Comisión de Economía Carta abierta Buenos Aires

8Jun/102

La problemática de los paraísos fiscales. (Attac)

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Se trata pues de territorios cuyas regulaciones, fundamentalmente fiscales y financieras, son establecidas con el fin de atraer dinero procedente del exterior que no tendrá como destino la actividad productiva del país receptor1. Hablamos entonces de paraísos fiscales sólo para extranjeros, ya que para los residentes las regulaciones suelen ser mucho más estrictas.

Por Alberto Garzón Espinosa,
Consejo Científico de Attac España,Economía Crítica y Crítica de la Economía.

Hoy en día, y especialmente desde la reciente crisis financiera, prácticamente todo el mundo ha oído hablar de los paraísos fiscales. Su nombre suele estar asociado a la corrupción o a la evasión fiscal, y normalmente son entendidos como instrumentos utilizados para bien ocultar ingresos procedentes de actividades ilegales o bien ocultar ingresos que siendo legales deberían haber sido declarados ante el Estado. Sin embargo, su extensión y trascendencia va mucho más allá de esta simple descripción. No en vano, y como veremos someramente, los paraísos fiscales también agravan las crisis financieras y contribuyen a su gestación, son un canal que agudiza las desigualdades y la pobreza, permiten y protegen la delincuencia financiera, y socavan las democracias al condicionar el comportamiento de los países en materia fiscal y de política económica.
En este documento vamos a esbozar algunas ideas que serán de utilidad para un primer acercamiento al fenómeno de los paraísos fiscales.

¿Qué son los paraísos fiscales?
Lo primero que debe tenerse en cuenta es que no existe una definición precisa de lo que se entiende por paraíso fiscal. El fenómeno es de una complejidad tal que las instituciones internacionales que lo han estudiado (Fondo Monetario Internacional, Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, etc.) no han llegado a ningún consenso acerca de lo que son realmente los paraísos fiscales. Una muestra de ello es la inmensa cantidad de formas que existen para hacer referencia a ellos: jurisdicción o enclave offshore, jurisdicción o enclave de baja tributación, enclave extraterritorial, oasis fiscal, tax havens (refugios de impuestos), centros extraterritoriales, etc.
No obstante, y para el propósito que aquí nos proponemos, hemos optado por quedarnos con la siguiente definición:
“[Son paraísos fiscales] todos los centros financieros que desarrollan una actividad desregulada, descontrolada y ajena a las regulaciones comunes a los demás países con los que se relacionan, por estar destinados de modo especial a las empresas o a los particulares no residentes, actividad incentivada por la escasa o nula tributación” (Hernández Vigueras, 2005)
Se trata pues de territorios cuyas regulaciones, fundamentalmente fiscales y financieras, son establecidas con el fin de atraer dinero procedente del exterior que no tendrá como destino la actividad productiva del país receptor1. Hablamos entonces de paraísos fiscales sólo para extranjeros, ya que para los residentes las regulaciones suelen ser mucho más estrictas. Es la razón por la que se habla también de sistemas duales: un sistema de juego muy flexible y laxo para los extranjeros que convive con un sistema fuertemente regulado y supervisado para los residentes.
Los organismos internacionales establecen una serie de características que serían comunes a todos los paraísos fiscales, y a partir de las cuales elaboran sus listas negras. Como hemos dicho, todos los organismos difieren al considerar si algunos territorios son o no verdaderos paraísos fiscales precisamente por diferencias en el criterio de asignación. Así, mientras la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo (OCDE) considera que hay 40 paraísos fiscales2, el Fondo Monetario Internacional (FMI) contabiliza 46, el Senado de Estados Unidos sólo 35, y la Tax Justice Network sube la cifra hasta 72.
Dicho esto, y teniendo presente que las características difieren en intensidad entre un paraíso fiscal y otro, vamos a ver algunas de las más importantes.
La primera de todas es su fiscalidad nula o reducida, que es utilizada para atraer el dinero. Hay que tener en cuenta que el dinero se mueve por el sistema financiero global (ver más adelante) buscando revalorizarse, es decir, aumentar de valor. Para las empresas, bancos y otros agentes que mueven ese dinero los impuestos son entendidos como un coste que reduce sus beneficios y, por lo tanto, su rentabilidad. La lógica de estos agentes será, en consecuencia, la de reducir sus cargas impositivas utilizando todo tipo de mecanismos y uno de ellos, el que aquí nos ocupa, es el uso de los paraísos fiscales.
Una segunda característica es la laxa normativa financiera. Es posible hacer prácticamente todo en el ámbito financiero de un paraíso fiscal: desde crear nuevas instituciones financieras (bancos o entidades para los bancos) en unos instantes y sin apenas requerimientos hasta constituir empresas enteras o holdings (conglomerados de empresas), pasando por el secreto bancario (la discreción y reserva profesional que tienen los bancos y sus empleados para no revelar el verdadero propietario de las cuentas o activos materiales).
Una tercera característica es la ya mencionada naturaleza de enclave, esto es, de territorio con un sistema regulatorio dual: diferente para residentes y para extranjeros. A las entidades que se establecen en los paraísos fiscales, especialmente si son entidades financieras, no se les aplica prácticamente ninguna regulación (cosa que sí ocurriría en caso de estar establecidas en el país de origen3). Por esta misma razón se suele dar una relación desproporcionada entre el nivel de actividad financiera y la economía real del territorio en cuestión. Un ejemplo significativo es el de la isla de Sark, que en el año 2005 tenía 575 habitantes, 15.000 empresas y 1 solo residente era director de 2.400 empresas.
Una cuarta característica es su condición de territorios con autogobierno suficiente para determinar su propia regulación en materia fiscal y económica, sin que ello signifique que tengan que tener la condición de países. A veces se entiende también que algunos territorios dentro de los propios Estados también pueden ser paraísos fiscales debido precisamente a esta capacidad.
Por otra parte, y debido a que los paraísos fiscales también compiten entre ellos, muchos de ellos se han especializado en algún tipo de servicio (especulación con títulos, registro de buques, etc.).
En todo caso, y merece la pena reseñarlo, toda la actividad económica en los paraísos fiscales es muy poco transparente. No existen datos precisos del movimiento real de dinero por dichos territorios, y de forma oficial sólo podemos contar con datos parciales y con estimaciones. Algunas estimaciones cuantifican en más de un tercio del PIB mundial el volumen de transacciones que pasan por los paraísos fiscales.

¿Quiénes y cómo utilizan los paraísos fiscales?
Fundamentalmente tres tipos de agentes diferentes: bancos, empresas multinacionales e individuos de grandes patrimonios. Si bien todos estos agentes se aprovechan de los paraísos fiscales en beneficio propio, sus fines concretos y sus mecanismos difieren de unos a otros.
Los bancos tienen un papel clave en las economías de nuestro tiempo. Tradicionalmente, y desde la existencia del capitalismo, los bancos han tenido un rol crucial como intermediarios financieros. El dinero que se depositaba en ellos (por ejemplo por los trabajadores) era prestado a empresas que lo necesitaban para llevar a cabo su actividad (por ejemplo para comprar maquinaria y pagar salarios). Los bancos ganaban porque prestaban más caro que lo que pagaban a los depósitos.
Sin embargo, hoy esa función ha perdido importancia, y los bancos destinan ese dinero no tanto a prestarlo a las empresas sino a invertir en los mercados financieros. Ese dinero se invierte en acciones, bonos, obligaciones, etc. para poder revalorizarlo, y la forma habitual de hacerlo es constituyendo fondos de inversión colectiva. Estos fondos no son más que “entidades” creadas por los bancos que recogen dinero de muchas fuentes (personas individuales, ahorro empresarial o incluso de otros fondos) y sumados se invierten en cualquier producto financiero (acciones, por ejemplo). Al cabo de un tiempo, cuando se han revalorizado, se devuelve a los propietarios últimos el nominal (el dinero invertido) más los intereses, quedándose el banco con una importante comisión. Tipos de fondos son los conocidos fondos de pensiones privados o los fondos de inversión a secas. Un tipo de fondo muy agresivo y nada regulado son los llamados fondos de cobertura o hedge funds, que se constituyen en su mayoría en paraísos fiscales para operar con facilidad, y su acción es muy perjudicial para la economía mundial. No obstante, lo que interesa ahora mismo es comprender que el dinero viaja, que se mueve continuamente buscando crecer, y lo hace lógicamente buscando minimizar costes y maximizar beneficios.
Por otra parte, por la importancia que tienen los bancos en nuestra economía (basta ver los recientes y millonarios rescates financieros), los bancos suelen estar sometidos a supervisión estatal. Se les imponen normas financieras que intentan mitigar su exposición al riesgo y su actividad perjudicial, algo que se consigue examinando los balances contables de los bancos. Sin embargo, los paraísos fiscales funcionan en este caso como válvulas de escape. Los bancos pueden crear sucursales, filiales o incluso otras entidades independientes en los paraísos fiscales para evitar estas regulaciones. Así, aunque en realidad el riesgo está asumido en última instancia por el banco matriz (el que está en el país que sí tiene regulación) puede disponer de un enorme entramado de otras empresas de su propiedad que están operando desde los paraísos fiscales y que están asumiendo riesgos imperceptibles para los reguladores. Cuando ocurre un evento como una quiebra en el paraíso fiscal o una crisis financiera generalizada los bancos tienen que asumir todas las pérdidas de sus entidades, trasladándose de forma inmediata a los países.
Finalmente baste decir que los requisitos de apalancamiento (endeudamiento sobre dinero original) no existen en los paraísos fiscales. Esto significa que cualquier empresa o fondo de inversión puede realizar operaciones no con su dinero sino con tanto dinero prestado como quiera. En caso de beneficio, la rentabilidad es mucho más alta, pero en caso de pérdida el problema es gravísimo y muy contagioso (los impagos se suceden unos a otros).
Las empresas multinacionales o transnacionales (ETN) son agentes que también utilizan los paraísos fiscales para sus actividades. Sabido es que las ETN fragmentan sus actividades buscando maximizar sus beneficios. Así, pueden tener sus oficinas administrativas en España, sus fábricas en Rumanía, sus servicios de teleasistencia en Argentina y su sede en algún paraíso fiscal. Se trata de minimizar costes en cada campo, allí donde la mano de obra es más barata, los costes medioambientales y los impuestos más bajos, o los requisitos legales sean menores.
El uso de los holdings o conglomerados empresariales es muy habitual. Se trata de entidades creadas para ser propietarias de un grupo de empresas independientes entre sí, y al estar registrado el holding en un paraíso fiscal tendrá que pagar menos impuestos y, en muchos casos, los dividendos e intereses cobrados estarán exentos.
Desde los paraísos fiscales las empresas o filiales de las ETN también podrán obtener financiación (dinero para llevar a cabo sus actividades) vía préstamos o emisión de títulos de forma mucho más barata. Veremos también el caso de Enron, que utilizó centenares de entidades registradas en paraísos fiscales para ocultar sus balances contables y sus cuentas amañadas.
Otro mecanismo utilizado es la transferencia de precios. Las ETN pueden manipular los precios de las mercancías de tal forma que a través de diversas combinaciones acaben pagando muy pocos impuestos. Como ejemplo tenemos el caso de las exportaciones. Una ETN en un país normal puede exportar a una filial en un paraíso fiscal unos productos a un bajo precio (bajo beneficio, lo que supone un bajo impuesto) para que luego la filial pueda venderlo mucho más caro (alto beneficio, sin impuesto por estar en paraíso fiscal); todo ello, por supuesto, sin que la mercancía se haya movido realmente de sitio.
En otros casos, que tendremos oportunidad de ver con detalle, las ETN registran una gran cantidad de empresas en paraísos fiscales para poder llevar a cabo actividades marítimas. Es el tema de las banderas de conveniencia: cada buque está registrado en un paraíso fiscal como una empresa en sí misma, con el objetivo de reducir riesgos. Pero además, entran en juego otros actores como el armador y el propietario de la carga, todos ellos siempre ocultos tras un entramado complejísimo de entidades registradas en paraísos fiscales. El caso del Prestige es sin duda representativo. El Prestige navegaba bajo pabellón de Las Bahamas, y era propiedad de una sociedad registrada en Liberia, que a su vez era propiedad de una familia griega. El armador o gestor del buque era una sociedad griega que había contratado una tripulación de trabajadores filipinos y rumanos y a un capitán griego. Y la carga era propiedad de una sociedad de Suiza que era a su vez propiedad de un holding (entramado de empresas) ruso que estaba registrado en Liechenstein.
Las personas de grandes patrimonios (High net worth individual) son aquellas que tienen activos líquidos (no propiedades, sino valores que se pueden transformar en dinero contante y sonante con facilidad) por valor superior al millón de dólares. Debido a la reducción de impuestos generalizada en el mundo desde los años setenta y, entre otras cosas, también a la existencia de los paraísos fiscales estas personas han incrementado sus fortunas de forma espectacular en los últimos decenios. Operan fundamentalmente en paraísos fiscales y a través de gestores que muchas veces son bancos (normalmente es la Banca Privada). Estas grandes sumas de dinero de estos individuos se canalizan a través de diversas formas (todo tipo de fondos) para revalorizarse, utilizando los paraísos fiscales de forma preferente.
Los paraísos fiscales, no en vano, sirven especialmente para la protección de todo tipo activos. A través de mecanismos como los fideicomisos (personas que detentan la propiedad de algo sólo virtualmente) las grandes fortunas pueden esquivar las regulaciones fiscales de sus propios países e incluso las leyes sobre herencia y sucesiones. La Banca Privada asesora a estas grandes fortunas creando unos complejos entramados de empresas y entidades que ocultan la propiedad de las mismas, evitando así las posibles inspecciones fiscales.
Hay muchos mecanismos a través de los cuales todo ello se puede conseguir, como veremos, pero algunos son tan sencillos como abrir cuentas anónimas o numeradas en paraísos fiscales y gastar el dinero de las mismas mediante tarjetas de crédito. Hoy en día existe libertad plena de movimientos financieros y es posible pagar con una tarjeta cualquiera en cualquier establecimiento (o sacar dinero de un cajero) y con cargo a una cuenta en un paraíso fiscal.
Existen también otras formas que se usan para evadir impuestos o hacer fraude fiscal. Son habituales en deportistas de élites que ubican su residencia en algún paraíso fiscal, pero también por otros profesionales (médicos, consultores, etc.). A veces, algunos de estos profesionales crean empresas en paraísos fiscales para que sean éstas las propietarias de sus activos (coches, casas, etc.) y las que sean contratadas para efectuar servicios (atención médica, por ejemplo), de forma que evitan así la tributación.
En definitiva…
Hablamos de la interrelación entre territorios (normales y paraísos fiscales) sometidos a regulaciones fiscales y económicas diferentes. Los paraísos fiscales se usarían como escenario para que determinados agentes (bancos, ETN, etc.) reduzcan costes y maximicen beneficios mediante distintos mecanismos que casi siempre sirven para evitar los impuestos a los que se les sometería en caso de actuar en territorios normales.
Esos mecanismos son siempre contratos de algún tipo o una combinación de ellos, como de forma general hemos visto más arriba. Y en esos contratos entran en juego productos financieros (acciones, bonos, derivados, etc.) que sirven al objetivo último de maximizar beneficios minimizando el pago de impuestos.
Las consecuencias son múltiples. Desde el incremento de la inestabilidad financiera y las criiss financieras, hasta los conocidos casos de corrupción y blanqueo de dinero procedente de actividades ilícitas, pasando por la agudización de la desigualdad y la pobreza.
El impacto que tiene la existencia de los paraísos fiscales va, no obstante, más allá también de los mecanismos que se utilizan en ellos, ya que su mera existencia es un elemento que presiona a los regímenes fiscales de los países desarrollados y los lleva a competir en condiciones de desigualdad. Así, los países ricos se ven presionados a reducir sus cargas impositivas para evitar en cierta medida la huída de dinero, provocando un incremento de la desigualdad (por el efecto redistributivo de los impuestos) y deteriorando los servicios públicos. Pero, además, un escenario como el actual donde, como dice Galeano, el dinero es más libre que la gente, las democracias se ven subordinadas a la actuación de los mercados. En este sentido, hay un ejemplo claro y sencillo: cómo han operado algunos fondos de inversión (residentes en paraísos fiscales) en el reciente ataque especulativo contra Grecia y España, que ha obligado a los gobiernos a llevar a cabo reformas radicales que merman gravemente el bienestar de sus poblaciones

8Jun/100

Periodismo y sentido común

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Por Horacio González *
Si el primer capítulo de la voluntad periodística nacional correspondió a la Gaceta de Buenos Aires, hay que convenir que era un surgimiento que suponía la aparición de un nuevo concepto de voz pública oficial. En la Gaceta de 1810 se escribirían preferentemente noticias diplomáticas y de guerra. Pero allí se publicará también el célebre Decreto de supresión de honores, que es el máximo escrito de un Estado en contra de sus símbolos protocolares y de mando. Era una formidable paradoja que intentará asentar la idea de un poder desnudo de símbolos, basado en los mecanismos abstractos de un mero “orden numerario”. Nunca más se leería en los diarios argentinos una pieza tan extraña como ésta.
A diferencia de los efímeros pero no insustanciales proyectos que la precedieron, la Gaceta está entre el decreto, el bando y la noticia oficial, pero es en el interior de ellas que existe la vibración social de un lenguaje encaracolado y laborioso. Es lenguaje de cuño nuevo y podemos llamarlo propiamente periodístico. Si bien es cierto que se lanza desde los tabernáculos estatales, en la prosa periodística de Mariano Moreno está más la sociedad que el Estado. ¿Qué es una prosa periodística? ¿Aun si son escritos de un funcionario pueden ser considerados periodísticos? ¿Pero era el secretario de la Junta un mero funcionario?
En verdad, en lo que escribe Moreno no abundan los hechos ni los acontecimientos desconectados entre sí, como un siglo después será evidente en el periodismo de escala industrial y alcance nacional. Pero éste ya será el periodismo del “sentido común”, que nace a partir de un concepto de sociedad constituido con apriorismos conceptuales y prejuzgamientos dominantes. En este caso, los hechos se dispersarán con la garantía de que ya se ha construido una esfera colectiva e implícita de interpretaciones.
Al revés, en la Gaceta los casos había que extraerlos de una densa malla de justificaciones y macizos considerandos que, no por poseer cierto aire de enclaustramiento intelectual, dejaban de ser los primeros escritos revolucionarios argentinos. Al lector de la época le costará ver los hechos, las “noticias”. ¿Cómo percibirlos en esas batallas lejanas, detrás de una escritura engalanada de atribuciones morales, propósitos bienhechores y protestas de igualitarismo extraídas de textos rápidamente consultados? Sólo con esfuerzo nos imaginamos un alborotado mundo cotidiano detrás de párrafos programáticos que no se privaban de exaltaciones ni alegatos de jurisconsultos. Pero era en ellos, en ese primer periodismo argentino, que se expresaba una tormenta política que nada tenía de monástica o meramente mercantil.
Eso es lo que diferencia a la Gaceta de Moreno del Semanario del Comercio que hacia 1810 publica simultáneamente Belgrano. Este último le servirá como fuente al historiador económico; pero la Gaceta le servirá al que quiera seguir el vaivén de la conciencia pública activa, vista desde el Estado. Desde luego, con la posibilidad de intuir todo el drama de la época, apenas sepultado en una prosa de escribanía con insinuados bocetos libertarios. Moreno escribe con parrafadas canónicas, preciosistas y sesudas. Muchos se han preguntado de dónde sacaba esos arabescos incesantes, productos eximios de gabinetes doctrinarios y retóricas de bufete. Pero, de repente, arriesga frases definitivas, como la del editorial del primer número, la Gaceta del 7 de junio de 1810, fecha que será declarada como día del periodista, en donde asienta palabras concluyentes. Se originan primero en el Estado, pero se convirtieron privilegiadamente en fundadoras de una idea, una veta establecida del idioma social de la profesión periodística. Esto implicaba, para Moreno, la investigación social de la mirada del pueblo. Moreno, el autor del primer editorial político de la prensa argentina, atribuye al pueblo la “execración con que mira aquellas reservas y misterios inventados por el poder para cubrir los delitos”. Pero quien debe correr los velos de esos misterios son sus representantes. El que escribía era el Estado, pero fundando la noción social de periodismo capaz de develar los misterios del poder. Representante político y periodista venían a ser la misma cosa. El primer periodismo argentino no actúa en nombre del “sentido común” sino de un ejercicio político de urgencia.
Con el tiempo, lo que hoy llamamos esfera pública se iría diferenciando a partir de esos descubrimientos, que aún no son plenos en otro gran diario, el rosista Archivo Americano, dirigido por Pedro de Angelis, aunque allí se leen escritos apologéticos que sin embargo no desean ser negligentes, pues tienen en claro que deben competir con las prensas oficiales de Europa, en las cuales se inspiran a su vez para combatirlas. En 1837, en sigiloso contrapunto con la prensa de Rosas, La Moda, del joven Alberdi, acentuará la vinculación entre la vida cotidiana y los ámbitos renovadores de la ideología, es cierto que precedido por su modelo francés. Unos años antes, el padre Castañeda había afirmado una prensa de un humor rabelesiano, absolutamente innovadora aunque para defender un acervo teológico tradicionalista. En estos dos últimos casos remotas aguafuertes porteñas yacen en espera a que alguna vez alguien las ensayara.
Será Sarmiento el que extreme una tesis sobre el periodismo activista como palabra final de los conflictos, arrogándose que fue la prensa la que volteó al gobierno de Rosas antes que el ejército de Urquiza. Esto origina la obvia reprobación de Alberdi, quien más cauteloso no colocó al periodismo como arte mayor de la época, autor de su sentido y práctica política más elaborada y árbitro terminal de sus procesos. Estas opiniones sarmientinas sobre el periodismo como sobredeterminación de la historia, fueron rápidamente sofocadas, y ya con La Nación de Mitre se instituyó un tipo de periodismo moderno, silencioso formador del “sentido común”, con sus estilos expresivos que son de la alta cultura.
Desde su nombre y su apóstrofo –”tribuna de doctrina”– hasta sus colaboradores, que iban desde José Martí a Lugones, no se dejaba de referir constantemente a un genérico público nacional, partícipe de una esfera ilustrada y poseedor de un juicio concluyente sobre el pasado. El libro de Joaquín V. González, El juicio del siglo, balance histórico del progresismo conservador de 1910, se publica primero en La Nación con aires de “fin de la historia”. La Nación preservaría las desmesuras de Sarmiento pero encerradas en el oportuno credo de objetividad que estabilizaría sentimentalmente a las grandes masas lectoras, enamoradas tácitamente de sus profundos prejuicios.
Por esos tiempos, quizá fue José Hernández el que escribió el mayor panfleto periodístico de la historia nacional. Lo hizo en 1863 el diario El Argentino, de Paraná, condenando el asesinato de Chacho Peñaloza. Años después, en otro gran diario, La Tribuna, suavizaría esa catilinaria contra Sarmiento, al que le endilgaría ser el verdadero bárbaro, invirtiendo los términos de la célebre ecuación que propagandizara el sanjuanino. Con Hernández el periodismo argentino tuvo su Yo Acuso, aunque tal vez quiso mostrar luego que su larga actividad de escritor de diarios podía no estar lejos de la opinión que le dedicaría un siglo después el historiador Halperin Donghi, en el sentido de que era “un periodista del montón”, aunque esa sentencia servía para una intriga paradojal: por qué a esta figura inesperada le estaría destinada la escritura del Martín Fierro. Sólo las crónicas “borgeanas” de Walsh casi un siglo después –publicadas en la revista Mayoría y en las que no poco tuvo que ver el grupo que editaba el periódico nacionalista Azul y Blanco– pudieron asociar tan plenamente el periodismo a la investigación de un crimen político, con la diferencia de que Walsh escribió en su biografía la saga del perseguido y Hernández la del hombre capaz de recomponer su periodismo de develamiento, alerta y vindicta en el retablo integracionista del Martín Fierro.
Habrá que esperan a Lugones y José Ingenieros en 1897 para poder leer un diario excepcional, apartado de las alquimias acríticas del “sentido común”. Se trata de La Montaña, donde escriben los dos mencionados, y entre otros, Rubén Darío y Macedonio Fernández. Allí se leerá un periodismo socialista, simbolista y anticipador del surrealismo libertario, como pocas veces ocurriría después, salvo revistas para las que habrá que esperar más de dos décadas, como Martín Fierro, o cinco décadas, como Contorno. Ni La Vanguardia, de Juan B. Justo, ni El Obrero, del interesante pero problemático Germán Ave Lallemant, en su momento llegaron a tanto, porque apenas querían ser fieles a su nombre. El espíritu revolucionario lo mantendría el diario satírico El Mosquito, pero con otras armas y anticipaciones sorprendentes de lo que será el periodismo de la “formación del sentido común”. Lo hará con exquisitas caricaturas y grandes artesanías de la mordacidad, que no poco tuvieron que ver con la revolución de 1890 y con la forja inicial del conocido concepto de “corrupción”.
Para no alargar esta historia, digamos que a partir de mediados de la década del ’40, con Clarín se protagonizará un envío aún más característico en torno del sentido común medio, al que moldea y en el que se inspira, en una hipótesis circular que generó un bloque social y un reconocible estilo. El oficio periodístico se puede ver ya como “organizador de la cultura” o de “la existencia colectiva”, ahora desde el punto de vista del pequeño consumidor cultural urbano, del ciudadano acomplejado y del burgués apaciguado. El periódico como organizador colectivo eran consignas del periodismo partidario que apenas unas décadas antes habían sido promovidas por los procesos revolucionarios en Europa y Rusia, capturadas ahora por la razón establecida, siempre alerta para reciclarse a través del arte de apaciguar y devorar los grandes descubrimientos estilísticos de las vanguardias.
Antes, hasta el tiempo de Crítica, la empresa de Natalio Botana, todavía se mantenía una formidable tensión. Era una tensión entre el periodismo de movilización social y el de “noticias varias” garantizadas por un sentido común no explicitado, almohadillado en clishés e íconos de comprensión vigilados por redactores de un ficticio idioma general de la población. Crítica fue una experiencia fundamental del periodismo argentino de los años ’20 a los ’40, entendiendo el periodismo como una agrupación económica-social de intervención política sesgada. Arbitrariedad política, aprestos golpistas y pluralismo artístico modernista iban de la mano. Precisamente en el famoso suplemento de Crítica llamado Revista Multicolor, Jorge Luis Borges ensaya sus provocaciones encubiertas en los “juegos irresponsables de un tímido”. Al mismo tiempo, en Crítica aún regía un jacobinismo conservador, receloso de las experiencias populares pero que agita temas clásicos del liberalismo, vistos como motivo de movilización social. Todavía, un diario como Crítica, destinado a operaciones con los grandes públicos y al usufructo festivo de una época, que no desdeñó la técnica de la desestabilización política, podía llamarse así.
En este especial aniversario del ejercicio periodístico argentino, repasamos estos breves mojones. Entre los tantos replanteos y reparaciones que la hora reclama, tropezamos nuevamente con la historia. Como la historia periodística es la historia misma de la nación, de la cual es su voz pública más dramática, será un acto socialmente inspirador de la posibilidad de revisar de qué modo se reelabora un nuevo sentido común general más generoso y elevado. Y también de qué modo ahora es preciso desentumecer los cimientos heredados de una cultura periodística traducida en cinismo y pobreza de un lenguaje oprimido. Se lo hará, quizá, recordando el papel que en esta historia tuvo el iniciático periodismo revolucionario, el periodismo de las aguafuertes, el de las vanguardias literarias y el de denuncia e investigación, antes de que éste también fuera adoptado como categoría de control social en el procedimiento de grandes empresas noticiosas. En esta hora, todas las voces y corrientes de la historia del periodismo reviven y visitan la actualidad.
* Sociólogo, ensayista, director de la Biblioteca Nacional