Comisión de Economía Carta abierta Buenos Aires

27Dic/120

Publicado por admin

RELIGIÓN, POLÍTICA Y ECONOMÍA
Jorge Molinero

Quizá alguno piense que escribiré sobre la influencia de los teleevangelistas en la política, tema importante en otras latitudes como Brasil o Estados Unidos.

No es así, es otro ángulo el que quiero resaltar. Es la idea que la religión es el aspecto irracional y el pensamiento político y de economía política se supone están dominados por la racionalidad. O más aún, que la forma de cambiar las opiniones políticas de los ciudadanos es a través de la insistencia en “mostrar la realidad tal cual es”, en términos racionales que hagan que el elector cambie su posición.

Este último tópico es el que escuché en varias intervenciones en la Comisión durante los últimos años tratando de cambiar la forma de pensar de los electores no K en la Capital Federal.

Hay dos cosas que conspiran contra la posibilidad de cambios (importantes se entiende, no marginales que son siempre posibles) en la forma de pensar políticamente de determinados sectores de la sociedad. Tratemos de concentrarnos en lo que la mayoría de la comisión, porteños, asume como tarea política barrial al tratar que determinadas personas de “clases medias” varíen su preferencia política del macrismo u otras expresiones políticas, al kirchnerismo.

Por un lado está el mensaje del activista, y por otro lado los intereses y motivaciones políticas del ciudadano a convencer. Las reflexiones van más allá del ámbito de la Capital Federal, veremos a donde llegan.

El mensaje del activista

La religión parte de premisas no demostradas (la existencia de dios) y de atribuirle a ese dios un conjunto de atributos, el más importante a mí entender es la administración de premios y castigos eternos en función del cumplimiento de las reglas morales que se han adaptado al funcionamiento de la sociedad en cuestión. No matarás, no robarás, no desearás la mujer de tu prójimo, etc., etc., son los diferentes mandatos morales que ordenan las distintas sociedades. Las penas terrenales (justicia) pueden variar desde las sociedades muy religiosas (como el catolicismo en la Edad Media o el Islam en algunos países árabes hoy) a las sociedades laicas del Occidente actual, donde determinados mandamientos religiosos no tienen sanción legal formal y muchas veces ni social. Pensemos en el reconocimiento del matrimonio igualitario, anatema para cualquier religión del planeta.

El marco legal en estos casos es un reforzamiento al policía interior que es el temor a dios. En términos de economista, hay un alto ahorro de gastos preventivos y punitivos en la existencia de religiones, ya que es más barato tener un policía interior (esto no se debe, esto no se hace) que poner uno de azul al lado de cada persona (más los necesarios para cuidar de los de azul). Eso lo descubrieron las sociedades más primitivas y así funciona hasta el presente.

La necesidad personal y social de creer en algo no demostrado queda fuera del análisis presente, y hay muchas razones para ello, pero no va al grano de mi reflexión.

La base del razonamiento es el siguiente: es una forma religiosa de influir sobre la gente partir de algo no demostrado (irracionalidad) y derivar de ello ciertas consecuencias al parecer lógicas, partiendo de ciertos valores morales atribuidos o compartidos por los creyentes en ese dios de la cultura dominante.

¿Cuál es la diferencia entre esta aproximación a la realidad y búsqueda de conducta en la gente partiendo de la religión o partiendo de la razón? Que la razón no parte de supuestos no demostrados y que la cadena de razonamientos y comprobaciones no hace concesiones a milagros o premisas mágicas o puramente hipotéticas. La “Ciencia”, así con mayúscula, vino a sacar de su trono al pensamiento religioso en la Europa Occidental, y ello es un gran avance de la humanidad.

Pero la política y la economía política (y las recomendaciones de política económica) no son ciencia, al menos en el sentido que le atribuimos a las ciencias duras como la química, la física o las matemáticas. Son disciplinas sociales, y todo un conjunto de hechos acumulados y ordenados nos dan lugar a ciertas

regularidades que llamamos leyes económicas, a sabiendas que tienen una validez parcial en determinados escenarios y que no lo tienen cuando alguno de los elementos de esos escenarios cambia.

En política y economía existen los datos de la realidad, y las teorías para interpretar ese caos de informaciones. A diferencia de las ciencias duras, en las disciplinas sociales no se puede hacer “experimentación pura” aislando los elementos, y lo más parecido es ver las correlaciones entre la variación de determinada variable cuando cambia otra, considerada supuestamente independiente, y añadiendo luego la famosa muletilla caeteris paribus el resto (manteniendo constante el resto de las variables), cosa que nunca ocurre en la realidad y sólo en las probetas de las ciencias duras.

Entonces las principales teorías recurren a generalizaciones sobre las principales variables, la mano invisible del mercado como ordenador principal para la ortodoxia económica, la historia interpretada como la historia de la lucha de clases para el marxismo, la demanda efectiva y la necesidad del Estado para “cebar la bomba” en el keynesianismo, etc. etc., y todo el andamiaje teórico que de un conjunto pequeño de supuestos básicos se derivan.

Cuando cualquiera de estas (u otras) interpretaciones o mezcla de ellas trata de dar una receta de acción política o de política económica (“en este caso conviene privatizar la empresa porque siempre perderá dinero en manos del Estado” o “por su importancia estratégica esa empresa debe pasar a la órbita del Estado, ya que en manos privadas acumulará ganancias para sí sin beneficios para la comunidad”), ¿está haciendo un razonamiento “científico” o “religioso”?

Muchas veces lo que parecen razonamientos al menos “no religiosos” lo son a pesar de sus expositores, que hasta pueden ser muy ateos en temas confesionales.

¿Qué entiendo entonces como “pensamiento religioso” en política y en política económica?

Son aquellas recetas que se dan para cualquier circunstancia y en cualquier momento sin pensar en la realidad cambiante, o más aún, atribuyendo a los actores sociales características que están lejos de tener. Ejemplos, “la conducta de los consumidores es enteramente racional y cuentan con la información para tomar la mejor decisión en cada momento” (premisa del pensamiento ortodoxo, que llevada a las últimas elucubraciones y consecuencias le valió el premio Nobel de Economía a varios sacerdotes sin sotana), o “el proletariado industrial cuando tome conciencia de clase para si eliminará sus conducciones burocráticas, y asumirá el papel revolucionario que la historia le tiene reservado” (marxismo vulgar también religión sin sotana).

Como guía de acción política o de política económica, derivar premisas generales, de la ortodoxia neoliberal, del keynesianismo o del marxismo, o de cualquier combinación de ellos, es pensamiento religioso o mágico.

La acción política o las medidas de política económica deben ser derivadas de un marco general que haya probado su validez en la realidad social, y concretamente, en la sintonía fina de las circunstancias específicas para las cuales se pretenden proponer.

Como guías de acción, ninguna de las tres interpretaciones teóricas más en boga (ortodoxia neoliberal, keynesianismo o marxismo) han podido darnos reglas eternas o duraderas.

El capitalismo sin controles (liberalismo o neoliberalismo) ha demostrado con su última crisis que comenzó en 2008 y no ha concluido aún, que no puede evitar los estallidos, la injusticia social y el despilfarro de bienes y potencialidades. Montañas de mercaderías sin vender, al tiempo que hay millones de personas sin trabajo.

El comunismo en la URSS y Europa Oriental como expresión práctica de un ordenamiento económico alternativo basado en la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción, fracasó estrepitosamente. No había explotación del hombre por el hombre, pero tampoco progreso ni satisfacción de las necesidades de sus poblaciones, amén de las serias limitaciones políticas a sus ciudadanos.

El keynesianismo hizo agua a mediados de la década de los setenta en Europa, y sus políticas económicas fueron derivando hacia un estancamiento con inflación (stagflacion) que abonó el camino para el neoliberalismo.

Si estas son las tres vertientes principales del pensamiento económico y las tres han probado sus propias limitaciones en la práctica histórica, ¿qué pretendemos, inventar una cuarta?

La simple pregunta es de tipo religioso, en mi concepción. Buscar “una cuarta teoría” o una quinta o sexta, etc. es como decir que estamos buscando la piedra filosofal y descartadas las que conocemos adoraremos a la próxima que se demuestre “infalible”. Lo religioso consiste en pensar en términos de “la solución”, algo así como el Paraíso Terrenal.

No creo en el Paraíso en el más allá ni en el Paraíso Terrenal por estas latitudes.

Ello nos lleva a un terreno más complicado que la simplificación de tener la receta urbi et orbi. Pero la acción política es eso, proponer determinados pasos en función de determinados objetivos y lograr (parcial o totalmente) esos objetivos. He prevenido en otros escritos sobre la obligación que tenemos, como integrantes del arco político de apoyo al gobierno del Frente para la Victoria, de pensar más responsablemente las respuestas ante cada una de las disyuntivas que nos enfrentamos. Como opositores daba lo mismo ser muy elaborado o muy simple, y frecuentemente se adoptaba la estrategia PO: estamos en contra porque lo propuso el gobierno de turno, punto y a otra cosa.

Volvamos al principio. No convenceremos a opositores al gobierno simplemente con una respuesta de tipo ideológico, sea cual fuere la mezcla o pureza de ideologías que esgrimamos. Si lo hacemos sin el soporte de evidencia y experiencias entendibles y compartidas, será más “religiosa” la respuesta que si tomamos los recaudos indicados. Pero nunca podremos abarcar el todo en la explicación, y nunca ese “todo” podrá estar de nuestro lado, que no tenemos el arco invicto en cuanto a errores. Será más trabajoso y casuístico. Habrá que estar más preparados, y tendremos más posibilidades.

Pero hay un límite. Si de nuestra parte es la elaboración y seriedad en las propuestas, nos falta la otra parte, el receptor, que suele actuar en forma tan “religiosa” o irracional como muchas veces el emisor o activista político.

La sociedad racional

Si las elecciones se ganaran en base a datos racionales se declararían desiertas. Muchas veces “tener razón” no alcanza ni a los tobillos para convencer a alguien de determinada posición política. Si ello es así en la sociedad en general, contemplando todas las clases sociales, qué podremos decir del microcosmos que es la olla de clase media circunscripta por la General Paz y la mancha marrón del río de una sola orilla.

Hace mucho que los estrategas políticos de los distintos partidos políticos se han dado cuenta que hay que hacer un mix de apelativos a la conciencia de los votantes, algunos pocos racionales y la mayoría emocionales. En el tema emocional se despierta o excitan sentimientos previamente abonados (el miedo a la inseguridad es el ejemplo más práctico). Los apelativos racionales son claros, y nosotros hacemos cada tanto un repaso de todos los pasos correctos y sus resultados en los últimos diez años: caída de la desocupación, la pobreza y la indigencia, crecimiento del producto y los salarios reales, políticas redistributivas, política de derechos humanos, extensión de derechos a las minorías tipo matrimonio igualitario, etc. etc. Esos puntales básicos son los que consiguen la adhesión de las mayorías que no necesitan de muchas estadísticas recitadas para saber que tienen trabajo y que les alcanza más que hace diez años.

En el caso de Capital Federal, hay una contradicción básica entre lo que plantea el peronismo en el poder y los intereses básicos de las clases medias blanquitas que allí habitan. No confundiremos a todos los porteños porque hay sectores muy acomodados en el norte y va descendiendo la escala social a medida que nos acercamos a la Avenida Rivadavia y más aún hacia el sur. Pero es una matriz mayoritariamente de clases medias, el proletariado industrial está en el Gran Buenos Aires, y muchos de

las personas de servicios de ingresos bajos que trabajan en Capital también viven más allá de la General Paz, basta mirar el flujo diario de los trenes y colectivos.

El principal problema que yo veo en el proselitismo en Capital es que – muchas veces inconcientemente – lo que les molesta a una parte importante de las clases medias es que los de abajo tengan ahora más derechos y que la distancia con ellos se haya acortado, que no puedan contratarlos por chaucha y palito porque “prefieren vivir de los planes” que es traducido la bronca que no doblen la rodilla.

El tema no es convencerlos a ellos que les va mejor, que sin dudas es así, ya que las clases medias y altas se han enriquecido tanto como las populares han dejado atrás la miseria y la desesperanza. El tema es relativo, y se sentirían más importantes si, en vez de haber participado del crecimiento del 100 % que tuvo el producto bruto en diez años, ese crecimiento hubiese sido la mitad y el de los pobres nada. Ellos estarían más lejos de “los negritos” y éstos serían más dóciles, ya que sin trabajo tendrían que respetar más a “la gente”, y los que no lo hiciesen tendrían que vérselas con policías que no tendrían “las manos atadas” por esa puñeta de los derechos humanos que es sólo una puerta giratoria para que entren y salgan de las comisarías.

Estos son los sentimientos reales, concientes o no, de la mayoría de los que participaron en las marchas del 8 de Noviembre. Eran muchos y pensaban así, no eran sólo de Barrio Norte, también los medio pelo de Caballito y cuanto representante del “argentino medio” se les ocurra. Son una proporción importante de la población de la Capital. El 35 % que sacó Cristina puede ser extendido a algo más en apoyo político si se logra, en el margen, convencer a personas que han votado a opciones como el FAP o algún otro partido que no sea el PRO, los radicales, el CC o los peronistas federales. Nunca con la explicitación de las propuestas del gobierno para todo el país, se podrá convencer al grueso de esas clases medias que nos dieron la espalda una y otra vez, desde 1945 a la fecha.

Síntesis

Mejorar el discurso es sacarle los apelativos “religiosos” basado exclusivamente en a priori no demostrados. Mucho trabajo hay por delante.

Pero del otro lado no están esperando un discurso racional, ya que en la mayoría de los casos quieren convencerse de los latiguillos de la prensa opositora y de los cliches más habituales, porque les sirven de tapadera de culo para su conciencia de clase media que es tal en diferencia a los sectores populares, y se identifican en esa aversión visceral al pobrerío, a los negros,a los vagos, con las desmesuras que las necesidades expresan en forma desordenada.

Hay sectores trabajables políticamente. Muy poco apoyo tiene el gobierno en el estudiantado universitario, allí las tareas son mayúsculas. Prima en la parte politizada de los universitarios un izquierdismo gorila, como en la mayor parte de la historia de la universidad, con excepción del período 1966/1976. Hay otros sectores no politizados en la universidad que pueden también ser ganados. Pero por un tema generacional es poco lo que Carta Abierta puede hacer. Hay otros sectores de clases medias que pueden ser trabajados, pero hablamos de magnitudes más marginales. La importancia del trabajo universitario es que ellos son la semilla de la política en gran medida, y allí la presencia de La Cámpora ha crecido pero todo está muy verde aún, incluidos la mayoría de sus militantes, por su baja formación.

Entiendo, para terminar, que el mayor aporte que pueden hacer tantas personas que militan en Carta Abierta, es pensar y proponer en términos de la Argentina, tratando de dejar de lado o no desesperarse por la Capital Federal, y no es porque yo no viva allí (lo hice durante más de treinta años) sino que pienso que la potencialidad de nuestro aporte será mejor aprovechado en el ámbito mayor.