren su actividad de suministradores de crédito. En esta configuración, solo tenemos una: el Banco Central Europeo, que no solo deberá garantizar un apoyo de liquidez (que ya es el caso) sino también desembarazar a las entidades de sus activos desvalorizados, recapitalizarlas y finalmente garantizar los depósitos y los ahorros. No hace falta decir que a escala de todo el sector bancario es una operación de creación monetaria masiva que habría que aceptar. ¿Está preparado el BCE? Bajo la influencia alemana es de temer que no. Sin embargo la urgencia extrema de restaurar íntegramente los fondos públicos y de restablecer el sistema de pagos exigirá una actuación inmediata. Es decir, que dar largas al asunto con las «conversaciones con nuestros amigos alemanes» o volver a negociar un tratado hace mucho tiempo que han desaparecido de la lista de las soluciones pertinentes.</p>
<p>Frente a lo que debemos identificar claramente como retos vitales para el cuerpo social, un Estado enfrentado a una negativa del BCE tomaría inmediatamente la decisión de recuperar su propio banco central nacional para que emitiera moneda en cantidad suficiente y reconstruir rápidamente un pedazo del sistema bancario en condiciones de operar. Al surgir entonces en el corazón de la Eurozonauna o varias fuentes de emisión de moneda fuera de control, es decir, la creación de euros «impuros» susceptibles de corromper los euros «puros» que solo el BCE tiene el privilegio de emitir, Alemania, con el Tribunal Constitucional de Karlsruhe al frente, decretaría inmediatamente la imposibilidad de permanecer en semejante «unión» monetaria convertida en una anarquía y la abandonaría a su suerte, probablemente para rehacer un bloque con algunos seguidores seleccionados escrupulosamente (Austria, Países Bajos, Finlandia, Luxemburgo). En cuanto a las demás naciones, tendrían que elegir entre reconstruir un bloque alternativo o bien regresar cada una a su propio destino monetario, Francia, por su parte, removiendo cielo y tierra para embarcarse con Alemania… sin la menor garantía de que la aceptase a bordo…</p>
<p>¿Ese estallido podría desatar el resurgimiento de los nacionalismos? Este es el eterno argumento de los amigos de la Europa liberal y de la globalización: la situación actual o la guerra. Se podría empezar haciéndoles observar que la situación del continente entre 1945 y 1985, que cualquier prueba a ciegas les haría considerarla como el infierno económico en la tierra (proteccionismo, monedas nacionales, soberanías independientes, nacionalizaciones –en particular de los bancos-) fue de las más pacíficas con respecto a las inquietudes por las que fingen preocuparse. Siguiendo esta vertiente, también se podría señalar, con un argumento contrario, que los nacionalismos, separatismos y extremismos de derecha nunca se han llevado tan bien como desde que los países están sometidos a la férula de la globalización liberal.</p>
<p>Lo que quiero decir en realidad es muy simple: hay ciertas formas de «internacionalismo» que son las peores enemigas del internacionalismo auténtico. Porque es innegable que el hecho de maltratar, bajo la enseña de la gran integración económica mundial, a los cuerpos sociales como lo ha hecho la globalización actual, en primer lugar con el discurso de la «evidencia» cosmopolita de la nueva oligarquía, acompañada de su desprecio moralizador por los «tibios» y «replegados sobre sí mismos», es la manera más segura de enfurecer a la gente. Cuando objetivamente se ubica a los trabajadores de un país en situación de antagonismo, por ejemplo por la ferocidad de las diversas formas de la competitividad (comercial o de los territorios por los estándares sociales), realmente hace falta un candor internacionalista (por no decir una estupidez supina) por parte de los intelectuales para impartir lecciones sobre los esplendorosos horizontes del cosmopolitismo. Y es inútil apelar al sentido de la solidaridad internacional cuando las condiciones concretas del «internacionalismo» actual han destruido metódicamente dicha solidaridad. Como todo lo demás, el internacionalismo y la superación de los nacionalismos necesitan sus posibilidades que son, en primer lugar, materiales. Por los menos tu pregunta plantea el problema en sus términos pertinentes: los términos de la constitución y la composición (positiva o negativa) de las afinidades. Existen sentimientos comunes de pertenencia nacional, y a ese respecto es mejor atenerse a la lección de Spinoza: ni lamentar ni detestar, sino comprender. Y también existen posibles sentimientos comunes de clase. Siempre se trata de la misma cuestión, la de las divisiones, por sectores o transversales, según los cuales se constituyen las agrupaciones. Cuando los últimos prevalecieron sobre los primeros pudo aparecer, en efecto, la Primera Internacional.</p>
<p>¿Pero cuáles son las condiciones de esa prevalencia? Creo que no hay una respuesta general a esa pregunta. Hablo solo de las afinidades presentes en la coyuntura considerada. Si por ejemplo observamos la cuestión en el ámbito general de la globalización, podríamos decir que la dinámica laboral ascendente de los chinos suscita en los trabajadores mucho interés en la continuación de un régimen de crecimiento dependiente por ahora de las exportaciones. Y más ampliamente, por lo tanto, los empuja a un régimen no cooperativo del comercio internacional.</p>
<p>Para que el sentimiento común supere el arrastre de las afinidades nacionales y nazca el sentimiento de una solidaridad de clase que pueda agrupar a los trabajadores de diversos países, sin duda será necesario sacarlos de la relación de antagonismo objetivamente configurada por las estructuras económicas presentes que las fija a los intereses respectivos sin ninguna perspectiva de su superación espontánea. En primer lugar porque los agentes siempre siguen únicamente sus líneas de interés, y pedirles que se salgan de ellas es una quimera si no se les proponen intereses de sustitución.</p>
<p>Solidaridad solo es otro nombre de un alineamiento o una compatibilidad de intereses –donde la noción amplia de interés no se refiere exclusivamente a los intereses materiales, aunque también los incluye- Así, tiendo a pensar que un régimen de proteccionismo moderado que crearía en la economía china incitaciones a caminar más deprisa hacia un régimen de crecimiento «autocentrado», arrastrado por la creación de un mercado interior, haría mucho más por los trabajadores chinos y por la posibilidad de solidaridades salariales internacionales que todos los llamamientos moralistas a las virtudes del nacionalismo abstracto. Porque ese es el drama de esa idea «internacionalista»: me pregunto si se puede decir lo que decía Deleuze de los Derechos Humanos: «Es un gran concepto, ¡tan grande como un solar!». Su carácter abstracto le condena a la categoría de lo que Spinoza denomina «ideas generales», un ente imaginario que flota en el aire sin ningún anclaje en situaciones históricas concretas. Y cada vez más, la discusión internacionalista separada las afinidades particulares me parece un perfecto sinsentido.</p>
<p>¿Qué señala entonces el diagnóstico europeo actual? Que nada impide a priori pensar en la creación de una unión monetaria… siempre que no se le de la peor configuración posible, ¡la de Maastricht-Lisboa! Para todas las convulsiones que seguirán, el estallido del euro al menos tendrá el mérito de librarnos de ese flagelo institucional y volver a crear las condiciones de una construcción alternativa. ¿Se aprovechará la oportunidad? Y si es así, ¿quién la aprovechará? Lo único que se puede decir es que la salida de Alemania eliminaría la dificultad principal, la que procede de haber sometido todo a la construcción de las obsesiones idiosincrásicas de uno  solo –otra vez una cuestión de sentimientos colectivos y su compatibilidad-, a la que siguieron la independencia del Banco Central, la exposición por principio de las políticas económicas a los mercados de capitales y su encuadre en normas automáticas antidemocráticas. Hoy vemos que en ese marco institucional la moneda europea, no la idea de una moneda europea en sí misma, ha terminado resultando trágicamente odiosa a los pueblos, ¡con razón! Por poco que se proponga un encuadre institucional que evite el maltrato económico y político del euro, una nueva moneda europea podría nacer, en principio en la propia estela de la anterior. Si se piensa, la tarea es muy simple –se deduce de la inversión radical de las características del euro actual- y que tenga como única directriz el respeto escrupuloso al principio de soberanía. En resumen:</p>
<p>1) Excluir a los mercados financieros de la financiación de los déficit públicos, es decir, su intrusismo en el contrato social y su capacidad de fracturarlo.</p>
<p>2) Eliminación de las reglas automáticas de las políticas económicas y restitución de las instituciones políticas unificadas completamente soberanas.</p>
<p>3) Anular el estatuto de independencia del Banco Central y restituirlo al perímetro de la soberanía democrática.</p>
<p>¿Y si no encontramos la voluntad política para semejante reconstrucción ni dinámicas comunes para apoyarla? Entonces obviamente volveremos a las monedas nacionales, hecho que hay que calificar justamente: no como una catástrofe nacionalista real, sino como una ocasión perdida. Se puede, es mi caso, encontrar preferibles los proyectos de superación de las naciones actuales porque, con un buen encuadre institucional, crece el poder individual y se amplían las oportunidades de paz. Pero si solo se puede elegir entre los encuadres que generan violencia económica y los que niegan la soberanía política por un lado, o las soluciones nacionales por otra parte, personalmente no dudaría ni un momento.  Con la condición de ver, por lo menos, que las empresas «de superación» finalmente son proyectos de reconstrucción nacional pero a una escala ampliada. Por poco que se tome como guía absoluta el principio de soberanía, es decir, admitiéndolo intrínsecamente, se puede denominar nación a cualquier conjunto que se propone desplegarlo y por lo tanto llegar mejor a la idea de que la «nación» así redefinida es un principio abstracto pero insuperable, incluso para quienes piensan en su evolución: la nación-mundo, pero con la condición de pretender hacer política únicamente en la coyuntura actual.</p>
<p>¿Cómo ha reconfigurado la crisis el campo de los (pocos) economistas franceses de izquierda?</p>
<p>Por primera vez se ha organizado, ¡es un acontecimiento! Se ha organizado en dos planos. En primer lugar en el sentido de la intervención en el debate público respecto a la política económica: esos son los «economistas aterrorizados». Por supuesto existen economistas críticos que participan en el debate público, aisladamente o en organizaciones como Attac o la Fondation Copernic, pero es la primera vez que un grupo se constituye en calidad de economistas y para nosotros además es una manera de decir que la profesión, muy justamente cuestionada por sus increíbles errores cuando no por sus compromisos de todo tipo, no está totalmente infectada. Después los economistas de izquierda también se han organizado académicamente creando la AFEP (Asociación Francesa de Economía Política) desmarcada, de forma totalmente deliberada, de la oficial AFSE (Asociación Francesa de Ciencia Económica), donde de paso vemos que las diversas formas de nombrar una disciplina son cualquier cosa menos neutras. Todavía más que los «aterrorizados» la AFEP señala, en un registro más legitimador, que no existe una única «comunidad» de economistas. También indica que existe un vínculo entre las opciones intelectuales dominantes en el campo de los economistas y la debacle general que se desarrolla ante nuestros ojos. Denuncia la tremenda falta de pluralismo de un universo «científico» que sin embargo como tal se le supone abierto al debate intercrítico.</p>
<p>Sé que todas estas pueden parecer consideraciones sofisticadas hechas únicamente para interesar a los pertenecientes al sector, pero al mismo tiempo hay que ver con claridad cuáles son las consecuencias muy concretas –y muy devastadoras- en el exterior: la ciencia económica dominante ha contribuido considerablemente a crear el mundo financiero contemporáneo y los mercados de las finanzas, también es esa ciencia la que informa las políticas económicas de austeridad; su papel en el desastre histórico es abrumador.</p>
<p>El encarnizamiento con el que los economistas ortodoxos han emprendido la erradicación, hay que hablar en estos términos, de cualquier diferencia heterodoxa y cualquier pensamiento crítico, es impresionante. Son asuntos totalmente concretos, muy mezquinos vistos desde fuera, pequeñas y siniestras historias de puestos, becas de doctorado, coloquios y publicaciones. Y hay que decir, por ejemplo, que no aparece ni un solo heterodoxo como agregado de Ciencia Económica, ni uno solo promocionado al grado de director de investigación entre los heterodoxos del CNRS, y que incluso después de la crisis está política de erradicación continúa con más fuerza.</p>
<p>Obviamente esos hechos solos no bastan para organizar la desaparición de la heterodoxia por puro y simple desgaste demográfico. Aunque alguien pueda poner límites a los estudiantes de doctorado, ¡no puede hacerlos desaparecer! Pero las condiciones de entrada en las instituciones académicas son atrozmente adversas para los jóvenes doctores heterodoxos que necesitan ser santos –o locos- para lanzarse. Sin embargo hay que informar de todo esto a ese veredicto intelectual que va a aparecer inevitablemente y no dudará ni un momento en declarar que todo es exacto en el pensamiento heterodoxo y todo falso en el ortodoxo. Y buena suerte a los que siguen creyendo que la Ciencia (en cualquier caso la Económica) es un universo de espíritus puros.</p>
<p>Aquí se ve que la autonomía y el repliegue sobre sí mismo del sector, cosas que generalmente se cuentan entre sus virtudes, se vuelven contra él: el enorme impacto de la crisis casi no ha producido ningún efecto. ¡Ahí tenemos incluso a la reina de Inglaterra!, que al menos se muestra majestuosamente sorprendida de que ninguno de los distinguidos y acomodados economistas con los que cuenta el reino  (sus heterodoxos, como los nuestros, viven en bodegas) viese venir y el golpe y anunciara el terremoto. Y los economistas de la Royal Academy se han visto obligados responder. No se puede decir que haya salido gran cosa, pero al menos han tenido que explicarse un poco. ¡En Francia nada de nada! Los mismos siguen con sus coloquios de que no cambie nada en sus pequeños modelos y la caza a los heterodoxos continúa a toda máquina.</p>
<p>Me dirán que exagero un poco al sostener que no pasa «nada», y eso no es totalmente inexacto, antes, en estas mismas columnas, he previsto el derrocamiento de la hegemonía de la teoría neoclásica y su sustitución por el paradigma de la «neuroeconomía del comportamiento» (2). Sin embargo sería un error creer que se produciría un cambio intelectual o político… Y como me resulta imposible explicar con detalle aquí el porqué, me contento con una gran elipse invitando a las personas a descubrir la Allianz Global Investors Center for Behavioural Finance. Ahí verán a los más famosos neuroeconomistas ocultos tras los más importantes inversores institucionales del mundo y por lo tanto deberán, por anticipación, saber a qué atenerse. Sí, los viejos ortodoxos colaboraron con el mundo financiero que ha acabado hundiéndose, ¡pero los nuevos solo tienen que ocupar su lugar!</p>
<p>¿Es útil y apropiado el término «neoliberalismo» para designar lo que conforma la singularidad de todas o parte de las transformaciones contemporáneas del capitalismo? ¿Qué caracteriza al neoliberalismo y qué papel desempeñan las finanzas y la deuda en su propia lógica? Curiosamente, como puso de relieve Maurizio Lazzarato (3), en su genealogía del pensamiento neoliberal que contribuyó a entender mejor la novedad del neoliberalismo, a no ver ya en él solo una vuelta al laisser-faire del siglo XIX, Michel Foucault no otorga ningún papel a la cuestión de las finanzas y de la deuda…</p>
<p>Nunca me ha parecido muy pertinente juzgar una declaración por lo que deja de lado, salvo si es evidente que la ausencia tiene un claro valor de síntoma o bien perjudica de forma decisiva la intención demostrativa del autor. Por consiguiente, no se podrá reprochar a Foucault que no haya analizado exhaustivamente el neoliberalismo, con más motivo en la época en la que se publicó elNacimiento de la biopolítica, mientras que ahora todavía estamos en el inicio del proceso y habría sido necesaria una enorme clarividencia para anticipar todas sus repercusiones futuras. Recuerdo, por ejemplo, que el desmoronamiento de la tasa de ahorro de los hogares estadounidenses y el aumento de su tasa de endeudamiento, hecho característico por excelencia del capitalismo neoliberal, solo se produjeron a partir de 1984-1985, y en Francia hubo que esperar hasta mediados de la década de 1990, momento de la instalación en un régimen de «franca» globalización. Sin embargo, es indudable que Maurizio Lazzarato tiene razón en una cosa: si el neoliberalismo se comprende no como una simple configuración de amplias licencias sino como un régimen de normalización positiva, entonces, evidentemente, hay que incluir en él todos los efectos de la deuda. Va a parecer que caigo en el ecumenismo fácil (y sin embargo, ¡lo pienso de verdad!): hay que reprochar menos a Foucault haber olvidado la deuda y las finanzas que agradecer a Lazzarato haberlas añadido al cuadro de conjunto. Queda la cuestión de si el período actual cae completa y exclusivamente bajo el concepto de neoliberalismo tal como lo ofrece el pensamiento de Foucault. Seré un poco más reservado sobre este punto.</p>
<p>Es cierto que la insistencia de Foucault en deshacer una visión de las instituciones a las que solo conoce bajo el prisma de la negatividad, para hacerlas aparecer finalmente en el positivismo de su producción normativa permite captar una característica muy profunda del periodo actual (los sectores de la sociedad sometidos al azote del poder normalizador de la evaluación saben algo de ello). Sin duda era útil percibir esta productividad de las instituciones, sobre todo estatales, para no cometer el error de asimilar el neoliberalismo a un liberalismo clásico simplemente intensificado («ultra» como han dicho muchos). Por consiguiente, no hay duda de que hay novedad en este «liberalismo», lo que justifica plenamente el prefijo, y aunque al principio probablemente era necesario «retorcer el palo en el otro sentido», tampoco habría que olvidar todo lo que el régimen actual ha conservado del liberalismo clásico entendido como eliminación de los dispositivos de contención que permiten retener el impulso de los poderes privados. Así pues, no comparto la idea de que era un total contrasentido la lectura «liberalista» del neoliberalismo. Evidentemente, carece del positivismo normalizador de lo «neo» y de la instauración de un régimen disciplinario muy particular, pero a pesar de todo capta la prolongación y profundización de los rasgos del liberalismo más clásico: el hecho de deshacer los marcos institucionales, reglamentarios y legales que constreñían las acciones de los agentes y los frenaban (en todo caso a los más poderosos) de llevar su beneficio más allá de un determinado límite afecta decisivamente a la distribución de los recursos de poder en la sociedad y, sobre todo, a la relación de fuerza capital-trabajo.</p>
<p>Está muy claro que esta relación cambia por completo según se pase de una economía en la que los derechos de aduana hacen que reine un proteccionismo moderado, donde el régimen de inversiones directas está bajo un control estricto, las finanzas rigurosamente encuadradas y compartimentadas en unos espacios reglamentarios nacionales, los bancos vigilados y (a menudo) nacionalizados, la Bolsa y el poder accionarial son casi inexistentes, a una economía en la que el libre comercio hace que actúe con la mayor violencia posible la competencia entre espacios con estándares socioproductivos abismalmente diferentes, en la que el régimen de inversiones directas totalmente liberalizado desencadena el chantaje de las deslocalizaciones, en la que las finanzas están desreguladas (¿hay necesidad de alargarse al respecto?), y en la que el poder accionarial es el amo de las empresas.</p>
<p>Ahora bien, las dinámicas económicas-políticas que se establecen debido a estas transformaciones estructurales proceden en primer lugar, muy clásicamente, de la liberación de los arranques de fuerza privados, debido al descenso de las retenciones institucionales. Para decirlo más simplemente: de una extensión del laisser-faire y ello incluso si esta extensión no se opera sponta sua sino que supone la intervención desreguladora, exógena, de las políticas públicas, nacionalmente o por medio de tratados europeos, acuerdos y organismos internacionales interpuestos (OMC, AGCS, etc.). Sin embargo, en todo caso muchos de los fenómenos del período actual dependen en primer lugar de este efecto de ampliación del conjunto estratégico de los agentes (¿cuál es la libertad de las acciones lícitas que se les ofrecen?) de tal modo que, evidentemente, solo beneficia a los más poderosos. Una vez que estos últimos pueden hacer cosas que les estaban prohibidas, las harán si pueden obtener beneficio. Si deslocalizar (o amenazar con hacerlo) ayuda a ganar en los salarios y en las condiciones de trabajo, deslocalizarán; si la conminación de extraer cada vez más rentabilidad de los propios capitales permite intensificar la productividad, conminarán a hacerlo, y así sucesivamente.</p>
<p>Con todo, más que oponer los efectos de lo «neo» y de lo «veterano» hay que articularlos: el efecto «laisser-faire» es lo que mantiene el efecto «normalización». Primero hay que rebajar la negatividad de los cuadros institucionales preexistentes y que los dominantes hayan extendido su conjunto estratégico para poder instaurar nuevos positivismos normalizadores. Las normas de evaluación que destrozan tantos sectores de la sociedad tienen sin duda su origen en la revolución financiera que ha impuesto y difundido por todas partes sus propios esquemas normativos (rating,reporting, benchmarking…). El paradigma de la evaluación permanente es las finanzas liberalizadas que, como su nombre indica, han sido… ¡liberalizadas! Para que aparecieran estos esquemas, primero hubo que eliminar unas barreras que restringían la libertad estratégica de los inversores. Descompartimentar, desregular, desintermediar o desnacionalizar han sido los requisitos previos del nuevo positivismo normalizador de las finanzas y todas estas cuestiones tienen que ver con la cuestión (negativa) de los límites. Así que quizá habría que dotarse de un nuevo concepto de la actual configuración del capitalismo: no se trata simplemente del neoliberalismo en el sentido «foucaultiano» que ha adquirido a partir de ahora el término, sino de (torciendo y luego enderezando el palo) algo que sería a partes iguales «neo» y «ultra».</p>
<p>Hay algo de «demente», de asombroso en todo esto, en nuestra incapacidad colectiva para detener la catástrofe en curso. ¿Es apropiado el calificativo de «suicidas» aplicado a las «élites» políticas y económicas? ¿Cómo es posible sociológicamente semejante hybris*? ¿Cómo se fabrican unas élites tan «dementes»?</p>
<p>En general es un buen método recurrir lo más tarde posible, e incluso no hacerlo, a las categorías de la psicopatología para dar cuenta de un fenómeno social, aunque hay que reconocer que en este caso no se puede evitar pensarlo… Entre consternado y sarcástico Marx ya subrayaba en El 18 Brumario de Luis Bonaparte la incapacidad de la burguesía de superar sus intereses más  «mezquinos e indecentes». Siglo y medio después seguimos sin poder afirmar que la racionalidad, aunque sea la de los intereses particulares de los dominantes, sea el motor de la historia. En cierto modo, hay que quedarse con la mejor parte: a fin de cuentas, como la catástrofe es sin lugar a dudas el modo histórico más eficaz de destrucción de los sistemas de dominación, la acumulación de los errores de las «élites» actuales, incapaces de ver que sus «racionalidades» a corto plazo sustentan una gigantesca irracionalidad a largo plazo es lo que nos permite que esperemos ver que este sistema se desmorona en su conjunto.</p>
<p>Es cierto que la hipótesis de la hybris, entendida como principio de «ilimitación», no carece de valor explicativo. Además, es una manera de volver a la discusión precedente sobre el neoliberalismo o, más bien, sobre lo que subsiste en él de «veterano» e incluso de «ultra». Y es que, efectivamente, es la destrucción de los dispositivos institucionales de contención de fuerzas lo que empuja irresistiblemente a las fuerzas a propulsar su impulso y retomar la marcha para empujar más todo lo lejos que sea posible. Y, en efecto, hay algo similar a una embriaguez del avance para hacer perder toda medida y volver a instaurar la primacía de lo «indecente» y de lo «mezquino» en la «racionalidad» de los dominantes. Así, un capitalista que tuviera una visión a largo plazo no habría tenido dificultades en identificar al Estado del bienestar como el coste final y relativamente moderado de la estabilización social y de la consolidación de la adhesión al capitalismo, es decir, un elemento institucional útil para preservar el dominio capitalista (¡del que, sobre todo, no hay que deshacerse!). Evidentemente, en cuanto sintieron que se debilitaba la relación histórica de fuerzas (la cual trasla Segunda Guerra Mundial les había impuesto la Seguridad Social), lo que, sin embargo, era lo mejor que les podía pasar además de contribuir a garantizar treinta años de crecimiento ininterrumpido, los capitalistas se apresuraron a recuperar todas las concesiones que habían tenido que hacer. En Estados Unidos los conservadores, que no tienen miedo a mostrarse como son, dieron el nombre más claro a esta perspectiva de reconquista: «a roll back agenda…» [Una agenda de anulación].</p>
<p>Con todo, habría que preguntarse por los mecanismos que en la mente de los dominantes convierten unos enunciados que de entrada están  burdamente tallados según sus intereses particulares en objetos de adhesión sincera, asumidos de manera generalizada. Y puede que para ello haya que volver a leer la proposición 12 de la III parte de la Ética de Spinoza según la cual «el espíritu se esfuerza por imaginar qué aumenta la capacidad de actuar de su cuerpo», que más explícitamente se traduciría por «nos gusta pensar lo que nos alegra (lo que nos conviene, lo que es adecuado a nuestra posición en el mundo, etc.)». No cabe duda de que existe un placer intelectual del capitalismo en pensar según la teoría neoclásica que la reducción del paro pasa por la flexibilización del mercado del trabajo. Lo mismo que hay uno del financiero en creer en la misma teoría neoclásica según la cual el libre desarrollo de la innovación financiera favorece el crecimiento. El endurecimiento en enunciados de validez completamente general de ideas de entrada manifiestamente formadas junto a los intereses particulares más groseros sin duda encuentra en esta tendencia su ayuda más poderosa. Por ello cada vez es más difícil distinguir entre imbéciles y cínicos ya que los primeros mutan casi fatalmente para adoptar forma de los segundos. Si se observa con atención, no se encuentran individuos tan «limpios» (habría que decir tan íntegros) como Patrick Le Lay de TF1 [la cadena de la televisión nacional francesa] que, poco decidido a complicarse la vida con las doctrinas inútiles y falsamente democráticas de la «televisión popular», declaraba sin ambages que no tenía otro objetivo que vender a los anunciantes tiempo de cerebro disponible; ruda franqueza que quizá tengamos que agradecerle: al menos sabemos a quién tenemos ante nosotros y es una forma de claridad que no deja de tener mérito.</p>
<p>Por lo demás, hay resistencias doctrinales fáciles de entender. Las finanzas, por ejemplo, no se rendirán nunca. Dirán y harán cuanto puedan para desbaratar los más mínimos intentos de re-regularización. ¡De hecho, lo hacen muy bien! Para convencerse de ello no hay más que ver la espantosa indigencia de las veleidades reguladoras, como atestigua el hecho de que desde 2009 se ha hecho tan poco que la crisis de las deudas soberanas vuelve a amenazar con acabar en un desmoronamiento de las finanzas internacionales. Nada es más fácil de entender: un sistema de dominación nunca entregará las armas por sí mismo y buscará perpetuarse por todos los medios. Es fácil pensar que los hombres de las finanzas relancen el sistema que les permite embolsarse los astronómicos beneficios de la burbuja y dejar los costes de la crisis a todo el cuerpo social, obligado por los poderes públicos interpuestos a socorrer a las instituciones financieras, a no ser que perezca él mismo por el desmoronamiento bancario. ¡Simplemente, hay que ponerse en su lugar! ¿Quién aceptaría renunciar? Incluso habría que decir más: es una forma de vida lo que defienden estas personas, una forma de vida en la que entran tanto la perspectiva de unos inauditos beneficios monetarios como la embriaguez de operar a escala planetaria, de mover cantidades colosales de capital, por no hablar de los extras más caricaturescos pero muy reales del modo de vida de los «hombres de los mercados»: chicas, cochazos, drogas. Todas estas personas no abandonarán así como así este mundo maravilloso que es el suyo, habrá que actuar para que lo suelten.</p>
<p>En realidad, donde el misterio se oscurece verdaderamente es en el papel del Estado. Encargado de la socialización de las pérdidas bancarias y de la limpieza de los costes de la recesión, literalmente rehén de las finanzas cuyos riesgos sistémicos está obligado a reparar, ¿no debería ser el más interesado en cerrar de una vez por todas la leonera de los mercados? Parece que plantear así la pregunta sea responderla, pero solo lógicamente, es decir, desconociendo sociológicamente la forma de Estado colonizado que es la propia del bloque hegemónico neoliberal: los representantes de las finanzas se encuentran en ella como en casa. La interacción, hasta la completa confusión, de las elites políticas, administrativas, financieras, y a veces mediáticas, ha llegado a tal grado que la circulación de todas estas personas de una esfera a otra, de una posición a otra, homogeneiza completamente, salvo diferencias mínimas, la visión del mundo compartida por este confuso bloque. La fusión oligárquica –y casi habría que entender la palabra en su sentido ruso– ha llevado a la anulación de la diferenciación de los compartimentos del campo del poder y a la desaparición de los efectos de la regulación que venía del encuentro, a veces de la confrontación, de gramáticas heterogéneas o antagonistas. Así, sin duda con la ayuda de un mecanismo de atrición demográfica, se ha visto, por ejemplo, la desaparición del hábito del hombre de Estado en la forma que adoptó tras la Segunda Guerra Mundial, ya que la expresión «hombre de Estado» ya no hay que comprenderla en el sentido usual de «gran hombre» sino de aquellos individuos portadores de las lógicas propias de la fuerza pública, de su gramática de acción y de sus intereses específicos. Los altos funcionarios, que antaño eran hombres de Estado porque estaban consagrados a las lógicas del Estado y determinados a hacerlas valer frente a las lógicas heterogéneas (como, por ejemplo, las del capital o de las finanzas), son una especie en vías de extinción y los que hoy «entran en la carrera» no tienen más horizonte intelectual que replicar de forma servil (y absurda) los métodos de lo privado (de ahí, por ejemplo las monstruosidades tipo «RGPP», Revisión General de las Políticas Públicas), ni más horizonte personal que abandonar el servicio al Estado para pasarse a lo privado, lo que les permitirá integrarse encantados en la casta de las élites indiferenciadas de la globalización. Así, los dirigentes nombrados a la cabeza de lo que queda de empresas públicas no tienen nada más urgente que hacer que cargarse el estatuto de estas empresas y llevarlas a la privatización para reunirse por fin con sus camaradas y retozar a su vez en los mercados mundiales, de las finanzas de las fusiones-adquisiciones y, «accesoriamente», de los bonos y de las stock-options.</p>
<p>Este es el drama de nuestros días, que a nivel de estas personas a las que seguimos llamando «élites» (nos preguntamos por qué dado lo abrumador que es su balance histórico) ya no hay en ninguna parte ninguna fuerza de llamada intelectual susceptible de crear un discurso contrario. Y el desastre es completo cuando los propios medios de comunicación han sido arrastrados, y desde hace tanto tiempo, por el corrimiento de tierras neoliberal; lo más extravagante pretende reconducir a los editorialistas, cronistas, expertos semivendidos y toda esta banda que se presenta como los preceptores ilustrados de un pueblo obtuso por naturaleza e  «ilustrable» por vocación. Se habría podido imaginar que el cataclismo del otoño de 2008 y el desmoronamiento espectacular de las finanzas llevaría a una gran limpieza de todos estos locutores que emergían harapientos de las humeantes ruinas, pero ¡No hubo nada de eso! ¡Ninguno se movió! Alain Duhamel sigue pontificando en Libération; este mismo periódico, en un intento desesperado de hacer olvidar sus décadas liberales, sigue confiando una de sus secciones más decisivas, la sección europea, a Jean Quatremer que ha llenado metódicamente de mierda a todas las personas que denunciaban las taras, ahora visibles para todos, de la construcción neoliberal de Europa. En France Inter, Bernard Guetta sobrepasa por la mañana todos los récords de incoherencia (habría que ponerle delante lo que dijo hace cinco años escasos, no digo ya en 2005, famoso año del tratado constitucional europeo…). El programa semanal de economía de France Culture oscila entre lo hilarante y lo desolador al insistir en dar la voz a quienes han sido los más fervientes apoyos doctrinales del mundo que se está desmoronando, como por ejemplo Nicolás Baverez, que sin duda es el más gracioso de todos y que se ha apresurado a sermonear a los gobiernos europeos y a conminarles al rigor más extremo antes de darse cuenta de que era otra burrada. Y todas estas personas sacan pecho con la impunidad más perfecta, sin que sus jefes les retiren jamás una crónica, ni el micro, ni siquiera les pidan que se expliquen o den cuenta de sus discursos pasados. Este es el mundo en el que vivimos, el mundo del autoblanqueamiento colectivo de los  deslices.</p>
<p>¿Cómo entender también que lo que ocurre no produzca una indignación o una cólera aún mayor, más decidida, más organizada? Funciona algo parecido a una «fábrica de impotencia», cuya eficacia supera por el momento nuestra capacidad de transformar nuestra indignación en capacidad de actuar colectivamente. ¿Cuáles son los resortes de esta fábrica de impotencia?</p>
<p>En efecto, este es un misterio que tendría que aclarar la sociología o la ciencia política… Pero si se me permite aventurar algunas intuiciones, para empezar me pregunto si no habría que plantear el problema justo al revés: lo que hay que comprender no es que no haya un movimiento de indignación, ¡sino que a veces se produzca! Temo que deplorar la inercia o la apatía de las masas no procede de un sociocentrismo típico de la skhole intelectual o militante, es decir, de personas que tienen tiempo libre, para unos de adoptar el punto de vista de Sirius y para otros de  pensar sistemáticamente en el paso a la acción puesto que el paso a la acción es por definición la esencia misma de su actividad. Podrá parecer que es un argumento ramplón, pero tiene las sólidas propiedades de un materialismo rústico: ¿en qué tiene posibilidad la gente de ocupar su tiempo? Aparte de las minorías intelectuales y militantes, el mundo se divide entre los gobernantes cuya actividad a tiempo completo es dirigir la vida de los demás y los gobernados que dedican lo esencial de su tiempo a ocuparse de su reproducción material y de hecho se remiten en todo lo demás a la pasividad de aquellos que les rigen. Esta elemental asimetría temporal entre organizadores, delegados y pagados a tiempo completo para organizar, y los «organizados», acaparados «oportunamente» por las necesidades de su propia supervivencia, es la garantía más segura de la estabilidad del poder por medio de un simple efecto de saturación temporal. Los militantes, en todo caso aquellos que no son activistas profesionales, remunerados como tales por una organización, saben bien lo que cuesta en fatigas suplementarias o en poner en tensión su vida personal el hecho de salir de la pasividad a la que normalmente les condenaría su condición material: después de ocho horas diarias de trabajo, los «organizados» solo tienen intersticios (la última hora de la tarde, a veces las noches, los fines de semana) para encontrar peros a los organizadores, los cuales, después de haber «organizado», se van a dormir. La fuerza de gravedad resultante de esta división del trabajo es el segundo plano que hay que tener en mente para darse cuenta en primer lugar de hasta qué punto es milagroso el que surja un movimiento social de cierta magnitud, en todo caso para darse cuenta de todos los obstáculos, temporales, es decir, materiales, que ha tenido que vencer.</p>
<p>Por si fuera poco, hay que contar con muchas otras dificultades. Y, sobre todo, con todas las que se podrían incluir en la categoría general de la traición de los mediadores. Para empezar, la de los mediadores mediáticos, que trabajan para que pasen por normales (conformes al orden de las cosas o a las instrucciones de la «razón») las situaciones más anormales. Pero habría que tomarse el tiempo de hacer un análisis completo de los mecanismos que llevan a los mediadores mediáticos a no mediatizar nada ya, es decir, a mantener en la invisibilidad las situaciones sociales y sus verdaderos determinantes (cuya sola exhibición bastaría para alimentar furores legítimos) y hacer que los análisis críticos sean inaudibles (excepto algunas excepciones sistemáticamente subrepresentadas, cuando no se declaran excluidas por principio a menos que se les ofrezcan unos formatos tan pobres que no tienen la menor oportunidad de «tener efecto»). Debido a ello los medios de comunicación son gestores del bien colectivo del acceso necesariamente enrarecido a la arena pública y por ello se deben a una obligación de diversidad, incluso habría que decir a una obligación de asimetría de la que se debería beneficiar la crítica puesto que el orden social se beneficia ya de toda la asimetría contraria de las fuerzas de la dominación.</p>
<p>Pero en cierto modo han privatizado este bien colectivo en beneficio de una ínfima minoría de preceptores que, excepto algunas diferencias insignificantes, tienen todos ellos el mismo lenguaje, y por medio de su  homogeneidad añaden la dominación simbólica a la dominación material. De modo que, a través de los medios de comunicación supuestamente mediadores pero definitivamente olvidadizos por su vocación, ya no ocurre nada sino solo aquello que celebra, anima o bien rehabilita sin cesar al orden neoliberal, y ello, hoy de forma muy espectacular, en contra incluso de las crisis más estrepitosas de este último. Debo confesar que a veces pienso que un despido masivo de la pandilla editorialista y experta presente podría producir al instante unas consecuencias políticas importantes: imaginen los efectos posibles de la denuncia repetida del carácter odioso del poder accionarial, de su responsabilidad directa en los sufrimientos de los trabajadores (hasta llevar al suicidio), la demostración  insistente de la inanidad de las políticas de austeridad o incluso el cuestionamiento sistemático de determinados partidos (de «izquierda») que se niegan obstinadamente a incluir seriamente en su agenda problemas como la Europa liberal o la globalización. Pero igualmente confieso que probablemente esta sea una experiencia de pensamiento ociosa y a varios títulos.</p>
<p>En el orden de las traiciones mediáticas (lato sensu), sin embargo, la peor es sin duda la de los mediadores políticos: partidos de oposición que ya no se oponen a nada o burocracias sindicales que se han convertido en expertas en perder en las arenas las cóleras populares. ¿Es útil consagrar un cuarto de hora de más a la anatomía patológica del Partido Socialista? Se puede evitar difícilmente aunque sea en la perspectiva de las elecciones presidenciales y para constatar que para esta edición el candidato Hollande se pone a ello no ocho días antes de la segunda vuelta, como exigía hasta ahora un ligero reflejo de vergüenza, sino ocho meses antes de la primera para ofrecer una alianza con los centristas, peripecia anecdótica a primera vista, pero de hecho un atajo fulgurante que señala todo o casi todo lo que se puede esperar de una hipotética presidencia socialista en materia de transformación económica y social: nada. Ya se ha dicho todo sobre el compromiso histórico de la socialdemocracia, especialmente francesa, con el neoliberalismo, pero para cerrar lo más rápidamente posible este lamentable capítulo se puede medir el grado de fracaso histórico de un partido que todavía osa llamarse «socialista» por su incapacidad para poner en tela de juicio al capitalismo neoliberal en el momento en el que su crisis apoplética abre una ventana de oportunidad histórica sin parangón (y uno acaba por preguntarse qué tipo de acontecimiento, qué grado de devastación se necesitaría ahora para que en esta materia el encefalograma socialista emita un nuevo un bip).</p>
<p>Por consiguiente, el drama actual del período se debe a la ausencia de cualquier fuerza política en torno a la cual hacer que se precipiten los efectos comunes de cólera e indignación. Y este es el problema: no hay que sobrevalorar la capacidad de las multitudes para auto-organizarse a gran escala. El periodo actual lo demuestra a contrario puesto que ninguno de los cuerpos sociales maltratados por las políticas de austeridad ha superado todavía el estadio de las manifestaciones esporádicas y sin continuidad para entrar en un movimiento de sedición generalizado. Sin duda se enfadarán conmigo los amigos de la multitud libre sujeto de la historia, pero me pregunto si para manifestar su propia fuerza política este no necesita un «polo» que focalice y condense y que la haga «coherente». Salvo que siga siendo difusa, la multitud necesita unos puntos focales en los que «las cosas se precipiten», por medio de los cuales adquiera consistencia y conciencia de sí misma, aunque no ignoro en absoluto todo lo que puede pasar a continuación de captación y de desposesión a partir de estos puntos focales… pero, a fin de cuentas, no es aquí donde se va a solucionar el problema de la horizontalidad democrática, aunque al menos se pueda decir que, precisamente, esta última es un problema y no una evidencia. Por el momento, a falta de auto-organización constatada y de fuerza política susceptible de crear un polo constituyente o agregador, solo quedan las cóleras difusas, no coordinadas, incapaces de unirse a falta de lugar.</p>
<p>Y no es con las direcciones sindicales con las que hay que contar. O si hay que contar con ellas es más bien para producir los resultados exactamente inversos, es decir, devolver al polvo los gérmenes de cólera en vías de fusión. Y es que es necesario un cierto talento en el orden la negatividad para haber volatilizado tan artísticamente la energía de las movilizaciones masivas [en Francia] de enero-marzo de 2009 y de las jubilaciones en otoño de 2010. No se sabe si hay que invocar el dogma (absurdo) de la separación de lo «sindical» y de lo «político» (como si la acción en las cuestiones sociales no tuviera un carácter profundamente político) o bien (sobre todo) el compromiso de las instituciones sindicales, como tales integradas orgánicamente en el juego institucional general y que se han vuelto incapaces de salir de él para ponerlo en tela de juicio. Pero el hecho está ahí: la formidable efervescencia de cólera que hizo salir a la calle a millones de personas en 2009 y 2010 y que más allá, por ejemplo, de la ocasión formal de las jubilaciones tenía el móvil manifiesto del rechazo de cualquier modelo de sociedad, no solo no ha encontrado ningún líder sindical (o político) para verbalizar su verdad, sino que ha sido dilapidado conscientemente por las vías habituales de la deambulación tan ritual como inofensiva por barrios cuidadosamente elegidos para no albergar ningún punto caliente simbólico (¿quién ha visto en el trayecto  République &#8211; Nation el menor ministerio, una sede de banco o de un gran medio de comunicación?).  Me digo a mí mismo que, siguiendo por este bonito camino, pronto no habrá más que acercarse al Bosque de Vincennes: se habrá molestado a algunas ardillas y se volverá de la manifestación con la sensación de haber tomado el aire…</p>
<p>¿Qué es lo que permitirá detener esta fábrica de impotencia? ¿Cómo reconstituir, en la situación actual, una capacidad de actuar colectiva, transformadora y emancipadora?</p>
<p>Como carezco completamente de toda experiencia y de todo talento de empresario político, no tengo la menor idea de las vías por medio de las cuales se reconstituyen las capacidades de actuar colectivamente, a falta de lo cual no tengo otra solución que volver a mi postura escolástica y a su punto de vista exterior. La multitud se pone en movimiento cuando pasa ciertos duelos afectivos. Pero, ¿son estos duelos los mismos para todo el mundo? ¡No! ¿Dónde están exactamente? No se sabe ex ante. Las condiciones materiales, tal como determinan el impacto diferencial de la crisis a través de la estratificación social, la distribución desigual de las disposiciones a la aceptación o a la movilización, son otros tantos datos que «heterogeneizan» a la «multitud», categoría cuya homogeneidad engañosa es un puro efecto nominal. ¿Por qué el movimiento de los Indignados cuajó tan bien en España, incluso en Estados Unidos, y tan poco en Francia donde somos dados a regodearnos en nuestra «tradición» manifestante y reivindicativa? En el caso de España, nos preguntamos si la respuesta no está en una cifra: 40% de paro entre los jóvenes, es decir, en particular una producción masiva de licenciados que ven sus esperanzas profesionales «naturales» negadas brutalmente por la exclusión del empleo del que son víctimas. Son los hijos de la burguesía, bien dotados de capital cultural y escolar, pero que se descubren frustrados con respecto a lo que consideraban sus legítimas aspiraciones (¿Acaso el sistema no las había validado hasta entonces?), las cuales se dan la vuelta y basculan. Respecto a los estudiantes estadounidenses, quizá sea el peso de la deuda, en un momento en el que las relaciones con las instituciones financieras están profundamente deterioradas, lo que desempeña el papel equivalente y hace traspasar los umbrales de lo «intolerable». Pero se dirá que poco importa de dónde parte el movimiento y por qué razones particulares: al fin de cuentas, no existen acciones desinteresadas (al menos en un sentido del concepto de interés un poco… interesante). Lo que cuenta, independientemente de sus orígenes (pudenda origo, se podría decir a la manera de Nietzsche: los orígenes raramente son bellos de ver), es lo que produce: ¿tiene gancho, induce a continuar? Esas son las preguntas pertinentes. En esta medida, el juicio sigue siendo contrastado. A todas luces los Indignados españoles sacaron a una enorme cantidad de personas a la calle… pero, ¿con qué resultado electoral? Habría que volver a leer el artículo «Elecciones, trampa para gilipollas» de Sartre, que parece escrito la semana pasada y expresamente para la situación actual: en él deploraba el abismo que separa los movimientos sociales como dinámicas creadoras profundamente colectivas y la artificialidad serial del escrutinio  que aísla y disuelve radicalmente toda la fuerza propia, auténticamente política de lo «en común». Así que, he aquí: los Indignados españoles salen a la calle… y se encuentran con el Partido Popular de Rajoy. Es para llorar.</p>
<p>Con indignados o sin ellos, en Francia será la misma tarifa… En este caso es más bien «sin» y aquí también hay un misterio. Una vez más, la diferencia se debe en parte a la tasa de paro de los jóvenes, considerablemente más baja que en España, lo mismo que la tasa de paro global. Con un 10% de tasa de paro global los hijos de la burguesía todavía no sufren, sus posturas son bastante sólidas, sus accesos se mantienen lo suficiente para que la crisis no les maltrate demasiado. Recuerdo la breve pero violenta recesión de 1993, la tasa de paro había ascendido a más del 12% y, algo inaudito, ¡se había oído a notorios representantes del capital empezar a preocuparse por los estragos que padecía la sociedad francesa! Mi conjetura entonces era que en el entorno de Claude Bébéar, puesto que se trataba de él, un hijo de familia bien licenciado había tenido que quedarse en la estacada y esto había sido un trauma al descubrir la injusticia del mundo. Pero un 12%  no está tan lejos, podría llegar muy rápido teniendo en cuenta lo que se anuncia. Bourdieu, muy «spinozista» aquí, dio una ruda lección de realismo político recordando que en el Ámsterdam del siglo XVII los burgueses se habían decidido a financiar unas infraestructuras que enviaba las aguas residuales al alcantarillado porque el cólera, que no tiene en cuenta las barreras sociales, había empezado a llevarse a sus hijos. Así que probablemente ocurra lo mismo con las aguas del paro que con las aguas cargadas de miasmas: es necesario que el nivel suba lo suficiente para ir a importunar a los dominantes y hacer que se decidan a cuestionar su propio sistema, desde el momento en que este empieza a atentar demasiado contra sus propios intereses… Y luego, para su desgracia, los Indignados franceses tienen contra ellos otras dos idiosincrasias muy nuestras. La primera, visible por contraste con el caso estadounidense, se debe a la antipatía espontánea de las confederaciones sindicales por cualquier forma de movimiento dotada de dos odiosas propiedades, la de ser espontánea y la de que en gran parte se les escapa. Al contrario, los Occupy han recibido el apoyo discreto pero real, logístico y político, de los sindicatos estadounidenses, poco habituados a los movimientos de ciertas dimensiones y más bien contentos de encontrar aquí una oportunidad al menos de «participar» en una demostración a escala (casi) nacional.</p>
<p>Es de esperar que las confederaciones francesas no den el menor apoyo a los Indignados de La Défense… Además, si lo dieran estos últimos desconfiarían como de la peste al presentir la recuperación de poca monta. La segunda tara francesa es, por supuesto, las elecciones presidenciales y su mitología inoxidable que sigue haciendo creer a muchas personas que es el momento político por excelencia, que es ahí donde las cosas se deciden verdaderamente, y precisamente vienen bien, la cita es en mayo… Actualmente hay burlas del híbrido Merkozy, pero quizá se reirá menos la gente al descubrir a Sarkollande… En este paisaje en el que todo está fiscalizado, en el que la captura «elitista» ha aniquilado toda fuerza de llamada, acabo por decirme que solo hay dos soluciones para reiniciar el movimiento: un deterioro continuo de la situación social, que llevará a que una parte mayoritaria del cuerpo social franquee unos «umbrales», es decir, a una fusión de las cóleras sectoriales y a un movimiento colectivo incontrolable, potencialmente insurreccional; o bien a un desmoronamiento «crítico» del sistema bajo el fardo de sus propias contradicciones (evidentemente, a partir de la cuestión de las deudas públicas) y de un encadenamiento que lleve de una serie de fallos soberanos a un colapso bancario, aunque esta vez diferente de la opereta «Lehman»… Digamos claramente que la segunda hipótesis es infinitamente más probable que la primera… aunque a cambio quizá tenga la propiedad de desencadenarla acto seguido. En todos los casos habrá que apretarse extraordinariamente el cinturón. Y, sobre todo, seguir reflexionando sobre las formas políticas de un movimiento social capaz de evitar todas las derivas de tipo fascista.</p>
<p>Al comprobar el grado de bloqueo de instituciones políticas que se han vuelto completamente autistas y prohíben ahora todo proceso de transformación social en frío, también me digo a veces que quizá haya que volver a pensar la cuestión «ultra tabú» de la violencia en política, aunque solo sea para recordar a los políticos esta evidencia conocida por todos los estrategas militares de que un enemigo nunca está tan dispuesto a todo como cuando se le ha llevado a un callejón sin salida. Ahora bien, parece por un lado que los gobiernos, totalmente sometidos a la calificación financiera y consagrados a la satisfacción de los inversores, se están volviendo tendencialmente enemigos de sus pueblos y, por otra parte, que si a fuerza de haber cerrado metódicamente todas las soluciones de deliberación democrática, solo queda la solución insurreccional, no habrá que extrañarse de que la población, llevada un día más allá de sus puntos de exasperación, decida adoptarla, precisamente porque será la única.<br />
Notas:<br />
* Hybris es una palabra del griego clásico que significa orgullo o confianza  desmedidos en uno mismo (N. de T.)<br />
(1) Frederic Lordon, La Crise de trop, París, Fayard, 2009.<br />
(2) Yves Citton y Fréderic Lordon, «la Crise, Keynes et les esprits animaux», Revue interrnationale des livres et des idées, nº 12, julio-agosto de 2009.<br />
(3) Maurizio Lazzarato, La Fabrique de l’homme endenté, París, Ed. Amsterdam, 2011.<br />
Fuente: http://www.revuedeslivres.fr/%C2%AB-nous-assistons-a-l%E2%80%99ecroulement-d%E2%80%99un-monde-des-forces-immenses-sont-sur-le-point-d%E2%80%99etre-dechainees-%C2%BB-entretien-avec-frederic-lordon/</p>
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		<title>Moneda y crédito: un cambio de época</title>
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		<pubDate>Sun, 11 Mar 2012 19:38:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[GENERAL]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Guillermo Wierzba. Director del Cefid-AR El proyecto de reforma a la Carta Orgánica del Banco Central de la República Argentina (Bcra) enviado al Congreso por el Poder Ejecutivo Nacional (PEN) apunta a modificar de raíz la lógica de organización del sistema financiero que tuvo su punto de partida con la Ley de Entidades Financieras [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por<br />
 Guillermo Wierzba. Director del Cefid-AR<br />
El proyecto de reforma a la Carta Orgánica del Banco Central de la República Argentina (Bcra) enviado al Congreso por el Poder Ejecutivo Nacional (PEN) apunta a modificar de raíz la lógica de organización del sistema financiero que tuvo su punto de partida con la Ley de Entidades Financieras de Martínez de Hoz en 1976 y su consolidación bajo el menemismo con la Carta Orgánica de 1992, cuyo mentor fuera Domingo Cavallo. La casi segura aprobación del texto enviado significará el final del predominio del cuerpo de ideas que está detrás del dispositivo normativo a modificarse, cuyos puntos centrales son:</p>
<p>1. El paradigma teórico de la “antirrepresión financiera” que suponía que los problemas del desarrollo de los países periféricos se debían a la orientación del crédito, la promoción de los préstamos para inversión por vía estatal, la existencia de regulaciones cuantitativas, la insuficiencia de oferta de crédito por las regulaciones de la tasa de interés y el otorgamiento de redescuentos para estos financiamientos. La historia probó que este enfoque, esencial en el paradigma neoliberal, no resolvió los problemas que había presumido atacar. Los empeoró gravemente. Durante su vigencia en el último cuarto del siglo pasado, en nuestro país, el producto bruto per cápita se estancó, el crédito al sector productivo –especialmente a la industria– retrocedió, se discriminó y/o excluyó a las pymes del acceso al mismo, la economía se reprimarizó, el nivel de empleo se derrumbó, los salarios perdieron participación en el ingreso y no mejoró la monetización de la economía, sino que amplió su volatilidad. La nueva Carta Orgánica del Bcra invierte el enfoque y autoriza a la entidad a regular tasas y comisiones y a orientar el destino del crédito, a la vez que lo faculta a establecer encajes diferenciales y le quita la prohibición de utilizar el instrumento de los depósitos indisponibles. También lo autoriza a la utilización de redescuentos, con el fin de promover el desarrollo, que en la carta a reemplazarse sólo eran autorizados para la atención de meros problemas de liquidez. El cambio es drástico y significa un giro de ciento ochenta grados: se abandona un cuerpo normativo que optaba por regular solamente a los agentes (los bancos) y se adopta la decisión de intervenir también en los mercados de crédito.</p>
<p>2. El enfoque monetarista y otras expresiones teóricas neoliberales, que coinciden en suponer que los flujos de las cuentas de capitales y de bienes reales, así como también el nivel de reservas, deben ser el resultado de determinaciones mercantiles; o decir: de las decisiones de los agentes privados que operan en la economía. Este régimen condujo a la inconsistencia macroeconómica y al colapso de 2001. De acuerdo con la ley propuesta, los criterios de determinación del nivel de reservas óptimo resultarán de las evaluaciones y decisiones que las autoridades del Bcra realicen en función de sus objetivos de política, el entorno macroeconómico y las previsiones sobre la evolución del sector externo. Esta modificación complementa las políticas adoptadas en relación con el control de las importaciones, de flotación administrada del tipo de cambio, de regulación de los ingresos de capitales y del mercado de divisas, que implican la intervención pública con el objetivo de procurar resultados en el sector externo distintos (y mejores) de los que provendrían de las “puras” señales mercantiles. En el debate parlamentario sustanciado respecto del informe de Mercedes Marcó del Pont con relación al proyecto de ley y en expresiones públicas, quienes se oponen a la reforma critican el descarte definitivo a avanzar en la fijación de metas de inflación como objetivo único del Bcra. Ese régimen de cuño fondomonetarista, que intentó aplicarse una vez caída la convertibilidad como estrategia continuista del régimen de valorización financiera, implica la conjunción de desregulación financiera, subordinación de la política fiscal a la monetaria, flexibilización laboral y liberalización del flujo internacional de capitales, entre otras condiciones, siendo las enunciadas parte de un recetario del que Argentina se ha desprendido al optar por una política económica heterodoxa de estímulo de la producción y redistribución del ingreso. En este sentido, la reforma de la Carta Orgánica conduciría a adecuar la legislación monetaria con esta política. Precisamente, la cancelación de la deuda con el FMI y la reestructuración de la deuda privada con quita permiten hoy establecer una Carta Orgánica cuyas características se adecuan a un proyecto económico al que cuestionan los organismos multilaterales de crédito y los centros de poder financiero. Por eso, quienes pregonan las recomendaciones de éstos, como Prat Gay y Redrado, se oponen a la modificación propuesta.</p>
<p>3. La lógica de la “autonomía” de la supervisión bancaria fue una característica central de la época de la financiarización. El restablecimiento de una mayor centralización del poder de las autoridades del Banco Central sobre la Superintendencia apunta a eliminar los peligros de “captura del ente” (su “colonización”) por parte de los agentes (los bancos), típicas del funcionamiento de la década del ’90 y años posteriores.<br />
La ampliación de la intervención se completa con la ampliación de la esfera regulatoria a todas las entidades cuya actividad se entienda tiene efectos sobre el sistema financiero. Esta modificación incorpora la prevención frente a la existencia de mercados no regulados, cuyo “aporte” a la inestabilidad financiera ha sido revelado por la crisis internacional.<br />
La nueva Carta Orgánica en discusión fija objetivos múltiples para el Bcra, incluyendo el del “desarrollo con equidad social” y la “estabilidad financiera”, lo que implica un giro copernicano respecto del paradigma de la “antirrepresión financiera” (sólo preocupada, al menos en apariencia, por la estabilidad monetaria). Restituye a las autoridades electas el poder de decisión sobre los lineamientos generales del mercado crediticio, la moneda y las reservas, sustrayéndolo de la determinación por parte de los agentes del mercado (que, por otra parte, alcanzó un sustantivo grado de concentración).<br />
La aprobación del proyecto ha de promover –con una ordenada reglamentación y ejecución– un verdadero cambio de época en el sistema financiero y crediticio del país. Quedan tareas para el futuro, por supuesto, tales como la derogación y reemplazo de la Ley 21.526, (Ley de Entidades Financieras de la dictadura militar) que aportará a la sustanciación de un plexo legal homogéneo y completo, y conllevará un debate sobre el carácter público del servicio, el grado de especialización de las entidades, los procedimientos para la admisión de los bancos extranjeros, la definición de una banca regional y de desarrollo y otros. Corresponde a quienes conducen la Nación la determinación del momento político oportuno para acometer esos pasos pendientes.<br />
La Argentina atravesó diferentes formas de organización de su sistema financiero. La que comenzará con la nueva Carta Orgánica significará dejar atrás de modo completo un modelo específicamente diseñado para excluir al Estado del manejo de las finanzas y el crédito. La reforma propuesta constituye una decisión clave para adecuar la legislación financiera al proyecto democrático, nacional y popular.</p>
<p>__._,_.___</p>
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		<title>&#8220;(Neo) progresistas&#8221; del establishment</title>
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		<pubDate>Sun, 22 Jan 2012 14:17:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[El neoliberalismo]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Guillermo Wierzba * El 28 de abril de 1998 los economistas José Luis Machinea y Pablo Gerchunoff (foto) publicaron un texto en el diario Clarín que persiguió el claro objetivo de convertirse en un manifiesto que redefiniera el concepto de progresismo, atendiendo a la hegemonía en el sistema capitalista mundial a manos del neoliberalismo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por Guillermo Wierzba *<br />
El 28 de abril de 1998 los economistas José Luis Machinea y Pablo Gerchunoff (foto) publicaron un texto en el diario Clarín que persiguió el claro objetivo de convertirse en un manifiesto que redefiniera el concepto de progresismo, atendiendo a la hegemonía en el sistema capitalista mundial a manos del neoliberalismo y la financiarización. El texto no se posicionó en una interpelación crítica al nuevo paradigma, sino que se centró en “evitar la mimetización del discurso progresista con el del nuevo conservadurismo”. En el escrito se asumió una victoria universal del capitalismo, que incluía la derrota de los proyectos de abolición de la propiedad privada como también de los socialdemócratas que desplegaban la centralidad del Estado. El manifiesto buscaba consagrar un “nuevo progresismo” que, a la vez que rechazara la “suficiencia del mercado para la solución de los problemas económicos y sociales”, se apartara del “conservadurismo estatalista y proteccionista que hace tiempo agotó todo lo que podía dar de bueno a la sociedad”.</p>
<p>Quedaba claro el recurso: la construcción de un discurso que permitiera una alternancia entre gestiones fundamentalistas y moderadas de la única vía de política económica que asumían posible: la neoliberal. Esa definición de “victoria universal del capitalismo” conducía a la resignación a un camino único y se alineaba con la vulgar teoría del “fin de la historia” que campeaba en aquella época.</p>
<p>Esta posición fue criticada, entonces, en la revista Juana Azurduy (agosto de 1998). Se sostuvo que M y G planteaban la necesidad de darle al progresismo un nuevo sentido, acorde con los tiempos. Es importante reparar en esta cuestión del “sentido” puesto que se abre, así, un campo intersticio entre lo económico y lo político –el campo de las representaciones– en cuyo dominio también se disputa el propio carácter de la escisión entre lo económico y lo político. Los rasgos específicos que adquiría esta separación durante el neoliberalismo –la naturalización de lo económico– resultaban clave en la legitimidad del orden neoliberal. En efecto, la ofensiva del mercado como regulador privilegiado de las relaciones sociales no sólo se instrumentó materialmente, sustentado en la política económica impuesta por el neoliberalismo –con mayor o menor organicidad– a partir de la dictadura terrorista en adelante, sino que se había ido estableciendo en la construcción social de la creencia acerca de que así, y de ninguna manera diferente, eran las cosas de este mundo y que era el único posible. Y si es en el mundo de las ficciones donde se dirime parte de la legitimidad política de la opresión en las sociedades actuales, este “nuevo progresismo”, “acorde con los tiempos”, no era otra cosa que un nuevo conservadurismo que procuraba transformar los soportes (no sólo) simbólicos que construían la legitimidad política del orden establecido; un aval de lo que se había consumado con la envoltura de lo supuestamente moderno (“progresista”).</p>
<p>En este sentido M y G no hacían otra cosa que apuntalar, desde la perspectiva de un supuestamente incontrastable conocimiento técnico-económico un programa de transformación social sustentado en el acotamiento y agotamiento de lo político. “Objetivo” y “apolítico”, como si pudieran encubrirse el carácter intrínsecamente político de todo saber, incluyendo el económico. Lo dicho es suficiente para afirmar que M y G se incluían en “intelectualidad orgánica” del neoliberalismo en su más prístina expresión, dado que su discurso (que había caído bien en numerosos sectores “progresistas”) resultaba consustancial con el programa de transformación neoliberal. Hasta aquí la polémica de 1998.</p>
<p>Los anclajes teóricos, posicionamientos ideológicos e intelectuales de los ejecutores de las gestiones económicas neoliberales no operaban independientemente de la articulación y representación de los intereses del poder económico. Tanto de los que se desempeñaron en el período del menemismo como durante la gestión de la Alianza. Eduardo Basualdo señala en Sistema Político y Acumulación (Cara y Ceca, 2011), que a partir de la crisis iniciada en 1998 se perfilaron dentro del establishment que compartió la gestión y los negocios durante los primeros noventa dos proyectos alternativos al de la convertibilidad: uno sostenido por la fracción dominante constituida por los grupos económicos locales y algunos conglomerados extranjeros, y otra por el sector financiero e inversores extranjeros que habían adquirido empresas y paquetes accionarios durante los años previos. Los primeros promovían una devaluación y los segundos, un tránsito a una economía dolarizada. Ambas salidas significaban, en condiciones de hegemonía del bloque asentado en el poder, una radicalización de las condiciones de desigualdad y pobreza generadas por el régimen de la convertibilidad.</p>
<p>Sin embargo, los distintos intereses y características de las salidas propuestas alinearon a la ortodoxia fundamentalista del lado de los dolarizadores, mientras que los economistas que sostenían el otro grupo atinaban a presentarse como heterodoxos (en la época del “fin de la historia”).</p>
<p>Basualdo afirma que “los grupos económicos le plantean a la sociedad que ellos encarnaban a la burguesía nacional y que por ello soportaban la agresión de los capitales foráneos y de los organismos internacionales que pretendían marginarlos y controlar la producción nacional”. Buscaban así usufructuar en su favor la importancia que conservaba “en la identidad popular la alianza policlasista que sustentó al peronismo, reprocesándola en función de sus intereses” y “ocultando que sus condiciones estructurales poco tenían que ver con una burguesía nacional”. La gestión Machinea estuvo permeada por los intereses de esta fracción local del poder económico.</p>
<p>En un reciente reportaje en el diario La Nación (15/1/12) Gerchunoff, quien fuera su asesor, vuelve al ruedo y adjudica el despliegue económico de los últimos ocho años al bajo nivel de actividad desde el que partió, igualando sus causas a las de la recuperación del producto en la primera época del menemismo. Le agrega el argumento del “viento de cola” internacional, critica el intervencionismo estatal, cita a J. M. Fanelli teorizando acerca de la bendición que el bajo crecimiento demográfico supone para las cuentas públicas, critica la política económica del período de J. B. Gelbard, recomienda una cierta dosis de “desarrollismo”&#8230; para sumar a la épica kirchnerista&#8230; (sic) y alienta la adopción de un “plan de estabilización” asociado a la reducción de la tasa de crecimiento de la economía a niveles inferiores al 4 por ciento. Fiel al Manifiesto de 1998 habla de economía sin reparar en el fuerte despliegue de los cambios políticos concretados durante la gestión kirchnerista, aunque supone (insidiosamente) que Perón, de estar vivo, no apoyaría este proyecto sino que respaldaría al duhaldismo (participando del Movimiento Productivo Argentino, en tanto –imagina PG– terrateniente exitoso de los pagos de Lobos).</p>
<p>El enfoque teórico acerca de la política económica requerirá “sintonía fina” en las épocas que vienen. La ortodoxia de las finanzas quedó descolocada por el colapso de fines del siglo pasado y el notable de sempeño de la economía de esta última etapa. Sin embargo, los verdaderos heterodoxos, afirmados en una política de desarrollo sostenido integrada regionalmente y opuesta a los ajustes del centro, convencidos de la preeminencia de la política y promotores de una profundización del proyecto democrático, nacional y popular, deberemos lidiar con una “neoheterodoxia” renuente a la decidida intervención pública, despolitizadora de la macroeconomía y ligada a uno de los proyectos del poder económico que hegemonizó la política en la Argentina prekirchnerista (el “alfonsinista-duhaldista”, digamos).</p>
<p>Son muchos más que los aludidos, esto es obvio, quienes reducen la política económica a la “macro”, sobreestiman la importancia de los “equilibrios” (cada vez más ausentes en el “mundo realmente existente”), descreen de los objetivos redistributivos impulsados por la ciudadanía (relegándolos a una determinación productivo-mercantil), recelan del papel del Estado en la economía y asumen la concentración del poder económico como un dato (inabordable). La preeminencia de la política sobre la economía (y la fusión de ambas) será el parteaguas que nos permitirá construir un futuro digno de ser vivido.</p>
<p>* Economista, profesor UBA, director del Cefid-AR.</p>
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